Transformar las máscaras blancas de la ciencia que aprendimos

Equipo de Catáloga Colectiva junto a presentadorxs durante el lanzamiento del número 11: feminismos y ciencias. Fotografia: Catáloga Colectiva.
abril 29, 2026
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La presentación de la revista Catáloga Colectiva: Feminismos y ciencias se realizó el pasado miércoles 25 de marzo en la histórica sede del MEMCH (Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena) en Santiago, en un encuentro abierto y gratuito que reunió a investigadoras, activistas y lectoras en torno a las relaciones entre ciencia, género y territorio. La revista fue presentada por Karen Vergara, investigadora en tecnología y género y directora de Amaranta ONG, y por Jorge Díaz Fuentes, biólogo y doctor en bioquímica, cuyo trabajo cruza biología, arte y disidencia sexual.

Presentamos a continuación el texto que Jorge compartió ese día, en un espacio cargado de memoria política, donde históricamente se han dado debates fundamentales sobre los derechos de las mujeres y las disidencias.

La revista puede obtenerse de forma gratuita en distintos puntos del país y también descargarse en su sitio web: https://catalogacolectiva.org/

Portada del Número 11 de Catáloga colectiva sobre feminismos y ciencia.
Portada del Número 11 de Catáloga colectiva sobre feminismos y ciencia.

Agradezco esta invitación a presentar el número 11 sobre ciencia y feminismos de la revista Catáloga Colectiva, a cada una de las autoras por sus reflexiones y al proyecto que mantiene vivas, y en tensión, estas discusiones. Quiero partir desde una pregunta que aparece en la editorial y que me parece radical en su simpleza: ¿Y si en lugar de formar niñas científicas, imaginamos las ciencias como niñas y niñxs? Esa pregunta desplaza todo. Deja de preguntarse quién entra a la ciencia y comienza a preguntarse qué tipo de ciencia estamos construyendo. Propone algo muy hermoso: pensar la ciencia como un espacio de juego, de exploración, de asombro. Pero hay una tensión que me interesa explicitar: la ciencia también es un espacio de violencia, de exclusión, de jerarquías muy duras y de un elitismo escalofriante.

Lo digo también desde un lugar situado. Soy biólogo celular y doctor en Bioquímica de la Universidad de Chile, un “proletario ilustrado”, como me gusta llamarme. Desde muy temprano en mi carrera participé en colectivos universitarios de disidencia sexual, y esa experiencia fue tan formativa como mi educación académica: me permitió pensar, compartir, resistir, generar comunidad y autoformarme en teorías y conocimientos feministas que siguen siendo fundamentales para mí. Fue una forma de terapia colectiva, de formación afectiva y política, que me ayudó a entender que la vida universitaria no se limita a lo que ocurre en las salas de clases o en los laboratorios. Que siempre hay muchas comunidades con las que sentirse parte. Que existe una larga tradición en el país de personas LGBTQ+ y de mujeres de distintas generaciones que han tejido alianzas para oponerse a las formas normalizadoras del conocimiento.

Entonces la pregunta no es solo cómo hacer de la ciencia un juego, sino cómo hacer habitable ese juego sin negar sus condiciones materiales, cómo no enamorarnos de la idea de la ciencia como un territorio de prosperidad y desarrollo sin frenos de sexo, clase o raza.

Sabemos que la biología ha sido escrita bajo códigos androcéntricos y masculinistas: aquello que observaron hombres blancos, heterosexuales y provenientes de países no colonizados fue presentado como verdad universal y objetiva. Esta óptica se ha mantenido hasta el punto de que, muchas veces, hacer ciencia desde Latinoamérica significa repetir esos mismos patrones. Y hay razones para pensar esto. Investigamos y escribimos para Europa, dialogamos con Estados Unidos, pero rara vez hacemos ciencia desde y para nuestros propios territorios. Y decirlo duele. Como lo plantea con claridad Gabriela Arriagada en la revista: “En lugar de adaptar los estándares globales, debemos construir marcos éticos propios, basados en las realidades locales, en las epistemologías del Sur y en una participación activa de las comunidades afectadas por estas tecnologías”.

Historia, poder y borramientos

La ciencia que heredamos no es inocente. En 1953, James Watson y Francis Crick, los científicos ingleses que formularon el modelo de la doble hélice del ADN, produjeron una revolución científica que transformó la biología moderna. Sin embargo, ese hito no está exento de tensiones: Watson, en particular, ha sido ampliamente cuestionado por declaraciones racistas y sexistas a lo largo de su vida, lo que derivó, décadas más tarde, en la revocación de varios de sus reconocimientos honoríficos.

Al mismo tiempo, los resultados de Rosalind Franklin, obtenidos mediante difracción de rayos X, especialmente la célebre “Fotografía 51”, fueron utilizados sin su consentimiento directo en ese proceso. Rosalind Franklin ya había identificado elementos clave de la estructura del ADN, pero no recibió en vida el reconocimiento que le correspondía; el Premio Nobel de 1962 fue otorgado únicamente a Watson, Crick y Maurice Wilkins.  Mucho antes, en 1866, Gregor Mendel, considerado el padre de la genética, publicaba sus experimentos con guisantes desde el contexto de un monasterio agustino. Mendel era sacerdote, y en su trabajo se entrecruzaban observación científica y una tradición donde la naturaleza podía leerse también como una forma de revelación. Este dato no es anecdótico: habla de las condiciones históricas, culturales y materiales desde donde se produjo ese conocimiento. Parte de la genética moderna fue formulada por científicos que sostuvieron posiciones racistas y sexistas, y por un sacerdote que experimentaba en un monasterio. Esa es la historia desde la que heredamos esta ciencia.

Reimaginar la ciencia, cuestionar sus metáforas

Esta revista nos invita a re-imaginar la ciencia, a mirar de otro modo la biología. Biología debería ser una palabra hermosa, pero para eso hay que resignificarla. Los genes no son destinos: son unidades de material genético que, en interacción con el ambiente, permiten la expresión de ciertos rasgos. Qué importante decirlo con claridad: el “gen gay” no existe, nunca existió. La naturaleza no está hecha para repetir, sino para producir diferencias. Sin embargo, muchas veces la ciencia ha sido utilizada como argumento para afirmar que las disidencias sexuales son “antinaturales”. Por eso, cuando hablamos de vocaciones científicas, no estamos invitando a un espacio neutral. Estamos invitando a entrar a un lugar que sabemos que duele.  Y ahí aparece la paradoja que menciona el texto de Tati Flores: “¿Por qué querría incentivar a mujeres a pertenecer al mundo de la ciencia? No quiero que más mujeres sufran lo que yo sufrí, pero tampoco quiero que dejen de estar ahí”. Tal vez la paradoja sea esa: invitar sabiendo lo que duele, pero también sabiendo lo que podemos construir si estamos juntas, si transformamos ese espacio, si lo volvemos habitable sin dejar de mirarlo críticamente.

Entonces el problema no es sumar cuerpos, es transformar la ciencia. Es, como han señalado históricamente los feminismos, tomar conciencia del lugar: de la historia y de la identidad que se porta. De lo contrario, se seguirá reproduciendo el modelo del hombre blanco y competitivo, que ahora, paradójicamente, a pesar de ser homosexual, mujer o trans seguirá siendo un hombre blanco. En varios textos de la revista aparece esta idea: no basta con sumar mujeres a la ciencia. Es doloroso decirlo, pero es real. No basta con sumar gays a la ciencia para hacer una ciencia gay, ni personas trans para hacer una ciencia trans. Es necesario tener conciencia del lugar y de la historia que se porta y no replicar las estrategias de competencia y jerarquías que existen. Y quisiera insistir en eso desde mi experiencia como biólogo: la ciencia no es neutral. Nunca lo ha sido. No solo en quiénes participan, sino también en cómo describe el mundo. Por eso las metáforas son tan importantes: porque nos guían. Y ahí aparece el problema: cuando las metáforas que organizan la biología reproducen el patriarcado.

Durante décadas nos contaron la historia como si fuera una carrera heroica: millones de espermios compitiendo y uno, el más fuerte, el más rápido, el que logra “penetrar” al ovocito inmóvil, sin agencia y lleno de nutrición, es el «ganador». Está imagen no solo fue una descripción biológica sino un molde que generó roles de género en nuestra sociedad.

Hombre activo/Mujer pasiva.

Hombre información/Mujer nutrición.

Nuevas investigaciones nos obligan a mirar la fertilización con lupa molecular, y la escena cambia. No hay conquista unilateral. No hay un héroe solitario perforando una fortaleza pasiva. Lo que vemos es un sistema de reconocimiento: proteínas del espermio, como IZUMO1, solo pueden unirse si el ovocito expresa su receptor, JUNO. Si ese receptor no está, no hay fusión. Además, tras la primera unión, el ovocito reorganiza activamente su membrana, elimina rápidamente a JUNO e impide la entrada de otros espermios. Es decir, no es el espermio “más capaz” el que decide, sino una interacción regulada entre ambos gametos, donde el ovocito tiene una agencia fundamental. Más que competencia bruta, hay coordinación molecular. Más que penetración, hay acoplamiento. La fertilización no es un acto de fuerza, sino un diálogo bioquímico cuidadosamente coreografiado, donde el ovocito también decide cómo continúa el proceso.

Esperemos que, pese a los tiempos oscuros que vienen, los hechos de la biología sigan abriendo nuevas preguntas y nuevas formas de pensar, capaces de transformar nuestra sociedad patriarcal. Entonces la pregunta ya no es solo científica, es política. No es únicamente “¿qué ocurre en la fecundación?”, sino: ¿por qué elegimos describirla de esa manera? ¿Y por qué esa forma de describirla se sostuvo durante tanto tiempo? Ahí se abre algo clave: la ciencia no solo describe el mundo, también le da forma y lo interpreta.

Representación del óvulo y espermatozoides en diálogo con la crítica al mito del “espermio héroe”.
Representación del óvulo y espermatozoides en diálogo con la crítica al mito del “espermio héroe”.

En 2015, la bióloga Daphna Joel cuestionó, a partir de evidencia empírica, algo que durante mucho tiempo se dio por sentado: la existencia de cerebros “masculinos” y “femeninos”, como si las diferencias en los genitales se extendieran de forma clara y ordenada al cerebro. Pero la evidencia muestra otra cosa. No hay dos tipos de cerebro. Al analizar miles de resonancias, lo que aparece es una gran superposición entre hombres y mujeres, tanto en la estructura como en las conexiones. Y más aún: los cerebros completamente “masculinos” o completamente “femeninos” son extremadamente raros. La mayoría de los cerebros son otra cosa: un mosaico, una combinación única de rasgos, algunos más frecuentes en mujeres, otros en hombres, y muchos compartidos.

Portada de Gender Mosaic, de Daphna Joel y Luba Vikhanski, sobre la diversidad cerebral más allá del binarismo.
Portada de Gender Mosaic, de Daphna Joel y Luba Vikhanski, sobre la diversidad cerebral más allá del binarismo.

Orígenes no coloniales de la ciencia

En los textos de la revista aparece una idea fundamental: necesitamos construir marcos éticos propios, situados, desde el sur. Y eso no es solo un problema de políticas públicas. Es un problema epistemológico. Porque la ciencia moderna ha operado muchas veces como si el conocimiento tuviera un origen único: Europa, el laboratorio, el experto. Pero sabemos que eso no es cierto. Al leer el texto de Natalia Chiwaiakura sobre la recolección de hongos silvestres en los bosques del Wallmapu, recordé a Elvira Espejo Ayca, a quien escuché en la Semana Migrante de la USACH en 2025. Artista y teórica boliviana, nos recordó algo evidente pero sistemáticamente negado: los pueblos indígenas han sido biólogos desde hace siglos, mucho antes de que Europa nombrara la biología como disciplina. Lo vivo siempre ha sido estudiado. Dio ejemplos concretos que abren un horizonte: pensar en principios biológicos que no nacieron en Alemania ni en Inglaterra, sino en los Andes, en África, en territorios que rara vez entran en los libros. Habló de la diversidad de papas en los Andes como resultado de procesos de selección, cruza y experimentación: una forma de botánica e ingeniería genética antes de que existieran esos nombres. Los indígenas fueron biólogos antes que se llamaran biólogos. También del color, y de cómo el rojo intenso que Europa desconocía fue llevado desde América a través de la cochinilla, para luego ser apropiado. Y de cómo el entendimiento indígena del color no se reduce a una lógica técnica o clasificatoria, sino que implica una relación vital con la tierra, los tintes, las plantas y las prendas. Lo mismo ocurre con la rana Xenopus laevis, con la que trabajé durante años en Londres: africana en su origen, estudiada inicialmente en África, pero cuya historia científica suele narrarse como si comenzara en Europa. Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué conocimientos han sido invisibilizados para que la ciencia parezca universal?

Elvira Espejo Ayca y Loreto Martínez tras la conversación en el ciclo Futuros Americanos, Museo Chileno de Arte Precolombino. Semana Migrante USACH. 25 de Agosto de 2025. Fotografía: Jorge Diaz Fuentes.
Elvira Espejo Ayca y Loreto Martínez tras la conversación en el ciclo Futuros Americanos, Museo Chileno de Arte Precolombino. Semana Migrante USACH. 25 de Agosto de 2025. Fotografía: Jorge Diaz Fuentes.

También me interesa cuestionar una figura persistente en la revista: la del científico como sujeto neutral, fuera del mundo, sin cuerpo, sin historia, sin posición política, lo que Donna Haraway llamó el “testigo modesto”. Pero eso es una ficción, porque toda ciencia está situada: en instituciones, en financiamiento, en relaciones de poder.

Y para cerrar esta presentación, quisiera compartir un principio biológico que ha guiado mis últimos años: la colectividad celular. Me interesa entender cómo se organizan los movimientos colectivos: cómo las células se comunican, cambian de forma e incluso modifican sus mecanismos de migración en respuesta al entorno. Es fascinante ver cómo un mismo grupo de células, con los mismos genes, puede cambiar su modo de locomoción dependiendo del contexto. Trabajo en el cruce entre biología del desarrollo, señalización celular, adhesión y transiciones celulares, pero también me interesan las metáforas biológicas, el lenguaje de la ciencia, la estética de las imágenes microscópicas y la forma en que narramos lo que observamos. Porque hacer ciencia es también una práctica narrativa, y por eso me interesa pensar la ciencia como escritura, como imaginación, como forma de contacto con el mundo. Me interpela la posibilidad de conectarla con otras formas de pensamiento —crítico, estético, político— y de buscar modos de investigar que no reproduzcan los mismos esquemas de competencia, prestigio o supuesta neutralidad.

Creo que podemos hacer ciencia desde el afecto, desde el asombro, desde la disidencia. Para eso tenemos la escritura que va más allá de los papers: tenemos talleres, centros culturales, revistas independientes como Catáloga colectiva, donde es posible conectar. He visto cómo el conocimiento biológico puede resonar fuera de la universidad, abrir preguntas, generar vínculos y comunidades. Sigo pensando que nuestra labor como científicos va más allá del laboratorio, y que la escritura es una herramienta fundamental para expandir ese conocimiento.

Entonces vuelvo a la pregunta del editorial: ¿y si imaginamos las ciencias como niñas y niñxs? Quizás eso no significa hacer la ciencia más “amable” o más “inclusiva” en un sentido superficial, sino algo mucho más radical: permitir la pregunta sin respuesta, aceptar el error, sostener la imaginación, desarmar las jerarquías del saber y mantener viva la curiosidad a pesar de la burocratización. Pero, sobre todo, dejar de pensar la ciencia como dominio de algunos y empezar a pensarla como relación. Porque sin una conciencia feminista del lugar que habitamos y de la historia que portamos, será imposible hacer otra ciencia: tenemos que transformar las máscaras blancas de la ciencia que aprendimos.

Equipo de Catáloga Colectiva junto a presentadorxs durante el lanzamiento del número 11: feminismos y ciencias. Fotografia: Catáloga Colectiva.
Equipo de Catáloga Colectiva junto a presentadorxs durante el lanzamiento del número 11: feminismos y ciencias. Fotografia: Catáloga Colectiva.
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