Romina Paula: «Estar vivo es poder contarlo»
Hace un año lanzó su novela más reciente, Hija biográfica (Entropía, 2025), donde elabora en primera persona la vivencia de una preadolescente adoptada que se pregunta por su origen en medio de una vida feliz. Tiene que ver con una ética, dice la autora: defender que también hay algo que contar ahí donde no hay tragedia, ni truculencia, ni drama. No por eso, dice, las historias carecen de profundidad. Consagrada como una referente de la autoficción, la novelista y dramaturga argentina conversó con La Raza Cómica sobre la relación entre vivir y escribir.
Como siempre parece necesario aclarar, Leonor, la protagonista de la novela Hija biográfica (Entropía, 2025), no es Romina Paula, su autora.
La autora no es la protagonista del libro, a pesar de que el libro está narrado en primera persona, a pesar de que el género de ambas coincide, y a pesar de que el corriente de la conciencia de Leonor se parece bastante a conversar con Romina.
Tampoco es Romina porque en este libro, a diferencia de los anteriores, hay un desplazamiento: la protagonista ya no es una veinteañera escrita por una autora en sus veinte, como en Agosto (Entropía, 2009), ni una mujer hablando de la muerte de su padre poco después de que falleciera de verdad el padre de Romina, como en Acá todavía (Entropía, 2016). Esta vez, Leonor es una preadolescente, una chica adoptada y muy amada que recién empieza a acostumbrarse a su periodo menstrual, a sus «días de vagina», y en realidad Romina más podría ser Leticia, la madre adoptiva que comparte sin reservas los relatos de su vida poco tradicional con su hija, que Leonor.
«¿Este es un libro más tuyo como madre que como hija?», le pregunto una tarde de mediados de marzo en un café bonaerense, cuando afuera la humedad y el calor todavía dificultan la respiración.
Es una pregunta difícil, me dice ella, pero habla de su hijo de 11 años y resuelve que sí, que esta vez la historia sale más desde su lado maternal y de su relación diaria con un preadolescente que tiene todo tipo de preguntas y curiosidades, que de su propio recuerdo de haber tenido esa edad, o de la proyección de cómo pudo haber sido para su madre criarla.
Su hijo tampoco es Leonor: no sólo porque él es un varón, sino sobre todo porque Romina lo tuvo, lo parió. Pero la autora argentina cuenta otra cosa: que tiene un primo que, junto a su esposa, trabaja con una ONG que busca familias temporales para los bebés que van a ser adoptados definitivamente por alguna pareja. «Cuando estos niños en tránsito eran adoptados de bebés, ¿dónde quedaba la información del lugar por el que habían pasado?», se preguntaba Romina.
Ésa es exactamente una de las escenas que inauguran el libro: «Mi familia de cuidado se las apañó para sumar un par de fotos a mi álbum», dice Leonor. «Soy muchos bebés distintos en esas imágenes y casi siempre parezco varón». La niña elucubra que, con esas imágenes, quisieron que a ella le quedara algo de esa familia que la cuidó antes de llegar hasta Leticia.
La nueva novela de Romina Paula viene a alimentar una serie de libros así, confusos en sus límites con lo real, donde sí hay hechos verídicos, aunque también mucha ficción, y siempre, pero siempre, una primera persona tan franca y auténtica que como lectores tendemos a pensar que se trata sin duda de Romina.
«Hace un tiempo estaba medio mal vista: se llamaba literatura del yo y decían ‘ah, no le da la cabeza para inventar historias’. Ahora que más varones lo escriben, lo llamaron autoficción. A mí no me queda claro si la gente prefiere que lo que escribo sea verdad o si prefiere que no sea verdad, pero lo divertido es que esté todo mezclado. Yo creo que cuando yo sea vieja –si es que llego, ojalá que sí– voy a pensar que todo lo que escribí, lo viví. Se me va a mezclar todo», dice.
–Nunca antes tu primera persona había tenido una edad distinta a la que tú tenías mientras escribías, ¿no?
–No, las otras primeras personas, tanto en Agosto como en Acá todavía, o incluso en la primera, Vos me querés a mí, que son esos monólogos y diálogos, siempre estaban desfasados por el tiempo que tardo en publicar, pero sí, eran de mi edad. Esta es la primera vez que hay un salto de tiempo.
–¿Y qué dificultad encontraste en ese proceso? ¿Sientes que lograste que no sonara adulta?
–Por un lado es algo que a mí me interesa un montón, lo del verosímil. Sobre todo con las voces de los niños suele surgir mucho eso de «no parece de una niña» o «yo no sé si una chica de esa edad diría eso». Yo lo tenía presente eso, sin embargo, como es una ficción, tampoco pretendía que fuera realista del todo. En Entropía estuvieron bastante atentos a los pensamientos que fueran un poquito sofisticados y a algunas de esas cosas les presté atención y las atendí, pero en otras dije “está bien” y las elegí igual. No sabría cómo decir «no, así no habla alguien de esa edad». También un poco surge de mi convivencia con mi hijo, que ahora cumple once años. Para mí es una mezcla entre un recuerdo que puedo tener de niña, de mis conversaciones con mi hijo, y del contacto con el mundo infantil, que tengo más en los últimos años y que por muchos años había dejado de tener.
–El libro alterna entre un capítulo narrado por Leonor y uno donde la niña cuenta recuerdos que vivió su madre antes de adoptarla, eso debió suponer otros desafíos.
–Esa primera persona también tiene su polémica, y también la conversamos con Entropía, que era «¿cómo se acuerda tanto?». Es un indirecto donde, por momentos, parece que es de ella el recuerdo, o que es demasiado cercano, y que decís «¿la mamá le contó todo esto?». Ahí también fue una decisión que tomé, con respecto a esa intimidad de la madre que cuenta demasiado. Más adelante en la novela hay una pequeña justificación interna, que igual podés dejarla pasar, que deja entender que le cuenta esas historias a su amiga. Pero igual tienen un nivel de detalle que, si uno quisiera que fuera lo más verosímil del mundo real, es un poco forzado. Eso siento que son dos decisiones formales que tomé que te pueden dejar afuera, que son «una niña no habla así» y «cómo hace para recordar tanto de la mamá», pero bueno, este libro es eso. Te propone eso.
–¿Cuál fue tu universo de referencias sobre el tema de la adopción?
–Me nutrí de una experiencia, porque mi primo y su mujer tienen cuatro hijos y desde hace muchos años tienen relación con una ONG y reciben bebés en tránsito. Ahora hace un tiempo que no tienen, y sus hijos ya están bastante grandes, pero tenían siempre bebés. A veces tenían más acceso que otras a las historias, aunque en general casi siempre sabían de dónde venían. Estaban en adopción porque siempre eran madres o padres muy jóvenes, en situación de calle o con problemas de adicciones, mismo eran casi niños a veces. Hubo algunos que estuvieron más de un año y les festejaban el año, y eran niños o niñas que tenían unas ropas que nadie compró para ellos: o bien se las daban de la ONG o mis primos tenían, pero era ropa sin género, o grande, o pequeña, había algo raro. En cambio, al bebé deseado siempre la gente le regala ropa. Eso me parecía increíble. También me parecía increíble hablar de quiénes eran… no sé, cuál era la genética, quiénes eran los progenitores biológicos de ese bebé y después, cómo pasaban de la casa de mi primo, que era una casa con mucha gente y mucho ruido, a casas en general muy silenciosas –o eso me imagino yo– de matrimonios que estaban esperando hace mucho tiempo, con la carga que eso también tiene, a un bebé.
–Aunque el libro habla muy poco de ese primer momento y se centra en la preadolescencia de Leonor.
–Yo quería trabajar eso de la niña que sabe que es adoptada, que no hay un tabú con eso. Y quizás fue porque era una buena excusa para hablar también de la construcción del vínculo madre e hija, que en mi caso es madre-hijo, como algo que se construye y que a veces funciona y otras veces no. Siempre con los hijos uno construye el vínculo, con el hijo biológico también, no es que está dado porque lo pariste. Esa idea de que porque va a ser tu hijo lo vas amar o porque querés amarlo va a funcionar, tampoco es así.
–Entonces, ¿tiene más que ver contigo como madre que contigo como hija?
–Qué buena pregunta. Mi primera respuesta, sin pensar, sería sí. Para mí es como mi observación de cómo ser madre, no es tanto haber pensado cómo fue madre conmigo mi mamá… y también se trata de explorar todo lo que trae ese otro ser, ¿en quién te convierte? Sí, creo que sale más de mi experiencia de ir siendo madre, que de la mía con mi madre.
Otra cosa que el libro propone: abordar temas de mujeres con respecto a sí mismas –como la menstruación– o entre ellas –como la relación entre la madre y la hija, o la atracción que se puede generar en el núcleo de una amistad femenina–, y no necesariamente en relación con algún hombre. Casi no aparece un padre, ni biológico ni adoptivo. No hay hermanos varones. Hay, apenas, un amigo. Leonor, al hablar de sus «días de vagina», dice: “De repente blup, baja la sangre y no digo nada y eso me está pasando a mí al mismo tiempo y el otro no sabe y me da mucha sensación de autonomía o de intimidad en público y es algo que me gusta tener”.

Otra forma posible
Cuando el libro empezó a circular, a Romina Paula le comentaron en un par de entrevistas: este es un libro en el que «está todo bien». «Siempre leo cosas retruculentas», le decían, entonces el contraste llamaba la atención. «Tuve esa sensación de que ‘está todo bien’ suena como si fuera muy superficial, pero no creo que sea así. Hay gente que se quiere y que tiene que tramitar cosas, aunque sean dolorosas… Este libro para mí es como si fuera un pequeño mundo ideal, o una especie de manifiesto de ‘puede ser así’, algo de eso. Como una ética», dice.
–Claro, la historia la protagoniza una niña adoptada que transita su preadolescencia pero que es feliz, que es amada, que no está en conflicto con su adopción.
–Sí, por las cosas que le pasaron uno podría pensar como «ah, bueno, ser adoptado, que te adopten…», pero yo quería ir más allá de la imagen del trauma, ¿no? Es algo feliz. Cuando es una opción, cuando las personas que te reciben te quieren y cuando no fue una situación traumática de la que salís, y todas esas cosas… Quería hablar de esa gente que procesa bien estar en el mundo y que vive las cosas que también podrían ser tristes con cierta armonía. Tenía un poco esa sensación mientras la iba escribiendo, porque lo escribí durante muchos años también y todo se empezó a poner más denso en Argentina, sobre todo el mundo de los medios, que siempre tiene esa densidad apocalíptica. Y no es por ser negadora ni nada de eso, al contrario, pero quería tener un lugar donde decir: hay gente que se las acomoda para poder vivir con cierta ecología emocional en un mundo donde a veces es difícil o duro. Quizás tiene que ver con el modo, ¿no? Hay gente que mete esos temas oscuros como si el tema te fuera a dar la garantía de que estás hablando de algo profundo.
–Quizás es algo contracultural hoy en día: proponerse hacer un libro donde las cosas están bien. A menudo pensamos que las historias siempre tienen que nacer del drama.
–Por eso te lo decía y decía «tiene un doble filo esto que estoy diciendo», porque puede parecer como una especie de negación del conflicto. ¿Viste que Lucrecia Martel está dando un montón de entrevistas ahora porque está presentando una película? La escuché en un video cortito donde decía algo parecido a que estando triste no se puede luchar. Y a mí me pasa un poco eso: me parece casi revolucionario, y no es por no tocar temas graves. No sé, yo creo hasta hoy –igual lo digo y explota el mundo– que el ser humano sigue siendo más bueno que malo, solo que en el lugar del poder está el que pisó 40 mil cabezas para llegar, pero creo que el equilibrio de la persona normal sigue siendo bastante de bondad y de empatía.
–Es como devolverle la dignidad a esas historias, ¿no? Decir: ¿y por qué esto es menos digno de ser contado que una historia truculenta?
–Total. Yo escucho mucho la radio y en los distintos programas entrevistan a todo tipo de gente que está en el mundo y que hace cosas buenas para su entorno, más importantes o menos importantes, y cuentan su vida y a veces son historias que adentro tienen alguna desgracia y eso se supera, y decís «ay, la vida de la gente, qué compleja». Ahí hay un montón de historias que no son las más trascendentes, y por ahí tampoco siempre están hechas de cosas trágicas, pero que tratan de personas que viven y que hacen algo bueno sin hacer de eso ninguna bandera, es un modo de vivir. Eso no quiere decir que no me guste el policial: me encanta el universo del crimen y también creo que tiene su encanto, porque tiene algo de eso de no poder quitar la vista del choque.
–También es distinto verlo que hacerlo, ¿no? Estar escribiendo un libro «truculento» durante varios años te toma una distinta energía…
–Sí, hay que tener ganas también. Para ver ese contenido hay que tener una piel gruesa. A mí me pasa que me cuesta el sufrimiento si no está muy justificado, o sea, si el goce estético no es superior al sufrimiento que te genera, prefiero no verlo. Me pasa con la muerte, viste que en esas series matan a gente como si nada. Yo cada vez que matan a alguien me angustio, no lo proceso tan bien. Es algo de lo que decís, también: lo que sea que veo, me impregna.
–Sobre todo tú que escribes en primera persona. A mí me llama la atención de tus narradoras que son personas que llegan a lo que quieren decir, pero que lo van rodeando hasta que llegan a la forma final y que además transparentan ese proceso. ¿Siempre escribiste así? ¿Qué es lo que sientes que tiene esta manera de narrar?
–Sí, o sea, creo que al principio era menos consciente. Por ejemplo, cuando empecé a escribir Acá todavía quería escribir una tercera persona, creo que un poco para demostrarme a mí misma que también podía escribir una tercera, y me encontraba con que escribiendo yo iba naturalmente hacia el yo, perdía la tercera. Eso me pasó bastante y en un momento dije: «¿Yo qué estoy haciendo? ¿Para quién escribo la tercera?». Hay algo del pensamiento en la primera que me divierte más, es como si fuera la canción que tengo dentro de la cabeza, la cadencia, es como medio eso, como de pensamiento, y también de la búsqueda de la palabra, eso que vos decís, ¿no? Algo de la frase hecha, de cómo se dicen las cosas, y de jugar con eso también, de repente de usar una palabra muy coloquial o vieja, o mezclar en una oración por ahí algo de otro mundo. Eso es lo que me divierte mucho.
–¿Y qué tan difícil es para una persona que escribe siempre en primera persona hacerle entender a la gente que no eres tú la que está narrando el libro?
–Ah, imposible. Más que difícil. Por eso para mí fue un alivio cuando saqué un libro de columnas que decía «No ficción». Listo, ya está, acá no tengo que dar ningún tipo de explicación. Me pasa también que a veces no terminas de saber si la gente se decepciona más cuando sabe que las cosas son ciertas o cuando se entera de que no son ciertas; me pasan las dos cosas. «Ah, ¿cuándo te viniste del sur?». «No, no soy del sur». “Ah…”. Pero bueno, ¡lo inventé! ¿No es un mérito inventar? Igual vos viste que ahora cambió bastante, pero hace un tiempo estaba medio mal vista la autoficción: se llamaba literatura del yo y decían ‘ah, no le da la cabeza para inventar historias’. Ahora que más varones lo escriben, lo llamaron autoficción. Yo creo que cuando yo sea vieja, voy a pensar que todo lo que escribí, lo viví. Se me va a mezclar todo.
–»Doy por vivido todo lo soñado», como decía Isidora Aguirre, que es una dramaturga chilena.
–¡Qué lindo! Sí, seguramente se me va a mezclar todo.
–En ese libro de columnas hablabas sobre Acá todavía y sobre la muerte de tu padre, y dices: «Curiosamente, ese señor que agoniza y muere en la novela no es mi padre y la narradora no soy yo y por más ridículo que suene, eso es verdad, y entonces es un desplazamiento que no cura nada y es algo, pero no curar». No se cura, pero ¿algo se exorciza a través de una primera persona media falsa?
–Viste que es medio contrafáctico cómo sería yo si no escribiera. Es imposible de saber. Si escribir hace que yo sufra menos, o que procese mejor las muertes de mi familia, también es imposible saberlo. Sí recuerdo mucho que, de los momentos en los que estábamos en esa situación horrible de mi padre real enfermo y acompañando, pensaba, «bueno, después escribo algo de esto». Al revés sí me servía: pensaba que lo iba a escribir, pero no sé si cuando lo escribía tenía algo reparativo. O cuando estoy por tener un ataque de pánico o sintiéndome muy angustiada, pienso: «después lo cuento». «Después se lo cuento a una amiga y va a ser gracioso». Puedo verlo de esa manera… Eso es estar vivo, poder contarlo, ¿no? Entonces como que eso te salva, decís «pero lo voy a poder contar», y listo, ya está. O sea que me funciona en ese plano, no sé si me funciona después devolverlo, pero bueno, supongo que sí, que debe ayudar a procesar la experiencia.
–Pensar «capaz que el lenguaje me va a ayudar con esto«.
–Es lindo eso, pensar que el lenguaje te va a ayudar.
–También es bonito eso de que estar vivo es poder contarlo.
–¿Sí o no? Lo triste de no estar vivo es que no puedes contarlo, lo tienen que contar otros.
Fotografía: © Bea Borgers



