Paz Marcela: «Quería explorar esa relación entre el pájaro, el negro y una cierta memoria oscura de Chile»

La relación de Paz Marcela con la lectura comenzó de una manera poco amable. Durante su infancia, sus padres intentaron inculcarle el hábito de leer y le compraban libros que buscaban despertar su interés. Sin embargo, la obligación terminó provocándole rechazo. «No me gustaba leer», recuerda. La lectura cambió durante la enseñanza media, cuando algunos de los textos que le asignaron en el colegio lograron captar su atención. A eso se sumó una profesora de Lenguaje que marcó especialmente sus años de tercero y cuarto medio. En ese periodo también participó en un programa de comprensión lectora que exigía leer diariamente y responder pruebas sobre los textos. Poco a poco, esa rutina transformó su relación con los libros. Dejó atrás la resistencia y comenzó a encontrar en la lectura un espacio de disfrute.
Su acercamiento al arte siguió un camino diferente. Nadie tuvo que convencerla de que pintara ni de que se acercara a las artes visuales. Su padre pintaba de manera amateur y en su casa conservaba materiales que despertaban su curiosidad. Desde niña también disfrutaba observar libros de arte y podía pasar largos momentos frente a una pintura. Las artes plásticas se convirtieron, además, en una de las pocas actividades escolares que realizaba con entusiasmo. A pesar de ese vínculo temprano, nunca consideró estudiar Arte como una posibilidad profesional. Pensaba en carreras humanistas como Sociología, en parte porque en su entorno familiar predominaba la idea de que el arte no ofrecía estabilidad económica.
La decisión cambió durante las vacaciones entre tercero y cuarto medio. Mientras conversaba sobre su futuro universitario con una amiga de una prima, surgió una pregunta sencilla que terminó modificando sus planes: «¿Y por qué no estudias arte?». Hasta entonces nunca había considerado seriamente esa opción. La pregunta, sin embargo, le permitió reconocer algo que ya estaba presente en su vida: el arte era aquello que hacía por gusto. Decidió entonces estudiar Arte, incluso frente a la oposición inicial de su padre. «Filo, si no me la vas a pagar, no me la pagues. Yo voy a ver cómo lo hago, pero voy a estudiar Arte», recuerda haberle respondido.
Terminó la carrera, aunque la experiencia universitaria resultó compleja y la dejó desilusionada. Con el tiempo, el trabajo en un museo le permitió recuperar parte de la confianza que había perdido. Allí encontró una relación más directa con el arte y descubrió aprendizajes que la universidad no siempre había conseguido entregarle. El museo volvió a conectarla con la razón que originalmente la llevó a estudiar esa disciplina.
La escritura apareció de manera más intermitente. Durante la adolescencia mantuvo cuadernos donde anotaba ideas y experiencias, aunque nunca consideró esos textos como algo especialmente importante. En la universidad abrió un blog de poesía que funcionaba casi como un diario íntimo. Pocas personas conocían su existencia y tampoco buscaba mostrarlo demasiado. Escribía por una necesidad personal, sin un proyecto literario definido.
Con el tiempo abandonó el blog y dejó de escribir. La pausa se extendió durante varios años, hasta que regresó a la escritura en 2022. Ese regreso abrió una nueva etapa en su relación con la palabra y permitió que aquellas prácticas privadas de la adolescencia y la universidad encontraran, finalmente, una continuidad.
Trile (Inti ediciones, 2026) nace a partir de la aparición inesperada de un trile, primero en la realidad y luego en un sueño, cuya imagen termina convirtiéndose en el eje del libro. Desde ese pájaro, la autora comienza a explorar asociaciones con la muerte, la enfermedad, la memoria familiar y la infancia, hasta llegar a la figura de su abuela y a una memoria más colectiva vinculada con Chile. Su formación artística también atraviesa la escritura, especialmente en el interés por las palabras como materia y por la relación entre lenguaje e imagen. El resultado es un libro fragmentario que cruza poesía, prosa y memoria para reconstruir, desde la mirada de una niña, aquello que alguna vez observó sin comprender del todo.

Te quería preguntar: ¿por qué elegiste este pájaro como tema central del poemario?
El pájaro se me presentó. Primero lo vi y después soñé con él. Y cuando soñé con el pájaro, esa imagen me quedó dando vueltas. De hecho, así comienza el libro. Me preguntaba por qué había soñado con ese pájaro, qué podía significar, si me estaba tratando de decir algo o si iba a tener algún significado en mi vida.
Entonces empecé a investigar sobre ese pájaro en particular, el trile, y descubrí cosas que me parecieron muy interesantes. Pero yo ya había empezado a escribir antes de soñar con él. Ya había escrito algunos poemas y participado en algunos talleres, así que empezaba a tener un pequeño cuerpo de trabajo.
Entonces, cuando apareció el trile, empecé a preguntarme qué significaba esa aparición y qué podía hacer con ella. Ahí pensé que podía convertirse en el eje del libro, en una idea suficientemente potente como para sostenerlo.
¿Qué significa para ti el trile? ¿Lo relacionas con la muerte? ¿Con la muerte familiar?
Mi primera conexión con el trile surgió cuando investigué qué era y qué significaba su nombre. Me quedé con esa idea y pensé inmediatamente en un pájaro negro. Esa fue mi primera asociación: el mal agüero, la muerte, el dolor, el sufrimiento, todo lo que culturalmente se ha asociado al color negro o a las aves negras.
Al principio quería que el relato fuera más sencillo, que se quedara en esa idea del pájaro negro y en todo lo que podía representar. Pero no resultó así. Inevitablemente, el pájaro negro me fue llevando hacia otros lugares, relacionados con mi infancia y con la enfermedad de mi abuela.
Y ahí también apareció una relación más personal con la enfermedad. Yo no tengo diabetes, pero sí resistencia a la insulina, que es algo que heredé. Entonces el pájaro terminó conectando cosas que al principio no había pensado que iban a aparecer en el libro: la muerte, la enfermedad, la familia y también ciertos recuerdos de mi infancia.
¿En qué momento dijiste: «Ahora voy a incorporar mi memoria familiar, mi infancia y a mi abuela»?
Creo que fue cuando hice una relación conceptual entre el cálamo de la pluma del ave y la estructura de las agujas que se utilizaban en el tratamiento de mi abuela. Cuando empecé a escribir, también comencé a investigar sobre las cosas que aparecían en los poemas, como una forma de darles un poco más de densidad.
Ahí descubrí que el cálamo es la parte hueca y tubular de la pluma de un ave, pero también encontré una relación con la aguja. Esa asociación hizo que empezaran a florecer muchas otras cosas: la enfermedad, la muerte y, obviamente, mi abuela, que comenzó a tomar un mayor protagonismo en el libro. Yo conocí esa realidad desde niña porque vivía con ella. Entonces, de alguna manera, la enfermedad y todo lo que la rodeaba forman parte de mi memoria de infancia.
También hay otra cosa que me interesa mucho del tipo de escritura y de poesía que me gusta: aquella que parece mostrarnos el mundo por primera vez, como si alguien estuviera descubriendo las cosas por primera vez. Y ese fue también el ejercicio que intenté hacer en el libro: acercarme a esos recuerdos desde la mirada de una niña, desde la infancia. No sé si logré escribir como en los poemas que a mí me gustan, pero al menos ese fue el lugar desde el que intenté acercarme a ellas.
Visto lo micro desde tu infancia, tu familia, ¿Chile también aparece como una representación dentro del poemario? Creo que ahí aparece varias veces, incluso como «país de mierda». ¿Cuál es tu relación con Chile dentro del poemario?
Creo que mi primera relación entre el pájaro y Chile fue también la más literal. A mí Chile me parece un país súper oscuro. Entonces me hizo mucho sentido esa relación entre Chile y el trile, incluso desde la raíz de las palabras.
Al principio quería sumergirme más en esa idea de Chile como oscuridad, como muerte, como violencia y desaparición. También estaba la imagen del ave negra, que para mí podía dialogar con esa idea de país. Quería explorar esa relación entre el pájaro, el negro y una cierta memoria oscura de Chile.
Pero siento que cuando ingresó la otra dimensión, la de Chile y el trile como parte de una memoria más colectiva, la escritura tomó otro vuelo y adquirió una densidad distinta. Para mí se volvió más encarnada cuando empecé a escribir desde mi propia experiencia.
Y ahí aparece algo que me interesa: una memoria puede ser profundamente personal y, al mismo tiempo, colectivizarse. Obviamente no soy la única niña que tuvo una abuela enferma de diabetes. Es una enfermedad muy común en Chile y forma parte de la experiencia de muchas familias.
Entonces siento que esa memoria familiar, aunque parte de algo íntimo, también pertenece a una memoria mucho más colectiva. Mi infancia, la enfermedad de mi abuela y la relación con Chile terminan cruzándose en el libro.
Recién hablábamos de este juego de imágenes. ¿Qué quieres transmitir con ellas?
No sé si quiero transmitir algo. A veces me pregunto si realmente escribo desde ese lugar o si, en realidad, eso es algo que aparece en la lectura de otra persona. Me pregunto si a alguien le transmite algo.
Lo que sí me interesa es explorar desde una poesía muy concreta, una poesía que hable de lo material y desde lo material. Me interesa pensar la palabra no solamente como concepto, sino también como materia. Por ejemplo, que la sombra se vuelva literalmente una sombra; que la misma palabra «sombra» pueda convertirse en algo que uno ve. Lo mismo ocurre con el cálamo.
Creo que me interesa mucho esa intersección entre palabras e imágenes. Y probablemente tiene que ver con mi formación como artista. A pesar de que terminé bastante chata de la universidad y de esa experiencia, esa sigue siendo mi formación y está presente en la manera en que pienso y construyo el lenguaje. Hay muchas relaciones entre hacer poesía y trabajar con imágenes, y también entre la poesía y la narrativa. Para mí, esas fronteras no están tan separadas.
¿Cómo nació esa idea? Es prosa poética, claro. Tiene algo de narrativa, pero también hay versos y una estructura que no es tan rígida.
Creo que intenté mantener el relato lo más fragmentado posible. El propio proceso de escritura fue así. Hubo un momento en que tenía tres tipos de escritura, que había hecho en tres momentos distintos. En total, el proceso me tomó alrededor de un año y medio.
Al principio estaba toda la parte relacionada con el pájaro, específicamente con el ave. Después empezaron a aparecer estas prosas, cuando la poesía me llevó hacia la memoria familiar, mi infancia y mi abuela. Y después volví a una escritura un poco más suelta.
Cuando tuve esas tres partes, el proceso de montaje del libro —decidir qué iba en cada lugar y cuál sería el orden— tampoco fue sencillo. Obviamente hubo textos que quedaron fuera, pero también fue difícil llegar a una estructura definitiva y decir: «Ya, este es el orden del libro». Creo que, finalmente, funciona. Ahora que lo he leído ya impreso, siento que esa fragmentación funciona y que se entiende como parte del relato.
Y creo que esa fragmentación también tiene que ver con lo que intentaba transmitir —ahora sí voy a usar esa palabra—: la confusión de una niña que está viendo algo que no comprende completamente. Yo sabía que mi abuela estaba enferma, sabía que su enfermedad era grave, pero no entendía exactamente qué significaba ni cuáles eran sus implicancias. Entonces intenté construir el relato desde los ojos de alguien que todavía no comprende del todo lo que está viendo.




