Antonia León Alvarado: “No me imagino una vida sin hablar de animales, sin escribir sobre ellos, sin convivir con ellos”

abril 16, 2026
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El perro tiene tres patas (Ágata Musgo Editora), es un libro que nace de la relación de la autora con un perro rescatado —Manchas—, al que cuidó tras la amputación de una de sus patas y cuya partida dio origen a una escritura marcada por el apego, la pérdida y el amor.

Antonia León Alvarado (Linares, 1997) es lectora, escritora y librera. Su relación con la literatura empezó muy temprano: aprendió a leer siendo muy joven, casi por imitación de su hermana mayor. Hay una escena que recuerda bien: tomó un diario, leyó en voz alta un titular y después preguntó qué significaba una palabra que no entendía. Ahí su familia se dio cuenta de que ya sabía leer. Desde entonces, la lectura le pareció algo casi mágico: un conjunto de signos que, de pronto, se transforman en imágenes y mundos nuevos.

Uno de sus primeros acercamientos importantes a la literatura fue Matilda, un libro que la marcó profundamente. Le gustaba la historia, los dibujos y también la posibilidad de compararlo con su versión en el cine. Como creció en Linares, donde no hay muchas librerías, su formación como lectora estuvo muy ligada a internet. Buscaba libros sobre temas muy distintos —historias raras, cosas extrañas— y muchas veces no estaban disponibles en su ciudad. Su mamá la ayudaba a conseguirlos e incluso le enseñó a descargarlos. Así, desarrolló una forma de leer amplia y sin prejuicios: leer todo lo que encontraba.

Al entrar a la universidad, primero estudió Antropología en la Universidad de Concepción, porque le interesaba la antropología lingüística. Pero como ese enfoque no estaba disponible, se cambió a Literatura y Lingüística. Con el tiempo entendió que, aunque le parecía interesante la lingüística, lo que realmente le gustaba era la literatura, sobre todo por su dimensión creativa. Además, su vida siempre ha estado ligada a la creación, también a través de la música.

El paso de Linares a ciudades como Concepción y luego Santiago fue un cambio fuerte. Venía de un entorno más tranquilo, incluso rural, y tuvo que adaptarse a la velocidad y las distancias de la ciudad. Aunque vive en Santiago desde hace algunos años, no se siente completamente parte de la ciudad y mantiene un vínculo muy fuerte con Linares, donde asocia la vida con un ritmo más lento y más espacio para leer y descansar.

Después de la universidad, hizo un diplomado en literatura infantil y empezó a trabajar en librerías. Hoy se identifica mucho con ese oficio: se considera más librera que poeta. Le gusta recomendar libros y ayudar a las personas a encontrar lo que buscan, pero también tiene una mirada crítica sobre el trabajo. No lo idealiza: ser librera implica tareas físicas, horarios exigentes y una dimensión de venta. Para ella, el librero es un trabajador más, aunque también cumple un rol cultural importante.

Además, defiende una idea abierta de la lectura: no cree que leer sea una obligación ni que haya libros “mejores” que otros para cada persona. Cada quien debería poder leer lo que quiera, sin ser juzgado.

Su acercamiento a la escritura fue, sobre todo, a través de espacios colectivos. En Santiago participó en clubes de lectura y talleres de poesía, donde conoció a otras personas que escribían. Ese entorno fue clave: empezó a compartir sus textos, a leer a otros y a sentirse parte de una comunidad. Para Antonia, la poesía no es algo que se obtiene con un título, sino algo que ocurre en relación con otros, cuando hay intercambio, confianza y reconocimiento. Su escritura nace, en gran parte, de ese cruce entre experiencia personal y comunidad.

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—¿Cómo ha sido tu experiencia como librera?

Me encanta ser librera. De hecho, me considero más librera que licenciada en literatura. Es muy bonito encontrarle a alguien el libro que estaba buscando. Pero tampoco hay que romantizar el trabajo. Hace poco salió un artículo que hablaba del “look de librera”, como si fuera algo muy estilizado: los lentes, la falda, el aura intelectual. Y en realidad yo tengo una visión más marxista del trabajo. El trabajo no dignifica a la gente; la gente ya es digna. Ser librero también implica levantar cajas, tirarse al suelo, trapear, limpiar baños. No es tan romántico como la gente cree. Tampoco pasamos el día leyendo. De hecho, algo que me pasa ahora es que ya ni siquiera percibo el famoso “olor a libro”. Entonces cuando alguien me dice “¡qué bacán tu trabajo!”, yo pienso: igual me levanto a las siete de la mañana, llego tarde a mi casa, almuerzo fuera… y además hay que recordar que el librero también es vendedor. Estamos dentro del mismo sistema que cualquier otro trabajador.

Eso sí, creo que los libreros somos agentes culturales. Pero no somos mejores que nadie. De hecho, yo defiendo mucho a la gente que no lee. Leer no es obligatorio. También defiendo que la gente lea lo que quiera. Si alguien de 35 años llega buscando Harry Potter, bien. Si eso lo entretiene, perfecto. Es lo mismo que ver una serie como Grey’s Anatomy. No hay que humillar a nadie por disfrutar ciertas cosas.

—¿Crees que habrías escrito tu libro si no hubieras estudiado literatura?

Puede ser, pero creo que lo más importante fue entrar a ciertos espacios. Me metí a un club de lectura con Carlos Cardani y ahí nos hicimos amigos. Después me invitó a su taller de poesía, que en ese tiempo funcionaba en Donoso, el antiguo taller Lord Cochrane. Ahí conocí a mucha gente: Pancho, Emilia, Cathe.

—Ágata Musgo.

Claro, aunque en ese momento todavía no era Ágata Musgo. Empecé a sentir que pertenecía a un espacio. Yo venía llegando a Santiago y no tenía muchos amigos, así que fue importante. Ahí empezó algo muy social: quería escribir para mostrarles mis poemas a estos amigos nuevos, leer los suyos, comentar sus textos. La poesía también tiene mucho de comunidad.

Después me hablaron de un taller de la Fundación Neruda. Yo ni siquiera sabía que existía cuando vivía en Linares, y eso muestra lo difícil que puede ser hacer poesía desde regiones. Postulé, quedé, empecé a escribir más. Compartía mis textos del taller con los amigos de Lord Cochrane. En ese tiempo ocurrió todo lo relacionado con el perro y empecé a escribir sobre eso. Al principio el libro eran varios poemas sueltos, no un poema largo. Cuando mostré esos primeros textos, mis amigos me dijeron que ahí había algo. Y creo que la poesía también funciona así: llega un momento en que alguien más confía en ti, porque no existe un título de poeta. No te licencias de poeta. Más bien es algo que ocurre cuando tus pares empiezan a reconocerte como tal, cuando sientes que ya perteneces a un círculo.

—¿Qué se sientes al ver tu libro en vitrina?

Cuando lo veo en vitrina me da como una cosa muy gregaria. Yo sé que los libreros hacen eso porque yo también soy librera, entonces lo encuentro muy tierno: es un gremio chico cuidando a los suyos. Es como: ¡guau, ese es mi libro!. El otro día alguien lo estaba comprando y yo le dije: “¡Ese lo escribí yo!”.

Y también me ha pasado que la gente me pide que se los firme y me muestran fotos de sus perros. Eso me encanta. Mi máximo sueño en la vida es ser conocida como una loca de los perros.

—¿Cómo fue la experiencia de vender tu propio libro? ¿Qué te dijo la persona que lo compró?

Fue un chico. Me dijo que había leído la contratapa y que le había llamado la atención. Fue muy tierno. Además, el libro quedó muy lindo. Las chicas de la editorial son muy obsesivas con los detalles: hicieron una caja muy bonita, una edición muy cuidada. En la portada hay un perrito con tres flores y una flor fantasma. Me sentí muy cuidada por la editorial, muy respetada. Como no tenía experiencia previa publicando, tampoco sé si esto es siempre así, pero mi primer acercamiento al mundo editorial fue muy bueno. Me dejaron la vara muy alta: un libro tan querido, tan cuidado. Además, es rojo, que es mi color favorito.

—¿Cómo nació la idea de escribir el libro? ¿Tiene relación con un perro tuyo?

Sí. Todo nace de un perro que tuve como hogar temporal. Tenía tres patas: había perdido una delantera y estaba recién amputado. Yo incluso le saqué los puntos.

Se llamaba Manchas y ahora vive con una familia bacán. De hecho, su foto aparece en la última página del libro. Hay gente que lo ha visto por ahí y me manda fotos, como si fueran “avistamientos de Manchas”.

Con ese perro generé un apego muy fuerte. Y cuando se fue, también viví una crisis muy fuerte. Creo que muchas escrituras nacen de una ruptura, de algo que se rompe. Una crisis. En mi caso fue una crisis de pánico. Cuando el perro se fue, sufrí mucho y llamé a mi hermana. Ella me dijo: “Quizá podrías escribirle algo”. Y ahí empezó todo.

—¿En qué año fue eso?

En 2023. Estaba participando en un taller de la Fundación Neruda, aunque había presentado otro proyecto al principio. Cuando escribí los primeros poemas los llevé al taller de Donoso y ahí me dijeron: “Sí, acá hay algo”. Después me di cuenta de que no me estaba funcionando escribir poemas sueltos. Entonces pensé: ¿qué pasa si simplemente escribo sin pensar que esto es un poema? Así nació la idea del poema largo.

Las primeras diez páginas las presenté en la Fundación Neruda. Recibí comentarios de mis compañeros y de quien estaba a cargo del taller, Pancho Martinovich, que me ayudó mucho en el proceso.

También hay algo importante: escribir es trabajo. Hay que ser rigurosa con eso. Yo leí mucho sobre perros mientras escribía.

—¿Qué leíste sobre perros?

Uno que me gustó mucho fue Perros, de Mark Alizart, que me recomendó [Carlos] Cardani. Es de la editorial La Cebra. También leí otros libros, como Un perro solo y Quince perros, de un autor de Trinidad y Tobago. Ese es muy entretenido: parte con unos dioses en el Olimpo discutiendo si la maldad viene de tener conciencia, y deciden darle conciencia a unos perros de un canil para ver qué pasa. Así que en ese periodo me volví como una “perróloga”: leía todo lo que encontraba sobre perros.

—En tu libro casi no hay comas y no usas mayúsculas. ¿Fue una decisión consciente?

En mi caso tiene que ver con mi forma de hablar: hablo muy rápido.

Mi proceso de escritura es raro. Muchas veces salgo a pasear con mi perro, me pongo audífonos y grabo notas de voz. Después transcribo todo, entonces el ritmo del texto viene más de la respiración que de la puntuación. A veces hay párrafos muy largos que después corto, pero la guía principal es el corte del verso, no la coma.

También tiene que ver con la desesperación del libro: esa sensación de tener que decir algo rápido, porque si no se te olvida.

—¿Cambió mucho el texto desde la primera versión?

Muchísimo. El primer manuscrito tenía como 35 páginas.

Hicimos un trabajo de edición rápido, vertiginoso, pero muy consciente. Lo bueno de trabajar con gente como Francisco y el equipo de la editorial es que me conocen, conocen mis textos y también saben cómo trabajo.

Muchas veces el proceso era así: “Oye, esto que escribiste suelto creo que funciona acá. ¿Puedes escribir otro párrafo que nazca de este?”. Y yo lo hacía.

Esa contención también me ayudó mucho, porque soy bien dispersa. Si me hubieran dado un año para editar el libro, probablemente lo habría terminado la última semana de diciembre.

—¿Cómo ha sido leer las reseñas del libro?

Primero entro desde la curiosidad: quiero ver qué entendió la gente.

Y además ni siquiera estoy segura de entender completamente lo que yo quería decir cuando lo escribí. Yo soy una persona muy literal: no tuve amigos imaginarios cuando chica, ni siquiera cuando lo intentaba.

Para mí lo que escribo es lo que quiero decir. No soy muy metafórica. Siempre he pensado que los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje.

Por eso me da risa cuando la gente busca símbolos en todo. A veces las rosas son simplemente rojas.

Además el lenguaje siempre tiene una distancia con la experiencia. Si yo digo “perro”, tú piensas en un perro que no es el mismo que yo imagino. Entonces el libro deja de ser mío: cada lector arma su propio significado.

—¿Qué te gustaría que hiciera el lector con el libro?

Algo que ya está pasando: que me muestren fotos de sus perros.

El libro también habla de ese espacio de silencio que existe entre humanos y animales. Con un perro siempre hay un límite en la comunicación. No puedes preguntarle dónde le duele, por ejemplo.

Ese silencio es incómodo, pero también abre otras formas de atención: uno observa más, interpreta más.

En el libro también aparece la idea de la carencia. Un perro se define como un cuadrúpedo, pero este perro tiene tres patas. Entonces deja de encajar en la definición.

Esa carencia abre muchas preguntas: si no eres exactamente lo que se espera que seas, ¿qué puedes llegar a ser?

También me lo pregunto yo misma: ¿cómo construyo mi identidad desde mis propias faltas?

Al final el libro es, sobre todo, una carta de amor a ese perro.

—¿Sabes ahora de ese perro?

Antes vivía cerca de Moneda. Ahora tiene una familia y una hermana perruna gigante. Tengo el número de la persona que lo adoptó.

—¿Esa persona sabe del libro?

No… me da mucha vergüenza. Me encantaría mandárselo, pero también me da miedo volver a ver al perro y sentir que no puedo vivir sin él.

No lo veo desde 2023. A veces me mandan fotos y se me aprieta el corazón. Entonces miro a mi perra, Miel —que es lo que más amo en el mundo— y pienso: estoy bien aquí.

Mi sueño sería tener un campo grande para recibir a todos los perros de la calle. Con mis amigos siempre bromeo con que todos los perros callejeros son míos. Me cuesta no saludarlos. Pero más que un sueño concreto, es una forma de ver el mundo. Tiene que ver con este libro, Bienvenida a mi cabeza: la única forma real de relacionarnos es desde la vulnerabilidad. Si no aceptamos que somos vulnerables, no hacemos comunidad.

Los perros lo saben: si no aceptan que se necesitan entre ellos, se mueren de hambre, de frío. Nosotros también. En el fondo, se trata de dejar de jerarquizar tanto la relación humano-animal y entender que compartimos esa necesidad básica de vínculo.

—¿Y cómo se muestra esa vulnerabilidad en un mundo que es tan hostil, fuera del ámbito literario?

Creo que compartiendo la experiencia, hablando, siendo muy honestos. Igual estamos en una época —y aquí quizás voy a sonar un poco como abuela— en que no estamos tan dispuestos a incomodarnos por el otro. Este boom de poner límites también nos llevó a olvidarnos de los pequeños sacrificios que implica querer a alguien.

Por ejemplo, no quieres ayudar a un amigo a mudarse porque te da lata, no quieres levantar cajas, pero lo haces igual. Porque es tu forma de estar en la comunidad. La vulnerabilidad también pasa por eso: por aceptar ciertas incomodidades. No se trata de sobrepasarse, pero sí de hacer cosas que, en principio, no quieres hacer.

Vivir en comunidad implica chocar. No pensamos todos igual. Lo veo con mis vecinos: hace poco mi perra mordió a la perra de una vecina. Y ahí no queda otra que cruzar esa línea incómoda: pedir disculpas, no justificar, asumir. Y al mismo tiempo confiar en que la otra persona también entiende que los accidentes pasan.

Ahí aparece la comunidad: en esa disposición a incomodarse, a hablar, a hacerse cargo. Porque también es incómodo reconocer las propias limitaciones, decir “no soy tan buena en esto”, “ahora que me lo explicas, lo entiendo”. Comunicar es difícil, porque a nadie le gusta perder.

Pero quizás de eso se trata: de entender que en una comunidad todos perdemos un poco. Y que, justamente por eso, nadie pierde del todo.

—Y lo último: ¿vas a seguir escribiendo sobre animales?

Creo que para escribir hay que ser un poco obsesivo. Y la obsesión no es algo que uno elija: aparece sola. Puedes estar escribiendo sobre tu abuelo y, de pronto, terminas hablando de perros. Todo te lleva a lo mismo.

En mi caso, no puedo evitar escribir sobre animales. Crecí en el campo. Mi papá siempre cuenta que yo me perdía y aparecía durmiendo entre los perros. Es algo que está completamente en mi ADN.

No me imagino una vida sin hablar de animales, sin escribir sobre ellos, sin convivir con ellos.

Así que sí.

Es un sí. Un muy sí.

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