Las pantallas como nuevas pedagogías del autoritarismo y el necropatriarcado. Una conversación transfeminista con Sayak Valencia

Sayak Valencia es filósofa, escritora y activista transfeminista nacida en Tijuana, la frontera con Estados Unidos que le gusta llamar como “el inicio del sur”. Estudió literatura y filosofía, y desarrolla una obra fundamental para pensar las relaciones entre violencia, capitalismo, género y cultura visual contemporánea. Este 2026 visitó Chile para dictar conferencias y participar en distintas actividades en torno a la narcocultura, el transfeminismo y las nuevas formas de autoritarismo, además de presentar Estéticas y gramáticas transfeministas, publicado por la colección Estéticas del Sur de Ediciones del Instituto de Estética UC, libro que reúne parte importante de sus reflexiones recientes.
Sayak vuelve frecuentemente a Chile, donde ha construido una comunidad afectiva y política, una “queerdadanía”, como gusta llamar a estos espacios que construimos las comunidades disidentes sexuales.
Sobre la gentrificación emocional, el necropatriarcado, los incels, las disputas con el feminismo transexcluyente y los desplazamientos contemporáneos del fascismo, conversamos con ella antes de que dejara este sur. En medio de una conversación atravesada por el duelo político, las pantallas, las nuevas pedagogías del autoritarismo y el manjar chileno, Sayak insistió también en la necesidad de imaginar otros modos de vida colectiva. “Traemos una antorcha que queremos pasar a la siguiente generación, porque el mundo tiene que seguir ardiendo en el sentido de iluminarse, no de destruirse. Entonces, les diría: amigues, el fuego está ahí”, señaló.
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-Hoy vemos una fuerte articulación entre discursos antifeministas, liderazgos de ultraderecha y una reafirmación de ciertas formas de masculinidad. Pensando en figuras como Donald Trump o Javier Milei, pero también en fenómenos como los incels o ciertas masculinidades performativas, ¿cómo analizas este vínculo entre masculinidad y nuevos fascismos? ¿Dirías que se trata de una reacción frente a los avances feministas, o más bien de una reconfiguración de un poder que nunca dejó de estar ahí, incluso intensificado en contextos recientes como la pandemia? Y en ese escenario, ¿tiene sentido pensar en alianzas con hombres cis para desmontar el patriarcado, o habría que imaginar otras estrategias?
La relación con esta masculinidad tóxica o fascista es algo que vengo investigando desde Capitalismo Gore. Allí planteaba que las poblaciones precarizadas, este precariado gore que realiza trabajos de muerte, actúa para responder a una axiología masculina y patriarcal. Esa lógica los empuja a asumir el rol de proveedores y a demostrar valor por encima de sí mismos. En ese contexto, el despliegue de masculinidad termina siendo más importante que la conservación de la vida. El trabajo importa más incluso que la propia vida, dentro de una sociedad profundamente neoliberal y también patriarcal, una estructura que viene de lejos. Entonces, este autoritarismo reconfigura y rearticula sus tentáculos para ejercer lo que después de Capitalismo Gore denominé necropatriarcado. Leyendo feministas decoloniales y articulando esas ideas con otros campos, como los estudios sobre gamificación y sobre gamers, encontré ahí una clave. Puede parecer un mundo lejano, pero es uno con el que crecimos. Desde el Atari hasta los videojuegos ultra sofisticados en línea, gran parte de la subjetividad de muchos jóvenes se ha desplazado hacia ese espacio.
Ya lo insinuaba entonces. No es un proceso completamente lineal, pero avanza en esa dirección: los videojuegos funcionan como un espacio de práctica masculina, casi como una didáctica aplicada a la guerra. De hecho, vienen de ese despliegue militarista que luego transformó sus usos en entretenimiento doméstico. Sin embargo, siguen enseñando algo y ese aprendizaje después puede instrumentalizarse de muchas maneras. Algo parecido ocurrió con la educación. Nos enseñaron a leer y algunas aprendimos a leer al revés o a hacer algo distinto con eso. Pero, en su origen, la lectoescritura buscaba enseñarnos a vivir dentro de un mundo industrializado.
La gamificación del mundo tiene que ver con el salto que hemos visto en los últimos diez años: las redes lo atraviesan todo, aparecen la inteligencia artificial, los reels y el cambio hacia una mirada vertical. Yo empecé a notar esto a partir de los videojuegos, del feminicidio y de la violencia estructural en México vinculada al narcotráfico. Allí el chivo expiatorio era el endriago: el joven racializado y pobre cuyo capital simbólico y político, que podría desplegarse de manera revolucionaria, es capturado para convertirlo en empresario de la muerte. Toda esa potencia juvenil y transformadora termina absorbida por otra lógica. Además, quienes educan hoy a estas poblaciones que pasan el día frente a la pantalla son ciertas subculturas digitales que ya existían desde los años 2000, e incluso desde los 90’s, como 4chan. Esos espacios surgieron desde formas de contrainteligencia o contracultura, pero luego fueron reapropiados por otros poderes. Las industrias y los “gánsters digitales”, como llamo a estos tecnofeudalistas, compraron y utilizaron esos espacios para distribuir una axiología necropatriarcal orientada tanto a la destrucción de la comunidad como a la destrucción de los propios cuerpos.
Los incels tienen distintas categorizaciones. Están, por ejemplo, los red pillers, que toman esta metáfora de Matrix: ellos serían quienes despiertan. Curiosamente, a nosotres se nos llama woke, precisamente por la idea de “despertar”, pero ellos se consideran los verdaderamente despiertos. Ese despertar consiste en afirmar que el feminismo arruinó la vida de los hombres o que los migrantes arruinaron la vida de las personas blancas. Así se les ofrece un lugar desde donde quejarse y activar su rabia, en vez de dirigirla contra el sistema que los precariza cada vez más, sobre todo en términos existenciales. Muchas de estas poblaciones incel están formadas por jóvenes de clase media, clase media baja o incluso clase alta. Algunos terminan funcionando como señuelos del narco, aunque sus propias condiciones materiales podrían llevarlos a pensar de manera revolucionaria. Cuando una sociedad aprieta demasiado, llega un momento en que algo revienta. Pero lo que vemos hoy es que esa rabia estalla dentro de un necropatriarcado que ya definió las formas posibles de rebelión.
Por eso resulta tan interesante observar cómo el discurso incel se articula con una axiología de muerte. Ya no se trata solo de trabajadores de la muerte, sino de un nihilismo absoluto. También existe una estratificación interna: están los red pillers y los black pillers. Los black pillers son quienes sostienen que ya no hay salida posible y suelen identificarse con imaginarios vinculados a ataques suicidas.
De algún modo, esto recuerda a una especie de “sharia blanca”: regímenes donde la religión se encuentra estrechamente ligada al Estado y donde la masculinidad se despliega como una forma extrema de machismo, mientras mujeres, personas feminizadas y disidencias quedan privadas de derechos.
También hay que hacer ese vínculo porque hay un montaje discursivo entre todas estas cosas autoritarias y retrógradas que no pertenecen solo a la derecha. Hay una transversalización del autoritarismo y del machismo en otros tintes políticos también. Por eso yo soy muy precavida con que no hablemos de Irán como gran opositor de Estados Unidos. Estados Unidos es una desgracia e Irán también. No tenemos por qué posicionarnos de manera tan binaria, porque eso cambia un patriarcado por otro.
Si pudiéramos ponerle una etiqueta, estaríamos a favor de democracias éticas, no delegativas, no de las que instrumentalizan a la gente. Y aunque la palabra fascismo remite a un significante muy acotado, Alemania nazi y tal, esa axiología no es tan distinta a la que detentan los incels, aunque sea de baja intensidad. Lo que cambia es la escala.
El autoritarismo está en la base de todo esto y eso es lo que denomino necropatriarcado. La esfera donde está Donald Trump es muy distinta de la que habita el endriago, pero ambos participan del necropatriarcado. Y ahora la argamasa que une estas dos cosas, que parecen lejanas, es la instrumentalización del cuerpo de varones jóvenes e infantes, preadolescentes, para desmotivarlos y desactivarlos. Lo que les prometen es una mierda: vas a pasar a la historia en tres reels y una conmemoración, pero lo que entregas es tu vida. Por eso podríamos pensar en una especie de machismo kamikaze, no ligado a la vida después de la vida, sino a una mítica de la masculinidad muy en concordancia con las mitologías fantásticas y de ciencia ficción de los tecnobros. Todo cierra ahí. Son distintos regímenes visuales, legales y económico-políticos, pero están conjuntados por la necromasculinidad como un fin en sí mismo: ejecutores de la violencia para no sufrir violencia, convertidos en una especie de ejército indirecto del conservadurismo, que se cree contestatario, pero que se enreda en la cuestión del género y piensa que el género es biológico, citando discursos pseudocientíficos o descontextualizados. No hay una receta única para entenderlo, pero sí una línea de continuidad entre estos necropatriarcados que desmovilizan a sus poblaciones a través de la masacre. Yo diría que el movimiento incel es una forma de genocidio diferido y autoinfligido, producido por valores patriarcales estatales de distintos tipos de Estado, que en la red se diseminan como se ha diseminado también la cultura estadounidense a través de productos culturales.
Sobre la pregunta de si tiene sentido pensar alianzas con hombres, estoy completamente segura de que el transfeminismo puede desmontar muchas de las cosas de este necropatriarcado, porque para empezar complejiza la ecuación. Quita la idea de binarismo, que es con la que trabajan los incels y con la que trabaja prácticamente todo: pobre/rico, hombre/mujer, feo/guapo.
Creo que los transfeminismos y los feminismos antidogmáticos pueden brindar imaginarios sexuales no utópicos, sino realizables, para estas personas que están demandando realmente placer sexual, porque en el fondo todo su objetivo gira en torno a eso: que no los quiere nadie, que son feos, que nadie va a tener sexo con ellos. Y dices: “mi amor, tienes doce años, todavía falta un montón”. Es fuerte porque los vuelven como si estuvieran al final de la vida, cuando en realidad están empezando.
Es muy fácil convencer a estas poblaciones porque crecen en las redes, que son las que los educan, así como a nosotras nos educó la televisión. No es algo excepcional, es una aceleración. Y para mí eso no impide las alianzas; más bien lo que han creado es una miscommunication. No se les deja pensar que otra persona podría entenderlos, sino que se les instala que nadie los entiende.
Por eso creo que los feminismos pueden ofrecer otros imaginarios sexuales donde la violencia no sea lo único que reine, donde haya consentimiento, diversidad corporal y física. De eso nos hemos ocupado los últimos veinte o veinticinco años. Hemos trabajado con otras corporalidades, otras prácticas sexuales que salgan de ese binarismo y que no sean solo reproductivas, sin condenar tampoco la reproducción. Lo importante es el consenso, que no implica solo decir sí, sino debatir, poner reglas y construir un punto de acercamiento.
Desde los feminismos podemos dar herramientas, podemos construir afectos más alegres, militancias alegres. No responder solo a los embustes y embates de la ultraderecha, sino ocuparnos de lo que realmente nos importa, que son estos jóvenes, porque no son excepcionales: pueden ser tu hijo, tu primo, tu sobrino o cualquier niño o joven con el que te cruzas, más aún si eres profesora o profesor. Están muy angustiados, cada vez más desvinculados socialmente, se aíslan y no quieren estar en contacto con la dificultad. Entonces hay que decirles, un poco harawayanamente: cariño, hay que seguir con el problema, porque en el problema también puede haber solución y también puede haber placer.
Yo sí creo que tenemos otros imaginarios sexuales que pueden ayudar a pensar todo esto. Y que dejemos ya de pensar que “los hombres” son solo los que tienen pene y poder.

-Se ha instalado, tanto desde la ultraderecha como desde ciertos sectores feministas, la idea de que “los feminismos se pasaron tres pueblos” en los últimos años, y que eso explicaría una baja en su adhesión, especialmente en generaciones más jóvenes. ¿Te hace sentido esa autocrítica, o crees que responde más bien a una ofensiva conservadora para reordenar el campo político?
Me parece muy triste que nos autocensuremos y que digan que nos extralimitamos un montón. No, no creo realmente que nos hayamos pasado. Creo que pedimos lo mínimo y nos dieron menos que eso. Nunca es suficiente, y no por acumulación, sino porque las demandas feministas, que son muy amplias, no pueden subsumirse en una sola demanda ni en un solo derecho. No nos pasamos porque no estamos dialogando con la misma verticalidad del poder. Estamos pensando en sistemas mucho más rizomáticos y mucho más horizontales. Y creo que eso es precisamente lo que les duele profundamente a las ultraderechas. Por eso inventaron la idea de ideología de género. La ideología de género existe, sí, pero la inventaron ellos en la Iglesia, no nosotras. Está comprobadísimo que fue un proyecto de reterritorialización de las mujeres y de los feminismos desde Juan Pablo II, desde los años 70’s y 80’s, con mucha incidencia en los 90’s y de manera muy letal en otros momentos. Yo sí creo que esto es una estrategia de la derecha, de la ultraderecha, de los tecnopatriarcados, de la bolsa y de todos esos poderes. Cuando el feminismo empezó a convertirse en un lugar de marketing, les pareció bien, pero vaciaron el contenido político y dejaron solo la cosmetización feminista. No creo que eso actúe de manera unidireccional. Creo que ha actuado de manera transversal. Y también creo que hay que desconfiar de lo que nos dicen los medios cuando afirman que ahora la gente ya no quiere ser feminista. El feminismo nunca dejó de ser una mala palabra; que no nos metan esa idea. Otra cosa es que hubo feministas que se institucionalizaron y volvieron ortopedias legalistas nuestras críticas, pero eso no agota lo que es el feminismo.
Yo creo que el feminismo sigue al alza, en el sentido de que permeó el inconsciente colectivo. Hay prácticas que hoy se consideran de justicia social y que vienen del feminismo. Los feminismos de nuestra región han hecho algo muy importante, porque son mucho más complejos. No son el feminismo angloeuropeo. Son feminismos localizados, atravesados por nuestras realidades. Nosotras no podemos pensar nuestro feminismo sin criticar el colonialismo, sin pensar el antirracismo, sin pensar el exilio, el anticapitalismo o la construcción de espacios seguros. Hay una memoria de duelo en nuestras sociedades: tuvimos dictaduras. Para nosotras el fascismo no es solo una imagen del siglo XX europeo, sino una experiencia histórica de intermitencias coloniales que terminaron siempre en muerte.
No podemos pensar el feminismo sin la necropolítica que hemos atravesado durante los últimos quinientos años. Por eso estoy totalmente en contra de pensar que los feminismos no están creciendo. Lo que pasa es que estamos desbordando el concepto de feminismo blanco heterosexual. Y por eso mi lucha y nuestras militancias son desde el transfeminismo, que no es solo la inclusión de personas trans dentro del feminismo. Las personas trans no necesitan permiso para militar en el feminismo: han estado siempre ahí. Es como decirle a tu amiga que lleva veinte años militando contigo: “oye, te invito a que seas mi amiga”. Es absurdo.
El transfeminismo es un movimiento que se niega a anquilosar el sujeto político del feminismo y que dice: no es biología, ¿no era de eso de lo que estábamos huyendo? No queríamos ser confinadas a la biología, al mandato de estar preñadas y tener hijos para el patriarcado, para que ahora vengan a decirnos de nuevo que todo es biología.
No creo que nos pasamos. Y sigo pensando que la agenda no nos la puede dictar la ultraderecha. No podemos hacer un acto de contrición para decir “tenemos que regresarnos” y aceptar agradecidas lo poquito que nos dieron. Lo que sí creo es que tenemos que conversar hacia adentro y reconfigurar nuestras estrategias, porque estamos gastando mucha energía en desmentirlos, en darles centralidad y en deprimirnos.
El trabajo de los transfeminismos es recordar que el feminismo no le pertenece a un solo grupo y que no nos pasamos. A ver, yo te diría: quienes sí se pasaron tres pueblos fueron ellos. El caso Epstein y toda su perversión nos lo muestra. Quienes se pasaron siete pueblos o toda la galaxia fueron ellos, y sin embargo nos siguen echando la culpa a nosotras. Es la trampa distractora de decirnos: “pónganse en la esquina y reflexionen sobre lo que hicieron”. Eso es dejar que nos infantilicen.
Quizá sí tenemos que cambiar nuestras estrategias de negociación dentro del propio movimiento, hacer alianzas mucho más fuertes y a veces incómodas entre nosotras, pero no con la derecha. Y por supuesto no con las transexcluyentes, porque ya no son feministas. No soy yo quien les quita el carnet, pero el feminismo se ha dirigido por algo que me parece central: antidogmatismo y posicionamiento ético. Y esas dos cosas las TERF no las están teniendo.

-Históricamente han existido corrientes dentro del feminismo que sostienen una definición biologicista de su sujeto político, centrada en mujeres cis, y que excluyen a las personas trans, especialmente a las mujeres trans. En los últimos años, estas posiciones han adquirido mayor visibilidad, recursos e incluso legitimidad en ciertos espacios académicos y mediáticos, bajo etiquetas como “feminismo crítico del género” o TERF, con figuras públicas apoyando estas posturas. De hecho, recientemente el Reino Unido en un fallo de la Corte Suprema estableció que la definición legal de “mujer” se basa en el sexo asignado al nacer, un proceso impulsado por grupos gender critical y apoyado públicamente por figuras como J. K. Rowling, quien incluso celebró la decisión en imágenes ampliamente viralizadas donde aparece fumando un puro y bebiendo whisky. ¿Cómo analizas este fenómeno? ¿Lo ves como una continuidad de tensiones históricas dentro del feminismo o como una reconfiguración contemporánea vinculada a disputas más amplias sobre género, poder y derechos?
Yo veo que es un despliegue triste, pero esperado. Primero voy a hablar de los recursos. En un sistema donde los recursos son cada vez más escasos y donde parece que los derechos son recursos limitados y no luchas continuadas para exigir al Estado que haga su trabajo, lo que está pasando es que nos están haciendo pelear por presupuestos. Y ellas le ponen “biología” a lo que en realidad quieren decir: dinero.
Muchos de los recursos que se están destinando se inscriben en esta moda institucional del transfeminismo, de lo trans, de las trans. Pero lo que pasó fue que se institucionalizó un tipo de feminismo, y ese feminismo institucional, que además hace un trabajo de traducción al patriarcado de nuestras demandas hacia sus leyes, se ha radicalizado. Por un lado no quieren perder poder, y por otro lado creo que nuestra lucha antirracista se quedó corta. Me interesa mucho pensar que mucho de lo que se dice en contra de las mujeres trans viene cargado por una biologización que se parece mucho a otras formas históricas de dominación. Si no pensamos el caso trans junto con el caso de la raza, nos vamos a quedar atrás. En el siglo XVIII Inglaterra inventa el racismo moderno; no es casual que Inglaterra esté celebrando todo esto. Las señoras inglesas son señoras coloniales. Y ahí hay que pensar, por ejemplo, trabajos como el de Jules Gill-Peterson o el nuevo libro de lu Ciccia que plantea el problema del sexo como categoría biológica.
La raza era una categoría biológica en el siglo XVIII, XIX e incluso XX, y hoy eso sería impensable. No porque las personas negras no tengan la piel negra, sino porque entendemos que el racismo no se funda en una inferioridad real, sino en una estructura de poder que decide explotar y violentar esas corporalidades. Lo mismo pasa ahora con la biología convertida en chivo expiatorio feroz para disputar presupuestos y para reponer una lógica muy perversa: aquella de la que queríamos escapar. Nosotras dijimos que las mujeres no somos nuestros órganos reproductivos, porque eso era lo que decía el patriarcado científico colonial: que éramos inferiores porque teníamos vagina, ovarios, hormonas. Entonces, ¿quién está destruyendo al feminismo? ¿El transfeminismo, o este reaccionarismo que vuelve al siglo XVIII y XIX, cuando a las mujeres no se les permitía ni ir al colegio por “condición biológica”? Estoy completamente en contra de pensar que el terfismo está ganando. Lo que tiene es más presupuesto, más sponsors, más aparatos. Y además ahí hay un imperialismo y un colonialismo innegables. Hablo de un engranaje colonial que no me extraña que venga de Inglaterra, porque una de las cosas que ha hecho muy bien Inglaterra es ser un imperio que no se delata a sí mismo como imperio. Seguimos en una relación colonial. Y eso se ve también cuando ciertas figuras europeas vienen a decirnos a nosotras, desde esta superioridad ilustrada, lo que se puede o no se puede pensar. Ahí lo que reaparece es una escena colonial: “tú no hables, india; aquí hablamos las ilustradas”. Y que haya feministas de acá que les hagan el juego a esas posiciones coloniales es gravísimo.
El transfeminismo no es un generismo. Eso es importantísimo decirlo. Que la gente pueda afirmarse en un género es innegable, pero el objeto del transfeminismo es atravesarlo todo y buscar justicia social para las mayorías y para los devenires minoritarios. Y eso también se hace a través de la emancipación sexual, de un imaginario sexual gozoso y de una discusión donde el placer no desaparece. Yo no quiero ser una monja para poder ser feminista. Para mí, sí, aquí hay una disputa económica, pero también profundamente ideológica y colonial. Es una disputa por recursos, por legitimidad, por poder, pero montada sobre una rebiologización reaccionaria del sujeto político. Y eso no es una simple continuidad histórica, aunque tenga antecedentes dentro del feminismo: es una reconfiguración contemporánea mucho más amplia, ligada al colonialismo, a la disputa presupuestaria y a una ofensiva conservadora global.
-Ha pasado más de quince años desde la publicación de Capitalismo Gore y desde que comenzaste a desarrollar estas reflexiones sobre transfeminismo, violencia, fronteras y economías del narco. En ese recorrido también has habitado y pensado este ‘sur del sur’ que es Chile, país que ahora dejas tras la presentación de tu libro Estéticas y gramáticas transfeministas. Mirando en perspectiva, ¿cómo dialogan hoy esos hitos en tu trabajo con las experiencias, resistencias y sensibilidades que has encontrado aquí?, ¿desde dónde se escribe este nuevo libro y qué significa para ti seguir volviendo al sur?
Me encanta que me pregunten esto porque, como he dicho siempre, el sur empieza en Tijuana, no empieza en el norte. Entonces, para mí todos los sures son entrañables porque me enseñan que somos multiformes, y que nuestros mestizajes no se cristalizan en un solo sujeto. Siempre que vengo acá se me amplía la perspectiva política y la energía. Sé que estamos en un momento muy complicado, en un momento donde se intenta inundar el terreno para desorientar, que es la técnica de Trump, de Milei, probablemente de Kast también. Pero aun así, yo creo que, aunque ellos tengan mucho poder e infraestructura, lo están haciendo tan mal que a ciertas generaciones ya no nos van a convencer. Y con las generaciones más pequeñas necesitamos tener un diálogo intergeneracional para que vean que hay otros mundos posibles.
Creo que lo que siempre me llevo de este sur y de Chile es el cariño de las amigas, la idea de la olla común, del cacerolazo, de que las juventudes siguen siendo la vanguardia política. Esos rostros se parecen más a los nuestros, que a esos grandes señores barbados de las revoluciones totales, ya sean los machistas de derecha o los necropatriarcados de izquierda. Entonces, lo que pasa no es que nosotras hayamos ido demasiado lejos, sino que ellos se quedaron muy cortos. Por eso todo les parece demasiado.
Me llevo de acá una afectividad muy alegre, muy fiestera, pero con un tinte muy específico. Chile siempre me ha parecido muy enigmático porque veo mucha resistencia y al mismo tiempo una forma muy ordenada de vida, una relación muy particular con el tiempo y con las maneras. Y que al mismo tiempo haya estallido social, haya tanta revuelta, me hace pensar que algo se está cocinando siempre. Yo entiendo que aquí hay una resistencia que viene de atrás y de lejos, y que está acompañada por la memoria de los muertos, por la memoria de la tierra, por la memoria de las lenguas que ya no hablamos y que, sin embargo, nos siguen saliendo por los poros aunque hablemos esta lengua que llaman castellano. También me gusta mucho venir porque siento que la resistencia se teje de manera continua. Incluso cuando no parece estar en la calle, se sigue reconfigurando. Estamos en shock, estamos tristes, pasaron cosas muy dolorosas, pero incluso en ese duelo político sé que no se han soltado todas las manos y que todavía podemos hacer otras cosas. Creo que esta sacudida también nos está ayudando a reconfigurar los verdaderos objetivos y a entender quién es el enemigo, que no somos nosotras. Y también nos obliga a salir de la egopolítica, porque si no vamos a terminar pareciéndonos a ellos. No se trata de instrumentalizar a las comunidades para conseguir unas migajas, sino de cambiarlo todo. Por eso pienso que los chivos expiatorios de estas potencias tecnológicas y conservadoras son justamente los feminismos, las mujeres trans, los migrantes, los colas, los cuir. Y ahí lo cuir no es solamente una identidad, sino una autocrítica radical hacia dentro. Esa es la verdadera crítica de género.
Entonces, este libro se escribe desde ahí: desde el sur, desde la conversación entre sures, desde una afectividad política, desde una genealogía de resistencias, desde una alegría que no niega el duelo, y desde la convicción de que todavía hay tejido colectivo.

–En una reciente conferencia hablabas de la gentrificación emocional como parte de una psicopolítica colonial, unas ideas muy interesantes pero que pueden sonar un poco complejas de descifrar. ¿Nos podrías hablar un poco más de eso y qué significa que hoy los memes y el trabajo en internet representen las nuevas formas de educación y control?
Estoy trabajando desde hace como una década con un concepto que es el régimen de transmisión en vivo, el régimen de live streaming, donde digo que justamente los autoritarismos no desaparecen, sino que se reconfiguran y ahora preproducen la realidad. La preproducen, la cosmetizan, que no es lo mismo que estetizarla, la vuelven ultra bonita para maquillar los horrores que hay detrás. Y cuando hablo de gentrificación emocional hago un paralelismo con la gentrificación en los barrios: espacios deprimidos que empiezan a subir de valor, a aburguesarse. La gentrificación emocional tiene que ver con que, a través del consumo de imágenes cosmetizadas y embellecidas, del destierro de la memoria histórica y política de nuestras resistencias, y de la normalización y espectacularización de la violencia, se llega a una especie de paroxismo psíquico donde lo que se ve bonito tiene que ser bueno.
Entonces, claro, nos pasamos viendo cosas lindas en el feed, mezcladas con cosas atroces, y eso hace que nuestra cabeza piense que es más fácil estar adentro de las pantallas que afuera. La gentrificación emocional se da sobre todo en la pantalla. Tú puedes vivir en un espacio offline terrible, aterrador, pero si entras al online se confirma tu ser, te vuelves personaje principal dentro de ese feed. Ahí hay una apropiación de los territorios psíquicos, una reconfiguración de la arquitectura de la percepción. Como el humanismo instaló esa tríada de lo bueno, lo bello y lo justo, entonces si algo es bonito parece que no puede ser malo, y si es bonito y bueno tampoco puede ser injusto. Esa es la trampa.
La cosmetización del mundo ofrece una sensación de descanso frente a unas condiciones materiales externas que son desastrosas. Funciona como un juego de rol: te metes ahí dentro y se te olvida tu realidad. Y luego ya no aceptas nada que no se parezca a eso. Además, las redes producen tendencias que después se materializan en espacios físicos, y al revés también: hay un circuito cerrado de cosmetización que desmoviliza políticamente. Por eso hablo de psicopolítica colonial: porque la digitalidad se usa para volver a instruirnos en los nuevos intereses coloniales extractivistas, a través del colonialismo de datos, del diseño de emociones, de nuevas pedagogías visuales. Lo que me interesa rastrear es la relación entre la educación visual del medioevo— imágenes religiosas, rituales, escenificación de lo sagrado— y lo que hoy hacen el feed, el folclore digital, los reels. También me interesa mucho el cambio de perspectiva. La pantalla horizontal, renacentista, apaisada, está siendo sustituida por una arquitectura de la psique y del autoritarismo que es vertical y superindividual. El selfie es la condensación perfecta del yo neoliberal: una imagen donde no cabe nadie más que tú, o a lo sumo una amiga, pero cerrando completamente la perspectiva.
Entonces, cuando hablamos de memes, reels, trabajo en internet, no estamos hablando solo de entretenimiento o de comunicación. Estamos hablando de nuevas formas de educación perceptiva, afectiva y política. De nuevos modos de enseñar qué mirar, cómo sentir, qué desear y qué tolerar.
–Pensando en lo que está pasando con las generaciones más jóvenes, y también en el reconocimiento que han tenido ciertos archivos, exposiciones y figuras de las disidencias en Chile, ¿qué les dirías hoy a esas generaciones más chicas, a esas monstruosidades que están ahí entre la avidez, la disputa con términos como queer y la búsqueda de nuevas formas de nombrarse? Desde tu trabajo, tu obra y las genealogías que has ido trazando, ¿qué les dirías?
Yo creo que lo que les diría es que la desobediencia es una práctica política. Y que está muy bien si quieren, si pueden, si están inventando otras prácticas. Lo primero que les diría es que conversemos, que me digan cómo ven el mundo, porque me encantaría saber cómo lo ven. Y también decirles que hay ciertos tips de este lado del offline que también son buenos. Entonces, creo que lo primero sería escucharles. Quisiera saber qué les pasa, porque creo que no estamos entendiendo que les pasan cosas gravísimas que no saben decir, y que la anomia tiene una posibilidad de ser nombrada en colectivo. Cuando una sale de la anomia, no desaparece el síntoma, pero puede nombrarlo, y cuando lo puedes nombrar también puede volverse un jardín de enunciación muy grande. Y quizá ahí encuentren la palabra queer, o la palabra cola, o lesbiana, o las palabras nuevas que quieran inventar, pero que puedan converger no como una encima de la otra, sino como posibilidades genealógicas. Porque sí venimos de un lugar, y venir de un lugar asegura que hemos sido una comunidad de resistencia.
Creo que mucho de lo que les pasa a las personas jóvenes tiene que ver también con un vacío de referentes, o con la sensación de que todo es A o B, que hay o no hay, y que ha habido un trabajo de borramiento de memoria y de revisionismo histórico que no está ayudando a nadie. Lo que quisiera transmitirles no es que nosotras tengamos la razón por ser mayores, sino que traemos una antorcha que queremos pasar a la siguiente generación, porque el mundo tiene que seguir ardiendo en el sentido de iluminarse, no de destruirse. Entonces, les diría: amigues, el fuego está ahí. Hay que desobedecer incluso a nosotras mismas, aunque nos sintamos cómodas, aunque nos sintamos desesperadas, porque siempre va a haber otro lugar donde podamos tener una vida vivible, ser más felices y construir otras gramáticas disidentes para aprender a hablar junto con otres.
También les diría que nuestros territorios son tan complejos que necesitamos conversaciones largas y profundas. Ir por una once, seguir hablando, leernos. Porque también pienso que los libros son puentes, tejidos, condensaciones generosas de ideas. Y por eso también les diría que tengan un poco más de autoestima intelectual, porque no nos van a regalar nada, pero igual hemos llegado hasta acá. Entonces, para atrás ni para tomar aliento.
Sabemos decir las cosas porque vivimos en ellas. Ya está bien de dejar que la cabeza tenga que estar en Europa y el cuerpo aquí. Y eso también lo digo desde mi propia experiencia: Capitalismo Gore lo empecé a escribir a los 25 años. Era joven y alocada, literalmente, pero también decía: me voy a echar un pulso con esa academia de señores de las grandes ligas europeas, a ver quién gana. Y bueno, en eso estamos. En eso seguimos.




