Después de vivir un siglo: Stella Díaz Varín, poeta eterna

Más de 20 voces se aproximan desde la admiración, el estudio y los afectos a la obra y legado de “La Colorina”. A 100 años de su nacimiento este 11 de agosto, un asedio escritural y sentimental por la trascendencia de la palabra furiosa de la autora serenense, quien nunca recibió el Premio Nacional de Literatura.
[Las fotos son de su archivo familiar y la principal es gentileza de Paz Errázuriz]
Siempre fue minoría. En las antologías de poesía chilena que integró, en los bares, entre cervezas, botellas de vino y hombres recitando poemas pasados de moda. Stella Díaz Varín irrumpió, entre el ruido de los jóvenes que la cortejaban y los machos pasados a alcohol, que la rodearon. Stella siempre incomodó. Era la única mujer de ese grupo selecto llamado la generación del 50.
Por esos años un periodista le preguntó: “¿Por qué escriben las mujeres, en qué se inspiran?”. Stella tomó aire, juntó las palabras que siempre la acompañaron, y le dijo al reportero de turno: “Creo que las mujeres escribimos por la misma razón que los hombres. Yo debería contestar con una pregunta también: ¿Por qué escriben los hombres? No creo que las actividades creadoras sean de un sexo determinado. No creo en poesía femenina ni masculina, solamente hay poesía buena o mala”.
Conocida como “La Colorina”, Stella Díaz Varín nació el 11 de agosto en 1926, en La Serena. Su padre era un abogado anarquista que se dedicó a administrar los fundos y propiedades de la familia de la madre de Stella. “Hombre de las inquietas pupilas de aceituna, capitán de las rojas carabelas del alba”, escribió en el poema Advenimiento, incluido en su primer libro, Razón de mi ser (1949), que publicó cuando tenía 23 años. Se sumarían a su obra los libros: Sinfonía del hombre fósil (1953), Tiempo, medida imaginaria (1959), Los dones previsibles (1992) y un tríptico llamado La arenera (1987), donde contó la historia de una mujer trabajadora de nombre Flor Beltrán. Su obra fue reunida gracias al trabajo de Editorial Cuarto Propio, dirigida por Marisol Vera, con una primera edición el año 2011.
Al no ser reeditada hasta ese hito, acota la poeta Soledad Fariña, “su poesía estuvo muchos años invisible”, algo que en parte se logró revertir, “gracias al documental La Colorina del 2008, que dos cineastas jóvenes -Werner Giessen y Fernando Guzzoni- produjeron. Ahí estaba su vida, la que Stella eligió, al alcance de un público masivo en cines, en la televisión, en entrevistas”.
Con solo cuatro libros publicados, recuerda Fariña, estos textos “nos dejaron un camino abierto para indagar en los rasgos y expresiones de su época influenciada por el existencialismo”.
“No es posible que durante tantos años haya parecido que el surrealismo y las vanguardias les pertenecían solo a algunos nombres masculinos”, afirma la poeta Camila Albertazzo.
El académico y también poeta Naín Nómez complementa al respecto sobre el lugar de Stella: “Perteneció a una promoción de grandes poetas, aquellos que rompieron con las vanguardias de comienzos del siglo XX, con figuras tan importantes como Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Armando Uribe, Jorge Teillier, Enrique Lihn, Efraín Barquero o Mahfud Massís, entre muchos otros. Y una innumerable cohorte de poetas mujeres, también poco reconocidas como Delia Domínguez, Irma Astorga, Stella Corvalán, Eliana Navarro o Violeta Parra”.
“Viniendo desde La Serena a la capital, teniendo que sortear una y otra vez ‘la maldición de Helena’”, reflexiona la poeta Margarita Bustos “que en los círculos patriarcales de la poetancia en la década del 50 generaban una gran barrera para ser escuchada y leída, focalizándose sólo en su ‘belleza inalcanzable’, construyó una existencia rebelde, materializada desde su primer poemario, aperturando una estética y a una sujeto de enunciación en tensión con el canon androcéntrico”.
De La Serena para el mundo, en palabras de la investigadora y poeta Claudia Posadas, que desde México estuvo encargada de la selección, edición y prólogo de un cuadernillo dedicado a esta creadora para la colección Vindictas de Publicaciones UNAM. Para Posadas, Stella es “ante todo, genésica en cuanto a que señala caminos de escritura para la poesía escrita por mujeres de América Latina, al igual y a la par de la argentina Olga Orozco (1920-1999), la costarricense Eunice Odio (1919-1974), la uruguaya Ida Vitale (1923) y sus estrictas contemporáneas: la mexicana Rosario Castellanos (1925-1974) y la peruana Blanca Varela (1926-2009)”.
A Stella Díaz Varín le gustaba conversar con las nuevas generaciones. También le gustaba tomar y fumar. “Yo creo que voy a seguir escribiendo poesía hasta el día de mi muerte y no voy a ganar ni un peso con eso”, dijo y agregó que el poeta “es alguien que vive, siente, come, defeca, y todo eso. El poeta es un ser humano con necesidades de todo tipo al que nadie le da boleto en este país”.
“La Colorina” fumó casi toda su vida. Diez años después que le diagnosticaron un cáncer murió, a los 79 años, en el Hospital del Salvador, el 13 de junio de 2006. Murió sin obtener el Premio Nacional de Literatura, “una deuda como tantas mujeres dentro de nuestra historia literaria”, como señala desde Antofagasta la poeta Zuleta Vásquez.
Tan humano y diverso como este compilado, un conjunto de revisiones, que como anticipo dejan algunas sentencias para entrar en las honduras y modulaciones de Stella Díaz Varín, perfilada, asediada por más de veinte voces que la señalan y describen como “Una de las grandes poetas chilenas del siglo XX”, “Una de las mejores poetas que ha tenido Chile”, “Su vida y obra estuvieron unidas”, “Una poeta ineludible”, “Viva y misteriosa”, “Valiente, arrojada, llena de fuerza”…

La poesía de Stella: una soberanía feroz
Cada una de las voces convocadas trae una visión, un lugar por el cuál la poesía de Stella Díaz Varín interpela su imaginario y se sitúa, incluso, en sus formas de escribir.
“Su poesía es alegórica, y contiene la cifra del pasado incrustada en el presente”, señala la poeta y ensayista Eugenia Brito. Y agrega: “La poesía de Stella es metafísica, con resonancias culturales y sociales profundas”.
Claudia Posadas señala que “lo suyo es un proyecto escritural y humano profundo, honesto, de excelente factura poética. Es una politicidad comprometida con un ethos y una estética, donde cada una de estas dimensiones, en un todo dialéctico, se transforma y define a una y a otra”. Lo de Stella, agrega, es un proyecto “estético-ontológico que implica la búsqueda de un orden acorde, donde el ser a la intemperie que ama, que sobrevive, que lucha, impreca en su mortalidad sin respuestas, a un mundo descarnado y muy probablemente sin dioses, y allí es donde entra el ánimo-desánimo existencialista que permea esta obra”.
La poeta Eva Débia describe que “las letras de La Colorina son insolencia pura, transgresión, ímpetu provocativo”. En el sentido de la enumeración de características, le sigue la editora y escritora Eugenia Prado Bassi, al referir su obra como “imponente, lúdica, exuberante, existencial y feroz, donde la rebeldía, la lucidez y la sensibilidad conviven con una intensidad poco frecuente (…) Hay en Stella una voz desbordada, metafísica, irónica y vulnerable a la vez, que nunca aceptó la subordinación”.
Esta poesía, la de la autora de Los dones previsibles, agrega Begoña Ugalde, “es mundana y a la vez espiritual. Es romántica y descreída. Cada vez que la leo, siento que me interpela directamente. Que su voz llega hasta mí como un relámpago rojo, desde ese espacio misterioso que habitan las poetas muertas”.
Desde el sur, el antropólogo, académico y también poeta, Yanko González, describe que en la obra de Stella “hay alguien subterráneo, herido e imperioso, capaz de encontrar la palabra propia aunque para encontrarla haya que desarmar la casa, la vida y el propio lenguaje”. Y agrega que es una poesía “que no le importa la tiranía del tiempo, la tendencia o la moda. No le teme al lirismo oscuro, a la hondura metafísica, a la imaginería cósmica o bíblica. Tampoco quiere agradar, victimizarse, representar un papel salvífico o reclamar un ticket al canon. Es que escribió desde una soberanía feroz”.
La ferocidad parece ser la impresión y campo de sensibilidad que reverbera en Valdivia pues también desde esa humedad sur Verónica Zondek señala que “Stella Díaz Varín habla y a nosotros nos hace falta escucharla. Su voz ronca e intencionada no amilana la ternura que se acurruca en la tibia sombra de sus palabras, que como racimos aromáticos, insisten en colgarse del misterio. No importa cuán grande el dolor, el hambre o la rabia, en ellas mujerean las notas vibrantes de la vida”.
La literatura como forma de vida es destacada por Jaime Pinos, “sobre todo su radicalidad, su comprensión y práctica de la poesía como una empresa total. Como dijo en alguna ocasión: ‘Todo lo que he hecho de mi vida, poesía, ensayos, crónica, ha sido pasión literaria’”.
En tanto, Rocío Cano señala que “hablar de Stella Díaz Varín implica adentrarse en una de las fisuras más radicales del canon poético latinoamericano. Recomendar la poética de «La Colorina» es un ejercicio de justicia historiográfica y una apuesta por una de las arquitecturas verbales más desafiantes de nuestras letras”.
“Los escritores la apreciaban y le temían”, recuerda Teresa Calderón, quien agrega que a pesar de esta dualidad, “sin dudarlo veían en ella a una gran escritora, dueña de un lenguaje propio y vital, que se apuntó a los grandes tópicos de la literatura universal: la soledad, la muerte, el sentido de la existencia y la posición de la mujer en el mundo como ente activo”.
Para Armando Roa Vial, Stella es “por sobre todo su obra y por eso se debe seguir leyéndola. Una voz singular, de gran hondura humana, con un tono perentorio en el que la palabra, sin subir demasiado la temperatura, se abraza a su propia provisionalidad para luchar por dar forma a experiencias humanas que tensionan el lenguaje casi al límite de su capacidad referencial. De ese choque incluso con lo inefable surge la experiencia poética en toda su potencia expresiva”.
Potencia que para la investigadora y académica Magda Sepúlveda se da también porque la poesía de Stella “logra otorgarle fuerza a las mujeres para vivir en entornos donde son consideradas un trofeo”. Para enfrentar esta condición de feminidad, la autora de Ciudad quiltra entrega estrategias, como las que esgrime en el poema La casa. “La poeta se da cuenta de que ella es un trofeo: ‘Dejaban mi cabellera colgada desde el tronco de la puerta como trofeo’. Ella estaba ‘destinada a cualquier pájaro’. Entonces propone cómo escapar de eso:
Qué queréis que se haga con estos materiales.
Nada. Sino escribir poesía melancólica.
Es decir, la escritura es propuesta como la mejor forma de zafar de situaciones horribles”.
En definitiva, agrega Rocío Cano, “Stella poseía una aguda conciencia del canon y de las trampas del patriarcado literario”. Un ejemplo de ello es “el prólogo satírico de su libro Tiempo, medida imaginaria (1959). En lugar de recurrir al «apadrinamiento» —mecanismo usual de la época para asegurar la validación institucional—, Díaz Varín escribió su propio prólogo para burlarse del establishment literario y de sus lógicas consagratorias asumiendo con valentía los costos de su inconformismo”.
Esto se condice con lo destacado por Zuleta Vásquez: “Stella lo tenía claro: ‘La palabra. Una sola, será mi lucha y mi triunfo’. Imposible no sentir que su poesía vanguardista, es letra fresca al presente. Cuna icónica que dio golpes en cada círculo intelectual donde fue escuchada o se hizo escuchar con valentía. La invisibilización patriarcal al que se resistió, es también uno de los ecos que mantienen con más fuerza la vigencia de su obra”.

Los encuentros: momentos sagrados
Hay quienes tuvieron la oportunidad de conocer a la poeta serenense. Uno de ellos es el autor de Metales Pesados, Yanko González: “En los años 90 compartimos casi una semana reflexionando sobre el oficio y la escritura y es la persona más deslumbrante que he conocido en toda mi vida. Me alucinó. Nunca había visto una inteligencia, una libertad y una presencia verbal semejantes”, cuenta.
Quien la conoció antes fue la autora de Género femenino, Teresa Calderón, con quien comparte la natalidad de la tierra. “Ella era amiga de mi padre (Alfonso Calderón) con quien se siguieron viendo y juntando más tarde en Santiago con los escritores de la Generación del 50, en las tertulias en el Parque Forestal, Ricardo Latcham, Enrique Lafourcade, Lucho Oyarzún, Jodorowsky -el más cercano amigo de ella-, Enrique Lihn, Jorge Teillier, entre muchos otros”, quienes eran asistentes habituales del bar El Bosco.
Esta proximidad hizo conocerla antes que su escritura. Cuando Teresa Calderón era una niña. La poeta la recuerda en La Serena: “La conocí en nuestra casa de calle Larraín Alcalde 1187, donde a menudo se juntaban los poetas de la región y los que viajaban desde Santiago: Miguel Arteche, Jorge Teillier, Pablo de Rokha, Rolando Cárdenas y muchos otros. Era la única mujer entre los escritores, muy hermosa y ‘peleadora’, lo discutía todo y apagaba las voces masculinas con su vozarrón, pero era muy amorosa con nosotros, los niños chicos que siempre andábamos por ahí dando vueltas”.
Esta relación continuó en la hermandad de la poesía, cuando Teresa ya escribía y vivía en Santiago: “Nos veíamos todas las semanas en la SECH y la seguí queriendo y aunque a veces se ponía pesada y agresiva, siempre fue una mujer llena de magia y maravilla hasta el día de su muerte”.
Otro encuentro por esta época es el que narra la autora de Albricia, Soledad Fariña: “La conocí en 1986, cuando preparábamos en la SECH, el Congreso de Literatura de Mujeres de 1987. Durante el congreso, nos pasó una fotocopia de sus libros, así pudimos leerla y también conocerla como persona”, relata y añade: “En nuestros recitales siempre contábamos con su voz dramática, ronca y estentórea, gozábamos con su humor y sus relatos, ‘Yo soy muy payasa’, nos decía”.
Encuentros que también quedan en instancias anonimizadas y territoriales, como lo narra la poeta y autora de y detrás las mujeres que se pepenan por el desierto, Josefa Vecchiola, quien comparte la palabra y la vida en la Villa Olímpica, en Ñuñoa: “Leer a nuestra Stella tiene vestigios de un barrio que aún no la borra de sus paredes y guarda sus historias boca a boca en la Junta de Vecinos. Leer a la poeta Stella Díaz Varín es pillarte con la historia de una poeta que vivió en la auténtica e histórica Villa Olímpica. Barrio, donde las paredes aún conservan el rostro de la joven poeta de pelo rojo fuego”.
“Si cruzas Grecia”, sigue Josefa Vecchiola, encontrarás “la fuente de soda Los Gallegos que data del 78. Una típica fuente de soda que conserva una pequeña foto de ella que recuerda la mesa donde le gustaba sentarse. Aún la villa recoge su departamento, que dicen que sigue intacto hasta el día de hoy. Su barrio nombró a la poeta una guardiana de los niños y niñas que juegan en una pequeña plaza. Leer a la Stella es leer el vestigio vivo de un barrio y su historia”.


En la línea de tiempo vital de algunas de las escritoras consultadas, Stella aparece y resplandece entre la multitud. Es el caso de Eugenia Prado Bassi, quien señala que la poeta centenaria “supo acogerme cuando recién comenzaba mi camino en el mundo de las letras”.

Estereotipos y malos recuerdos
La poeta e investigadora Emilia Pequeño explica que la poesía de Stella, que califica como “arriesgada e ingeniosa cuando la enmarcamos en su época”, no se la ha leído en profundidad, “puesto que el mito de la figura biográfica de ella —un personaje excéntrico y potente— es a lo que se le ha puesto más atención”.
En palabras del poeta y editor Isma Rivera, “durante años, y como solía hacerse con las mujeres escritoras, de Stella Díaz Varín se habló poco de su escritura, y mucho de su vida. Como si sus versos fueran una anécdota de su personalidad. Afortunadamente, su obra poética ha prevalecido por sobre los cahuines y vuelve una y otra vez como una de las voces más potentes de su generación”.
En esa misma dirección agrega Yanko González, “la perjudicó cierta farándula literaria (‘la poeta que le pegó a Enrique Lafourcade’, ‘la amante de Jodorowsky’, la ‘musa de La víbora de Nicanor Parra’) y otras naderías que terminaron anteponiéndose a sus libros”.
Estos imaginarios, señala el autor de la Antología crítica de la poesía chilena, Naín Nómez, hicieron que “la breve obra de Stella Díaz quedara en la sombra dentro de un contexto de grandes poetas y también debido a su personalidad desbordante, que como en otros casos, diluyó el valor de su poesía, que requiere lecturas que la instalen frente a la poesía actual rescatando su posición feminista y el entrecruce entre la tradición y la ruptura que proponen sus poemas”.
Tal vez solo sea necesario entrar en esa obra reunida y acudir al mensaje de Enrique Lihn, como nos recomienda Soledad Fariña: “‘Hablar de la poesía de Díaz Varín es necesariamente hablar de Stella’, escribe Lihn en el prólogo a Los dones previsibles”. El texto de Lihn es de 1988 y el libro de Stella se publicó en 1992.

Una relectura, un lugar, una “escuela”
Muchas de estas voces consultadas coinciden en la necesidad de releer la obra literaria de Stella Díaz Varín. Una de ellas es Eugenia Brito, para quien, además de volver a entrar a sus libros, amerita “un urgente posicionamiento literario en la modernidad artística”.
“Para cualquier escritora chilena contemporánea la figura de Stella constituye una especie de mito literario necesario de actualizar”, señala la poeta Antonia Torres. Esto, “no solo porque se trata de una personalidad valiente y combativa, en el mejor sentido del término -es decir, una mujer que tuvo una voz firme para pararle los carros a tanto pobre machirulo mediocre que, sorprendentemente, podía llegar a tener más legitimidad que ella para opinar e instalar su mezquina y anodina obra en el campo cultural de su tiempo-, sino también -y sobre todo- porque lo hacía con el derecho y la valía que le daba su propia poesía”.
La relectura se vuelve pertinente, en palabras de Eugenia Prado Bassi porque Stella “sigue siendo profundamente contemporánea. No porque haya anticipado nuestro tiempo, sino porque nunca aceptó los límites de su época. Su escritura continúa abriendo una grieta desde donde es posible imaginar otras formas de libertad”.
Esto último llevó a la escritora y periodista Romina Reyes a buscarla recientemente. “Leí a Stella Díaz Varín mientras armaba el corpus de poesía de mujeres para mi tesis de magister. En este periodo, leí a muchas autoras hasta entonces desconocidas. Significó encontrarme con una voz que rompe con lo femenino y se declara nerudiana, no complace, y performa una voz masculina para jugar con el imaginario cristiano, como si quisiera emancipar nuestro espíritu”. La libertad, siempre la libertad. Por eso, agrega, “su figura de mujer-poeta también nos interpela respecto de cómo habitamos la literatura”. Sentir compartido por Begoña Ugalde: “cuando pienso en Stella, encuentro fuerza y motivación para seguir adelante en mi propio camino creativo”.
Esa pertinencia se da además en otro gesto de relectura: en la búsqueda de referentes. En palabras de la autora de Notas para una cartografía imaginaria de los fiordos, Emilia Pequeño: “Stella fundó una genealogía de poesía en Chile que se replica y expande hasta el día de hoy. Es un referente muy importante para poetas jóvenes y, sobre todo, mujeres que buscan a otras escritoras en el canon de la poesía chilena. Su uso del lenguaje es muy preciso y trabajado, por lo que es una buena escuela para comenzar a leer poesía”.
En esta misma corriente de continuidad, Begoña Ugalde recomienda volver a leer a Stella “cuando entren dudas de por qué escribir poesía. Sus poemas le entregan luz al instante. Son capaces de acompañar trances dolorosos y felices. Y reafirma el deseo de sostener una soledad creativa. Y de insistir en forjar un camino propio, buscando la palabra escondida, vibrante, que no sólo nombra fenómenos difíciles de describir sino que es capaz de transformar radicalmente la realidad”.
Algo que aplicó la poeta Kamelia Mardones, que cuenta que a propósito de los 10 años de la muerte de Stella, fue invitada a una publicación artesanal de Ediciones .G: Palabras escondidas. De esos poemas nacieron dos libros, y en lo que “en cierto modo comenzó como un homenaje, continuó como un diálogo cargado de intensidad y misticismo (quizá con esto último quiero decir simbolismo). Me hace recordar a mi querida Maha Vial también”.
“Creo que los poemas de Stella Díaz Varín pueden otorgar pistas para cada quién. Así fue para mí su soplo en el oído desde el cual escribí Encuentros en aguas, universo líquido que me contuvo varios años”, agrega.
También sobre las nuevas generaciones de escritoras, indica Rocío Cano, Stella “es una referencia tutelar sin solemnidad. Ella enseñó que la poesía no es un juego estético inocuo, sino un territorio de lucha donde la palabra se habita con rigor y trascendencia”.
Héctor Hernández pone una clave para la relectura: la posibilidad de publicación y circulación por parte de sus herederos: “Afortunadamente, todo lo que sus nietos resguardan con cariño y respeto, que hace de Stella una poeta con una obra con los brazos abiertos”.
Isma Rivera, suma otra: “recomiendo también la experiencia de escucharla recitar, existen algunos registros en YouTube”.
La relectura como práctica investigativa y editorial es parte del trabajo de Vicente Undurraga, quien consultado por Stella señala que “nunca he dejado de releer con asombro un poema suyo, que se llama Trasluz, de su libro Los dones previsibles, que en cualquier antología de los mejores poemas chilenos pienso que tendría bien ganado su lugar. Mi recomendación sería entrar por esos versos preciosos y luego cada cual, como decía Ricardo Piglia, que lea como pueda y quiera:
TRASLUZ
Que se me permita mirar por la ventana
Sólo el espinazo de la muerte
A tranco largo
Mirando fijamente
A mis ojos deslucidos
Veo la ausencia
Doblando por la esquina
La miserable luz
De los días empañados.
Muy de tarde en tarde
Algún aprendiz de hombre
Vestido de domingo.
En estas agonías neblinosas
Estoy mirando desde una ventana ajena
Tras la luz de este rincón desconocido
Desde esta ventana hacia ningún paisaje
Hueco sin distancias
Seca pupila donde no resplandece
Ni el más leve trino

Stella y sus diálogos con el presente
¿Cuál es la posteridad de una obra? ¿Es medible la calidad de una obra por la cantidad de lectores o solo basta con un lector atento en el futuro pronunciando los versos del pasado? ¿Quién pervive en la poesía chilena?
“Su poesía dialoga sobre todo con las poetas actuales”, enfatiza Naín Nómez, en el sentido “que está profundamente asentada en la tradición de la gran poesía chilena del siglo XX y a la vez intercala problemáticas que siguen vigentes, como la relación amorosa, el machismo, la voz individual y lo colectivo, la crítica social y el problema de la muerte”.
“La poesía de Díaz Varín tiene la fuerza que necesitamos en tiempos melancólicos y no sólo para las mujeres, sino también para toda la humanidad”, señala Magda Sepúlveda, destacando que “entrega otra forma de mirar las situaciones”, lo que ejemplifica en lo que respecta a la memoria en el poema Dos de noviembre:
No quiero que mis muertos descansen en paz
tienen la obligación
de estar presentes,
vivientes en cada flor que me robo.
Leerla hoy, nos alerta la poeta hermana de territorio con Stella, Camila Albertazzo, se puede dar en clave “catástrofe”. Su voz poética, explica, “tenía un poco de apocalíptica, de alertar sobre un futuro inexistente. Pensando en mis lecturas recientes sobre capitalismos gores y futurabilidades improbables -guiño a Sayak Valencia y Bifo Berardi-, en el siglo catastrófico que va avanzando; así como en el territorio de Díaz Varín, uno que compartimos porque ambas nacimos en La Serena, una ciudad en una región que recientemente ha sido azotada por uno de los temporales más rudos de los últimos cuatro lustros, la relación con la muerte es un signo de época”.
Además, continúa Albertazzo: “Así como en el siglo XX la voz de los poetas creaba mundos nuevos, en este siglo poetas pitonisas como Stella Díaz Varín nos anuncian que la catástrofe jamás se ha ido, que vive con nosotros. Lo que quiero decir, finalmente, es que, tal como vemos nosotros circular la política contemporánea, su escritura transita de la luz a la oscuridad con una organicidad propia de sujetos lúcidos, adelantados a su época”.
A esa luz también alude la autora de El hueso de la memoria, Verónica Zondek: “Nos guste o no, hay luz en su escritura y esta se cuela por las rendijas de cualquier lectura atenta. Hoy, en tiempos de imágenes desechables y toqueteos implacables, su poesía nos regala una palabra que aguanta. Una palabra que vibra y comunica pese al oscuro y al ahogo intermitente con la que han intentado envolverla una y otra vez”.
Para el campo literario y sus integrantes que lo generan, señala el autor de La película insomne, Jaime Pinos, “en un tiempo en que la literatura ha sido contaminada por las fantasías del éxito o se ha convertido para muchos en una carrera funcionaria, el ejemplo de Stella Díaz Varín me parece inspirador. El riesgo de su escritura y su conducta, su apuesta por lo colectivo, su permanente oposición a toda forma de poder. Una ética que puede resumirse, en sus propias palabras, como la de haber vivido por la poesía, no de la poesía”.
En esa misma línea, el autor de La divina revelación, Héctor Hernández, quien además aparece en el documental La Colorina, señala que “la obra de Stella no es otra cosa que una ética puesta al servicio de la poesía. Una ética que implica decisiones luminosas y dolorosas, una férrea voluntad en torno a lo que la propia literatura nos inquiere como individuos, en la relación con los otros, con el mundo y el más allá que es siempre un más acá”.
Sobre el diálogo con nuestros días, agrega Héctor Hernández: “Por esto es urgente su obra en nuestro presente atiborrado de poemas sordos, pues allí cada palabra está hablando con vivos y muertos, con amigos y enemigos como en Los dones previsibles, pero también consigo misma como si se fuese siempre un otro que es la ética de la poesía, por ejemplo, en Tiempo, medida imaginaria, desde ese Prólogo, donde nos deja claro que ‘esto es sagrado. Digno de respeto’. Eso es ella, hoy”.
Sobre ese presente, destaca el autor de Elogio de la melancolía, Armando Roa Vial, “para muchos lectores, la presencia de Stella es ineludible. Y es que en un país como el nuestro la buena poesía sigue siendo un gesto incómodo e insolente ante la impostura de un sistema donde lo superfluo es ley”.
“En un presente saturado de mandatos sociales”, comenta Rocío Cano, “Stella nos entrega una lección de soberanía: la elección de decir «yo estoy conmigo / y me recuesto en ella»”. Para la investigadora, “la poética de Díaz Varín nos recuerda que las palabras tienen el poder de crear sentido incluso en un mundo que parece tender hacia su banalización contra la posverdad y la banalización y en este sentido su poesía es una rabia constructora de sentido”.
Draga Yurac, librera y escritora destaca que la poeta serenense “nunca le pidió permiso a nadie para vivir y escribir. una extraterrestre en toda ley. Ella decía que no es ni hombre ni mujer, sino que extragaláctica y que se entiende con los ángeles. Hoy necesitamos urgente aunque sea una pequeña gota de toda su revolución”.
Para la periodista y escritora Eva Débia, sobre la voz de Stella urge: “Revisar su trabajo en pleno siglo XXI, con un gobierno de ultraderecha (elegido con mayoría histórica en democracia, como corolario del absurdo), es extralimitar ese tiempo de la náusea y del asco al que ella respondía. Por eso es tan importante leerla hoy, habiendo tanto vacío, con una masa eclipsada por discursos pirotécnicos sin sustancia. Es el tiempo de la nada, de la implosión, de la desertificación del espíritu. (Sobre)vivimos en carencia, y Stella es un manantial de fuego para devolver la llama a tanta coherencia adormilada”.
Al leer a Stella Díaz, complementa Begoña Ugalde, “se contagia una bella rebeldía urgente para enfrentar estos tiempos violentos”.
Bajo el prisma del contexto político, agrega Antonia Torres hoy “y tal vez más que nunca desde la recuperación de la democracia, deberíamos reivindicar esa cosa media punk que ella tenía. Stella nos recuerda que los y las poetas deberíamos desarrollar un trabajo ético con el lenguaje que nos permita no solo hacer gárgaras experimentales y exhibición de nuestro talento retórico; sino cultivar y enseñar la relación casi sagrada que deberíamos tener con la palabra que nombra al mundo. La poesía es justamente esa palabra lúcida y visionaria que viene de lo singular y que habla por lo colectivo sin ser totalitaria. Creo yo que esa es una excelente arma o fórmula contra el fascismo”.
Estas inquietudes, propuestas y preguntas desarrolladas trae de vuelta otras, como lo plantean Soledad Fariña y Elvira Hernández. “Quienes escribimos poesía, damos clases de literatura o talleres, ¿de qué manera encantaríamos o transmitiríamos la poesía de Stella? Solo compartiéndola, pienso, leyéndola con ellos y ellas”, señala Fariña. O como lo plantea en este broche de oro la poeta y Premio Nacional, Elvira Hernández: “Esta efeméride nos pondrá a prueba. Calibraremos cuánto la hemos escuchado. Si la palabra perdida es la pérdida definitiva de la palabra en estos tiempos iliberales, sin principios ni abecedarios. Su poesía está presente. No tiene que esforzarse. La pregunta cae para los que hoy escribimos. ¿Nos encontramos cerca de su poesía para dirigirle la palabra o ya estamos muy lejos de toda conversación?”.



