Porque te quiero te escribo: tres formas de ser cruzado en la literatura

Como hincha histórico del Club Deportivo Universidad Católica, Matías siempre ha vivido en la contradicción. En este texto establece una conversación con tres autores con los que comparte domicilio: Álvaro Bley, Jesús Raccoursier y Joaquín Escobar. A ellos les hizo las preguntas que el mismo autor no ha logrado nunca responder(se) del todo.
Soy de la Católica desde que tengo uso de razón. El fútbol marcó mi infancia y, de algún modo, sigue marcando todo lo que vino después. No conozco otra obsesión que haya sido tan persistente. Luego llegaron otras cosas: la literatura, ciertas disciplinas en las que hoy me muevo, otras formas de leer el mundo. Pero la Católica estaba de antes. Antes de todo lo demás.
Mis primeros recuerdos son en la casa de mi abuelo. Él era de Colo-Colo: el equipo del pueblo, el más grande de Chile, decía, el único con una Libertadores y con una diferencia de títulos que, según él, no admitía discusión. Yo lo escuchaba, pero algo no encajaba. A mí me gustaba la Cato, sin ninguna razón clara, sin herencia ni argumento.
—Es el equipo de los cuicos —me dijeron primero mi abuelo y después en mi colegio.
“No eres rubio, no tienes apellido burgués, no deberías ser de la Católica”, me decían en todos lados.
Lo escuché más de una vez. Nunca me importó demasiado. No era católico ni de derecha. No estudié en la Universidad Católica ni crecí en Las Condes. Y, sin embargo, ahí estaba.
Esa incomodidad, esa pequeña grieta, fue creciendo conmigo. Ser del mismo equipo que Piñera o Kast, pero también del Mumo Tupper, que cuando le preguntaron por el plebiscito dijo estar “del otro lado”. Del equipo de Gary Medel, el niño de Conchalí que cruzaba Santiago para entrenar. Del equipo de Boric, quizás el único presidente que se ha subido a un paravalancha. O de Luciano Aued, que en entrevistas parece más un militante guevarista que un futbolista.
Seguí siendo de la Católica, incluso ahí, en medio de esas tensiones. Tal vez por eso mismo. Porque en esa mezcla encontré algo que también estaba en la escritura: una forma de habitar las contradicciones sin resolverlas del todo. En autores como Escobar, Bley o Raccoursier —jóvenes, progresistas, cruzados— apareció una posible respuesta.
De eso trata esta conversación: de escribir desde un lugar incómodo, de sostener lo que no termina de encajar, de hacer de la contradicción una forma. A estos tres autores que admiro mucho quise hacerles las mismas preguntas que me persiguen hace años y que nunca he logrado responder del todo. Preguntas como si escribir sobre la Católica implica, inevitablemente, tomar posición frente a ciertas ideas de clase, identidad o poder en Chile y qué lugar ocupa el equipo que amamos en nuestra vida cotidiana y literaria.

Álvaro Bley es sociólogo y escribió un libro sobre las contradicciones de ser de la Católica: Todavía cruzado (Planeta, 2019).
Mientras crecía, su relación con la Cato se iba complejizando. Ya en la universidad, cuando entró a estudiar Sociología, el peso institucional de la Pontificia Universidad Católica lo obligaba a mirar a la Cato desde otro lugar. Aparece entonces una tensión entre la identificación afectiva y la conciencia crítica: la Católica como institución elitista, con barreras de acceso y escasa participación real de sus hinchas.
“Eso no significa que no me importe su día a día, ni que no vea los partidos ni vaya al estadio de vez en cuando, pero ya no tengo la intención de intervenir en él: su devenir no dependerá de mí. Quizás nunca dependió de mí, pero por varios años yo me lo creí”, explica.
Esa incomodidad lo lleva incluso a intentar cambiar esa realidad, lo que hace su relación con el club más tensa. Hoy, desde una mirada más adulta, esa intensidad es menor. Sigue siendo hincha, pero ya no con la ilusión de cambiar su destino.
Esa experiencia de vida también se nota en su escritura. A diferencia de otros temas, escribir sobre la Católica es algo que maneja bien desde muy pequeño: maneja la historia, ha estado en el estadio, conoce los rituales, ha participado de banderazos y viajes. Ese conocimiento le permite escribir con soltura, con una familiaridad que se traduce en libertad narrativa.
“Y como en el colegio, que al final es el único mundo que yo conocía y me relacionaba a esa edad, habían muy pocos hinchas de la Católica, sentí la responsabilidad de ser un buen exponente, porque no podía depender de los demás: así empecé a ir más al estadio, defender a la Católica en discusiones sobre qué equipo es mejor y consumir merchandising del club”.
Entre sus influencias literarias, destaca al gran escritor inglés Nick Hornby y su libro Fiebre en las gradas, donde narra la relación obsesiva e irracional con el Arsenal. Es en esa forma de vivir el fútbol, donde el sufrimiento y el placer pueden convivir sin contradicción, en donde Álvaro reconoce algo propio como dedicar los fines de semana enteros a seguir al equipo de sus amores, incluso en condiciones adversas, no como un sacrificio, sino como una forma distinta de vivir el tiempo.
Cuando se le pregunta por qué escribir sobre la Católica es literario, Bley responde que lo es «porque estoy seguro de que la gran mayoría de esas miles de personas no comparte los valores de la universidad y ni siquiera estudiaron ahí». «Esa es la contradicción de la que hablo y la que se aborda en el libro Todavía Cruzado y que encuentro muy bonita, porque cada una de estas personas tiene una idea propia, muy bien fundamentada, de qué es la Católica y por qué la tienen que apoyar”, dice. Esa distancia entre origen e identificación es, para Bley, el núcleo narrativo más potente.
Bley propone una idea que resulta clave y de la que estoy de acuerdo: cada hincha construye su propia Católica. No hay una definición única, sino múltiples relatos que conviven bajo un mismo símbolo. Esa diversidad de sentidos, esa imposibilidad de fijar una identidad definitiva, es lo que hace del club un espacio literario lleno de vida.
En esa línea, reconoce también una dimensión política ineludible. En Chile, los clubes no solo representan equipos deportivos, sino también imaginarios sociales: lo popular, lo universitario, lo empresarial, lo territorial. La Católica, en particular, arrastra una historia vinculada a la élite, a la Iglesia y a ciertos valores tradicionales. Sin embargo, su masificación y su arraigo han generado una identidad en permanente tensión, nunca del todo resuelta.
Citándolo, Bley plantea que “hay matices, porque la Católica nunca ha sido un equipo codiciado por el poder ni ha tenido la necesidad de ser rimbombante”, y que, aunque no maneja los presupuestos de Colo Colo o la U, distintos factores históricos —como sus giras, su estilo de juego o figuras como José Manuel Moreno— la fueron transformando en un equipo popular. Sin embargo, advierte que esa popularidad “siempre está en tensión” con la clase que representa, sus vínculos institucionales y su ubicación, una contradicción que, a su juicio, la vuelve “muy literaria” y en permanente construcción.
Esa tensión —entre élite y popularidad, entre tradición y apropiación— es, en última instancia, el lugar desde donde Bley piensa y escribe. No como un problema a resolver, sino como una pregunta abierta, una que, precisamente por no tener respuesta definitiva, sigue produciendo un relato, sigue siendo material para la literatura.

Jesús Raccoursier se mueve entre dos mundos que, a primera vista, podrían parecer distantes, pero que en su experiencia terminan por tocarse: la escritura académica y la escritura sobre fútbol. Él es profesor de escritura académica en la Universidad Alberto Hurtado y ex redactor en Frecuencia Cruzada, su trayectoria permite leer con claridad las tensiones, límites y posibilidades de ambos registros.
Para él, las diferencias estructurales entre estos tipos de escritura no son tan marcadas como se podría suponer. Tanto en la academia como en el periodismo deportivo —especialmente cuando se trata de coberturas como conferencias de prensa— predominan formas rígidas, con márgenes acotados para imprimir un sello personal. En esos espacios, la escritura se define más por lo que se selecciona —la cuña, el énfasis— que por una libertad estilística plena.
Sin embargo, encuentra en la crónica un territorio distinto: ahí sí aparece una apertura, una posibilidad de trabajar el lenguaje para transmitir la emoción del partido y generar una cercanía real con el lector, casi como si se intentara reconstruir la experiencia del hincha desde la escritura:
“Ahora bien, la escritura de crónicas si da una mayor libertad en el uso del lenguaje, porque está el poder transmitir la emoción del partido a ese lector, entonces hay más cercanía o se intenta tratar de identificar al hincha con el relato”, explica.
El fútbol ocupa un lugar central en su vida, aunque su relación con él ha cambiado con el tiempo. Antes de la pandemia, estaba vinculado al juego desde la práctica —los partidos con amigos—, pero hoy ese vínculo se desplaza hacia la observación y la experiencia como hincha.
Su relación con la Católica es profundamente personal: “La UC además es el equipo del cual soy hincha por herencia de mi madre, entonces, antes de su muerte era muy importante porque era panorama obligado ver partidos juntos”, dice Jesús. Esa afición se transformó en una forma de memoria y continuidad tras su muerte. Desde entonces, ha mantenido un compromiso constante al asistir al estadio, seguir cada partido, viajar a regiones y debatir sobre fútbol.
En su escritura, sin embargo, el fútbol no siempre tuvo un lugar claro. Fue durante la pandemia, a partir de su participación en Frecuencia Cruzada, que encontró una forma de unir ambos mundos: escribir sobre algo que le apasiona, después de la jornada laboral, desde el gusto y no solo desde la obligación.
Respecto a la teoría literaria y social, mantiene una postura crítica frente a la academia, especialmente en su tendencia a intelectualizar en exceso: “no me gusta por sus intentos de intelectualizarlo todo, así que no le doy cabida a la teoría literaria”, explica. Prefiere una escritura clara, accesible, que permita al lector disfrutar antes que descifrar.
Aun así, no desconoce la dimensión social del fútbol: “Concibo el fútbol como un fenómeno social y en ese sentido, mi intención es entregar el mensaje de manera clara y que el lector trate de disfrutar lo que redacto, tanto las conferencias como las crónicas”. Raccoursier lo entiende como un fenómeno cultural relevante, aunque opta por abordarlo sin una sobrecarga teórica explícita.
Sus referencias provienen más bien de la literatura futbolera, en particular de autores como Eduardo Sacheri y Eduardo Galeano, cuyas obras destacan por poner en el centro las historias de personas comunes, atravesadas por el fútbol como experiencia de vida.
Esa idea —la del fútbol como parte de la vida cotidiana, como escenario de lo extraordinario en lo ordinario— es la que más lo interpela. La reconoce, por ejemplo, en libros como La vida que pensamos, donde el fútbol aparece no como espectáculo aislado, sino como parte constitutiva de la identidad.
Desde ahí, la Católica se le presenta como un material literario fértil. Su historia, sus personajes y sus distintos momentos —desde campañas históricas hasta figuras emblemáticas— ofrecen múltiples ángulos narrativos. Es un club que permite contar desde la épica hasta lo íntimo, desde lo institucional hasta lo anecdótico:
“Hoy la veo como una institución influyente en el fútbol chileno. La UC es una institución deportiva importantísima, pero a nivel fútbol, se posiciona cada vez de manera más importante, pero mi punto de vista de sus políticas deportivas es crítico”.
No obstante, su mirada no es complaciente. En el plano político e institucional, observa a la UC como un actor influyente dentro del fútbol chileno, pero también es crítico de sus decisiones. Cuestiona tanto las políticas deportivas del club como el rol del Consejo de Presidentes en la situación actual del fútbol nacional, y plantea la necesidad de separar la Asociación Nacional de Fútbol Profesional de la federación. Esa dimensión crítica, sin embargo, reconoce que no pudo desarrollarla plenamente en su escritura dentro de medios partidarios, donde las limitaciones editoriales restringen la posibilidad de cuestionamiento.

Joaquín Escobar es probablemente el escritor más fanático de la Católica que conozco. Autor de Las cosas que hice por la Cato (Provincianos Editores, 2021), Diario del tetracampeonato (Provincianos Editores, 2022), Formas de ser cruzado (Provincianos Editores, 2024) y Zampedri (Planeta, 2026), entre otros libros, vive el fútbol —y en particular a la Católica— como una estructura que organiza su vida cotidiana. No se trata solo de una afición, sino de una prioridad: el calendario del equipo define su tiempo, sus decisiones, su disponibilidad. La Católica, dice, es “el ladrón” de su vida, en el sentido de que todo lo demás se ordena en función de verla jugar. “Mi prioridad es ir a ver jugar al equipo, el resto de las cosas pueden esperar”, dice.
A diferencia de otros temas, escribir sobre la Católica implica para él un compromiso ético: “Por otra parte, escribir sobre la Cato es una forma de hacer club. La condición de hincha bajo ninguna circunstancia puede quedar reducida al domingo. Ser de la UC es algo que todos los días se está desarrollando”.
Hay una frontera clara: no escribiría sobre otros clubes, así como tampoco le gustaría que hinchas rivales escribieran sobre la UC: “Yo no podría, por ejemplo, hacer un libro sobre La Chile o Colo Colo, y tampoco me gustaría que hinchas de esos clubes escriban sobre la UC.”
Entre sus influencias aparecen referencias diversas, que cruzan la literatura y el fútbol: desde Instrucciones para embellecer el domingo de Daniel Roncoli, pasando por el cuento “Buba” de Roberto Bolaño, hasta la poesía de Erick Pohlhammer. En todos ellos hay, de distintas formas, una sensibilidad por lo cotidiano, por lo extraño o por lo emocional que atraviesa también su manera de entender el fútbol.
Pero si hay algo que, a su juicio, vuelve a la Católica un material especialmente literario, es su carácter nostálgico. Se trata de un club que, según Escobar, vive anclado en la evocación de épocas pasadas que no necesariamente fueron exitosas en términos de títulos. Figuras como el Pipo Gorosito o el Beto Acosta marcaron generaciones de hinchas sin haber sido campeones locales, lo que revela una relación distinta con la memoria y el afecto. Esa “textura”, como él la llama, le parece un fenómeno singular que la literatura está llamada a explorar.
En el plano político e identitario, Joaquín Escobar toma distancia de una idea instalada: la de la Católica como un club de élite: “Nosotros como escritores tenemos la misión de desacreditarlo y demostrar que la UC es un club multicultural y heterogéneo que se construye desde múltiples formas”. Considera que esa imagen es una caricatura construida mediáticamente, especialmente desde ciertos discursos periodísticos de los años noventa. Frente a eso, plantea una tarea para quienes escriben sobre el club: desmontar esa simplificación y mostrar su carácter diverso, heterogéneo, compuesto por múltiples formas de pertenencia.
En esa disputa por el sentido, la escritura vuelve a ser, una vez más, una forma de hacer club.




