Desfomento a la creación. Sobre los Fondos de Cultura 

agosto 01, 2026
-

Columna de opinión de la escritora Arelis Uribe ante el anuncio de este 27 de julio sobre las nuevas condiciones para adjudicar un fondo de cultura. 


El doble de trabajo por la mitad de la plata. Así se viene la mano el 2027 para quienes postulamos proyectos al FONDART. Es la lógica del empresariado. Explotar, exprimir, exigir, recortar. Este gobierno fome odia la cultura.

Si bien los FONDART no eran un idilio, ahora se han vuelto insufribles. Postular a un FONDART es incertidumbre pura. Un mes de estrés, de llenar recargados formularios, escribir cartas compromiso, establecer redes, armar presupuestos, planificar cartas Gantt. Si es adjudicado: felicitaciones, tienes trabajo por un año. Si no, cágate de hambre y nadie te paga ni te devuelve el tiempo invertido. Es una apuesta. Frustra dar la vida por una idea infértil. Igual lo intentamos, porque es lo que hay. 

Si te adjudicas el proyecto, trabajar para un FONDART no te da años de antigüedad ni seguro de cesantía ni finiquito ni ningún tipo de seguridad social. Firmas un convenio con el MINCAP, ni siquiera un contrato. Los montos recibidos son brutos, a los que se descuenta un impuesto que va al SII, no a tu pensión, no a tu salud. El Estado es un pésimo empleador.

¿Qué financia un FONDART? Principalmente sueldos. Los fondos generan empleo en eso que a la derecha le gusta llamar “recursos humanos” y “economía creativa”. Ese dinero aceita los engranajes de esta pequeña industria de las artes en Chile. 

No me estoy quejando. Elijo siempre ver el vaso medio lleno, me esmero en ser optimista. Al menos en la alternancia de los gobiernos piñeristas y socialdemócratas existía una ventanita para que los artistas cultivemos nuestra profesión. Gratitud ante todo. Estoy agradecida de que los FONDART me hayan dado trabajo. Precario, pero trabajo al fin. 

Y sin embargo llega un equipo y lo que antes era mediocre, ahora es perverso. El sueldo del Ministro de Cultura equivale casi a un Fondo del Libro. Con lo que este señor gana en un mes muchos de nosotros sobrevivimos un año. Estos canallas en vez de dar trabajo digno convierten el arte en un apostolado. 

Ahora sí me estoy quejando.

Con Kast los únicos que tienen derecho a vivir bien son los megaempresarios. Para mí, que vivo de la Literatura, vivir bien no se trata de lujos ni de forrarse ni menos de acumular capital; se trata de recibir un salario decente para alcanzar eso que cantan los zapatistas: techo, tierra, trabajo, pan, salud, educación, libertad. Esas son nuestras demandas en la larga noche de la postdictadura. 

Nadie se dedica al arte para hacerse rico. Mucho menos en este mezquino país. Quienes profesamos un oficio de las artes lo hacemos porque amamos la disciplina. Porque seguimos una tradición. Una vez, en clases, la Premio Nacional Diamela Eltit nos dijo: “Escribimos literatura para que la literatura no deje de existir”. Cada rubro es una familia, un tronco. Estudiamos las raíces para hacer crecer las ramas que den nuevos frutos. Y que en esta tierra las voces de Gabriela Mistral, Pedro Lemebel o Violeta Parra no dejen de existir.

Cuando recién asumió el cargo, en marzo, el Ministro Undurraga disparó: “Hay un gasto excesivo en cultura”. No entiendo. ¿En qué cabeza cabe asumir una jefatura y quejarse por tener demasiados recursos? ¿Qué líder en su sano juicio exigiría menos dinero para su administración? La única respuesta posible es que la derecha odia la cultura. Solo les interesa es la producción, el capital, que el país lo comanden siete familias y todos tengamos que trabajarles, entregar la fuerza de nuestros brazos y el brillo de nuestra juventud a gerentes de apellidos vinosos a los que nuestra vida les importa un carajo.

En una declaración reciente, a propósito de este maldito recorte, el Ministro Undurraga señaló que entendía las angustias y dificultades de quienes nos dedicamos al arte, por ser él hijo de una escultora. “Sé que muchas veces desarrollar una vocación artística significa convivir con la incertidumbre y la falta de reconocimiento”, dijo este señor, que estudió en un colegio privadísimo y cuyo padre fue dueño de un viñedo. Imagino que en su vida, como en la de cualquier persona, ha habido incertidumbres, pero no nos hable de angustias y dificultades, porque ser artista, pobre, indígena, de provincia, inmigrante y maricón, es peor. 

Lo más terrible es que no nos queda otra que aceptar sus miserables condiciones. FONDART o muerte. ¿Y si pasa como en Argentina, que quitaron todas las subvenciones y hasta eliminaron el Ministerio de Cultura? Tengo miedo, torero.

Pero no me rindo. Solo nos queda amar, porfiar, resistir. Aunque nos maltraten, ningún obrero de la cultura va a abandonar su oficio, porque la pasión por lo que hacemos es más grande que la mezquindad de cualquier gobierno. Brotarán de la tierra obras, no importa que no nos den un peso. Tenemos nuestro arte. Tenemos comunidad, pensamiento crítico, belleza y solidaridad. Algo que ningún patrón sabe dar.

ARTÍCULOS RELACIONADOS