Ahora tengo un gato

julio 15, 2026
-

¿Qué somos, Apollo y yo, sino dos soledades que se protegen, se tocan mutuamente y se saludan?

Sigrid Nunez, El amigo

No escribo sobre L. porque ella me lo pidió. Sin embargo, hablar de Pandita es mi forma de escribir sobre L. Cada vez que digo amo a Pandita, implícitamente digo que la amo. 

*

A veces me pregunto si quiero a Pandita por ser Pandita o porque proviene de L. Pero siempre termino llegando a la misma conclusión: lo quiero por ser él. Si no fuera de L., quizá lo querría igual o incluso más. Lo querría sin explicaciones, sin vínculos previos, sin una historia que justificara el cariño. Lo querría por la simple razón de no tener ninguna razón.

*

Jamila tocó mi puerta para pedirme una ezopiclona. Tomé a Pandita en brazos para que no se escapara y se lo mostré. Ella se acercó para acariciarlo, pero Pandita la rechazó de inmediato: lanzó un latigazo con sus garras, se soltó de mis manos y corrió a esconderse en un rincón de la pieza. No sé por qué, pero verlo hacer eso me produjo una extraña satisfacción.

*

Por la noche, una amiga vino a verme al trabajo junto a un amigo. Conversamos un poco antes de que me invitara a tomar una cerveza.

—No puedo —le dije—. Estoy cuidando un gato.

No era cierto. Sí podía. Lo que ocurría era que no quería. Quería volver a casa. Quería abrir la puerta y encontrarme con alguien esperándome. Hacía mucho tiempo que no experimentaba esa sensación, y descubrí que la extrañaba más de lo que imaginaba.

*

—¿Te gustan los gatos? —me preguntaron.

—Me gusta Pandita —respondí.

*

Ambos sabemos que esto es momentáneo. Que algún día tendrá que volver a su casa. Que no es mi gato. Que, tarde o temprano, voy a tener que devolverlo.

Intento no encariñarme demasiado, pero no es posible. Cada vez que pienso en ello recuerdo una frase que escribió Nobuyoshi Araki sobre su gata Chiro:

«Siempre que hacía fotos en la terraza, Chiro aparecía entre mis piernas. Gracias a su presencia, la terraza se convirtió en un paraíso privado para mí. Cuando me duchaba, me bastaba con abrir la puerta y llamar a Chiro muy bajito. Enseguida aparecía. Esperaba a que terminara de ducharme, luego se metía en la bañera y daba unos lametazos. Pero ya no está. Todavía sigo llamándola con la esperanza de que aparezca».

*

La Navidad del año pasado la pasamos en la casa de mi mamá, que no dejó de exponer mi adolescencia rebelde. Mientras bebíamos cola de mono, dijo que antes de salir del colegio andaba todo el día curao, que quería ser alcohólico y vago, como Bukowski.

Pero a Bukowski le gustaban los gatos, dijo L., sonriéndome.

*

Escitalopram durante el día, clotiazepam por las noches y un gato durmiendo a mis pies. No sé cuál de las tres cosas me ayudó más, pero así empecé a salir de la depresión.

*

En realidad, son más medicamentos. Mi mochila parece un botiquín especializado en salud mental.

Ciclobenzaprina, quetiapina, champú médico anticaspa, extractos de ansiolíticos naturales y dosis dobles de clotiazepam, escitaloprám y ezopiclona.

Hubo una semana en que tuve que ir todos los días a la misma farmacia.

—¿Se siente muy mal? —me preguntó una vez la química farmacéutica mientras me entregaba las cajas.

Tenía razón.

Desde entonces distribuyo mis compras entre distintas farmacias.

*

Se suele decir que el mundo literario y académico es endogámico. Muchas de las personas que lo habitan terminan relacionándose casi exclusivamente entre sí: sus amistades, sus parejas y sus conversaciones suelen surgir del mismo círculo.

Una de las razones por las que quiero tanto a L. y por las que es tan importante para mí es porque no pertenece a ese mundo. Está completamente alejada de la literatura y de la academia. Su mirada viene de otro lugar. Y, además de todo eso, es la persona que mejor me cae.

*

Pandita y yo llegamos el mismo día a la vida de L.

Recuerdo que la invité a salir. Fuimos al cine a ver una película en el Centro Arte Alameda cuyo nombre ya no recuerdo bien. Era un documental sobre un director portugués que viajaba por el mundo. A L. le gustó. A mí no. Pero después, cuando la fui conociendo mejor, entendí que a L. le gustaban casi todas las películas. O, al menos, siempre hacía el esfuerzo por entretenerse o por comprender lo que el director intentaba transmitir.

Ya de noche, caminamos hasta su casa.

—Me encantaría seguir hablando contigo —me dijo—, pero me van a dejar un gato.

Era finales de marzo del año pasado cuando Pandita y yo llegamos a la vida de L.

Pandita llegó a la mía hace apenas unas semanas. L. no tenía luz en su departamento y hacía frío en pleno invierno. Me preguntó si podía quedarse conmigo junto a Pandita, porque no podía dejarlo solo. Le dije que sí, por supuesto.

Llegó con su caja de transporte, sus platos, la comida, la arena y todo lo que necesitaba. Pandita comió un poco y después se subió a la cama. Empezó a darme cabezazos y a hacer prrrr. L. abrió los ojos, prácticamente emocionada, y gritó:

—¡Te aceptó de una!

Al día siguiente L. se fue. Pero antes de irse me preguntó si Pandita podía quedarse conmigo unos días más.

Nunca he tenido mascotas. Nunca había tenido un gato. Y, sin embargo, no dudé ni un segundo en decir que sí.

*

Pandita es el gato más tierno que he conocido. Cuando me ve, se me abalanza para que lo tome en brazos. Lo cargo y puede quedarse ahí durante horas. Luego me canso y me siento frente al escritorio. Entonces él vuelve, se sube a mi regazo y se acomoda como si ese fuera su lugar.

Una de las razones por las que se quedó conmigo es que es muy ansioso. Cuando pasa la noche solo, se rasca compulsivamente el cuello. Por eso tuve que comprarle una dona para protegerle la herida. Al principio se la sacaba, pero terminó acostumbrándose y ahora la lleva puesta casi todo el tiempo.

Un día fui con mi papá al supermercado. Como siempre, terminamos paseando por mi sección favorita: la tienda de mascotas. Entre pelotas, rascadores y juguetes para gatos, encontramos una pequeña capita celeste con dibujos de pandas. Es para él, pensé de inmediato.

Pandita sufre de estrés y de todo lo que eso implica. Aun así, es el gato más cariñoso que conozco. A veces despierto con su cara pegada a la mía. Otras veces se sube a mi pecho para que lo acaricie mientras ronronea.

A mí siempre me gustaron los gatos, pero los gatos de los demás. En las distintas casas donde he vivido había gatos que se acercaban a dormir a mis pies, y eso me bastaba. Nunca quise tener uno propio. Me mudo con frecuencia, me gusta viajar y no quería sentirme atado a nada.

Sin embargo, acepté quedarme con Pandita. Pero acepté tenerlo porque echaba de menos a L. Pandita se parece tanto a ella que, mientras lo veía dormir o buscaba mis brazos, tenía la sensación de que una parte de L. seguía habitando mi casa.

*

San Felipe siempre me deja una sensación extraña al regreso. Pienso en los amigos de la infancia, en las canchas de baby fútbol vacías, en las caminatas nocturnas cuando todavía parecía posible recorrer la ciudad completa a pie.

Pero no son esos recuerdos los que me acompañan de vuelta.

Es mi papá.

La imagen de él quedándose solo en una casa demasiado grande para una sola persona.

La casa era pequeña cuando llegamos. Después vinieron las ampliaciones: sacaron la cocina, construyeron un segundo piso y el patio fue cediendo terreno hasta convertirse en un espacio apenas suficiente. Lo justo para que mi papá salga por las mañanas a sentarse en una silla de playa, tomar café cargado, fumar un cigarro y comer lo que encuentre.

A veces me pregunto para quién agrandaron tanto esa casa. Con los años todos nos fuimos menos mi papá. La casa creció mientras la familia se encogía.

—Siento nostalgia de alejarme de mi papá cada vez que viajo —le digo a L.

—Entonces vamos a verlo —dice ella, descansando sobre la cama, tranquila.

No esperaba esa respuesta.

Escucharla me devolvió, por un momento, a una versión más joven de nosotros. A ese tiempo en que bastaba decir «vamos» para que las cosas ocurrieran. A ese tiempo en que todavía imaginábamos el futuro como un lugar al que llegaríamos juntos.

*

Leemos poemas en sueco sentados en el borde de una cama de exhibición en el IKEA. Los pronunciamos como podemos, siguiendo la fonética que el español nos permite inventar. No entendemos nada. Es un libro de aforismos con citas de escritores y filósofos, y hay que adivinar de quién son.

Yo le leo frases de Séneca, Freud y Ana Frank, dándole tres alternativas cada vez. L. acierta las tres. Después ella lee tres poemas y yo tengo que adivinar el título. También me da tres opciones. Fallo en las tres.

*

Ella nunca entiende que elegir las albóndigas veganas con verduras y arroz es un acto de amor: lo hago para que pueda sacar comida de mi plato.

*

Mientras vapeo escondido en el baño porque a L. no le gusta que lo haga, pienso en mi mamá, que decía que no fumaba, aunque yo encontrara colillas de cigarro flotando en el water.

*

«Siento la casa vacía. Necesito un 😼 jajaja», me escribe mi papá.

Me hizo gracia el «jajaja». Como si todavía le diera vergüenza admitir cuánto había llegado a querer a Pandita.

*

L. rescató a Pandita de una señora que trabajaba en el edificio donde ella vivía antes. Fue uno de los muchos gatos que recibió de sus manos. A los pocos días decidió darlo en adopción a dos chicos. Ellos, sin embargo, se lo devolvieron al poco tiempo.

—Habla mucho por las noches —le dijeron.

Y tenían razón.

Durante el día, cuando yo despierto, Pandita empieza a dormir. Me rechaza con cierta indiferencia, se sube al clóset y cierra los ojos. Pero cuando cae la noche, despierta. Entonces comienza a maullar.

No sé exactamente por qué lo hace. Le limpio la caja de arena, le dejo comida y agua, pero aun así se queda junto a la puerta, como si quisiera salir a recorrer el mundo. Lo tomo en brazos y, por un momento, se queda en silencio.

Hace unos días, un chico de la casa reclamó por el ruido en el grupo de WhatsApp. Se refirió a él simplemente como «el gato». Eso me molestó más de lo que debería haberme molestado. Para mí ya no es «el gato». Es Pandita.

*

Hay una frase de L. que me hizo sentir muy conmovido. En realidad, no fue la frase en sí, sino una sola palabra.

Le había enviado un video de Pandita. Estaba sobre el clóset y luego bajaba para acercarse a mí y pedir caricias en la cabeza.

—Se nota feliz nuestro Pandita —me escribió.

La palabra que me conmovió fue «nuestro».

*

Pandita todas las noches comienza a maullar y me despierta, excepto cuando tomo el doble de la dosis de ezopiclona que me recomendó mi terapeuta. Maúlla y se queda pegado a la puerta para que se la abra. Parece que quisiera salir a la acción, a alguna aventura salvaje.

Cuando ha logrado escapar, corre hacia el patio, donde hay árboles y ramas. Avanza unos metros y luego se detiene para mirarme, como si me dijera: «Papi, me perdí». Entonces vuelve corriendo a la habitación.

Otra vez lo saqué al jardín en una mochila, llevándolo sobre mi pecho. Caminamos menos de cinco minutos hasta que pasó el camión de la basura. Se asustó de una manera visceral. Se soltó y salió corriendo de vuelta a la pieza.

Fue así como entendí que Pandita lo pasó mal durante sus primeros años. Recibió golpes, lo echaron de su antigua casa e incluso lo amenazaron con perdigones. Por eso me sorprende tanto que sea un gato tan cariñoso.

El trabajo de L. tuvo que haber sido milagroso.

Cuidar a Pandita es una forma de seguir cuidando a L.

*

Leí una publicación sobre lo beneficiosa que es la escritura para superar la depresión. El encabezado afirmaba que lo principal para recuperarse no era la terapia ni el paso del tiempo, sino escribir. Según el artículo, esa era la mejor manera de sobreponerse a un trauma, incluso sin una red de apoyo.

Hay demasiados escritores suicidas, pensé, para que eso sea verdad.

*

Se me vino una idea estúpida a la cabeza:

Pandita está castrado y a veces me pregunto por qué no nos castran a nosotros al nacer.

Hay demasiados niños no deseados y demasiadas personas persiguiendo a quienes no quieren estar con ellas.

Los gatos castrados pelean menos.

Deambulan menos.

No pasan las noches enteras buscando hembras que no los quieren.

Quizás los veterinarios saben algo que nosotros no.

*

Para la tercera sesión de terapia iba con la intención de hablar sobre L. Durante la semana me habían dejado una tarea: construir una línea de tiempo de mi vida.

He escrito cientos de páginas sobre mi autobiografía, pero condensar casi treinta años en unas pocas hojas me parecía imposible. Así que opté por otra cosa. Anoté recuerdos sueltos, a la manera de los Me acuerdo de Joe Brainard.

Solo alcancé a llegar hasta mi primer día de clases. Eran recuerdos felices: anécdotas con mi papá, películas animadas, picaduras de abeja, comer manjar directamente del tarro sobre la cama.

—Ahora cuéntame algo que te haya dolido —me dijo la psicóloga.

Pensé en mi mamá. Pensé en algunos traumas de la infancia. Pensé en cosas que rara vez menciono.

Con la voz quebrada, descubrí algo inesperado.

—Es más fácil hablar de L. —le dije.

*

Mi papá me escribe:

—Adopté un gatito. Llenan espacio, hacen compañía.

Pienso en Pandita. Pienso en el mensaje que me había enviado días antes diciendo que sentía la casa vacía.

Me alegra la noticia.

Entonces llega la foto.

No era un gato.

Era una botella de vino Gato Negro.

*

L. se está yendo constantemente de mi vida, y eso me destroza. Tener a Pandita conmigo es, de alguna manera, volver a tener a L. cerca.

Me escribe para saber cómo está. Me pregunta si necesito arena. Me llama por las noches. Yo le cuento que ya no tiene heridas en el cuello. Le envío fotos. Le explico que encontró un rincón en el clóset y que ahora considera ese lugar como suyo. Le muestro el nuevo rascador que compré por internet.

A través de Pandita seguimos hablando.

No estoy preparado para dejarlo ir. Pero tampoco estoy preparado para perder lo que viene con él. Porque cuando Pandita se vaya, también desaparecerá ese motivo cotidiano para escribirnos, llamarnos o preguntarnos cómo estamos.

*

Desde que me fui de la casa de mis padres he vivido en pensiones. Me da miedo llegar a casa con ansiedad y no tener con quién hablar. Llevo casi diez años viviendo de esa manera y, en general, me ha resultado bien.

Desde que Pandita está conmigo, sin embargo, he empezado a evitar el patio. Es decir, a la gente.

Me basta con hacer las labores domésticas y luego volver a la pieza. Me tumbo en la cama y espero a que se suba sobre mi pecho. Entonces lo acaricio hasta que uno de los dos se queda dormido.

Durante años busqué vivir acompañado para no sentirme solo. Ahora, por primera vez, parece bastarme un gato.

*

En mi infancia nunca tuvimos gatos, a pesar del temor irracional que mi mamá sentía por los ratones. De hecho, tampoco le gustaban los gatos. Le aterraba la idea de que llegaran a la casa con un ratón en el hocico. Incluso imaginarlo le producía asco.

Cuando se separó de mi papá cayó en una depresión profunda. Fue entonces cuando terminó aceptando que yo llegara a su departamento con un gatito de apenas dos meses.

Después de una fiesta a la que fui con mi amigo Juampi, sentí un dolor de estómago como nunca había experimentado. Pasé toda la noche vomitando. A las ocho de la mañana fui al médico.

Era una apendicitis.

Me operaron de urgencia en la Posta Central.

Cuando me dieron el alta, mi mamá llegó llorando y cargada de bolsas con ropa nueva. Intenté tranquilizarla. Pensé que estaba así por verme en una camilla, con sondas y puntos de sutura. Pero no era esa la razón.

—Entraron a robar al departamento —me dijo.

No le importó el televisor. Tampoco el anillo de matrimonio. Ni siquiera la ropa que se habían llevado.

—Estoy preocupada por el trauma que pudo haber tenido Haku —me dijo entre sollozos.

Y le creí.

*

Llego a la casa de mi mamá y lo primero que recibo de Haku es un rasguño.

Me da miedo adoptar un gato que no sea como Pandita.

Supongo que esto es lo más cerca que voy a estar de comparar a una mascota con una expareja.

*

Me despido de Pandita antes de ir al trabajo y me da una culpa muy grande. No quiero imaginar qué hará solo en esa pieza donde todavía no tiene un rascador. Supongo que dormirá gran parte del día sobre el clóset hasta que vuelva y podamos jugar un rato.

Pienso en una frase que suele decir L.:

—Necesito un gato para mi gato.

L. tiene nueve. Quiere que me quede con otro porque está en un periodo en que puede embarazar a una de sus gatas. Yo le digo, feliz, que sí, que lo traiga. Así Pandita no pasará toda mi jornada laboral solo.

Sylvia Molloy pasó por algo parecido cuando compró un pato. Quiso tener otro, pero, como escribe ella, «no me atreví a comprar dos, aunque me lo recomendaban por aquello de que a nadie le gusta estar solo».

Pienso en ese otro gato y pienso también que no estoy tan lejos de terminar como L., con nueve gatos en mi pieza.

*

Cami me pregunta cómo me he sentido. Le digo que bien, que estoy cuidando un gato con una herida en el cuello y que por eso tiene una dona.

Me dice que está preocupada por la ansiedad, porque quede solo, porque pase demasiado tiempo encerrado en la pieza.

—Va a estar bien —le digo—. Lo estoy cuidando bien.

—No me refería al gato —dice ella.

*

A propósito de la cantidad de gatos, Sylvia Molloy cuenta una anécdota. En un evento literario se encontró con un amigo que le preguntó cuántos gatos tenía.

«Yo contestaba con un número relativamente bajo y enteramente falso: pongamos seis», escribe. 

El amigo, también mintiendo, respondió que tenía ocho.

«Los dos sabíamos que mentíamos y que iríamos a la hoguera antes de revelar la verdadera cifra», confiesa.

En El amigo, Sigrid Nunez escribe que le alegra que la era de internet haya revitalizado la antigua adoración de los gatos como dioses. También cuenta que un médico residente le dijo que tener demasiados gatos podía ser un síntoma de enfermedad mental.

—¿Y cuántos gatos hacían cruzar el umbral? —le preguntó ella.

—Tres —respondió él.

Pienso en L., que tiene nueve. Pienso en mí, que hace unos meses no quería tener ninguno.

*

El sueño fue más o menos así: 

Estábamos en una fiesta, en una terraza, comiendo y bebiendo de unas copas. En un momento, L. me dijo que iba al baño y que volvía enseguida.

Antes de regresar, aun al otro lado de la mampara, un hombre se le acercó y comenzaron a conversar. Hablaron durante varios minutos. Yo me limité a observarlos mientras comía galletas, como si necesitara ocupar las manos para fingir que la escena no me importaba.

L. seguía hablando con él. Llevaba un traje que parecía caro y tenía algo que a ella parecía gustarle.

Al rato se fueron juntos.

Yo me quedé ahí, de pie, sacando galletas de la mesa una tras otra, sin hablar con nadie, como un niño que asiste a un cumpleaños donde no conoce a ninguno de los invitados.

*

Esto lo escribo, pero no lo digo. Me avergüenza admitirlo, pero es así: nunca he estado enamorado de alguien sin sentir un dejo de dolor. Y nunca he terminado una relación sin pensar, aunque fuera fugazmente y en el terreno de la fantasía, en el suicidio.

*

Una de mis mejores amigas me da el siguiente consejo: olvida a L. y secuestra al gato.

*

Paradójicamente, Pandita llegó a mi casa porque a L. le habían cortado la luz. Hoy me pasó lo mismo: una sobrecarga eléctrica dejó la casa a oscuras.

*

Mi psicóloga terminó dándome casi el mismo consejo que mi mejor amiga.

—No puedo decirte qué hacer —me aclaró primero—, pero el contacto cero parece una buena opción.

Hizo una pausa.

—Y adopta un gato. O quizás dos.

Pero no puedo imaginar a Pandita reemplazado

*

Busco ayuda para editar un texto autobiográfico que escribí hace algunas semanas para una revista online. Mientras lo releo, siento que algo no funciona. La relación entre el narrador y la mujer que ama aparece desdibujada; la trama avanza, pero el vínculo carece de espesor. También me inquieta el final: es demasiado abrupto, quizás demasiado desolador.

Le doy vueltas durante horas. Cambio algunas frases, elimino otras, pero no logro encontrar qué le falta. Entonces pienso en una amiga editora que conocí hace algunos años en la librería de la universidad. Le escribo y acepta leer el texto.

Al día siguiente encuentro un mensaje suyo:

«Voy a dejar de lado cualquier cosa que te podría comentar del texto, pero, amigo, estás muy mal :(((. ¿Te puedo pasar a ver hoy al trabajo para que conversemos un ratito?».

Le comento esto a un escritor que también ha escrito sobre gatos y depresión mientras nos tomamos un schop en una cervecería curicana: QUIERO OPINIONES LITERARIAS, NO QUE ME CUIDEN, me comenta, y me hace gracia.

*

La diferencia entre mi psiquiatra y mi psicóloga, más allá de que una me da licencia y medicamentos, es que la psicóloga me da espacio para equivocarme. En cambio, mi psiquiatra es mucho más directa.

—O empiezas el contacto cero o te voy a tener dos años aquí. Y no quiero eso. Quiero darte de alta luego—me dice, sin tapujos.

Mi psicóloga parece creer que voy a llegar solo a las conclusiones correctas. Mi psiquiatra no está tan segura.

*

Dos semanas seguidas llegando tarde al trabajo. Mi jefe ya perdió la paciencia y vuelve a llamarme la atención.

Cuando me pregunta qué pasó esta vez, le digo que me quedé dormido.

Me parece más creíble que contarle la verdad: que Pandita se acostó sobre mi pecho durante la noche y que, cuando sonó la alarma, no quise moverlo.

*

L. llega por la noche a la casa sin avisar, acompañada de un desconocido que conoció en la calle hace algunas horas y que la espera en el antejardín de la casa. Ella toca mi puerta y la hago pasar con Pandita en brazos y con la linterna del celular encendida.

—Vengo a buscar mis cosas —me dice.

Se lleva el exprimidor, el secador de pelo y algo de ropa.

Después guarda silencio unos segundos.

—Me voy a llevar a Pandita.

Toma el transportador y, con esfuerzo, logra meterlo dentro. Pandita se resiste. Intenta aferrarse al suelo. Aprovecho de acariciarlo, quizás por última vez.

Cuando el Uber se aleja hacia su departamento, con L. sentada atrás junto a sus cosas y a Pandita, y el desconocido adelante, siento una sensación extraña.

No me duele que se vaya L.

Me duele ver irse a Pandita.

—Estoy pasando por una depresión difícil —le había dicho semanas antes.

—Va a pasar, Mati. Todo pasa.

A la mañana siguiente despierto sin su cuerpo sobre mi cara.

Abro la puerta para ir al baño y me conmueve no verlo esperando para salir antes que yo. Dejo la puerta abierta mientras voy y vuelvo, como si todavía pudiera aparecer en cualquier momento.

Llevo semanas sin llorar. Las pastillas han hecho su trabajo. Pero cuando Cami me escribe para preguntarme cómo estoy y cómo está Pandita, por primera vez en meses siento que se me llenan los ojos de lágrimas.

La primera calada de tabaco en la mañana, sin haber desayunado y cuyo placer apenas duró tres segundos, fue lo mejor del día.

*

He estado leyendo libros sobre gatos y sobre el duelo mientras trabajo. Así se me pasa el día: leo y voy al baño a llorar.

Una amiga pasa a verme. Yo estoy sentado en mi escritorio, donde se supone que debería estar trabajando, mientras leo una novela sobre el suicidio del mejor amigo de la narradora.

—¿Qué estás leyendo? —me pregunta.

Le muestro el libro.

—¿Y de qué trata?

Le explico que la narradora pierde a su mejor amigo, que se suicida, y que después tiene que hacerse cargo de su gran danés.

—Se ve muy bueno —me dice—. Y te hizo llorar.

—¿Se nota mucho?

—Tienes los ojos hinchados.

Asiento.

—Si un libro te hace llorar, debe ser bueno —dice.

—Sí —le respondo.

Y por primera vez en toda la conversación le miento.

—El libro me hizo llorar.

*

Dos rascadores ocupan ahora una esquina de la pieza. Uno pequeño, con forma de panda; otro más grande y clásico, de dos pisos y con un ratón colgando.

Llegaron hace unos minutos desde Internet.

¿Qué voy a hacer con dos rascadores y ningún gato? No lo sé.

Al correo me llega un mensaje automático:

«¿Qué tal le pareció la compra?».

Innecesaria, le respondería.

*

Me sorprendo a mí mismo bajando las escaleras de mi lugar de trabajo. No hay nadie. Solo salas cerradas y un pasillo oscuro.

Me siento en un escalón y me aseguro de que no haya nadie cerca antes de llamar al *4141.

Escucho la grabación. Luego una voz responde y me pregunta en qué puede ayudarme.

No me reconozco.

Permanezco en silencio mientras ella insiste con calma. Me pregunta si necesito ayuda, si estoy bien, si hay alguien conmigo.

La llamada dura diecisiete segundos. Diecisiete segundos en los que soy incapaz de pronunciar una sola palabra.

Cuando cuelgo, me quedo mirando el teléfono. Había llamado para pedir ayuda, pero ni siquiera fui capaz de decirlo.

*

Fracaso constantemente en mi intento de no escribir sobre L. No puedo. Simplemente no puedo escribir sobre otra cosa. Tengo, necesito, de alguna manera, despedirme de ella, y no sé cómo hacerlo de otra forma que no sea escribiendo.

Anoche fui a verla con la excusa de que se le había quedado el guatero en mi casa. Seguía sin luz y pensé —o eso le dije— que podía darle frío por la noche.

—Gracias —dijo.

Se veía tranquila, recién despertando.

—¿Quieres pasar?

Nos quedamos conversando en el living de su departamento, a oscuras. Me contó que el conserje que la había estado acosando se suicidó. Parecía preocupada, aunque también aliviada.

—Quizás ya no voy a recibir multas y quizás vuelvan a darme la luz —dijo.

Le pasé mi celular para que pudiera llamar a su abuela. Mientras hablaba, entré a la pieza de los gatos. Ahí estaba Pandita, sin la dona y sin el chaleco.

—Aquí es otro gato —dijo L. cuando volvió—. Es el líder de los panditas. El que pide la comida por la mañana. El que me despierta para que les limpie el arenero.

Miró a Pandita y se rió.

—Se sacó todo para que lo respetaran.

Observé a los nueve gatos repartidos por la pieza. Todos parecían cumplir una función dentro de esa pequeña comunidad. Se acercaban de a poco, curiosos, cariñosos. Todos tenían algo de Pandita.

Por un momento pensé que L. ya tenía una familia. Una familia completa. Y que tal vez yo no era necesario allí.

—¿Puedo quedarme esta noche? —le pregunté.

Quería pertenecer, aunque fuera por unas horas, a ese hogar.

Dormimos juntos, como tantas veces. Esta vez sin siquiera tocarnos, sin besarnos.

Antes de ir a verla había estado releyendo Formas de volver a casa. Subrayé un fragmento en que el narrador le muestra a su exesposa la novela que ha escrito sobre ella. Ella le dice que habría preferido que esa historia no la contara nadie. Cuando él intenta defenderse diciendo que solo tomó algunas imágenes y recuerdos compartidos, ella responde: «Dejaste algunos billetes en la bodega, pero igual robaste el banco».

Pensé en esa frase mientras intentaba dormir.

Pensé en qué diría L. si leyera todo esto.

Ya de madrugada sentimos unos pasos sobre la cama. Era Pandita. Caminó lentamente entre los dos y se acostó en medio, como si estuviera tomando una decisión de estar entre nosotros, de quedarse con nosotros, con su cuerpo pegado a nuestros cuerpos, como si fuera nuestro.

—Nunca hace eso —dijo L.—. Siempre duerme con los otros gatos.

No sé si lo dijo para hacerme sentir especial, pero le creí, o quise creerle.

Mientras abrazaba a Pandita, quise decirle algo a L.

Te extrañaba.

Te extraño mucho.

Te echo mucho de menos.

Pero me quedé callado y le pregunté si podíamos dormir abrazados los tres.

Al día siguiente ya no está.

*

Al salir del departamento de L., temprano por la mañana, voy directo a clases. Tengo un 28 % de asistencia cuando el semestre ya está casi terminando. Me siento al final de la sala y me quedo en silencio, mirando la pared, sin escuchar nada de lo que explica la profesora. Mi mejor amigo de la universidad llega tarde y se sienta a mi lado. No tengo que decirle nada. Él ya entiende todo. Apoyo la cabeza en su hombro y me acaricia el pelo.

En el metro le envío un audio a mi psiquiatra.

—No doy más —le digo—. No doy más. Lloro en clases, en el trabajo.

Me da veintiún días de licencia por duelo y depresión severa, con incapacidad para trabajar. Nunca antes había dejado de trabajar. Solo recuerdo una licencia médica por un lumbago que me dio mientras levantaba una pila de cajas y que me dejó sin poder caminar durante un fin de semana entero. Las licencias por salud mental las había usado para no rendir alguna prueba o aplazar entregas en la universidad, pero nunca en el trabajo.

Ya no puedo más.

Vuelvo a la casa de mi papá para pasar estos días sin Pandita. No soy capaz de hacer nada más que llorar hasta que los somníferos hacen efecto. Despierto a medianoche después de una pesadilla con Pandita. Me invade la angustia al creer que no le he dejado comida ni agua.

Mientras hago scroll en Instagram, la escritora Javiera Tapia me envía la publicación de un gatito que encontraron debajo de un auto en Quilicura.

Voy a buscarlo al día siguiente con una mochila transportadora que me presta mi mamá.

Cuando llego, dos niños lo sostienen en brazos, uno más triste que el otro. Siento que ya se encariñaron con él. Y cómo no, si es el gato más lindo y más tierno que he visto en mi vida.

Tiene tres meses. Es blanco con naranjo, muy peludo y diminuto.

El niño que lo sostiene me lo entrega en silencio, con una expresión de pena que por un momento me hace pensar en no llevármelo. Pero ellos ya tienen sus propios gatos y no pueden quedarse con él.

Caminamos un poco y, cuando llegamos a un parque, lo saco de la mochila para acariciarlo. Se queda completamente tranquilo mientras lo sostengo contra mi pecho.

Después nos subimos al metro.

No es el peso de Simón dentro de la mochila lo que me cansa, sino todo lo que significa llevarlo conmigo. La gente se acerca una y otra vez para saludarlo y hacer siempre las mismas preguntas: ¿Cómo se llama? ¿Cuántos meses tiene? ¿Es macho o hembra?

Lo único que quiero es que dejen de acercarse. Que se alejen de mi gato. Que se alejen de mí.

Sí, se llama Simón.

Un amigo me pregunta cuánto va a pasar antes de que empiece a decir que se llama así por Simone de Beauvoir.

—No —le respondo—. Es por Simone Weil.

Pero tampoco es por Simone Weil.

Se llama Simón porque es mi gran varón. Mi Simoncito.

Le saco un montón de fotos.

Cuando subo una de ellas, una amiga responde que es hermoso.

Me molesta un poco.

No ella.

Con Simón.

En la casa hay un rascador esperándolo. Apenas lo ve, se sube hasta arriba y empieza a jugar con el ratón que cuelga, pero luego se aburre y comienza a jugar con una bolsa que había guardado para sacar la caca de Pandita. Simón es un gato muy curioso. Recorre toda la casa mientras yo me quedo acostado en la cama, mirándolo.

Pienso en Pandita. Pienso en la culpa de sentir que alguien podría creer que Simón lo reemplaza.

Pero no.

Simón no es un reemplazo.

Es mi gato.

Mientras leo, pienso en Diario de Koro, de Gastón Carrasco. Estamos los dos solos, Simón y yo, como Gastón con Koro:

«Somos una familia de a dos».

Simón me mira y maúlla. Después se sube a mi pecho y se queda conmigo hasta que termino de leer.

Ahora tengo un gato.

***

Línea de ayuda Chile

Si tú o alguien que conozcas necesita ayuda, comunícate con:

– Línea *4141, para personas en crisis de salud mental relacionado al suicidio. Atención 24 horas, todos los días

– Fundación José Galasso. Salud mental en educación superior en Instagram @fundacionjosegalasso

– Fundación José Ignacio. En www.fundacionjoseignacio.org grupo de apoyo de supervivientes

– Fundación Todo Mejora para niñxs y adolescentes de diversidad y disidencia sexual en Instagram @todomejora

– Fundación Míranos para la prevención en la tercera edad en Instagram @fmiranos

– Fundación Katy Summer. Prevención del suicidio adolescente y lucha contra el bullying, en Instagram @fsummercl y en su página www.fsummer.org 

– Centro EM. Atención psicológica y horas disponibles en Instagram @centroem.cl 

– Fundación Círculo Polar. Agrupación de pacientes con trastorno bipolar y sus familiares en Instagram @circulopolarong

– Clínica de duelo. Grupos de apoyo en distintos duelos en Instagram @clinicaduelo y en su página www.clinicadeduelo.cl

– Gaby Diéguez Gioia. Talleres y charlas gratuitas de duelo en Instagram @gabydieguez_ps y en www.gabrieladieguez.com 

ARTÍCULOS RELACIONADOS