Desde la oscuridad de un zumbido

La investigadora y escritora Fernanda Carvajal fue la encargada de presentar en Buenos Aires el libro «analfabeta del ahora» de val flores, en un texto donde dice que «este libro produce una promiscuidad entre poesía y teoría» y que rescatamos en La Raza.
1.
-¿Qué zumbido será este? Parece que vuelan por aquí millones de avispas invisibles.
-Es que estamos por entrar en las tierras del país de la gramática.
Estos zumbidos son los sonidos orales que vuelan libremente por el espacio.
Monteiro Lobato
¿Cómo conocemos y (re)producimos lo extragramatical, lo extralegal?
Fred Moten
Pensaba que no teníamos memoria porque éramos analfabetas
Claudia Rodríguez
2.
¿Cuál es nuestro saber sobre ese tiempo que llamamos ahora? ¿Cuán ilegible se nos puede volver nuestro propio tiempo? ¿Qué sucede cuando el mundo comienza a ser colonizado por alfabetos del capital cada vez más encriptados? Y al mismo tiempo, ¿qué alfabetos nos quedan aún por inventar o por descubrir? ¿Qué partes del cuerpo debemos despertar para decodificar esos otros idiomas que están aquí entre nosotres, esperando que comencemos a escucharlos, a olfatearlos, a palparlos, agujereando los límites de eso que hasta ahora se nos presenta como realidad? Cada alfabeto propone una relación con la gramática y la ley de lo real, su propio modo de producir formas. En la escritura de val suele haber una batalla más o menos silenciosa con la forma, con eso que a veces nos cuesta tanto desnaturalizar porque son los moldes que contienen los límites de nuestros cuerpos, de nuestros sentidos, de lo que podemos percibir, de lo que capta nuestra atención.
Cualquier proceso de alfabetización o de educación puede ser también pensado como una disputa por la forma. Cuando hablamos de educación, hablamos de formarnos, de formación en el sentido de instrucción, de instruirnos, que a su vez está muy cerca de la formación en el sentido militar, es decir muy cerca de la alineación, del ordenamiento de un cuerpo de tropas, de encauzar lo que se sale de la línea. Quienes trabajamos en la educación formal, sabemos bien de los efectos alineadores, normalizantes y de conducción que tiene la relación pedagógica. También sabemos lo vaciada que puede estar una forma, o esa forma que son los títulos y certificados de la educación formal y continua, ese entrenamiento neoliberal para convertirnos en individuos acreditados y merecedores de crédito. Y a la vez, sabemos que la educación no es solo eso, que puede ser muchas cosas más. Sabemos por ejemplo que lo que sucede de manera informal, fuera de los mandatos curriculares, en los intersticios de la institución educativa, es lo que nos permite respirar y permanecer en esos espacios “no tanto para arreglarlos, sino—como dicen unos amigos—para evitar que intenten arreglarnos a nosotras”. Cuando los talleres y escritos de val se infiltran en la educación formal, lo hacen para deformar sus formas. val ha sabido y sabe entrar a la escuela, a la universidad, sin asentarse; el suyo, es un saber entrar para dejar la pregunta sobre otro tipo de relación con el saber, un entrar que, sobre todo, sabe salir.
Así, este libro puede ser visto como una canción para encontrar puertas de salida. Analfabeta del ahora (Kikuyo Editorial, 2025) es un libro que sale de la promesa de la educación neoliberal, que sale de la promesa de volverse una promesa, pues como nos dice val, en cada promesa del capital hay una obediencia. Desde el fuera del tiempo lineal de quien se suelta del alfabeto, de quienes olvidan dejar huellas, o las ofrendan sin querer a los ríos del rumor, este libro de val nos pregunta por esos saberes sin título ni certificación posible.
Saberes que nos hacen retroceder al cuerpo, que vuelven a engrosar nuestra relación con un espacio, que florecen en los pasillos, en las veredas y las esquinas, en los baños públicos, en bares, en fiestas, en un taller de carpintería, en los ensayos de una banda de música, en el paño de un vendedor ambulante, en las camas compartidas, en la complicidad entre las señoras del barrio y los gatos ferales.

Este libro produce una promiscuidad entre poesía y teoría. Pero también, sitúa el punto de escucha en saberes desacreditados, sin mayúsculas, en eso que se sale de la organización de las formas que hemos consentido, sea educación, militancia, o teoría.
Por eso creo que la pregunta que este libro nos susurra desde atrás de la letra es la pregunta por dónde hemos cedido nuestra obediencia ante la promesa de sentido.
3.
Analfabeta del ahora nos toma la mano para llevarnos por el camino terroso, irregular y opaco, de una palabra rota: analfabeta. val juega a romper esa palabra, corta el prefijo a y an, para dejar entrar el espasmo de la negatividad, de lo que resta. Luego vuelve a zurcir y recortar, desatando la pulsión rezagada de lo anal, de lo que viene de atrás y eriza la espalada. A partir de esas heridas quirúrgicas a la palabra, a esa palabra, analfabeta, val extrae combustible para quemar la letra. Declinar del alfabeto, jugar con sus cenizas, es burlarse de su orden, de su mandato; es decir, huir del asentamiento en la palabra clara y estable, de su privilegio deliberativo y civilizado, educado, adulto y ciudadano.
val juega con las cenizas del alfabeto, las sopla en nuestros oídos, para recordarnos que todas hemos sido analfabetas, que la analfabeta está aquí, es la llegada de eso que llamamos infancia, que como dice Lucha Venegas no es un estado biológico sino un estado político y, val agrega, poético. Una infancia que puede venir de la dirección menos pensada para acceder al ahora. Al pensar en analfabetismo e infancia pienso en la palabra retrocediendo al zumbido, pienso en sonidos soltándose de vocales y consonantes. En la cuerda herida y preverbal, que la biografía sonora de una letra hace vibrar en nuestro cuerpo. El sonido es oscuro y generativo. La infancia suena como un compost poblado de murmullos confusos y formas larvarias del tacto en las que nuestros contornos corporales se hicieron y se deshicieron, en las que nos orientamos y nos perdimos, ahí donde la palabra todavía no llegaba, ahí donde la palabra está aún por llegar. Infancia: una mezcla de sonidos y movimientos, curiosidad y ambigüedad ocurriendo por debajo del lenguaje estandarizado.
4.
Los acertijos, o aforismos que respiran en este libro, hacen un movimiento elíptico, rodean una oscuridad. Una oscuridad tan esfinteral y terrosa, como sideral. En sus escritos sobre el barroco, Sarduy trazaba un parentesco entre la elipse y la elipsis. Decía que, así como la figura de la elipse deshacía la antigua imagen de las órbitas planetarias perfectamente circulares alargándolas en un trazado monstruoso alrededor del sol, la elipsis engendraba poemas ilegibles, donde las figuras sólo aparecían de lado o vistas desde el margen. Si la elipse rodea el sol, los aforismos de val son más bien como la luz de un eclipse que rodea una oscuridad que se expande y se contrae, que la letra no alcanza a tocar. Desde las geometrías menos pensadas, val se las arregla para encontrar modos de atravesar los puentes rotos entre cuerpo y teoría, para restaurar idiomas perdidos que laten en el roce analógico entre onomatopeya y palabra, entre gemido y letra, entre sal y piel humedecidas por “el trabajo quirúrgico de una lágrima”. Ahí hay lesbianismo a pelo, en esos roces que el algoritmo quiere exterminar.
val compone un ritual mínimo en el que dedos y agujas afilan placer y dolor. Cuando escribe “entre el silencio de la aguja y los dedos, se crían brisnas de pensamiento”, inventa un “vocabulario de metal” provisorio, lo dibuja sobre la piel: cada pinchazo restaura un ritmo que aviva tejidos subcutáneos. Vuelve así, a practicar formas de comunicabilidad que persisten en la relativa ausencia de comunicación. ¿Cómo conversamos con el misterio que habita bajo nuestra piel? val entabla una conversación con esa oscuridad, desentumeciendo con una punta metálica y fría, el calor apaciguado de nuestra carne. Dejar que nuestro cuerpo se vuelva capaz de iniciar las más improbables conversaciones ahí donde la palabra civilizada entra en estado de convalecencia, ahí donde la comunicación alfabética enmudece, ahí donde el algoritmo no puede traducir más.
Justo aquí, ahora, inventar nuestros alfabetos clandestinos.
5.
Con todo esto intento sugerir que los descentramientos que ejercita val en la escritura de este libro tienen una secreta devoción por lo afformativo. También la figura de la elipse, ha sido utilizada para describir el modo en que lo afformativo acompaña silenciosamente cada acto lingüístico y puede interrumpir mudamente la palabra. Lo afformativo no es un medio a través del cual se persigue algo, tampoco es productivo o performativo. Lo afformativo permite que sucedan cosas, pero no provoca ni fuerza nada, no hace que algo suceda, por eso sólo podemos percibirlo como omisión, pausa, interrupción, desplazamiento, como huida o como una huelga general donde no se trabaja, no se produce, no se hace ni se persigue ni se proyecta nada, que sólo es la manifestación una socialidad basada en la desposesión, que algunas llaman “socialidad estética”, que nosotras podemos llamar desviada, esa socialidad que quiere y no puede ser regulada por lo político; que lo precede como su condición de posibilidad y a la vez lo excede y puede destituirlo.

Lo afformativo designa lo extra legal y extra gramatical.
Una fuerza que hackea de modo impredecible el programado descarte de formas impulsado por el capital en su aceleración del tiempo y sustracción del espacio.
Un zumbido que desorienta.
Un enredo de alianzas entre quienes, como dice Claudia Rodríguez, no tenemos memoria, sobre todo si por memoria entendemos esa memoria de la humanidad que se ha tragado el algoritmo.
O el zumbido alucinante de una orgia de niñas antes de la palabra orgía, una que no sabe nada de maldad ni de bondad.
Un “ahora” que nos debemos.




