El poeta de esta noche

Sobre No era yo esa persona de Cristian Cruz
Segunda edición Calabaza del Diablo 2026
Se oía la voz poderosa de Elías tras los árboles. Estaba dirigiendo un discurso a los hermanos. Francisco se detuvo, vacilando.
—El oficio ha de haber terminado —dijo suavemente—. El hermano Elías explica el Evangelio.
—Debe explicar las palabras de Cristo como él las entiende —dije yo con animosidad.
No quería a ese hermano, perdóname, Señor, y en secreto le llamaba Judas.
Francisco me miró severamente.
—La tierra tiene siete pisos —me dijo—, el cielo tiene otros siete y toda la inmensidad no puede contener a Dios. Pero el corazón del hombre encierra a Dios entero. Entonces, ten cuidado: no hieras el corazón del hombre, porque podrías herir a Dios.
Nikos kazantzakis, El pobre de Asís
1
Leí hace unos días que Honorato de Balzac, en una carta a Ewelina Hanska, le confidenciaba su secreto para conocer el corazón humano. Cito: “solo las almas ignoradas y las pobres saben observar, porque todo las hiere, y la observación es hija del sufrimiento. La memoria registra todo lo que es dolor”; y decía en la página de Instagram que el texto venía de una carta fechada el 26 de octubre de 1833.
Como quería partir este comentario con esa cita, busqué el origen de tales palabras, pero sin suerte. No había, salvo retazos de las ideas expresadas en ese post. Como dictan las poéticas de Horacio y Aristóteles, hay que partir por alguna parte, y esa, en vez de la falsa, pero tan veraz cita, debía ser la de Nikos Kazantzakis en su hermosa novela sobre san Francisco de Asís: “La tierra tiene siete pisos —me dijo—, el cielo tiene otros siete y toda la inmensidad no puede contener a Dios. Pero el corazón del hombre encierra a Dios entero. Entonces, ten cuidado: no hieras el corazón del hombre, porque podrías herir a Dios”.
Bueno, si he de hablar entonces de la poesía de Cristian Cruz, debería partir por estas dos apreciaciones: la poesía como un modo de conocimiento a través del dolor, pero un conocimiento no tan solo espiritual, sino también material, que no nos separa de la creación —el ixtrofill mogen del mundo mapuche—, sino que nos une a ella.
Asistimos al acto de partir el pan en dos: la poesía nos entrega un secreto sobre el mundo, y ese secreto es que todos participamos de un modo similar en esta emergencia floreciente de la vida y la sombra que deja el paso de su estela, con el frío con que la muerte nos contagia cuando levantamos la mano de la piel que alguna vez fue una madre, un padre, un hijo.
Toda poesía verdadera habla de la muerte, habla del amor, habla de cómo la vida nos cambia y seguimos siendo los mismos que comenzaron este viaje.
En el comienzo está el final.
2
El lugar natural del poeta en el campo de juego es también el de la creación. Por eso es raro ver a un poeta malo para la pelota, o “Quico”, que es peor. Una comerciante o una arquitecta, una obrera o una basurera son claramente existencias más aperradas que podrían jugar de backcentro, lateral o contención. El poeta no: es cucarro, un wing a la antigua, que puede jugar con el perfil cambiado y que logra entrar en las defensas más cerradas. También es un diez natural, alguien que ve lo que otros no pueden.
En un estupendo documental llamado Blue Jay, notas de exilio, de Polo Gutiérrez —un filme sobre el exilio de una generación de escritores y artistas en Canadá—, Gonzalo Millán mira la Luna y le comenta a la cámara que ella es la “diosa” que hace posible la poesía. Que la Diosa está sentada sobre los cráneos de los malos poetas y que se alimenta de la mala poesía. Yo agregaría que la poesía le chupa el alma a las entidades vivas. Que la teoría de la poesía no es más que la teoría de la vida, como escribió Wallace Stevens, y que los más extraordinarios poemas viven gracias al dolor del mundo de quien los recibe.
Los jugadores más geniales esconden vidas trágicas. “Jugando al límite te podés lesionar, pero te morís jugando light”, canta Andrés Calamaro, y yo le sumaría una idea mala que iguala poesía y fútbol: un mediocampista creativo, supuestamente, cuando ve una congestión, va por otro lado. Un poema con muchas palabras no produce movimiento. Me pregunto, entonces, qué pasa con Juan Román Riquelme cuando avanza con la pelota en los pies, cuando el poeta dispone las palabras como el pan en la mesa y sienta una familia a comer: ¿no es eso ir hacia los otros? ¿No es buscar la congestión para liberar el espacio a un compañero? ¿No es un pase al espacio otra forma de decir que el espacio es el tiempo en el que la pelota puede encontrarse, en el futuro, con quien la sabe leer y despegarse de la marca, del trabajo, del destino, de una función?
Ni la poesía ni el fútbol son para los malos para la pelota.
La poesía es fútbol total, y, para quien sabe un poco de historia, la genealogía que llega a Rinus Michels no existe en poesía, porque no hay algo así como el triunfo en ella. Victorias pírricas abundan; el poema mismo podría ser señal de aquello. Los poetas también, porque la mayoría de los poetas intentan conseguir al menos un verso, unas palabras y quizás un poema, cuando los buenos —los buenos de verdad— sacan libros y parecieran alimentar su satánica industria con los recuerdos más hermosos, con las visiones más bellas del mundo, como si todo lo que viéramos fuese nuestra madre, fuese nuestra hija.
Solo un poeta de verdad sabe qué es lo que se imita cuando se imita en la poesía.
Asunto de fe
¿Has escrito últimamente?
Lo he intentado, pero es difícil.
Es algo que va más allá de toda secta o amuleto,
remos dibujando las ondas que llegan a la orilla,
encarnación del recolector de cochayuyo que
/levanta sus poemas en la playa.
Sin optimismos ni fracasos
/un asunto de fe.
La última hoja desprendiéndose del olmo.
La primera vaina estallando en el jacarandá.
Aristóteles habla de imitar acciones porque es el movimiento lo que rima entre todas las personas. Hacemos cosas similares. Nuestras tragedias llevan ese nombre porque recuerdan la muerte de los personajes antiguos. Los chinos, según François Cheng, imitan el movimiento, la transformación. Así, la persona sabia es quien no tiene ideas fijas, según François Jullien. ¿Despolitizado? Por ningún motivo, pero la política más alta, aquella que adora en su libre fragilidad a todas las entidades, que es devota de ellas, pero no prisionera de su presencia.
Cristian Cruz, el jardinero Cruz —pero el mero mero, no aquel que nos deleitara con sus cabriolas en River Plate e Inter—, hace florecer en su estilo la experiencia común del milagro. De que estamos jugando un partido, que vamos perdiendo y queda poco tiempo. Pero, como decía mi papá entre risas: de atrás pica el indio.
3
Quiero recordar una historia y les pido perdón por no ir al centro del asunto. Quizás no lo haya, pero deseo insistir en él.
Bueno, era invierno u otoño. Veníamos de unas lecturas en La Chascona; probablemente había leído Germán. Muy usual era que en esos tiempos, luego de las lecturas, nos fuéramos a tomar a la Plaza Italia: Baquedano, Prosit, Terrazas 1 y 2, Bruno Vidal, Álvaro Hoppe, José Leandro Urbina saliendo apurado de la sech, Gonzalo León, Marcelo Montecinos, Nicolás Cornejo, Vitoco López. O quizás fuimos al 125, ese barcito progre y aspiracional donde dos cortos de pisco Alto con dos bebidas pequeñas costaban cuatro lucas.
Lo recuerdo como recuerdo las conversaciones con los poetas, los amigos, con toda esa gente que se lamentaba de no haber vivido en un momento más intenso, más interesante; por ejemplo, cuando estaban Teillier o Lihn.
- Yo lo conocí, lo fui a entrevistar —dijo el Toni Silva, emparafinado ya, con su habitual hálito a pisco sour (Campanario en petacón, para ser más específicos).
Con Diego Zúñiga organizábamos unas lecturas por esos años, cuando Antonio Silva y Antonio Vielma aún vivían, y se celebraba con escándalo una cachada de poetas y poemas malos, justo como hoy en día, con la sentida diferencia de que hubiese sido lindo que alguien les hubiese celebrado un poco más, porque Matria y La insidia, Andrógino y Calas no son libros que se hayan vuelto a escribir en Chile.
- Cholulo —me dijo Germán cuando hablamos sobre la muerte de Antonio.
A Vielma me gustaría escribirle hoy, contándole que voy a presentar este libro gracias a él, otra vez. Era quebrado el culiao, pero bueno para la pelota, como Antonio.
Terminamos a las 4 de la mañana en el Marbella, que quedaba entre Tenderini y Mac-Iver: Vielma con un pitcheren las manos, Silva con un schop de pisco sour. Se miraban a los ojos mientras con Diego sorbíamos unas piscolas tibias.
- ¿Quién es el mejor poeta vivo de Chile? —preguntó Germán Carrasco.
- Yo —dijo Antonio.
- No, yo —replicó Antonio.
Y, como suele pasar, los dos estaban equivocados y los dos tenían razón.
Recuerdo esta anécdota pues pienso constantemente en qué otro podría ser el mejor poeta vivo de Chile. Creo que Cristian está en esa lista, mucho más que otros poetas que fueron destacados en antologías y festivales hace veinte años. Para no entrar en polémica con los Hermosilla y Quintanilla de siempre, prefiero decir que Cruz es el mejor poeta de esta noche en la que nos reunimos a festejar su nuevo libro.
Esta noche, claro está, es la misma de la que hablaba Novalis o San Juan.

No era yo esa persona
[poesía]
Cristian Cruz
Calabaza del diablo (2026)



