Encender el deseo de hacer mundo. Notas sobre Un rayo cualquiera.

mayo 08, 2026
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 “No se trata de EL rayo, sino de un rayo cualquiera(p. 176), afirma Natalia Ortiz Maldonado al concluir este ensayo que explora el “continuum efímero” de la vida y celebra su “materialidad presente”. Un rayo cualquiera, nada ostentoso ni atronador. Y sin embargo, una energía capaz de erizar nuestra piel, recordándonos la irreductible porosidad de la piel del mundo. Lejos de la imagen majestuosa de un Dios-Uno, ese Dios con mayúscula del Apocalipsis, que desde su trono descarga relámpagos y truenos sobre nosotras, como castigo implacable, como manifestación poderosa. No estamos ante un rayo fulgurante, empuñado como un arma por una deidad guerrera, ni confiscado por la mitología bélica como símbolo de fuerza. Todo en este libro —sus afectos, memorias e intensidades— se teje a contrapelo de ese imaginario viril y heroico que, desde su posición altiva, busca dominar a otrxs. La escritura de Un rayo cualquiera se concibe más bien como un conjuro para desoír la voz del héroe que escinde nuestro mundo entre débiles y poderosos. Natalia susurra una lengua indócil a este “mecanismo binarizante”, porque sabe, como lo sabe Úrsula K. Le Guin, como lo hemos aprendido todas, que la violencia patriarcal “habla en dicotomías”: “El hombre blanco habla en dicotomías, su lenguaje expresa los valores del mundo dividido (…): sujeto/objeto, yo/otro, mente/cuerpo, dominante/sumiso, activo/pasivo, Hombre/Naturaleza, hombre/mujer, y así sucesivamente. La lengua paterna se habla desde arriba. Va en una sola dirección. No espera, ni escucha ninguna respuesta” (K. Le Guin, 2023, p.24). Contra esta “lengua bífida” que divide el mundo en dos, para instalar jerarquías y dominaciones, y así decir al mismo tiempo lo incontestable de su poder, Un rayo cualquiera da cobijo a un murmullo de lenguas múltiples que desacatan las posiciones jerárquicas y la fijeza de la identidad. Natalia habla en lenguas, como las brujas que fueron perseguidas por ello, para prestar atención a las heridas del binarismo sobre nuestros cuerpos, para curar “las marcas del poder en la materia” (p. 100). 

“Solemos confundir el relámpago con el rayo” (p. 175). Desde antaño, los detentores del poder, que quieren que acallemos nuestros cuerpos para que impere sin contrapeso su deseo de verlo y saberlo todo, nos han hecho confundir el relámpago con el rayo. Esperan que nos ciegue su fulgor, que nos aturda el golpe sordo de su grito, que el cauce desbocado de lo que somos se subyugue ante su autoridad. Pero Natalia, que no escribe para ellos ni ante ellos, que no responde a su verdad, sino que busca sanar las heridas —capitalistas, patriarcales, coloniales— que cargan nuestros cuerpos desobedientes, castigados por esa misma insumisión, sustrae al rayo de las manos viriles que quisieron capturarlo, y nos los ofrenda como ofrenda este libro “a los mundos que amamos juntes”: “el rayo es invisible. Lo que perciben nuestros ojos es la luz del relámpago, así como nuestros oídos perciben el bramido del trueno (…) El rayo no está en el dios que trae el fuego originario entre sus manos, sino en los mil encuentros de los que podemos contar la historia, los n-1 fuegos de lo que existe y de lo que aún no” (pp. 175-176). El rayo no se ve, no se oye, es un pulso, una potencia de otro orden, que estremece con persistencia las corporalidades, humanas y no humanas, y que, cimbrando en múltiples ritmos, experimentan de este modo su común pertenencia terrestre.  

“Cualquier encuentro entre materialidades puede ser el lugar del rayo”, escribe Natalia casi al final de su libro (p. 176), y mi imaginación se enciende como la pequeña luz de un fósforo doméstico, esa “lumbre menudilla que de lejos no [es] más que un parpadeo”, como la describe bellamente Gabriela Mistral, y que para la poeta tiene el mismo relumbrar que la palabra resistencia (2020, pp. 445-446).  Natalia, como Mistral, también piensa en un destello sin aspavientos, en gestos y escrituras capaces de albergar a esos “rayos invisibles, diminutos y constantes” que han dejado su rastro, para  que tal vez otrxs, que como nosotras también son cualquiera, abiertas al azar de los encuentros, dispuestas a prestar atención, lleguen a percibirlos“El rayo”, dice Natalia en las primeras páginas de este contraconjuro al “deseo que se vuelve fascista”, “es aquello que abre un canal perceptivo y trastoca materialmente lo que hasta un segundo antes era un mundo” (p. 17). La leo y nace en mí la imagen de un haz de luz entrando por la ventana, regalándole a lxs niñxs, o al infante que aún habita en nosotrxs, la contemplación evanescente y ligera del baile de unas motas de polvo en suspensión. Una iluminación profana, sin jerarquía ni dominación, que en su mínimo destello nos hace parte de una fiesta de partículas. Un “malón de bichxs cuir”, diría tal vez Natalia, retomando la imagen que ella toma a su vez de Karen Barad, ejercitando un “animismo-niñe y cuántico”  que “desmantel[a] las fronteras entre animal-mineral, pero también las escalas antropocentradas” (p.55).  

Con Barad, y con las otras voces de su linaje desobediente (Isabel Stengers, Donna Haraway, Gloria Andalzúa, Mónica Wittig, Úrsula Kroeber Le Guin, a la par que las memorias disidentes, las poetas, filósofas, amigas, los cantos de las ancestras, las experiencias transfeministas), Natalia comparte un animismo radical. “Los encuentros sensibles requieren cierto animismo en la mirada”, afirma en Un rayo cualquiera, desplazándonos del ojo imperial, que insiste en objetualizar lo otro, disponiéndolo en posición de sumisión. “Se trata más bien del animismo de la niña que por la mañana le pregunta a sus juguetes qué soñaron, por la tarde se conmueve con la muerte de las hormigas y por la noche siente las presencias en la oscuridad, habla con ellas o corre por el pasillo para que no toquen su espalda” (p. 17). Natalia profesa este animismo-niñe, que transforma lo cotidiano en maravilla, que afirma la agencia de todo lo que existe, que resiste al empobrecimiento de nuestras existencias, al estrechamiento de lo que somos capaces de sentir y pensar. Porque en esta poética del habitar se trata de eso, no de tener la razón, sino de enriquecer la vida: “[habrá] que distinguir qué prácticas intensifican la vida y qué prácticas la debilitan, succionándola, tasándola, haciéndola dato (…) No hay equivalencia ética ni política entre el debilitamiento de la vida y aquello que procura proteger su vulnerabilidad” (p. 41).  

Natalia, que sabe distinguir entre la dominación y la amistad, defiende la experiencia del vínculo en el que nuestras existencias se amplían en vez de estrecharse. Lejos de todo dispositivo heroico, nos tiende con dulzura la modestia de un simple rayo, uno entre otros, que en un momento inesperado vibra sobre las superficies, y que en su condición efímera es capaz de interrumpir la estabilidad y el acomodo de un tiempo anestésico, sin afectación. Cuando un rayo cualquiera se precipita, “una materialidad [es] atravesada por otra” (p. 17), y algo del acontecimiento de la vida, de sus afectaciones y vicisitudes, se siente. Natalia elige, como Mary Oliver, equilibrarse entre el “agudo conocimiento del dolor” y la “intensa memoria del placer”, afirmando que el rayo está del lado del asombro generoso y hospitalario ante la vastedad de lo que existe y lo que aún no es: “Oliver prefiere que del dolor tengamos un saber agudo, y que del placer tengamos una memoria intensa. Quizás sea porque el dolor contrae al cuerpo, lo repliega, lo tienta hacia la falacia de lo individual, mientras que el placer lo expande y lo invita al contacto” (p. 175).

Un rayo cualquiera nos llega en medio del desastre y de la sensación de impotencia que conlleva, como una fuerza mundana y venturosa que traza, entre el cielo y la tierra, una vía para volver a hacer sensible la materia que somos.  Contra esos héroes de corazón oscuro que se dan el lujo de declarar el fin del mundo, afirma que hay una vida superviviente que persiste en nosotras, que guarda la memoria del futuro, de las vidas por venir. Para contrarrestar esa idea de mundo donde prolifera la destrucción y la impotencia, nos llama a recordar que “nuestro mundo no es ni todos los mundos que existen en el planeta, ni todos los mundos posibles” (p.14).  Solo desde la óptica de la excepcionalidad humana, esa “piedra angular” sobre la que se sostiene el binarismo hombre-naturaleza y su lógica extractivista, se sostiene este Modus moriendi de hacer mundo. Para remecer este tono luctuoso de “nuestra manera de mundizar” (p.16), para “mundizar distinto”, es crucial prestar atención a maneras más que humanas de hacer mundos, narrando encuentros sensibles que no tienen al hombre como protagonista. “Contar historias multiespecies”, dice Natalia, quizás sea la vía “para hacer habitables estos mundos en desastre” (p. 22). Ante la crisis climática, la extinción acelerada de especies, los desplazamientos forzados de comunidades, los efectos genocidas de las políticas del capitalismo extractivo, el mundo mismo convertido en vertedero (Marder, 2021, p.27), el ejercicio de imaginar con los vivientes se torna una tarea irrenunciable. Natalia escribe para reenlazarnos con el mundo, para ofrecer un lugar de existencia a todos los cuerpos heridos —minerales, vegetales, animales— por la lógica jerárquica y extractivista de la dominación. Al hacerlo, nos recuerda que la vida se escribe en plural, transitando en permanente mutación.

Cambiar las preguntas, despertar nuevos asombros, es la manera en que este libro enciende nuestro deseo de hacer mundo. En el inicio de Un rayo cualquiera, Natalia nos cuenta que, en medio de un mundo devastado por la guerra, tiene lugar el hallazgo de dos conjuntos de manuscritos. En 1945, los manuscritos de Nag Hammadi fueron encontrados en una vasija de barro en el Alto Egipto. En 1947, los manuscritos del Mar negro fueron encontrados en cuevas situadas en Qumrán, Cisjordania. Ambos hallazgos fueron hechos por niños beduinos, infantes nómades capaces de mirar con atención “el suelo que pisan y donde juegan, buscando tesoros”. Es otra niña pequeña, cuenta la leyenda pampeana que abre el primer capítulo, la que descubrió la escritura. Tras una fiesta de carnaval, la niña ciega, pero vidente, encuentra un rastro de sangre cerca de su casa, y al seguir su huella,  descubre que la vida puede abrirse paso entre los signos. “Un rayo cualquiera —leemos en la nota editorial de Kikuyo— es un rayo nuestro, del común, es el relámpago que fisura el cielo teórico para dejar pasar una constelación de brujas, cientifiques, poetas, chamanas, partículas subatómicas, organismos, curanderas y les otres que también somos. Como poetiza Purita Pelayo: invocamos a lxs fantasmas heridxs en medio de la penumbra” (p. 198). En el colofón, ese gesto editorial que a veces susurra entre líneas su deseo, anotan el impulso vital que pulsa en su anhelo de hacer libros y que comparten con Natalia: se trata de hacer libros como se hacen mundos, “para lxs cualquiera, aquellxs que, con las manos despiertas, sienten las pausas, las texturas, los relámpagos. Hay un rayo en sus miradas. Su voz es un trueno que retumba desde siempre en pampas y montañas”. 

Referencias bibliográficas

Kroeber Le Guin, Úrsula (2023). Entre las avenas silvestres: ensayos y poemas. Ciudad de México: El eterno retorno a casa. 

Marder, Michael (2024). El vertedero filosófico. Una fenomenología de la devastación. Barcelona: NED.

Mistral, Gabriela (2020). Obra reunida. Tomo VII. Prosa. Santiago: Biblioteca Nacional.

AUTOR/A/ES
POR 
Marcela Rivera
Marcela Rivera Hutinel es Licenciada en Psicología y Filosofía por la Universidad Católica de Chile y Doctora en Filosofía con mención en Estética y Teoría del Arte de la Universidad de Chile. Actualmente es Académica Titular de la UMCE.
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