Notas para una etnografía de la víctima del amor romántico.

La víctima contemporánea ocupa un lugar extraño dentro del orden social. Se le exige simultáneamente sufrimiento y reflexividad. No basta con haber atravesado la violencia; además debe interpretarla correctamente. Debe reconstruir escenas, ordenar secuencias, conservar pruebas, recordar fechas, responder contradicciones y transformar una experiencia viva —confusa, fragmentaria, corporal— en un relato coherente y administrable para otros. El dolor, por sí solo, carece de legitimidad pública. Necesita adquirir la forma de archivo.
Hay algo profundamente moderno en eso. La víctima ya no aparece únicamente como cuerpo herido, sino también como gestora de su propia inteligibilidad social. Debe convertirse simultáneamente en sobreviviente, investigadora y analista de sí misma. Una especie de burócrata afectiva obligada a clasificar retrospectivamente la ruina de su intimidad.
Terminé comprendiendo eso mientras escuchaba una y otra vez los audios del hombre que amaba. Ya no abría esos registros como quien vuelve sobre un recuerdo, sino como quien examina las ruinas materiales de una catástrofe. Su voz aparecía usando mi tamaño y mi militancia con l@s trabajador@s sexuales para insultarme. Mi cuerpo reducido a signo moral. Lo pequeño asociado a lo ridículo, a lo insuficiente, a aquello que puede despreciarse sin culpa. Y lo “puta”, para qué ahondar.
Y mientras repetía esas grabaciones con audífonos puestos, tomando notas como una funcionaria de mi propio expediente sentimental, empecé a ver algo sumamente incómodo. Las violencias rara vez irrumpen de golpe. Antes de organizarse físicamente sobre los cuerpos, suelen ensayarse lentamente dentro del lenguaje. Primero se altera el estatuto simbólico de la otra persona. Se la vuelve exagerada, absurda, hipersensible, pequeña. Después el cuerpo simplemente termina obedeciendo aquello que el discurso ya había comenzado a producir.
Entonces entendí que aquellos insultos nunca habían sido metáforas. El mismo tamaño que servía para degradarme verbalmente fue el que permitió que ese hombre —desbordado, trastornado, vuelto una mezcla miserable entre furia y pérdida absoluta de control— me levantara en brazos para arrojarme. A mí. Igual que a la foto de mi hijo. Igual que al moledor de marihuana. Igual que al separador de ambientes. La violencia reorganiza el espacio bajo una lógica brutal donde los objetos queridos y las personas empiezan a compartir un mismo estatuto material. Todo se vuelve desplazable dentro de la trayectoria de la furia de un desequilibrado.
Pero incluso eso terminó siendo menos perturbador que lo que vino después.
Porque lo verdaderamente desconcertante no fue únicamente la violencia, sino descubrir hasta qué punto una persona puede ejercer daño y seguir percibiéndose íntimamente a sí misma como inocente. Y no hablo aquí de inocencia jurídica. Hablo de una inocencia subjetiva, casi ontológica. Una imposibilidad radical de reconocerse como responsable de aquello que se hizo. Como si los gritos hubieran surgido espontáneamente desde el ambiente. Como si la agresión fuese apenas una reacción inevitable frente a circunstancias insoportables. Como si el problema nunca hubiese sido la violencia ejercida, sino el hecho de que ésta produjera consecuencias sociales, judiciales o afectivas.
Hay algo casi igualmente fascinante, a la vez que doloroso, en observar cómo alguien pudo destruir una habitación entera y aun así seguir habitando psicológicamente el lugar del incomprendido. El lugar de quien se siente injustamente tratado. La violencia aparecía siempre narrada como exceso emocional, accidente, desborde irrepetible, nunca como estructura. Nunca como responsabilidad propia. Y quizás ahí reside una de las dimensiones más inquietantes de ciertas masculinidades contemporáneas. No tanto en la agresión misma —históricamente demasiado conocida— sino en la extraordinaria capacidad de separar el acto de la autopercepción moral. La mano que arroja y la conciencia que sigue sintiéndose buena parecen pertenecer a personas distintas.
Entonces comenzó otra escena igualmente brutal, aunque mucho más silenciosa. La pedagogía institucional del trauma. Tuve que convertirme en investigadora de mi propia vida. Ordenar cronologías. Revisar fotografías. Escuchar audios. Explicar por qué tenía miedo. Explicar por qué no estaba exagerando. Explicar por qué una mujer no inventa el temblor que permanece en una casa después de una explosión afectiva.
Y mientras tanto, el aparato judicial desplegaba sus lenguajes administrativos para nombrar el desastre. Suspensión condicional del procedimiento. Medidas cautelares. Incumplimientos. Plazos. Firmas. El Estado gestionando la catástrofe sentimental mediante sintaxis burocrática.
Su hij@ adolescente me dijo que me cuidara y que él no va a cambiar. Escuchar eso me produjo una tristeza difícil de describir, porque no provenía de la rabia ni del resentimiento, sino de algo mucho peor: la naturalización precoz de la violencia en la conciencia de un@ niñ@. Como si hubiese aprendido demasiado temprano que existen hombres para quienes el arrepentimiento no es transformación, sino apenas una pausa narrativa entre episodios.
Quizás por eso el problema nunca fue únicamente individual. Nunca fue solo “mi historia”, “mi relación” o “mi mala experiencia amorosa”. Las violencias íntimas funcionan precisamente porque logran presentarse como excepciones privadas en lugar de aparecer como síntomas sociales. Y alrededor de ellas se organiza toda una economía contemporánea del silencio. Amigos que relativizan. Entornos políticos que retroceden hacia la neutralidad cuando el agresor tiene rostro cercano. Feminismos convertidos en estética incapaces de sostener la incomodidad concreta del daño. Instituciones que administran el conflicto sin preguntarse demasiado por las condiciones que lo producen.
Hay algo particularmente inquietante en los espacios que hacen del feminismo una identidad cultural o un lenguaje de época, pero que frente a la violencia concreta vuelven rápidamente hacia la comodidad de la neutralidad. Porque ahí el problema deja de ser solamente la violencia ejercida por un hombre y pasa a ser también la facilidad con que un entorno entero encapsula el daño bajo la categoría tranquilizadora de “asunto privado”.
Y nombrar la violencia como problema privado nunca es inocente. Es una operación política antigua. Consiste en arrancarle espesor colectivo al daño y devolverlo al territorio de lo íntimo, allí donde la incomodidad pública desaparece y las redes afectivas, laborales o simbólicas pueden seguir funcionando sin fracturas aparentes. Así, la comunidad se preserva a sí misma mientras la experiencia de quien denuncia queda reducida al estatuto de conflicto interpersonal.
Pero tampoco me interesa el reverso moralista de ese problema. Hay algo profundamente violento en ciertas formas contemporáneas de sororidad cuando el gesto de “rescatar” a otra mujer se construye desde la sospecha de que ella no piensa bien, no evalúa bien o no comprende bien su propia vida. Porque entonces el rescate deja de ser acompañamiento y se convierte en una operación de inferiorización. Una pedagogía del desprecio disfrazada de cuidado.
Lo veo con claridad cuando ciertos feminismos hablan sobre las trabajadoras sexuales como víctimas absolutas incapaces de consentimiento. Muchas veces terminan reproduciendo exactamente aquello que dicen combatir: la negación de la voluntad femenina. Se concede dolor, pero no criterio. Y esa misma lógica aparece frente a mujeres atrapadas en vínculos violentos. “¿Cómo no te das cuenta?”, “¿Por qué sigues ahí?”, “Me sorprende que ese tipo consiga mujeres”. Como si humillar a alguien pudiera fortalecerla.
Y lo terrible es que esa violencia suele producir exactamente el efecto contrario. Porque quien es tratada como estúpida deja de sentirse acompañada y empieza a sentirse expuesta. Se repliega. La retórica salvadora, cuando está cargada de superioridad moral, no rescata a nadie. Deja más aislada.
A veces tengo la impresión de que ciertos discursos ya no buscan transformar el mundo, sino simplemente demostrar superioridad ética. Y en ese ejercicio dejan detrás un paisaje devastado: mujeres solas, infantilizadas, obligadas a defenderse no sólo de aquello que viven, sino también de quienes dicen venir a salvarlas. Y qué triste que el Estado tenga tan clara la trayectoria típica que siguen estos hombres agresores (como si se hubieran leído un manual común) y no se vele por reducir el peligro potencial de alguien a quien no se le ha “achicado la calle” como debería.
Porque el orden contemporáneo ya no necesita negar frontalmente la violencia para perpetuarla. Le basta con psicologizarla, privatizarla o burocratizarla. Le basta con convertirla en expediente, en exceso emocional, en “problema de pareja”, en tragedia doméstica sin espesor político. Y quizás esa sea hoy una de las formas más sofisticadas de conservación del poder. No la defensa abierta del agresor, sino la fragmentación sistemática de la experiencia de las víctimas hasta volver imposible leer en ella una estructura colectiva.
La víctima contemporánea no sólo sangra. También clasifica, transcribe, adjunta pruebas y aprende a hablar el idioma administrativo del dolor. Se convierte simultáneamente en sobreviviente, archivista y analista de su propia devastación. Intimidad convertida en archivo. Correos, amenazas, fotos, hematomas, transcripciones. Todo aquello adquiere una materialidad extraña cuando pasa a ser un expediente que me sobrevivirá.
Quizás por eso contar lo ocurrido me parece apenas un gesto mínimo. Alguien podría abrir esos documentos dentro de décadas buscando comprender cómo operaba la violencia en nuestra época y encontrar allí los restos de un desastre que dejó de ser íntimo desde el momento en que la maquinaria institucional intervino y comenzó a ponerse en marcha. A partir de entonces las cosas siguieron un curso totalmente automático.
Por lo mismo, no creo tener demasiadas lecciones que ofrecer. Tampoco soluciones. Pero sí creo que la única forma ética de prevenir estas violencias consiste en conversar sobre ellas. Hablar entre iguales. Compartir experiencias sin pedagogías y sin convertir el dolor ajeno en una oportunidad para demostrar lucidez. Simplemente hablar.
Mientras Argentina vuelve a preguntarse cómo fue posible el asesinato de otra adolescente, y mientras cada treinta horas aprox. un hombre se convierte en femicida en la región, resulta difícil no pensar que la pregunta ya no es qué está ocurriendo. La evidencia lleva décadas acumulándose frente a nosotr@s.
Tal vez el problema nunca haya sido la falta de información. Tal vez la verdadera dificultad radique en otro lugar. Hemos hablado largamente de las víctimas y conocemos bastante bien las conductas recurrentes de quienes ejercen estas violencias. Sin embargo, la masculinidad sigue ocupando un lugar extraño dentro de estas discusiones. Tal vez sea porque constituye el punto ciego del patriarcado: aquello que produce el daño, pero que rara vez comparece ante el análisis con la misma insistencia que las víctimas.




