Las disidencias y la tradición en la literatura chilena: preguntas e ideas tentativas

agosto 04, 2026
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Hace algunos días aparecí en La Tercera -a propósito de un nuevo libro de cuentos- afirmando que «no encuentro una tradición de literaturas disidentes en Chile». Me equivoqué en formularlo de ese modo. Esa frase condensó de forma poco precisa una pregunta que me ronda hace tiempo: ¿cómo se construye una tradición de escrituras disidentes en Chile y desde dónde puede alguien reconocerse en ella?

La palabra «tradición» suele remitir a una continuidad estable: un conjunto de obras que se leen unas a otras, una genealogía reconocible, instituciones que las preservan, crítica que las estudia, editoriales que las sostienen, lectoras y lectores capaces de identificarlas como un mismo horizonte. Sin embargo, las disidencias sexuales y de género han construido buena parte de sus historias precisamente desde la interrupción de esas continuidades. Muchas de sus obras fueron leídas de manera aislada, otras quedaron fuera de los programas universitarios o no circularon en espacios comunitarios. Las escrituras disidentes han debido inventar otras formas de transmitirse y de permanecer. ¿Es posible formar una tradición disidente que no reproduzca nuevas exclusiones? 

Luego, ¿qué entendemos por literatura disidente? La pregunta no es simplemente identitaria. Es evidente que existen numerosas obras con personajes LGBTIQA+, pero eso no las convierte automáticamente en literatura queer. Del mismo modo, hay autoras y autores pertenecientes a estas comunidades para quienes esa experiencia constituye una dimensión importante de su vida, aunque no necesariamente el centro de sus textos. Las fronteras son móviles y probablemente seguirán siéndolo. Incluso el nombre sigue abierto. ¿Literatura queer? ¿Literatura LGBTQIA+? ¿Literatura disidente? Personalmente prefiero este último término porque pone el énfasis en el gesto de disentir de una norma antes que en una identidad fija. Pero no creo que exista una única respuesta correcta. Son discusiones que muchos colectivos, investigadoras, editoriales y escritoras vienen sosteniendo desde hace años.

Si lo personal es político, también lo es la manera en que cada cual construye su biblioteca. Mi relación con estas escrituras no comenzó en la universidad ni en una investigación sistemática. Comenzó mucho antes, en los libros que circulaban en mi casa, en la escuela y en los encuentros fortuitos que van moldeando una sensibilidad.

Todos lo leíamos a Lemebel en mi familia, por sus crónicas y columnas en los diarios. Muchas veces le vi caminando con su pañuelo en la cabeza por el Paseo Ahumada, y eso era un impacto extraliterario. Fue una luz a mirar con mayor detención cuando Alejandra Costamagna, mi maestra en un taller de escritura, comparó mis primeros cuentos con su estética.

En paralelo, Cárcel de mujeres, de María Carolina Geel, fue el primer libro donde leí a personajes lésbicos. Sin embargo, durante mucho tiempo esas fueron casi las únicas referencias que tuve a mano. No porque no existieran otras escrituras, sino porque simplemente no llegaban hasta mí.

Ya de adulta comencé a buscarlas de manera deliberada. Compré Sodoma mía, de Francisco Casas, en Lima, durante un viaje de escritores. Un colega mexicano se burló de mí por comprarme un libro chileno fuera de Chile: ¿no se viaja para traer cosas que no encuentras en tu país? Hoy veo esa anécdota como un reflejo de mi propia relación con estas lecturas: durante años tuve la sensación de buscarlas en lugares dispersos, como si aún no existiera un mapa suficientemente visible para orientarse entre ellas. 

Pienso en una línea de escrituras lésbicas y bisexuales que dialogan entre sí de maneras muy distintas. También en la relectura de Gabriela Mistral desde perspectivas sáficas, una discusión que durante décadas permaneció fuera del debate crítico. En ese recorrido encuentro a autoras como Nadia Prado, Ivonne Coñuecar, Gabriela Contreras, Erika Montecinos, Daniela Catrileo, Carmina Asunción, Anaís Mery, Rae del Cerro, Josefa Vecchiola y Catalina Jiménez García-Tello, entre muchas otras. 

También puede establecerse un puente entre deseo lésbico y deseo homoerótico, donde aparecen nombres como Juan Pablo Sutherland, Jorge Marchant, Francisco Casas, Pablo Simonetti, Alberto Fuguet; sin dejar de lado a voces más actuales como Rodrigo González, Mathias Reimann y Xelsoi, cada uno escribiendo literaturas muy diferentes entre sí.

Otra línea indispensable es la de las escrituras travestis y trans. Pienso en Claudia Rodríguez y en la potencia política de un universo narrativo que pone en escena el trabajo sexual, la violencia patriarcal y las formas en que ciertos cuerpos son convertidos en territorios de explotación. Junto a ella aparecen autorías como Ariel Richards, Jotaelmes Ramírez, Virginia Gutiérrez, Kütral Vargas Huaiquimilla o Caro Mouat, cuyas búsquedas responden a diversas estéticas y programas.

Al mismo tiempo, estas genealogías no se construyen únicamente desde los libros. Hoy puedo pensarme también en relación con trabajos editoriales y colectivos que han hecho posible que estas escrituras circulen. Pienso en Fea editorial, desde la producción artesanal, en la editorial fanzinera Hambre, que se declara lesbiana y nos invita a cuestionar las formas de leer; en Inti e Invertido Ediciones; en Imaginistas, que desde la ficción especulativa ha habilitado un espacio para voces que vienen de lugares no tradicionales, como lo queer. Y también al colectivo Biblioteca Cuir, que trabaja en un archivo de memorias disidentes con un cruce de disciplinas. 

Además de publicar libros, muchos de estos espacios han producido comunidades de lectura, archivos, encuentros y formas de acompañamiento que rara vez aparecen cuando hablamos de historia literaria.

Conozco autorías y proyectos, por aquí, por allá. No les he leído a todxs aún, ni he visto todo lo que tienen que compartir. En ese sentido, tengo mucho que leer. Este es un intento por reconstruir el proceso mediante el cual fui descubriendo que esas escrituras existían, aunque muchas veces no fueran visibles como conjunto. 

Tras esta reconstrucción, me aventuro a decir que el hilo de lo disidente atraviesa algunos conflictos recurrentes como la desobediencia, salir del clóset, las transiciones de género, las experiencias de discriminación, la invención de nuevas comunidades afectivas, la construcción de la identidad en torno a lo sexoafectivo. La diversidad de cuerpos, el deseo sáfico, el deseo homoerótico, el deseo trans, el trabajo sexual, los cuerpos de exterminio, la lucha contra el VIH, la experiencia de la homofobia; el uso, el ensayo y la práctica del lenguaje inclusivo.

Más de alguno de estos cruces ya forman parte de investigaciones universitarias y de nuevas lecturas críticas. Y yo estoy en la búsqueda de mis filiaciones dentro de este marco. Me pregunto desde dónde escribo, y estoy en un diálogo permanente al respecto. Al mismo tiempo, busco otros referentes en la literatura, como el barroco de indias, el gótico latinoamericano, el cuento chileno. Ese posicionamiento también habla del deseo de habitar distintas tradiciones. ¿Cuál es mi propia relación con esta genealogía? Desde el punto de vista literario, es una pregunta abierta. 

Esa tensión la vivo como una condición propia de la escritura. Las genealogías nunca son definitivas. Se construyen mientras leemos, mientras escribimos y mientras otras personas vuelven sobre las obras. En ese sentido, sigo buscando.

Las formas en que construimos nuestras genealogías literarias y los lugares desde donde cada escritura busca reconocerse constituyen una reflexión permanente para quienes habitamos el campo literario. Al mismo tiempo, lo que motiva mi pregunta es la sensación de que todas las autorías que nombro han sido leídas de manera aislada, y que no hay desde el Estado impulsos a nuestras creaciones, considerando que la forma de habitar lo público de las disidencias, y de enfrentar la industria literaria, siempre lleva el miedo tácito a la discriminación y la violencia. Iniciativas como las de oficinas de la diversidad sexogenérica en un puñado de municipalidades, como Cerro Navia o Recoleta, son la excepción a este punto, al igual que la Biblioteca de las Mujeres, de Prodemu.

Los espacios de visibilización son fundamentales en el activismo. Y la literatura visibiliza formas de vida, un acto cargado de ideología, porque como escritoras y escritores nos obliga a tomar posición frente a los distintos mundos posibles que proponemos. Más que decir que no encuentro una tradición de literaturas disidentes en Chile, diría que todavía estamos aprendiendo a leerla como tradición. Existen un mundo de proyectos y una conversación crítica cada vez más intensa. Lo que quizá aún falta es que esas múltiples trayectorias sean reconocidas con mayor claridad como una historia compartida, capaz de dialogar consigo misma sin perder la diversidad que la constituye.

No sé si «tradición» es el nombre que mejor describe ese fenómeno. Pero sin duda hay una constelación de autorías y escrituras disidentes que, cada vez con mayor claridad, pueden ser leídas en conjunto y con el que me interesa seguir dialogando. 

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