Kast y la masculinidad blanca 

mayo 06, 2026
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Durante la reciente campaña presidencial, el entonces candidato José Antonio Kast rehuyó todas las entrevistas que pudieran exponer su vida personal y convicciones morales, insistiendo hasta el cansancio en los eslóganes que finalmente le darían la victoria: combate a la delincuencia, deportación de migrantes indocumentados y reducción del presupuesto público. Recién al reiniciar la campaña ante la segunda vuelta electoral cambió un poco su libreto. En la primera emisión de la franja de propaganda televisiva antes del balotaje, decidió hablar de sí mismo y de su origen familiar. La puesta en escena mostraba a Kast junto con cinco mujeres mayores sentados alrededor de una mesa, frente a lo que parecía ser una vivienda de clase media decorada con luces navideñas.

Comenzaba hablando una de las mujeres, cuyas marcas fenotípicas —pequeña estatura, tez olivácea y cabello y ojos color castaño oscuro— permitían que la teleaudiencia local la identificara como una mujer chilena promedio. Decía que a ellas les gustaban mucho las propuestas del candidato, pero que no se sentían muy representadas por él porque tenía las características de un “cuico”, es decir, de las personas blancas que viven en los sectores más acomodados de la ciudad.

El candidato —alto, de tez blanca, cabello rubio ceniza y ojos azules claros— le respondía con una gran sonrisa. En su habitual tono bonachón y algo anodino, le decía que él había vivido toda su vida en un sector rural de la Región Metropolitana, donde sus padres, sencillos agricultores alemanes, habían logrado levantar una empresa familiar con mucho esfuerzo y trabajo. La escena continuaba con el candidato mostrando fotografías de unas vacaciones familiares a las que su padre no había podido asistir porque debía trabajar, así como de una institutriz alemana que lo había criado, y que según él había sido maltratada por los nazis en Alemania. Terminaba diciendo que su vida había sido bonita, pero de sacrificio, y que ahora él deseaba que todos los chilenos pudieran tener una oportunidad como él.

A partir de las claves de género, morales y raciales presentes en la escena recién descrita, en este texto me gustaría reflexionar en torno a la imagen pública que proyecta el ahora presidente Kast. Está demás decir que Kast estudió en un colegio privado y una universidad de élite, que hasta hace algunos años participaba en la empresa familiar, la que llegó a tener una cadena de restaurantes y rotiserías a lo largo del país, o que en la actualidad declara participar de una sociedad con un patrimonio cercano a los 5 millones y medio de dólares. También es sabido que su padre, quien en Alemania se había afiliado al partido nazi y se enlistó voluntariamente para luchar en la Segunda Guerra Mundial, fue un activo colaborador de la dictadura civil-militar chilena, en la cual fue partícipe protagónico el economista y primogénito de la familia, Miguel Kast. Sin obviar este contexto, lo que me interesa aquí es el uso político, por parte de José Antonio Kast, de una particular construcción de masculinidad no solo heterosexual y católica, sino específicamente blanca.

En un artículo de 2013, la antropóloga Mara Viveros analiza la imagen pública del expresidente derechista colombiano Álvaro Uribe Velez, quien gobernó ese país en dos periodos, entre 2002 y 2010. Aunque su gobierno es recordado internacionalmente por escándalos como las ejecuciones extrajudiciales realizadas por miembros del Ejército, conocido como “falsos positivos”, Uribe mantuvo una alta aprobación durante sus mandatos, siendo luego electo senador en dos oportunidades. Según Viveros, su popularidad y conexión con el electorado se debía al eficaz despliegue mediático de una imagen pública que entrelazaba masculinidad, modernidad y blanquidad.

De acuerdo a historiadores como George Mosse, desde el inicio de la modernidad capitalista se conformó un estereotipo masculino que asigna importancia a la imagen visible como reflejo de los valores y virtudes internas. De esta forma, una corporalidad pulcra y contenida sería el reflejo de un ethos comportamental vinculado al autocontrol, a la moderación o a la capacidad de trabajo. No por casualidad, estos son los valores del “espíritu” del capitalismo identificado por Max Weber. En la interpretación del filósofo mexicano-ecuatoriano Bolívar Echeverría, la coincidencia histórica entre el surgimiento de la racionalidad capitalista y la apariencia física de sus primeros portadores supuso la asociación naturalizada entre lo blanco y lo moderno. Tal asociación sentó las bases para el entrelazamiento entre masculinidad, modernidad capitalista y blanquidad, articulado —especialmente en América Latina— con la construcción de Estados nacionales y con el ejercicio del poder en sociedades multiétnicas, multirraciales y predominantemente mestizas.

En el caso de Álvaro Uribe, Viveros identifica varios rasgos de la imagen mediática del expresidente colombiano relacionados con la construcción de una masculinidad blanca. En primer lugar, desde su campaña Uribe se posicionó como un hombre firme y de mano dura, el único capaz de enfrentar con decisión a las guerrillas y de reestablecer el dominio del Estado colombiano. Por otra parte, en sus apariciones públicas frecuentemente hacía referencia a la identidad regional “paisa” a la que pertenecía, correspondiente a una región central de Colombia cuyos habitantes son vistos como laboriosos, emprendedores y predominantemente blancos. En este sentido, Uribe proyectaba la imagen de un presidente que se dedicaría a trabajar incansablemente, con características personales como la disciplina, la austeridad o el compromiso con la solución de los problemas de las personas en cualquier rincón del país. Para ello, un recurso de central importancia en su gobierno fue la recurrente transmisión televisiva de reuniones locales en distintos lugares de Colombia, donde el presidente le hablaba a los asistentes en un lenguaje llano y se mostraba como conocedor de las necesidades específicas del lugar.

¿Cómo no trazar algunos paralelos entre el análisis de Mara Viveros sobre Álvaro Uribe y la imagen pública de José Antonio Kast? También Kast ha hecho del orden, el control y la seguridad los ejes de una promesa que solo él pareciera poder encarnar. Mientras Uribe apelaba a la hermandad entre los colombianos como forma de enmascarar las diferencias políticas y desigualdades de clase, de género y étnico-raciales, Kast llama a los chilenos a recuperar las “tradiciones” y la “patria”, cuya unidad esencial quedaría de manifiesto por oposición a la amenaza representada por las “ideologías” —de género, ecologistas, indigenistas o redistributivas—, y por los migrantes latinoamericanos no blancos.

De forma similar a la construcción mediática de Uribe, en los discursos y declaraciones públicas de Kast no solo son frecuentes las alusiones al trabajo, el esfuerzo y la austeridad —habilitación de La Moneda como residencia mediante—, sino que también las menciones a sus incansables recorridos por todos los rincones de Chile durante los ocho años transcurridos desde su primera campaña presidencial hasta finalmente salir electo en el tercer intento. A ello se suma que su imagen pública refleja una estructura familiar y de género tradicional, con roles masculinos y femeninos claramente definidos y complementarios, pero unidos por una ética del trabajo en común. Si, como describe Viveros, la esposa de Uribe, Lina Moreno, se mantenía al margen de la figuración pública y de esa manera daba expresión a su rol como significante de estabilidad y reproducción cultural, la esposa de Kast, María Pía Adriasola, ha tendido a estar mucho más presente mediáticamente, apuntalando la imagen pública de su marido, por ejemplo, al mostrarse sirviendo comida a los funcionarios de La Moneda en su primer día como primera dama.

Por supuesto, la masculinidad blanca desplegada por Kast posee inflexiones propias y locales. En vez de apelar a una identidad regional particular, como lo hizo Uribe, el presidente chileno se posiciona como descendiente de alemanes, aprovechando el reconocimiento que esa identificación otorga en el contexto local. Entre mediados del siglo XIX y principios del XX, la inmigración alemana fue fomentada por el Estado en el marco de una política de colonización y blanqueamiento del sur del país que aún hoy se asocia coloquialmente con la idea de “mejorar la raza”. Además del privilegio que otorgaba la imagen de una corporalidad blanca, la comunidad chileno-alemana ha basado su prestigio en la ética del trabajo que permitió a los primeros colonos transformar amplias extensiones de selva austral en tierras de cultivo de alta productividad e impulsar la temprana industrialización de ciudades como Valdivia. A ello se suma un estereotipo de sobriedad, retraimiento y austeridad encarnado en gran medida por la imagen pública del presidente.

Ahora bien, el rápido descenso en la popularidad de Kast durante las primeras semanas de su gobierno parece contraponerse a la imagen de “presidente teflón” que Viveros identifica en el expresidente Álvaro Uribe, de cuya popularidad resbalaban todas las críticas. Más allá de su electorado más comprometido, muchos de quienes votaron por José Antonio Kast parecen haberse inquietado por el contraste entre los atributos de mesura y foco en la seguridad pública mostrados por el candidato en campaña y el posterior despliegue de un programa político de ultraderecha doctrinaria. Quizás, esta inquietud apunte a una posible limitación de los réditos políticos de la masculinidad blanca, según la frase de Viveros. Posiblemente, la figura de un presidente que prometía salvar al país de una artificiosa situación de emergencia, fabricada por su propio relato de campaña, pierde parte de su credibilidad cuando su imagen pública se convierte en mera fachada de un proyecto que poco tiene de los valores de mesura, autocontrol y confiabilidad que —al menos en Chile— cimentan tradicionalmente la pretensión de poder de la masculinidad blanca. Sin perjuicio de aquello, la figura del presidente Kast revela la vigencia de una construcción de género, racial y política que continúa ocupando un lugar de privilegio naturalizado en el manejo de los destinos del país.

Este texto forma parte del proyecto ANID-Fondecyt de Postdoctorado N.º 3230019.

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