¿Economía feminista o economía antipatriarcal?

No. No es lo mismo. La lucha antipatriarcal es la del feminismo revolucionario. No estamos despreciando las reformas que mejoren las condiciones para que las mujeres puedan derribar el patriarcado. El acceso a la renta de las mujeres puede, en ciertas situaciones, favorecer una transición para una sociedad antipatriarcal. Pero la economía monetaria es, esencialmente, una economía que permanece dentro del sistema patriarcal. Tenemos que tener eso claro.
 
La pandemia ha anticipado la recesión que ya se anunciaba y su consecuente desempleo masivo y crisis alimentaria. La economía reproductiva, de los cuidados, de la alimentación, históricamente atribuida a las mujeres e invisibilizada, se revela en este momento como esencial. Cuando todo para, el trabajo reproductivo es condición de la existencia humana. La producción de excedente y la transferencia de valor para las cadenas de acumulación puede parar. La reproducción de la vida es imperativa para la existencia de nuestra especie. Si cesan los cuidados y la extracción/producción de alimentos, nos morimos. Esta es una oportunidad para pensar cómo sería una economía que pone la vida y no el lucro en el centro de la actividad humana.
 
Ante la ausencia de renta, con el deterioro del asalariamiento, y la crisis alimentaria, podemos imaginar cómo sería una vida sin mercados monetarizados. Ya no como un ejercicio especulativo, abstracto, de pequeños grupos, sino a partir de prácticas de mutualidad que resultan imprescindibles para una gran proporción de la población mundial en momentos como estos y ante el prolongado período de recesión capitalista que, ya, se inició.
 
Son esas prácticas, de multiplicación de huertas familiares o comunitarias, de ayuda mutua y redes solidarias, son base de experiencia que amplían el horizonte de posibilidades societarias. Así como, en los primeros años de la década de 1970, las Juntas de Abastecimiento y Precios, con protagonismo femenino, permitieron pensar otras relaciones entre las personas.
 
Pero el momento nos hace reflexionar sobre otras relaciones. Ailton, sabio del pueblo Krenak, nota que “la naturaleza alrededor está celebrando nuestra parada”[1]. El frenesí de productividad y consumo que fue, en los últimos años, la “solución” del capital para su crisis, generó una subjetividad, una manera de estar en el mundo de gran parte de la población mundial. Esa manera de estar en el mundo la llevaba a la complicidad más o menos consciente con la destrucción del planeta. Esa “parada” en la producción de excedente y el consumo desenfrenado de mercaderías inútiles nos permite también experimentar otra relación con los seres no humanos. Y nos permite proyectar otra manera de estar en el mundo. No viéndonos, con soberbia, como “reyes de la creación”, sino como parte indisociable de la naturaleza. La pandemia también nos alerta sobre el tamaño de nuestra importancia en la Tierra, y puede tornarnos más humildes.
 
Ese saber olvidado por los invasores europeos, que impusieron su economía de la miseria a los territorios conquistados, permanece latente entre los pueblos preexistentes del continente. En gran parte de sus prácticas, cuando cuentan con la base material, el territorio para vivirlas. Es el caso de la cultura del Wallmapu, que, por haber preservado el territorio hasta la segunda mitad del siglo XIX, mantuvo su economía de abundancia viva. Veamos el ejemplo del consejo de las papay de plantar cuatro pares de árboles para expandir el bosque: un par (femenino y masculino) para la mapu, otro para las aves, otro para compartir y el cuarto par para la comunidad. Es la lógica que considera el territorio en su conjunto, las necesidades, el equilibrio y la reciprocidad para expandir la vida. Como decían los primeros cristianos, que aún guardaban los valores comunalistas de los esenios, y aparece en la boca de Jesús en el evangelio de Juan: “Yo he venido para que la gente tenga vida, y la tenga en abundancia” (10:10).
 
Hay afinidades electivas entre los movimientos revolucionarios de las mujeres y los pueblos preexistentes, aquellos que existían antes de la formación de los Estados, en particular, aquí, en el continente, antes de la colonización. Ambos ponen la vida (y no sólo la humana) en el centro de su praxis.
 
¿Cómo llevaremos adelante la transición? Habrá que ir aprendiendo.
 
Silvia Beatriz Adoue
sbadoue@hotmail.com