Escribir antes de Sabina Urraca: el testimonio de las ideas

mayo 09, 2026
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Próxima a venir por primera vez a Chile como una de las invitadas internacionales de la Furia del Libro de invierno -que se desarrollará entre el 28 y el 31 de mayo en la Estación Mapocho- la escritora y editora española habla del proceso de su más reciente libro, Escribir antes, publicado por Los Libros de la Mujer Rota. Un texto sobre sus procesos creativos, inquietudes, vicisitudes, miedos y por sobre todo, especulaciones e ideas que, solo sabrá el tiempo, verán la luz en la elaboración de un relato de cualquier clase.

“Un libro honesto y visceral, cargado de arrojo, ironía y desgarro”. Esto es parte de lo que recibí en el comunicado de prensa Escribir antes de la escritora española Sabina Urraca. Luego, sigue la descripción del libro, este mismo en su edición publicada por Los Libros de la Mujer Rota, “devela muy bien su proceso creativo, desacralizando y amando el oficio por partes iguales”.

Un libro sobre un libro. Un libro sobre el proceso de escribir un libro. Un libro sobre el tras bambalinas de la elaboración de uno. Un libro que llegó a Chile en diciembre del año pasado pero que ahora, en el ocaso del mes de mayo de este 2026, tendrá su bautizo acá.

“Ahora que ha salido Escribir antes en Chile, podré presentarlo allí, además de dar un taller y hacer un club de lectura”, señala entusiasmada Sabina Urraca por una imagen que ha visto en redes sociales y la prensa: “La Furia en esa Estación Mapocho, que me parece que es un lugar tan sugerente, y que pensaba en poder ir algún día y bueno, así será, así que estoy muy contenta”.

Antes de esta versión, el libro fue publicado en España por Ediciones Comisura y en Argentina por Bosque Energético. En todas, a pesar de sus diferencias en diseño y tamaño, ha quedado plasmado este diario narrativo de la autora -una versión de este- como parte de la preparación de su novela El celo (Alfaguara, 2024). Se trata de un texto lleno de preguntas, de girones de cotidianidad y sobre todo, un testimonio de las ideas que aparecen como flashes: fugacidades que en esta práctica son rescatadas de esa misma condición. 

Sabina Urraca es escritora y editora. Ha publicado las novelas Las niñas prodigio (Fulgencio Pimentel, 2017) ganadora del Premio Javier Morote; Soñó con la chica que robaba un caballo (Lengua de trapo, 2021); Chachachá (Dueto; Comisura, 2023); y El celo (Alfaguara, 2024) escogido libro del año 2024 por El Cultural.

Ha colaborado en medios como El País, El Cultural o Zenda y en los espacios radiofónicos Carne cruda y El ojo crítico. Ha sido editora residente del sello Caballo de Troya (Penguin Random House) durante 2023 y 2024, y de libros como Panza de burro, de Andrea Abreu (Barrett; Kindberg); y de Seismil, de Laura C. Vela (Niños gratis). Ha recibido la beca del MFA de la Universidad de Iowa (2020), la beca Leonardo a la creación literaria de la Fundación BBVA (2022) y la beca de escritura Montserrat Roig (2025).

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-¿Cuál es el vínculo o acercamiento que tienes con Chile? Si bien no has venido aún, una siempre viaja con los libros. ¿Cuál es tu relación con la escena local?

He leído mucho, pero sobre todo diría que una de las escritoras que más me gusta y que desde hace unos años me dura la obsesión es Lina Meruane. Aunque sea una escritora chilena fuera de Chile durante mucho tiempo, sí que tiene una conexión constante. Hay un ir y venir y eso me gusta mucho: la traducción en el momento, o sea, de vivir una vida en Estados Unidos, pero tener una conexión constante con ese pasado en Chile. De hecho, el último libro que he leído de ella, Sin señales de nosotros (Alquimia), se desarrolla todo en Chile porque está basado en su adolescencia, en un momento de una toma de conciencia política. Me fascinó muchísimo. Me acuerdo que cuando lo terminé pensé “ya es hora, ya tengo que ir a Chile”. Ahí todavía ni se había contemplado lo de La Furia y todo esto.

También, diría que mi unión con Chile ha sido sobre todo a través de Bolaño, Zambra y Alejandra Costamagna. Tengo múltiples historias e ideas de Chile en la cabeza, pero necesito ir.

¿Cómo describirías tu idea de diario? ¿Esa idea evoluciona? En una parte del libro te lo preguntas y dices: “un diario es como controlarlo todo”.

Me gusta mucho esto de “un diario es controlarlo todo”. Es verdad que nunca me lo había planteado así, pero es muy acertado.

Siempre intento tener la sensación de control sobre la escritura y las ideas que tengo, y mi diario cada vez más se va transformando en eso, en un intento -un intento compulsivo, diría- de echar fuera todas esas ideas que van surgiendo con las que no voy a hacer nada. Soy una escritora muy lenta -tampoco muy lenta, pero sí que soy lenta-; funciono mucho por peticiones del exterior, es decir, cuando alguien me dice “quiero un libro”. El tener un dead line es lo que me obliga a terminar, sino estaría todavía escribiendo mi primer libro. En ese sentido soy lenta, poco práctica, entonces en el diario hay una inmediatez y una de echar fuera las cosas, así, un poco desastroso, de escribirlo de cualquier manera, que me permite tener una especie de descanso interno, sino creo que me explotaría la cabeza. De hecho, en unos pocos años de mi vida que no llevé diario, esos fueron los años en los que más me explotó la cabeza y sentía que no estaba haciendo nada realmente con todo lo que me pasaba.

En definitiva, Escribir antes no es mi diario porque son unos fragmentos muy seleccionados de mi diario. Escribo muchísimo, así que en medio de mi estancia en la Residencia Literaria Finestres y Usera no sale un verano completo que estuve en un pueblo. Pero bueno, me pareció interesante tomar solo dos momentos de la escritura del libro.

Para mí, sobre todo el diario es una compulsión, una compulsión que resulta en un absoluto caos del que luego puedo sacar algunas veces pedacitos, o me voy dando cuenta de que va habiendo algo, un factor común en algunos de los fragmentos, entonces tomo esos fragmentos y es cuando construyo eso que parece tener un poco de sentido.

Mi diario, si lo publicase tal cual es, no tendría sentido. Ya cada vez escribo menos lo que hago en el día, pero igual escribo algo que he visto en concreto en la calle; de pronto escribo un recuerdo o reflexiono sobre algo de hace 15 años. En general, lo que más hago ahora es escribir ideas que se me ocurren que no tienen nada que ver con mi vida, que son ideas de novelas, de poemas. De pronto se me ocurren cosas que nunca haré, como un programa de televisión. Hace muchos años trabajé como creativa de televisión, entonces algo se queda de eso en el cerebro y se te siguen ocurriendo ideas de este tipo.

Me siento tranquila y absolutamente colmada con esas ideas si simplemente las escribo en mi diario y ya está; no me hace falta llevarlas a cabo y eso me ayuda a dormir. 

-Esto es una de las cosas que me encantó, y tiene que ver con los destellos. Creo que para quienes intentamos elaborar ciertas cosas en lo escrito, estas ideas intrusivas dan un shock de adrenalina, y pasa esto de “lo escribo ahora si no lo voy a olvidar”. Me parece una decisión importante pasarlo al diario. En ese sentido, ¿el diario sería un testimonio de las ideas?

Sí, y esas ideas no salen en ningún libro o no tengo el plan que se trate de que salgan al exterior, simplemente que queden ahí apuntadas. No sé, hay algo ahí, algo un poco maniático, un poco compulsivo en querer dejarlo apuntado.

Ahora tengo una especie de show-performance que nunca había hecho sobre la escritura. Se llama “La higiene” y allí voy contando todas estas ideas. De hecho, el show va cambiando según las ideas que tenga en esa época. Se llama así precisamente porque para mí hacer eso, contar mis ideas, es como una limpieza.

En medio del show digo estas ideas, dos o tres, que digo “si quieren se las pueden quedar”, o sea, no voy a hacer nada con ellas. Alguna vez cuento una y digo “esta por favor que nadie haga nada con ella, porque esta sí que creo que la pueda aprovechar para algo”. En contárselas a la gente también se corre un riesgo porque le estás contando estas ideas a un público que puede olvidar que forma parte de un espectáculo y un día piensa que se le ocurrió a él o ella y escribe una novela.  También me parece muy interesante contar estas ideas a la gente y ver qué sucede. Correr ese riesgo.

-Se tensiona allí la idea la autoría…

Es raro. Cuando empecé a preparar este show, había ideas que están en Escribir antes. Creo que una de las ideas que aparece allí está en el libro que estoy escribiendo ahora; una idea que pasó de ser una idea residual a ser lo que estoy escribiendo ahora y eso formaba parte del show. Haciendo el show me di cuenta de que esa idea me importaba mucho y que no quería que nadie me la quitase.

A veces me pasa que después del show viene gente y me dice: “oye, pero esta idea es buena para una novela”, y pienso, qué peligroso, porque esta es la idea de mi próxima novela y la acabo de decir. Sería interesante también que otra persona y yo escribiésemos novelas paralelas, que parten de la misma idea y ver cuán diferentes pueden llegar a ser esos libros.

-De hecho, esto que estás contando sobre cómo tú cuentas, ya es un cuento…

Sí, de hecho la idea de dos personas escribiendo la misma novela a partir de la misma idea ya es un cuento, un poco de terror psicológico, o quizás no; quizá comedia [ríe]…

-Escribir antes es muchas cosas, incluyendo que es un libro sobre otro libro, El celo. ¿Hay alguna trampa en esto de lo metaliterario?

Me doy cuenta de que cada vez me interesan más los procesos y me interesan menos los resultados. Me hace ilusión terminar una novela, pero me parecería una tontería desaprovechar todo ese material residual que se genera mientras estás enloqueciendo con la escritura de un libro. Me parece que eso necesariamente se tiene que volver un libro. De hecho, ahora mi idea es seguir haciendo esto: publicando novelas -ahora publicaré otra el año que viene con Alfaguara si llego a tiempo- y generando un diario de escritura y de ideas que van surgiendo.

Me parece interesante hacer esta escritura paralela siempre. Bueno, surge sola, pero me parece interesante publicar el libro resultante. Escribir antes tampoco es que sea el diario de escritura de El celo. Funcionan como entes completamente separados. De hecho, si lees Escribir antes sin leer El celo, no pasa nada, no te rompe nada de la trama de El celo ni al revés. Van a funcionar de forma independiente.

-Y hablando de que este diario es muchas cosas, puede ser quizás sobre todo un espacio para preguntas. Tú te planteas en esta escritura muchas preguntas. ¿Te gustan las preguntas?

Es que no sé hacer otra cosa. Casi nunca tengo respuesta para nada y me apasiona eso. Preguntarme o dar rodeos alrededor de algo es lo que más me interesa; o leer como alguien da rodeos alrededor de algo y nunca se llega a ninguna conclusión.

Odio los libros con mensaje. No sé qué es una novela con mensaje. No me interesan. Me horroriza, por ejemplo, ver cómo en literatura infantil -que es algo que me gusta mucho y nunca dejé de leer- se va volviendo cada vez más didáctica, que tenga que haber un mensaje. Esto creo que también se puede extrapolar a lo que buscan muchos lectores adultos en la literatura adulta: un mensaje claro, algo didáctico, un final que ofrezca una respuesta y para mí eso es espeluznante. O sea, ya un libro es suficientemente falso en el sentido de que selecciona sólo unos fragmentos de algo que se supone que es más grande, que lo presenta de una forma determinada. O sea, un libro ya es un teatrito como para encima meterle una conclusión absolutamente artificiosa.

A veces la gente se queja: “no entendí el mensaje del libro que querías contar” y yo no quería contar nada más que eso. No hay ninguna enseñanza y al mismo tiempo hay un montón. En los diarios creo que también está eso, no todo el rato, pues está esa ambivalencia con un montón de cuestiones. La primera, sobre el sentido de escribir, sobre el placer o el horror de escribir; o, por ejemplo, sobre la relación con la madre. En ese plano, me sorprende cuando la gente me dice “qué horror tu madre en Escribir antes”, y yo pienso que tampoco es horrible. O sea, no sé, me parece bien una madre opinando sobre algo que le aterroriza realmente. Y bueno, mi madre, como todos los personajes del mundo, tiene una parte aterradora en el sentido de que puede ser muy censora en determinadas cosas, lo que no significa que yo me lo tome en serio, y al mismo tiempo puede ser un motor para escribir.

-Siempre, en todos los libros, aunque los mismos autores no lo sepan, siempre está algo de la madre, a favor o en contra.

Está siempre ahí. Cuando me preguntan si no me da vergüenza o miedo que mi familia lea mis libros, les digo que mi deber como escritora y mi máxima muestra de respeto hacia mí misma y hacia mi madre es horrorizarla con mi escritura, si es necesario. Si estuviese fingiendo que soy una escritora que no soy, le estaría faltando el respeto a mi madre y a mí misma, desde luego. Pienso que lo que hago es ser la escritora que soy, intentar que no me importe nada de lo que me dicen.

-Camila Sosa Villada estuvo en Chile hace poco, y dijo algo que también sale en uno sus libros, que también es como un diario, El viaje inútil, que una escribe muchas veces desde la vergüenza, y me parece que es un planteamiento muy hermoso. ¿Qué opinas de esa forma de verlo?

El viaje inútil es mi libro favorito de Camila Sosa Villada.

-También el mío.

Me parece espectacular. Es absolutamente bellísimo y lúcido. Me encanta la reflexión sobre la escritura que hace.

Creo que me avergüenzo algunas veces mientras estoy escribiendo. Algunas veces viene y tengo que parar de escribir. O sea, a mí no siempre me agrada escribir lo que escribo, pero siento que lo tengo que hacer para mí, para divertirme. No es que se lo tenga que contar a nadie ni que nadie necesite que yo cuente nada. No creo mucho en los libros “hiper necesarios”. Eso también me tira mucho para atrás, cuando alguien dice “este libro tan necesario”. Bueno, me alegro de que haya sido necesario algún libro para alguien, pero no considero que escriba libros necesarios. Yo le escribo por el proceso. Supongo que por eso me gusta el diario del libro, porque lo que me interesa del libro no es que salga publicado, que es una gran alegría, pero la publicación del libro, el libro como objeto, me parece un residuo de una cosa muchísimo más interesante y mucho más compleja que ha pasado antes durante años. Por eso escribo también el diario de la escritura, porque ahí está lo que más me importa.

-Es como mostrar el muerto, abrirlo.

Exactamente.

-En este presente aludes como un lema, un mantra que se repite “escribir antes, escribir antes”. Esta forma de escribir más libre, sin objetivos, sin compromiso, en otra etapa, ¿es una nostalgia?, ¿cómo describirías esa premisa?

Recuerdo tanto que escribía de niña sin pensar en nadie más y sin fustigarme por no terminar las cosas. Tengo muchísimas novelas sin terminar de cuando era pequeña. Recuerdo novelas y sus títulos que no escribí pero que se me ocurrían. Me acompañaban como esas ideas y no pasaba nada por no terminarlas. Encima las ilustraba y las escribía a mano. Era jugar, era estar escribiendo en el momento lo que merecía la pena.

Cuando éramos pequeñas jugábamos con lo que fuese, con unos muñequitos recortables que hacía obsesivamente y generaba nuevos personajes. Cuando estabas con más gente jugando era muy típico esto de montar la casa, contar la historia, cada una toma unos personajes y se generaba una trama y esa trama era absolutamente efímera y no quedaba registro de ella. En cuanto te llamaban para dejar de jugar o que se tenía que volver tu amiga o tú te tenías que ir, esa ficción desaparecía, se evaporaba y no quedaba registro de ella. Y pienso, qué maravilla cuando creábamos sin esta obsesión que todo permanezca y perdure y quede registro de ello, esta cosa que ahora tengo tan compulsiva de apuntar las ideas.

Muy pocas veces recuerdo retomar una historia, siempre generábamos una nueva. Entonces, Escribir antes para mí es como esa -iba a decir inocencia- pero tampoco es inocencia, es ese desentendimiento; esa alegría de escribir por estar escribiendo, por estar jugando, no para que pase nada después.

El Celo se escribió en una residencia, en Finestres. ¿Te acomoda la dinámica de la residencia?

Diría que las residencias las aprovecho mucho, me vienen muy bien, porque hay una relajación, sobre todo si son lugares de naturaleza. No en todas las residencias te cuidan tanto. En esta sí y no tienes que preocuparte demasiado por nada más que no sea escribir, y eso solo lo he vivido en la infancia, cuando no tenías que preocuparte de nada más que de jugar y de vivir con tus pensamientos en tu cabeza.

 

Eso por una parte es muy bueno, pero luego lo que pasa es que hay esta idea medio sacralizada de la escritura, de que cuando encuentras ese tiempo y ese lugar idílico frente al mar, con tu taza de té y eso, todo súper cursi, como romántico de “ahora voy a escribir mi gran novela”, en ese momento te aterrorizas absolutamente. En algún momento dices “dios mío, tengo mis problemas de niña mimada, tengo todas las condiciones perfectas, y estoy absolutamente aterrorizada y se me bloquea el cerebro”. Luego lo superas y era como “bueno, venga, da igual, hay que seguir adelante. A pesar del miedo hay que escribir, hay que escribir, hay que escribir, hay que hacerlo”.

Me doy cuenta de que en realidad escribo más fluidamente en mi casa que en las residencias. No sé, es como la desacralización total de la escritura. En realidad donde mejor escribo -no solo en Madrid- es en el móvil, en el cuaderno, volviendo caminando de una fiesta, con el dictado de voz. Creo que cuando mejor escribo es cuando no me doy cuenta de que estoy escribiendo.

-Hay una parte del diario que dice: “sería una tonta si no utilizase lo que la realidad me pone por delante”. ¿Cómo te llevas con los límites de la ficción y la autoficción?, ¿qué concepto tienes?, ¿cómo te plantas frente a esa distinción?, ¿crees que debe existir?

Esa es una distinción que me da absolutamente igual, no me puede dar más igual y me la salto totalmente. De hecho, era uno de mis problemas cuando era periodista. Trabajaba en la revista en Vice escribiendo cosas de periodismo inmersivo, donde yo vivía experiencias y las contaba. Mi problema era que se me iba la mano hacia la ficción sin querer. Algunas veces, por ejemplo, fusionaba a varios personajes en uno, pero bueno, esto se supone que está permitido, como que no pasa nada en ese tipo de periodismo, pero algunas veces inventaba. No lo podía evitar.

Por otro lado, la verdad es que dudo que escriba algún día algo autobiográfico total. No me interesa. Y es que aunque lo intentase, inmediatamente empezaría a inventarme cosas, a mezclar una vivencia con otra. Me doy cuenta que lo hago sin querer, ficciono sin querer, tomando elementos de otras cosas. La realidad coloca todo y tú vas tomando.

-Hay algo que habla de los trazos mínimos del mundo y que ese es el mundo en el que te gustaría vivir. Las pequeñas cosas, esas claves, la coyuntura. ¿Cómo definirías el rol del azar en la escritura?

Me gusta mucho fijarme en estos trazos mínimos del mundo, en esas cosas diminutas que son una tontería absoluta, y que luego, cuando las escribo, me doy cuenta que las magnifico. No es que las esté ficcionado en este caso, sino que las estoy mostrando tal y como las he sentido.

Me gusta mucho fijarme en los gestos de la gente. Son estas tonterías que me quedan en el cerebro y que le dan sentido a la cotidianidad y que luego, de pronto, tienen que ir en una escena. Estas tonterías que están todo el rato presente en la vida son las que me sostienen. No es que me ayuden a escribir, sino que le dan absoluto sentido a todo, a estar existiendo, sino me aburriría muchísimo.

-Sobre lo que escribiste en El celo, ¿cómo definirías la animalidad, la del libro y la de las personas?

Creo que la animalidad está muy presente en los seres humanos, y precisamente ese derrotero que va tomando el mundo y las cosas, el derrotero terrible de cuestiones que nos parecen muy alejadas de los animales como la hiper productividad, en realidad están atravesadas por la competencia; la lucha de una persona pisando a otra, el deseo de ser el jefe de la manada, el deseo de estar bien colocado en la cadena trófica y que nadie nos devore. Todas estas cuestiones animales están súper visibles en el presente más asqueroso que vivimos. 

-Tu rol de editora, que es por el que te conocí, ¿cómo ha evolucionado?

Me di cuenta de que me gustaba editar. He dado talleres de escritura y cuando la gente hablaba de sus ejercicios, editaba sobre la marcha lo que leían. Inmediatamente les decía “y si aquí haces esto y aquí eliminas esto y terminas con una frase…”. La labor que estaba haciendo -pensé- era editar, así que me empezó a picar el gusanillo de hacer esto en algún momento, pero tampoco me lo planteé en serio.

Andrea Abreu era una de mis alumnas. No podía venir mucho a clases, pero hubo un cuento que me pareció que podía ser una novela. Le dije y la fui acompañando en ese proceso y así surgió Panza de burro. No me imaginé que podía pasar eso que pasó, que ha pasado y que sigue pasando con el libro. Luego surgió lo de Caballo de Troya, que estuvo muy bien porque pude hacer el trabajo de editora de una forma más repartida, no centrada en un único libro, sino en muchos.

Fue cansador también porque entro mucho en la edición. No lo hago como esta nueva cosa que sucede que los editores ya no editan. Hay editoriales que de verdad no editan, que no pasan de hacer corrección tipográfica. A mí me interesa todo lo contrario. Acercarme muchísimo al texto y trabajar frase a frase. Editando siento que sé lo que hago y escribiendo nunca voy a saberlo.

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