Yo había llegado a la nada, y la nada era viva y húmeda: Notas para una lectura de Rompehuesos de Pabla San Martín

mayo 26, 2026
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Se eu quiser falar com Deus
Tenho que aceitar a dor
Tenho que comer o pão
Que o diabo amassou

Gilberto Gil

Hay una genealogía de libros que hablan de cosas sutiles, paisajes interiores, silencio y lentitud. Son libros que conviven con la introversión, con un cierto «ir hacia dentro». Hay otros en donde el paisaje se aventura más allá de nosotros, la mirada introvertida se vuelca hacia los demás, encarna sus voces, las cosas se mueven, se rompen, se descarrilan, tal y como ocurre en este libro conformado por nueve relatos que si pudiera describir en una palabra, diría: vivos.

Todo está vivo y es inmundo. Es el título de un libro de la poeta Soledad Fariña, quien echa mano de La pasión según G H (Lispector) para construir un poemario a partir de frases y palabras prestadas por la brasileña. Esta frase asoma con insistencia mientras leo Rompehuesos, de Pabla San Martín,y es que hay en la galería de personajes que convoca, un ánimo celebratorio del riesgo, de la acción, de ese ir y siempre ir, que es también la aceptación del tiempo, y la imperfección humana.

Una madre por consejo de su tarotista se echa a andar por la carretera con sus hijos a cuesta. Va en busca de un hombre, el padre de los niños, escuchando en loop canciones que reafirman su deseo. Incendio en su corazón es el título de este cuento que abre el libro. En el segundo relato un bus de esos que llevan a toda la familia y vecinos a un funeral se vuelca con los arreglos florales, baldes de agua y fruta reventada dentro. Pero no es lo insólito de estas situaciones ni lo reconocible de ellas lo que me conmueve realmente. Sino la presencia de una voz más bien tímida, hermana menor o mayor, dependiendo del cuento, hija o madre, con nombre propio o sin. Una voz que se guarda y más bien complace porque todo alrededor parece ya muy caótico como para sumar más drama al asunto. Es desde esta posición de espectadora que estos relatos saltan de regocijo cuando, por ejemplo, la hermana mayor huye por el campo en su caballo blanco:

Su cuerpo subía y bajaba al ritmo del galope y su melena roja resplandecía como si soltara chispas en el cielo. Por un momento quise sacar medio cuerpo por la ventanilla, gritar de emoción y celebrar su valentía. Nunca antes la había visto cabalgar. Pero me contuve: recordé que yo vivía para estar del otro lado del asunto.

Pabla San Martín, autora de Rompehuesos.
Pabla San Martín, autora de Rompehuesos.

Me parece una imagen preciosa y arquetípica: la fuerza, el coraje femenino. Y del otro lado la dignidad, pues ninguno de los personajes que protagonizan los cuentos detentan poder, pero de alguna manera se han atrevido a tomar las riendas de su vida, lo que no es poco. Incluso la niña bien portada que actúa como la voz narrativa, dignifica su vida a partir de la comprensión hacia los demás y en la comprensión de los hechos mismos, los que transmite a través de una mirada que no levanta juicios, sino que constata, permitiendo que la vida de mujeres, niñas y niños tengan un lugar.

En el cuento Los sapos, quien habla nuevamente es un niño. Y esa es otra virtud de este conjunto, pues la mirada de los niños es abierta y carece del juicio de los adultos. Pabla es capaz de pasearse con soltura por la infancia, la adultez y la vejez, pero considero que es la mirada de la infancia quien se lleva el mayor protagonismo en los relatos, también la infancia que persiste en los adultos. El niño de Los sapos busca a su madre, quien lleva meses desaparecida. Son los tiempos de la dictadura y nadie parece hacer nada, excepto él, desde su desconocimiento y enorme pena. (Estoy hablando de un cuento sin seguir un orden, tan solo por mi subjetiva predilección.) El chico sigue cumpliendo sus labores junto a su tío suplementero, pero todo el tiempo en su cabeza está maquinando salidas para reencontrarse con su madre. La situación es conmovedora y sin embargo no dejan de relevarse sentimientos de ímpetu y arrojo, la potencia de ir hacia lo deseado, sea esto una idea de mundo, el sentido de justicia o una madre.

Yo había llegado a la nada, y la nada era viva y húmeda. Algo así dice Lispector en esa novela increíble que es La pasión según G H, y resuena en mí cuando cierro Rompehuesos y termino de leer ese último relato en donde alguien que puede funcionar como la alter ego de la autora, nos presenta sus borroneadas ilusiones dentro de un bus que una vez más se descarrila en un paisaje de provincia. La nada era viva y húmeda. La nada, ¿la verdad? ¿Lo cúlmine de una revelación espiritual? ¿La iluminación? Sea lo que sea que haya querido decir Clarice, desemboca en algo vivo y crudo, embarrado, como los personajes de estos relatos que se atreven a pisar la tierra con el cuerpo entero.

Valdivia, enero del 2026

Nina Avellaneda, autora de la reseña.
Nina Avellaneda, autora de la reseña.
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