Angélica Ramírez Valdés. Escribir contra las representaciones unidimensionales de lo marginal
Angélica Ramírez Valdés es psicóloga, académica y escritora. Su libro Las periferias reúne relatos que se adentran en lo cotidiano, en las huellas de la violencia y en la vida de quienes habitan los márgenes. Publicado en 2023, marcó su ingreso al mundo literario con una voz propia y ficcional desde lo social. Aquí conversamos sobre sus inicios en la escritura, la identidad que ha ido construyendo como autora, su trabajo en torno a la violencia y su mirada sobre la literatura como forma de narrar la realidad.

¿Cómo fue tu relación inicial con la escritura?
Desde que era chica escribía, yo creo que quizá porque era como un hobby muy barato, muy accesible. En mi familia todos lo hacían. Mi hermana mayor escribía poesía, todos tenían diarios de vida, hasta mi hermano. Yo también escribía cuentos cuando era niña, como fábulas con animales y moralejas.
¿Qué significaba para ti mantener esa práctica?
Siempre escribía diarios de vida, casi todas las noches relataba lo que había hecho en el día, con dibujos incluso. Era algo muy común en mi familia y en mi entorno. Dedicarnos palabras, mandarnos cartas, dejar registro de la vida diaria. Ahora siento que esos diarios son como fotos de época.
¿Cuándo empezaste a escribir dando una dirección diferente a la de tu niñez?
En 2019 participé en mi primer taller literario, con la poeta Begoña Ugalde. Me daba pudor leer en voz alta, pero fue una buena experiencia. Después entré a otros talleres, como el de María Florencia Rúa, Diego Ramírez, Romina Reyes, Simón López Trujillo, Arelis Uribe, Daniela Catrileo, Diego Zúñiga durante la pandemia. Ahí me encontré con un grupo de amigos escritores con los que aún compartimos textos. Fue importante porque entendí que no era necesario escribir grandes historias. Y también estuve en uno de la Universidad Católica; allí hacen clases Mike Wilson, Alejandra Costamagna, Patricio Jara, Álvaro Bisama y María José Viera-Gallo.
¿Qué lugar ocupa para ti la literatura hoy?
Creo que la literatura ha sido para mí una forma de sublimar, de transformar experiencias difíciles o violentas en algo positivo. Mi infancia en Conchalí y Renca estuvo marcada por la violencia naturalizada: muertes en la línea del tren, rumores de asesinatos, violencia intrafamiliar. Todo eso me marcó, pero escribir me permitió darle otro sentido y compartirlo desde la ficción.
—En su camino como escritora, Angélica ha ido construyendo una identidad literaria propia, explorando distintos registros y temáticas. Su libro Las periferias reúne relatos atravesados por la violencia y lo cotidiano. La recepción de su obra ha sido diversa, mientras sus personas más cercanas reconocen elementos autobiográficos, ella me cuenta que las narraciones son ficcionales.
¿Cómo fue la escritura del libro?
Cuando empecé a escribir no tenía pensado publicar un libro ni definir una temática en particular. Con el tiempo me di cuenta de que mis cuentos tenían un hilo común, la violencia y lo marginal. No fue algo consciente, pero después entendí que podía darle esa unidad. Ahora busco explorar otros temas y formas narrativas para no quedarme siempre en lo mismo.
¿Y cómo decides desarrollarlo?
Fue un conjunto de relatos que, sin planearlo, coincidían en mostrar cómo la violencia atraviesa distintos espacios. Creo que lo cotidiano puede ser literario y que no hacen falta grandes gestas heroicas para contar una historia con sentido. En ese libro, lo que hice fue tomar experiencias que conocía, transformarlas y convertirlas en ficción.
¿Qué te movió a escribir el libro?
Algo que elaboré después del libro: tener una representación del lugar de donde yo vengo, de un sector más marginado, pero que sea una voz de una persona que es de ese lugar. Siento que muchas veces las personas pobres o las personas más vulnerables, somos representadas por otros que no conocen esa realidad. Y a mí algo que me hacía ruido, por ejemplo con las teleseries, era la caricatura del pobre que siempre es tonto, siempre habla mal, siempre tiene una apariencia extraña. Poder escribir desde otra perspectiva, que primero yo soy una persona que sí conoce esa realidad, y puedo escribir con mucho más recursos en el sentido de imágenes, de historia, de contenido que es real, y darle cierta dignidad a esos personajes que no necesariamente son tontos, no son malintencionados siempre, no son, qué sé yo, feos, lo que sea, todo ese conjunto de características negativas que se asocia con lo marginal. Romper un poco con eso y darle una dimensión más amplia, porque no quiere decir que no existan esos personajes, no es que no hayan personas malas, sí hay probablemente, pero hay personas malas en todos lados. Mostrar que hay diversidad, que los sujetos son multidimensionales, que son personas que hay que otorgarles cierta dignidad también, aunque sean personajes. Darle una voz más real a ese lugar, una voz más auténtica. Eso es algo que me mueve, o al menos en el sentido de lo que narran esos cuentos.
Todas las representaciones culturales de lo marginal son muy estereotipadas, clichés, poco profundas. Siempre sus sujetos —los inventados por creadores/as de clase alta— son unidimensionales y persiguen algo que está relacionado con lo económico, como si el único problema que la gente pobre tuviera es tener plata y no tuviera otras reflexiones más profundas u otras inquietudes. Por ejemplo, de donde yo vengo es una población muy chica frente a El Cortijo, compartimos el mismo espacio. Y está obviamente la lucha siempre por llegar a fin de mes, pero tienen sus reivindicaciones políticas, el derecho a la vivienda, gente muy clever en ese sentido, de siempre estar pensando además en lo colectivo. Y siento que eso no se visibiliza mucho en las representaciones que hacen en la cultura de la gente que vive en los márgenes, siempre son poco profundos.
¿Cómo elegiste la imagen de portada del libro?
Al inicio pensamos en fotografías de Sergio Larraín, pero no me convencieron porque caían en estereotipos de pobreza. Terminé usando una foto de una niña disfrazada de cenicienta en el Paseo Ahumada, tomada por una fotógrafa —Teresa Arana Migliassi—con la que yo había trabajado antes. Me gustó porque era ambigua, rara, no mostraba lo evidente y dialogaba mejor con el libro.
¿Qué te han dicho sobre el libro?
Algunos piensan que es autobiográfico porque reconocen cosas de mi vida, pero no lo es. Tomo elementos de la realidad, claro, pero los transformo en ficción. Recuerdo que con un cuento en Santiago en cien Palabras entendí que lo cotidiano también podía tener valor literario, porque mucha gente se sintió identificada.
—La autora ha trabajado en temas penitenciarios para la Universidad de Chile, en distintos programas e investigaciones para el INDH y actualmente es profesora de Psicología y Trabajo Social en tres universidades.
Desde tu experiencia profesional, ¿cómo ves que se cruzan género y justicia?
El sistema castiga más a las mujeres. Por el mismo delito, muchas veces un hombre queda libre y una mujer va presa. Eso refleja una sanción moral que sigue mientras la mujer está encarcelada. Se las juzga como malas madres, malas mujeres y un sinfín de cosas. Muchas veces las familias, las parejas las abandonan, entonces ellas se quedan mucho más solas. Si tú vas a una cárcel de hombres, las mamás, las parejas van a verlos, les llevan las cosas que necesitan. Ahí también hay una desigualdad. En general los sistemas penitenciarios son muy precarios en Latinoamérica, en Chile también, la gente tiene esta fantasía de que con los impuestos se paga todo y que estas personas casi viven como reyes, pero no es así. Hay muchas cosas básicas, por ejemplo, de higiene, que las personas se tienen que autosustentar y que te la llevan tus familiares. Y si tú no tienes a nadie que te lleve nada, te quedas sin ninguna de esas cosas.
Las condiciones son muy precarias, hay hacinamiento y faltan programas de reinserción. He conocido cárceles de mujeres y de hombres, en Santiago y regiones. Muchas mujeres encarceladas lo están por microtráfico, no son personas violentas, pero cumplen penas de encierro que podrían haberse sustituido. Me impactó conocer cómo es la realidad de la cárcel. Hay como alas de maternidad, donde están las mujeres embarazadas o que tienen hijos lactantes de hasta dos años y son niños que viven ahí y que se crían en ese contexto con todo lo que eso significa. Limitación de movilidad, de acceso a la luz natural, de la comida que hay allí. No es un entorno muy favorecedor para los primeros años de vida.
—Angélica me dice que le gusta leer a cuentistas norteamericanos, tienen además una mirada realista sobre la vida cotidiana, me explica.
¿Qué autores o autoras te gustan?
Leo a muchos autores gringos, y creo que esa es la mayor influencia que tengo. Raymond Carver, Bonnie Jo Campbell. En general, algo que a mí me gusta de esos escritores, es que narran las cosas tal y como son. Yo siento que a diferencia quizás de lo cinematográfico, la literatura gringa es mucho más honesta. No trata de embellecer que Estados Unidos es lo máximo y que todo está bien, sino que muchas veces es mostrar lo feo. La pobreza, la violencia que existe, la vida cotidiana. No es esta cuestión tan espectacular que vemos en las películas, creo que esa forma quizás a mí me influyó. También Nora Ephron, me encantan sus libros y las películas que se hicieron con sus guiones.
Lo último que leí es un libro de cuentos de Lorrie Moore y ella narra desde lo cotidiano; cuestiones que quizás son experiencias mínimas, no es nada muy espectacular, pero son historias súper buenas, y además tiene una forma de narrar con humor. A mi me gusta que haya ciertas observaciones que puedan ser cómicas o que los personajes sean divertidos también. Una posibilidad que te da la ficción es que no necesariamente tiene que ser todo tan realista, entonces puede ser una persona que a lo mejor no existe, que es totalmente disparatada, un personaje ingenioso y que claro, son temas serios, pero que igual tiene un poco el humor. Y yo también hago eso, en varios de los cuentos hay cosas que quizás son medio ridículas, particularmente el último cuento del libro. Lo escribí pensando en mi mamá, por ejemplo, y son cosas chistosas que a veces mi mamá decía. Entonces ocupo también el humor como una herramienta.
¿Consideras que escribir es un proceso colectivo?
Sí, yo creo que sí. La única etapa no colectiva es cuando uno se sienta a escribir, pero muchas veces, incluso las ideas yo las discuto con otras personas. Se me ocurre algo y lo comento. Todo el proceso de creación, desde conversar las ideas; después cuando está el texto escrito, lo muestro a mi cercano, o en este caso a este grupo —del taller de escritura— que les aprovecho de mandar un saludo. Y ahí recibir comentarios de ellos me sirve para mejorar. Al final yo creo que ese es el propósito, que te lean. Uno escribe para que te lean, o al menos así lo veo ahora. Quizás antes me daba más pudor, era un ejercicio más íntimo, pero ahora en realidad quiero que me lean. Entonces, sí, me gusta que sea este ejercicio más colectivo de mostrarse, y al menos a mí también me sirve para ponerme más disciplina porque si no, también me dejo llevar por las otras cosas de la vida, el estudio, el trabajo.
Antes de despedirnos, Angélica me comenta que le interesa publicar Las periferias en formato digital, quizás con una reedición que le permita revisitar y ajustar algunos aspectos del libro. Al mismo tiempo, enfatiza que no busca encasillarse en los temas ni en el estilo que ya ha trabajado y está explorando nuevos formatos y narrativas, incursionando en historias que se alejan de lo realista, con la idea de seguir publicando.
*Te invitamos a leer los dos cuentos que la autora publicó en el marco del concurso Santiago en 100 palabras.
Tan cerca. Tan lejos:
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Collage: @Kuantosae



