Qué sería de una autora sin la otra. Sobre No tengo que ganar: Mi verano con Diamela Eltit, de Javiera Tapia Flores

julio 01, 2026
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Tusquets.

199 páginas.

2026.

Las escritoras nacidas a fines de los 80, durante los 90, las milenial e incluso las Gen Z, que han tenido y tendrán una visibilidad y cobertura inédita en Chile, tienen mucho que dialogar con las mujeres que publicaron antes. No tengo que ganar: Mi verano con Diamela Eltit viene a proponer esta conversación, que nos enseña que el trabajo de una puede iluminar las búsquedas de otras.

Diamela Eltit es un referente obligado para Javiera Tapia Flores, autora del libro en cuestión, pero también para las mujeres escritoras que habitan la literatura del Chile contemporáneo. Porque si estamos por cumplir cuatro décadas hablando de la visibilización de dicha escritura y autoría, este libro viene a ser un hito en esa conversación. Una forma de unir a la generación que se visibilizó como grupo de mujeres escritoras por primera vez en Chile, en el Congreso Internacional de Literatura Femenina de 1987 -que el libro repasa en detalle, al haber sido Eltit una de las organizadoras-, con las otras generaciones, que han tomado la posta de esa denuncia.

Especializada en las entrevistas, un género donde se habilita la expresión de otras voces, Javiera Tapia se ha encargado de aclarar que este libro no nace de ellas, sino de ‘conversaciones’. Si desde el rigor periodístico la entrevista debe mantener una distancia entre las partes, en las conversaciones que terminan siendo el sustento de No tengo que ganar, lo que se busca es una horizontalidad entre Javiera y Diamela, ya que al menos en los límites de este texto, no existe la una sin la otra, lo que termina siendo la reflexión a la que nos lleva la autora, proyectando ese vínculo virtuoso entre mujeres vinculadas a la letra, como una forma de recuperar una tradición que, algunas, en tanto mujeres en la literatura, sentimos que nos ha sido ocultada. Puede que por torpe omisión, puede que por una agenda soterrada de desvalorar las producciones de las mujeres, que ha retrocedido a costa de denunciarla majaderamente y de ocupar esos espacios donde no hemos sido tradicionalmente invitadas.

Este verano con Diamela Eltit es una idealización de un momento, pero también la extensión de lo que moviliza en Javiera el encuentro con Diamela: el calor, la incomodidad del cuerpo, el tren de pensamientos que estimula en ella el recorrido de una escritora que forjó su carrera alternando las ficciones con los cuidados de hijos y trabajos precarios. Una forma de acercarse a una ídola des-idealizándola. Y de paso, des-idealizando la escritura y la creación. Acá las experiencias de Diamela espejean las dificultades que atraviesa Javiera en la escritura del libro, y la lectura transmite dicha experiencia creativa. Tanto por la trastienda que se construye del devenir de una autora como Eltit, como por los conflictos que surgen en Javiera en sus inputs de bitácoras, donde comenta las sensaciones y pensamientos que surgen en ella tras sus encuentros. Se siente como una conversación en vivo. Se siente el paso de los días. Se siente esa presión por entregar el texto, no en sentido comercial, sino existencial. El tener un libro en la cabeza y necesitar escribirlo. Lo que nos sugiere la lectura es que lo que une a estas dos autoras es el amor a la letra.

Tapia Flores retrata a una Diamela Eltit cercana, afable, que espera a su invitada con un sencillo jugo de granada. Extraño de todas formas cierta parte sabrosa de la carrera de una escritora, el éxito, las ventas, la construcción de un nombre o una figura fuera de lo sorpresivo o azaroso. El libro entrega su conclusión, pero aunque Diamela afirme a su interlocutora que no tiene que ganar, como escritora, ella gana, y en sentido muy literal (sin ir más lejos, Eltit es Premio Nacional de Literatura). 

Quizá mi ambición personal de mujer-escritora se desenvuelve hoy, porque ayer una Diamela con sus colegas levantaron de la nada un Congreso para hablar de sus creaciones. Porque habilitaron la palabra para que otras escribiéramos con algo más de facilidad, ya que como el mismo libro acusa, ser una mujer en la literatura sigue siendo una situación extraña. Ahí No tengo que ganar nos recuerda que no podemos hacer nada sin las demás. Que feministas o no, escritoras o no, no somos nada sin lo colectivo.

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