Sobre Apuntes para una historia de la vida de los santos

Marcel Lueiro, poeta y editor cubano residente en Santiago, nos trae esta lectura de Apuntes para una historia de la vida de los santos, el poemario de Juan Cristóbal Romero recientemente publicado por Laurel
Hay algo cool sin duda, divertidísimo y erudito a la vez, en tener a la mano un libro que funciona como un santoral portátil, sobre todo si repasa sucesos bizarros de gente protagónica en la historia del catolicismo. Eso me pareció cuando comencé a hojear las páginas de Juan Cristóbal Romero, pero hay mucho más.
Su escritura, a medio camino entre la poesía y la investigación histórica, trasciende el simple recuento anecdótico y termina siendo tremendamente seria, aunque sin extraviar por un segundo la ironía y el sentido del humor.
Digámoslo así: visto de conjunto, su gran coro de influencers espirituales parece interpelarnos a través del tiempo.
Como siempre hago cuando algo me gusta mucho, fui a buscar conexiones en otros libros. Aparecieron un par de líneas de Hermann Hesse sobre los santos, en su hermosa introducción a San Francisco de Asís: “Ansiaron hablar de sus penas y preguntas íntimas, en vez de con retratos o símbolos o sombras vacías, directamente con dios”.
Fue un primer click en mi cabeza. Nuestra relación con Dios, Jesús o la retahíla enjundiosa de santos que recupera Romero es una cuestión estrictamente personal. Va más allá de los templos y las nomenclaturas eclesiales, de las liturgias o de ese ciclo de culpa y arrepentimiento que parece regir la vida cristiana. Errática, contradictoria, a ratos hilarante. Un poco lo que trató de decirnos Lutero cuando clavó sus tesis en la puerta de una iglesia en Wittenberg para desatar el escándalo de la Reforma.
El caso es que la lectura secuencial de los apuntes redactados por Romero liberó un poco más mi entendimiento de la fe o de la espiritualidad amplia que la antecede. Y eso es mucho, al menos para mí. Si tan entrañables interlocutores de Dios –tanto que uno termina queriendo a más de uno– fueron capaces de sobreponerse a infinidad de calamidades sin abandonar su búsqueda personal, ¿quién somos nosotros para intentar menos?
A san Roque lo alimentaba un perro.
Teresa de Ávila levitaba.
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Santa Edigna vivía en un tilo hueco.
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El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba misa en la capilla de un hospital en San Salvador, Óscar Romero recibió un disparo en el corazón.
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27 000 kilómetros recorrió Juan de la Cruz durante su vida de fraile.
A pie o a lomo de mula, “pero nunca a caballo que era cosa de ricos”.
Además de desacralizar a santas, santos, beatas y demás raros, de admirar su sensibilidad y conexión directa con la naturaleza, conmueven por igual la ternura y la irreverencia incómoda de todo el elenco, en el que Romero incluye también a varios poetas y filósofos.
Cada uno de nosotros –ateos, católicos o indiferentes– posee un santo.
Escribió Octavio Paz.
Amado Nervo era devoto de Francisco de Asís.
Gabriela Mistral era devota de Francisco de Asís.
Para Søren Kierkegaard la religión católica es una locura propia de santos y misántropos.
Pasada la mitad de la lectura me resultó evidente que esa incomodidad es parte también de una apuesta moral. ¿De qué nos sirve la memoria o el testimonio de los santos en una época de crisis en torno al “bien”, la “verdad” o la “justicia”? ¿Basta con recrearnos, como de pasada, en su sufrimiento, en las enfermedades que padecieron, en el amor o la locura que animaron sus acciones?
En 1942 Simone Weil escribió que “hoy, ser santo no significa nada” y creo que se refería a lo insuficiente que era la beatitud tradicional para luchar contra la guerra y los males de entonces. Hoy, a riesgo de parecer grave, asumo que los versos de Romero funcionan como un buen pretexto para recordar nuestra propia santidad extraviada. No en el sentido de la superioridad moral, sino de la compasión con el mundo que nos rodea. Una compasión menos lastimosa y mucho más enfocada en lo que podemos dar por el bien común. Si se mira bien, podría ser hasta terapéutico.
Resultado de la delicadeza editorial a que nos tiene acostumbrados Laurel, Apuntes para una historia de la vida de los santos vale como uno de esos libros que querrás releer pasado un tiempo, de los que vuelves a meter en el bolso al salir de viaje. Un largo poema sobre la posibilidad de reencontrarnos a partir de gente que trascendió su propia salvación. Esos que intentaron sortear el fuego de estar vivos y amar, mucho antes que nosotros.
Apuntes para una historia de la vida de los santos
Juan Cristóbal Romero
Laurel, 2026
120 páginas




