Pedro Yáñez, poeta y payador: “El arte no tiene que ver con que a uno lo aplaudan. Es la posibilidad de comunicarse”

Con motivo del Día del Payador y la Payadora, y en su primera entrevista en diez años, el reconocido cantautor chileno repasa parte de sus seis décadas de carrera en el folclor, la décima y el verso improvisado, rememora a sus compañeros de escenario y habla de la experiencia de participar en las peñas folclóricas en plena dictadura. “Cuando logré escribir sobre algo que me interesaba y lo podía cantar o recitar, sentí que era como llevarle una buena noticia a otra persona”, dice.
Pedro Yáñez recita décimas de memoria, cuenta anécdotas y se ríe con su carcajada fuerte. A sus 80 años, así recuerda su trayectoria como cantor y poeta, y su trabajo de difusión de la paya chilena en diversos escenarios y en radio y televisión, a partir de los años 70.
Oriundo de Campanario, localidad ubicada en la actual región de Ñuble, llegó a Santiago a mediados de los 60 para cursar sus estudios superiores. Allí continuó el camino que había comenzado en su tierra natal, con la guitarra y el folclor, cuando aún no se atrevía a cantar en público y, luego, con su voz y las décimas. Participó en vigilias de canto a lo divino, compartió con numerosos poetas y cantores y aprendió el arte de payar.
«Casi todos los que estábamos escribiendo décimas o empezando a aprender décima sabíamos que existía la paya y cuando algo salía espontáneo, uno lo decía y se reía, era bonito hacer eso», dice.

Risueño, recuerda su búsqueda de otras personas que quisieran compartir el verso improvisado, y cómo luego comenzó a presentarse con otros payadores en diversas peñas folclóricas y luego en encuentros nacionales e internacionales.
«Todo eso tiene un embrujo maravilloso. Las canciones nacieron por lo menos unos diez mil años antes de que existiera la escritura. Era patrimonio absoluto de la oralidad. Es algo que no se perdió y no se puede perder, pues la humanidad lo quiso conservar», señala.
Pedro Yáñez ha publicado discos como Las palabras dormidas, El canto del hombre y El jardinero y la flor. En 1999 recibió el Premio a la Música Nacional Presidente de la República, en la categoría música folclórica, y al año siguiente el Premio Altazor.
Parte de su testimonio también está escrito en el texto “El embrujo de la décima”, uno de los capítulos del libro Experiencias y fundamentos de la paya en Chile, que fue elaborado a partir del I Congreso Internacional de la Paya, en Santiago en 2018.
—¿Por qué en tu capítulo dentro del libro La paya en Chile hablas del “embrujo de la décima”?
—Imagínate que yo estudiaba música y mi carrera se llamaba primero pedagogía en música. Como aprendí el guitarrón y todo eso, me invitaron después a una carrera que se fundó el año 73, etnomusicología. Yo estudiaba eso, aunque en el fondo yo no quería ser profesor de música. Pero el guitarrón y la posibilidad de escribir décimas me sacudió por dentro. Y yo que me consideraba de este porte —señala una altura media—, crecí el doble. Y empecé entonces a entender más a Violeta Parra y a tratar temas que eran importantes para lo que estábamos viviendo.
»Para mí era muy importante que la gente se cultivara. Eran tiempos en que habían muchas protestas y discusiones políticas y peleas y de repente algunos cantores les gustaba de algún modo decir lo que eran y atacar a los adversarios. Yo sentí que eso no nos lleva para ningún lado.
»Entonces, escribí sobre la condición humana y la condición de ser homo sapiens. Y la posibilidad maravillosa de cultivarse. Una de las primeras décimas que yo escribí decía así:
En la escuela me enseñaron
que somos seres humanos
y todos somos hermanos,
muy bien me lo recalcaron,
pero hay quienes olvidaron
que el humano es racional,
distinto del animal
por su gran inteligencia,
también tiene su conciencia
para ser hombre cabal.
»Y la hice de contrarresto (la siguiente décima empieza con el último verso y termina con el primer verso de la anterior). Entonces:
Para ser hombre cabal
hay que usar el pensamiento,
también el entendimiento
en pro de la humanidad,
buscar la felicidad
con que los pueblos soñaron.
Y les digo por lo claro
que tiene que ser pa’ todos
no puede ser de otro modo
en la escuela me enseñaron.
»Yo quedé embrujado por la décima, seguí escribiendo cosas, lo que pasaba. En ese tiempo se nacionalizó el cobre y una vez pasó que iba un cargamento de cobre de Chile hacia otros países y apareció un barco de guerra norteamericano y se llevó el barco entero. Yo escribí una décima también, pues:
A Chile le han embargado
un cargamento de cobre,
aunque somos nación pobre,
un rico nos ha robado.
Hoy el pueblo está indignado
y reclama muy sereno.
Ha sido nuestro terreno
el que entregó el mineral.
Defenderlo del chacal
es deber de buen chileno.
»Todo lo que pasaba yo lo escribía».
—Me llamó la atención que en el relato que tú haces de tu trayectoria muchas veces estás trabajando con otras personas, otros payadores y cantores. ¿Qué fue lo que te llevó a hacer siempre ese trabajo colectivo, versus otras personas que trabajan solas?
—Yo siempre capté la fuerza y la belleza del grupo, el grupo cantando. Me acuerdo cuando murió uno de los payadores buenos que había en Chile, que se llamaba Lázaro Salgado, le hicimos una vigilia de despedida en una peña folclórica, en la peña Chile Ríe y Canta.
»Entonces nos juntamos ahí como 8, 9, 10 poetas y le cantamos toda la noche como en las vigilias. Y al estar cantando ahí se genera como una luz, una espiritualidad, una hermandad. Es muy lindo eso.
»Eso para mí, incluso ahora, tiene más valor que un contrapunto de payas. El contrapunto tiene algo deportivo, es ingenioso, puede llegar a grandes niveles. Pero ese ritual, ese canto ceremonial tiene una profundidad emotiva y colectiva que es parte fundamental del ser humano.

»Había en ese tiempo pocas mujeres. De cada ocho hombres había una mujer, más o menos. Entre las primeras estaba Carmen López. También doña Águeda Zamorano. Hay libros que hablan de Rosa Araneda y de otras cantoras. Y después apareció Cecila Astorga, que fue grande y además de gran poeta, tenía una voz maravillosa y tenía una imagen así, de una espiritualidad especial. Como que ella estaba conectada siempre.
»En el año 80 coincidimos cuatro personas que éramos folcloristas o aficionados a esto y admirábamos las payas y empezamos a juntarnos. Y se formó una asociación de poetas populares que se llamó Críspulo Gándara».
Según explica Yáñez, el nombre hacía referencia a un cantor de la zona centro sur de Chile que había participado en un encuentro de payadores de la Universidad de Concepción, y había resultado ganador en un contrapunto contra Lázaro Salgado, pese a no improvisar en décimas, sino solo en cuartetas.
«Todas esas cosas iban sucediendo y salían en los diarios», relata. El primer encuentro de payadores en el que participó Pedro Yáñez, junto a Jorge Yáñez y Benedicto “Piojo” Salinas, fue organizado por el actor Roberto Peralta. «Se supo que se iba a hacer ese encuentro de payadores y llegó gente del diario La Tercera. Los del diario se entusiasmaron y se ofrecieron a apoyar las iniciativas de los payadores», recuerda. Así, fueron programando nuevas presentaciones en diversas peñas y escenarios e incluso en el Teatro Caupolicán, con invitados de todo el país.
—Considerando el contexto de dictadura, ¿por qué crees que fue tan atractivo para el público esto de encuentros de payadores que se llenaban siempre?
—Bueno, en realidad fue atractivo para el 0,5 por ciento de la gente, porque nunca nunca hicimos algo grandote, cuando lo hicimos en el teatro en que caben 5.000 personas, un día llegaron, ponte tú, 800. Y las peñas eran más chicas, con 200 personas se llenaban.
»Pero hubo un respaldo de mucha gente consciente. Además, que el pueblo sacara la voz tenía una repercusión política también. El tiempo de dictadura fue importante. Y lo bueno fue que no nos prohibieron. Tampoco nos metieron presos por decir, de repente, cosas suaves, pero en contra de la dictadura. Por ejemplo, salía por ahí: “¡Ya vendrán tiempos mejores!”. Y la gente, “guaaa”, aplaudía.
»Y en un espectáculo de payadores, en un teatro en Viña del Mar, pedimos pie forzado y una señora dijo «Yo tengo uno: Que se vayan los milicos”. Y a mí me gustó, porque ella lo dijo [abiertamente]».
—¡Y es octosílabo perfecto!
—Perfecto, claro. Uno de los payadores se asustó, pero yo no. A mí me tocó terminar, porque lo hacíamos entre dos o tres. Me acuerdo que yo terminé diciendo: “Que venga la libertad, que se vayan los milicos”. Y tranquilo, porque para mí hacer eso era tan importante y tan noble también que si me llevaban preso, me pegaban, cualquier cosa, yo no me habría arrepentido de hacerlo. En ese tiempo había que pagar las consecuencias, no más.
—Pero otras personas de tu familia habían tenido problemas.
—Sí, yo tenía dos hermanos que estaban presos y dos que estaban exiliados.
—O sea, igual era un riesgo.
—Claro, pero lo que pasa es que vivir aquí en Chile en ese tiempo era un riesgo y yo no pensé jamás en irme. Todo lo contrario. Una vez me invitaron a recorrer algunos países, pero ya habían pasado cinco años del golpe y ahí conocí Europa, estuve en otras partes y vi, conocí cosas y fue importante para mí hacer eso.
Jugar con las palabras
Si bien la paya y el verso improvisado existen en distintos países de Iberoamérica —con la payada en Argentina y Uruguay, la trova paisa en Colombia, el repentismo en Cuba y la regueifa en Galicia, por dar algunos ejemplos—, el verso improvisado y cantado en payas en Chile tiene varias características propias.
Aquí para cantar, se suele usar la décima o la cuarteta con distintas melodías —entonaciones— provenientes de la tradición del canto a lo poeta. Además, no solo se usan el contrapunto (enfrentamiento entre dos payadores) y el pie forzado (improvisación a partir de una frase que entrega el público). En Chile existen también otros juegos, como la concesión o redondilla (donde los payadores usan un mismo pie forzado para hacer cuartetas, pero no pueden repetir la palabra que rima), el banquillo (en que un payador responde preguntas) y la personificación (un contrapunto en cuartetas donde los payadores representan personajes o elementos contrapuestos), entre otros.

Muchos de estos juegos comenzaron a proliferar en los encuentros de payadores en la época en que Pedro Yáñez y otros cantores salían a los escenarios.
—El que más influyó para eso fue Jorge Yañez —dice Pedro—. A él le gustó siempre la idea de que la gente participara. Cuando empezamos los encuentros teníamos unas mesas así como esta, donde había dos payadores, otra mesa más allá, otros dos payadores. Y Jorge invitó gente del público a que subiera, de repente también que dijera su verso.
»Después yo lo practiqué mucho. El Piojo Salinas era ingenioso también. No me acuerdo cómo se nos ocurrió, porque habíamos conocido esos contrapuntos del Mulato Taguada y Javier de la Rosa, donde uno le hace preguntas al otro. Entonces acá se trataba de “el banquillo”: un payador se sienta en el banquillo imaginario y todos los demás le preguntan a él. Y salió muy bonito. Después decidimos que el payador que va a responder tenía que poner el tema sobre el cual le iban a preguntar, porque también había costumbres feas, había alguno por ahí que hacía la misma pregunta en varios encuentros. ¡Ah, no! Eso era horrible.
—Porque no estaba improvisando.
—Claro. Ahí decidimos nosotros que el payador que va a responder pone el tema. Hablemos de carreteras, de ríos, de ciudades, qué sé yo. O de gente destacada, de mujeres chilenas. Después aparece el banquillo inverso, donde el público pone la pregunta. Eso me encantó. Fui yo, en el fondo, el que terminó de darle forma, porque la idea del banquillo inverso se le ocurrió a un payador de Rancagua que era profesor y me pareció muy buena: quedó con la forma de que el público hiciera la pregunta, la versificaba un payador, los demás payadores respondían y el que versificó respondía al final. Salía con una integridad linda. El público se veía ahí representado por los versos que se cantaban.
—Si bien conversábamos al principio que en las ruedas de canto a lo divino, por ejemplo, hay una espiritualidad distinta, me da la impresión a mí que los encuentros de payadores igual se da un espíritu comunitario porque el público ve que los temas o los pies forzados que ellos dan se reflejan en lo que los payadores cantan.
—Claro. También fue importante que yo estuve asistiendo durante como tres o cuatro años a una radio, que se llamaba Radio Umbral, que tenía programación con raíces folclóricas. Una vez me contrataron para que yo fuera en la noche, ponte tú, a las ocho y media, nueve, y conversara con un periodista acerca de las noticias. Teníamos diarios, veíamos las noticias y elegíamos una. Entonces yo me iba con el diario a una oficina que estaba cerca y escribía tres o cuatro décimas, tenía 20 minutos para hacer todo eso. ¡Tenía que ser rápido! Volvía, traía la hoja y las cantaba. A veces con guitarra, poquitas veces con guitarrón, porque llevar el instrumento y traerlo era como más complicado. Y ahí me pagaban unos pesos, era poquito, pero era un reconocimiento que me pagaran por estar haciendo eso.
—Debe haber sido divertido estar hablando de la actualidad y de las noticias en décimas.
—Claro. Y era muy natural hacerlo. En ese tiempo ya había compartido mucho el escenario con Eduardo Peralta, y tenía tanta facilidad que ahí aprendió las entonaciones. De chico siempre le gustó la poesía y era súper inteligente, a cada rato citaba poesías de libros. Una vez me dijo: “A mí en el colegio nunca me enseñaron la décima, la décima me la enseñó mi abuela”.
Buscando tradiciones
Pese a haber iniciado su carrera musical en los años 60 y haber participado en la creación de conjuntos como Inti-Illimani y el Dúo Coirón, Pedro Yáñez no se identifica con la idea de la “nueva canción chilena”, “canto nuevo” o “nuevo folclor”.
—Yo nunca pertenecí a una corriente que tuviera la palabra nuevo. Para mí el arte, el canto, la guitarra, los versos son cosas que inventó la humanidad hace miles de años —plantea—. Violeta Parra nunca perteneció a ninguna cuestión nueva, ella cultivó el canto que heredó de la gente, de los cultores que ella pudo conocer. Lo cultivó de una manera magistral. Y hasta sus últimas composiciones contienen décimas y versos populares. En ella hay una actitud de expresar todo con belleza y con dignidad, jamás ni un poquito de vulgaridad. En eso yo seguía a Violeta y a Atahualpa Yupanqui. Los versos del pueblo son una cosa y en el pueblo hay cosas maravillosas, y también hay vulgaridad. Y esa no me interesa.
»Hay un capítulo, oye, que se llama folclore secreto. Son las recopilaciones que hacen algunos investigadores: los cultores naturales les cuentan de versos que tienen garabatos, pero que son ingeniosos; de repente por travesura y cuando se toma trago pueden salir esos versos. Pero eso entonces no lo incluyen en los libros que publican, sino que le pusieron ‘folclore secreto’. Y a los especialistas, cuando compran libros, les dicen ‘puede solicitar la separata del folclore secreto’».
—En un momento dejaste Santiago y volviste a Campanario a estudiar a los cantores y cantoras. ¿Cómo fue ese proceso de conocer desde ahí esos cantos tradicionales?
—Ese fue un proceso maravilloso. Siempre hay algunas casualidades, ¿ah? Un hermano que estudiaba en Europa se volvió a Chile a trabajar. Era profesor en la Universidad Técnica y tenía una grabadora extraordinaria que una vez me la prestó. Cuando yo recién la tenía, a donde salía la llevaba y grababa. Después vino el golpe de Estado y mi hermano cayó preso, así que no pude devolverle nunca la grabadora. Y a mí me echaron de la universidad.
—Por el golpe también.
—Por el golpe, claro. Entonces yo decidí irme por lo menos unos dos o tres meses a Campanario a vivir en la casa de mi papá y no llevé la guitarra, sino que llevé la grabadora. Empecé a visitar gente y a conversar, y quise recopilar canciones. Recopilé, pongámosle, unas 30 canciones, y como 40 cuentos, adivinanzas y narraciones en general de personas que habían vivido toda su vida en el campo.
Pedro Yáñez recuerda que, para hacer registros, visitó muchas veces a la cuñada de su abuela, “la tía Meche”, que tenía alrededor de 95 años y tocaba guitarra. Vivía en un sector alejado de Campanario, en medio de campos, animales y siembras. Ella lo sorprendió al cantar décimas.
»Yo también le cantaba. A ella le gustaba mucho escucharme a mí. Yo le improvisaba y le gustaba. Y me cantó una cantidad de cosas lindas. Una vez le hablé de Violeta Parra. Le dije: “Y de la Violeta, ¿qué es lo que más le gusta a usted? ¿La guitarra, el canto?”. “Ah”, me dijo, “de la Violeta lo que más me gustaba era como bailaba la cueca”. Me encantó eso. “¿Y cómo supo usted que bailaba así ella?”. “Porque ella estuvo aquí mismo en mi casa”.

»Me encantó porque a mí me costaba, yo vivía en Campanario y para ir donde mi tía tenía que terminar yéndome al campo, campo, campo y llegar a la casa. ¿Cómo llegó la Violeta? Imagínate la capacidad que tendría para hacerse amiga de medio mundo y preguntar por cantores, cantoras y que le dieran los datos y partió para allá y llegó».
—¿Qué recomendación o mensaje le darías a las personas que están entrando en el mundo del canto a lo poeta o la paya?
—Me cuesta dar recomendaciones, pero sí lo que encuentro importante es contarle mi experiencia. Cuando tenía 17 años me gustó la guitarra, empecé a aprender a practicar y me daba vergüenza cuando aparecía alguien y me escuchaba. Era tremendo. Y al final me puse a practicar guitarra sola, sin canto, porque me daba vergüenza cantar. Pero fui descubriendo que cuando cantaba con dos o tres o cuatro personas, ahí no me daba vergüenza. Ahí cantaba. Entonces canté en grupito, en dúo.
»Hasta que cuando aprendí a hacer las décimas, a escribir décimas fue el año 72. Cuando aprendí a hacer la décima, intentaba improvisar una. Me parece que en dos años improvisé una sola décima. Y era por chacotear nomás. Cuando logré escribir acerca de algo que a mí me interesaba mucho y lo podía cantar o recitar, sentí que era como llevarle una buena noticia a otra persona. Y ahí se me pasaron todos los nervios, fíjate.
»Entonces descubrí que el arte no tiene nada que ver con lucirse uno ni con que lo aplaudan, ni lo admiren, ni uno tiene que deslumbrar, no. Es la posibilidad de comunicarse. Y cuando uno comunica lo que siente o lo que ha visto o lo que quiere comunicar, entonces uno lo hace tan tranquilo y tan integrado que los nervios se van.
»Aunque suene como suene, para mí fue una experiencia maravillosa, lograr hacerlo, lograr cantar y que me escuche la gente sin estar asustado, sin tiritar de miedo. Fue un logro grande».




