Ahora tengo un gato

Primeros fragmentos
¿Qué somos, Apollo y yo, sino dos soledades que se protegen, se tocan mutuamente y se saludan?
Sigrid Nunez, El amigo
No escribo sobre L. porque ella me lo pidió. Sin embargo, hablar de Pandita es mi forma de escribir sobre L. Cada vez que digo amo a Pandita, implícitamente digo que la amo.
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A veces me pregunto si quiero a Pandita por ser Pandita o porque proviene de L. Pero siempre termino llegando a la misma conclusión: lo quiero por ser él. Si no fuera de L., quizá lo querría igual o incluso más. Lo querría sin explicaciones, sin vínculos previos, sin una historia que justificara el cariño. Lo querría por la simple razón de no tener ninguna razón.
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Jamila tocó mi puerta para pedirme una ezopiclona. Tomé a Pandita en brazos para que no se escapara y se lo mostré. Ella se acercó para acariciarlo, pero Pandita la rechazó de inmediato: lanzó un latigazo con sus garras, se soltó de mis manos y corrió a esconderse en un rincón de la pieza. No sé por qué, pero verlo hacer eso me produjo una extraña satisfacción.
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Por la noche, una amiga vino a verme al trabajo junto a un amigo. Conversamos un poco antes de que me invitara a tomar una cerveza.
—No puedo —le dije—. Estoy cuidando un gato.
No era cierto. Sí podía. Lo que ocurría era que no quería. Quería volver a casa. Quería abrir la puerta y encontrarme con alguien esperándome. Hacía mucho tiempo que no experimentaba esa sensación, y descubrí que la extrañaba más de lo que imaginaba.
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—¿Te gustan los gatos? —me preguntaron.
—Me gusta Pandita —respondí.
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Ambos sabemos que esto es momentáneo. Que algún día tendrá que volver a su casa. Que no es mi gato. Que, tarde o temprano, voy a tener que devolverlo.
Intento no encariñarme demasiado, pero no es posible. Cada vez que pienso en ello recuerdo una frase que escribió Nobuyoshi Araki sobre su gata Chiro:
«Siempre que hacía fotos en la terraza, Chiro aparecía entre mis piernas. Gracias a su presencia, la terraza se convirtió en un paraíso privado para mí. Cuando me duchaba, me bastaba con abrir la puerta y llamar a Chiro muy bajito. Enseguida aparecía. Esperaba a que terminara de ducharme, luego se metía en la bañera y daba unos lametazos. Pero ya no está. Todavía sigo llamándola con la esperanza de que aparezca».
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La Navidad del año pasado la pasamos en la casa de mi mamá, que no dejó de exponer mi adolescencia rebelde. Mientras bebíamos cola de mono, dijo que antes de salir del colegio andaba todo el día curao, que quería ser alcohólico y vago, como Bukowski.
Pero a Bukowski le gustaban los gatos, dijo L., sonriéndome.
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Escitalopram durante el día, clotiazepam por las noches y un gato durmiendo a mis pies. No sé cuál de las tres cosas me ayudó más, pero así empecé a salir de la depresión.
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En realidad, son más medicamentos. Mi mochila parece un botiquín especializado en salud mental.
Ciclobenzaprina, quetiapina, champú médico anticaspa, extractos de ansiolíticos naturales y dosis dobles de clotiazepam, escitaloprám y ezopiclona.
Hubo una semana en que tuve que ir todos los días a la misma farmacia.
—¿Se siente muy mal? —me preguntó una vez la química farmacéutica mientras me entregaba las cajas.
Tenía razón.
Desde entonces distribuyo mis compras entre distintas farmacias.
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Se suele decir que el mundo literario y académico es endogámico. Muchas de las personas que lo habitan terminan relacionándose casi exclusivamente entre sí: sus amistades, sus parejas y sus conversaciones suelen surgir del mismo círculo.
Una de las razones por las que quiero tanto a L. y por las que es tan importante para mí es porque no pertenece a ese mundo. Está completamente alejada de la literatura y de la academia. Su mirada viene de otro lugar. Y, además de todo eso, es la persona que mejor me cae.
*
Pandita y yo llegamos el mismo día a la vida de L.
Recuerdo que la invité a salir. Fuimos al cine a ver una película en el Centro Arte Alameda cuyo nombre ya no recuerdo bien. Era un documental sobre un director portugués que viajaba por el mundo. A L. le gustó. A mí no. Pero después, cuando la fui conociendo mejor, entendí que a L. le gustaban casi todas las películas. O, al menos, siempre hacía el esfuerzo por entretenerse o por comprender lo que el director intentaba transmitir.
Ya de noche, caminamos hasta su casa.
—Me encantaría seguir hablando contigo —me dijo—, pero me van a dejar un gato.
Era finales de marzo del año pasado cuando Pandita y yo llegamos a la vida de L.
Pandita llegó a la mía hace apenas unas semanas. L. no tenía luz en su departamento y hacía frío en pleno invierno. Me preguntó si podía quedarse conmigo junto a Pandita, porque no podía dejarlo solo. Le dije que sí, por supuesto.
Llegó con su caja de transporte, sus platos, la comida, la arena y todo lo que necesitaba. Pandita comió un poco y después se subió a la cama. Empezó a darme cabezazos y a hacer prrrr. L. abrió los ojos, prácticamente emocionada, y gritó:
—¡Te aceptó de una!
Al día siguiente L. se fue. Pero antes de irse me preguntó si Pandita podía quedarse conmigo unos días más.
Nunca he tenido mascotas. Nunca había tenido un gato. Y, sin embargo, no dudé ni un segundo en decir que sí.
*
Pandita es el gato más tierno que he conocido. Cuando me ve, se me abalanza para que lo tome en brazos. Lo cargo y puede quedarse ahí durante horas. Luego me canso y me siento frente al escritorio. Entonces él vuelve, se sube a mi regazo y se acomoda como si ese fuera su lugar.
Una de las razones por las que se quedó conmigo es que es muy ansioso. Cuando pasa la noche solo, se rasca compulsivamente el cuello. Por eso tuve que comprarle una dona para protegerle la herida. Al principio se la sacaba, pero terminó acostumbrándose y ahora la lleva puesta casi todo el tiempo.
Un día fui con mi papá al supermercado. Como siempre, terminamos paseando por mi sección favorita: la tienda de mascotas. Entre pelotas, rascadores y juguetes para gatos, encontramos una pequeña capita celeste con dibujos de pandas. Es para él, pensé de inmediato.
Pandita sufre de estrés y de todo lo que eso implica. Aun así, es el gato más cariñoso que conozco. A veces despierto con su cara pegada a la mía. Otras veces se sube a mi pecho para que lo acaricie mientras ronronea.
A mí siempre me gustaron los gatos, pero los gatos de los demás. En las distintas casas donde he vivido había gatos que se acercaban a dormir a mis pies, y eso me bastaba. Nunca quise tener uno propio. Me mudo con frecuencia, me gusta viajar y no quería sentirme atado a nada.
Sin embargo, acepté quedarme con Pandita. Pero acepté tenerlo porque echaba de menos a L. Pandita se parece tanto a ella que, mientras lo veía dormir o buscaba mis brazos, tenía la sensación de que una parte de L. seguía habitando mi casa.
*
San Felipe siempre me deja una sensación extraña al regreso. Pienso en los amigos de la infancia, en las canchas de baby fútbol vacías, en las caminatas nocturnas cuando todavía parecía posible recorrer la ciudad completa a pie.
Pero no son esos recuerdos los que me acompañan de vuelta.
Es mi papá.
La imagen de él quedándose solo en una casa demasiado grande para una sola persona.
La casa era pequeña cuando llegamos. Después vinieron las ampliaciones: sacaron la cocina, construyeron un segundo piso y el patio fue cediendo terreno hasta convertirse en un espacio apenas suficiente. Lo justo para que mi papá salga por las mañanas a sentarse en una silla de playa, tomar café cargado, fumar un cigarro y comer lo que encuentre.
A veces me pregunto para quién agrandaron tanto esa casa. Con los años todos nos fuimos menos mi papá. La casa creció mientras la familia se encogía.
—Siento nostalgia de alejarme de mi papá cada vez que viajo —le digo a L.
—Entonces vamos a verlo —dice ella, descansando sobre la cama, tranquila.
No esperaba esa respuesta.
Escucharla me devolvió, por un momento, a una versión más joven de nosotros. A ese tiempo en que bastaba decir «vamos» para que las cosas ocurrieran. A ese tiempo en que todavía imaginábamos el futuro como un lugar al que llegaríamos juntos.
*




Leemos poemas en sueco sentados en el borde de una cama de exhibición en el IKEA. Los pronunciamos como podemos, siguiendo la fonética que el español nos permite inventar. No entendemos nada. Es un libro de aforismos con citas de escritores y filósofos, y hay que adivinar de quién son.
Yo le leo frases de Séneca, Freud y Ana Frank, dándole tres alternativas cada vez. L. acierta las tres. Después ella lee tres poemas y yo tengo que adivinar el título. También me da tres opciones. Fallo en las tres.
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Ella nunca entiende que elegir las albóndigas veganas con verduras y arroz es un acto de amor: lo hago para que pueda sacar comida de mi plato.
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Mientras vapeo escondido en el baño porque a L. no le gusta que lo haga, pienso en mi mamá, que decía que no fumaba, aunque yo encontrara colillas de cigarro flotando en el water.
*
«Siento la casa vacía. Necesito un 😼 jajaja», me escribe mi papá.
Me hizo gracia el «jajaja». Como si todavía le diera vergüenza admitir cuánto había llegado a querer a Pandita.
*
L. rescató a Pandita de una señora que trabajaba en el edificio donde ella vivía antes. Fue uno de los muchos gatos que recibió de sus manos. A los pocos días decidió darlo en adopción a dos chicos. Ellos, sin embargo, se lo devolvieron al poco tiempo.
—Habla mucho por las noches —le dijeron.
Y tenían razón.
Durante el día, cuando yo despierto, Pandita empieza a dormir. Me rechaza con cierta indiferencia, se sube al clóset y cierra los ojos. Pero cuando cae la noche, despierta. Entonces comienza a maullar.
No sé exactamente por qué lo hace. Le limpio la caja de arena, le dejo comida y agua, pero aun así se queda junto a la puerta, como si quisiera salir a recorrer el mundo. Lo tomo en brazos y, por un momento, se queda en silencio.
Hace unos días, un chico de la casa reclamó por el ruido en el grupo de WhatsApp. Se refirió a él simplemente como «el gato». Eso me molestó más de lo que debería haberme molestado. Para mí ya no es «el gato». Es Pandita.
*
Hay una frase de L. que me hizo sentir muy conmovido. En realidad, no fue la frase en sí, sino una sola palabra.
Le había enviado un video de Pandita. Estaba sobre el clóset y luego bajaba para acercarse a mí y pedir caricias en la cabeza.
—Se nota feliz nuestro Pandita —me escribió.
La palabra que me conmovió fue «nuestro».
*
Pandita todas las noches comienza a maullar y me despierta, excepto cuando tomo el doble de la dosis de ezopiclona que me recomendó mi terapeuta. Maúlla y se queda pegado a la puerta para que se la abra. Parece que quisiera salir a la acción, a alguna aventura salvaje.
Cuando ha logrado escapar, corre hacia el patio, donde hay árboles y ramas. Avanza unos metros y luego se detiene para mirarme, como si me dijera: «Papi, me perdí». Entonces vuelve corriendo a la habitación.
Otra vez lo saqué al jardín en una mochila, llevándolo sobre mi pecho. Caminamos menos de cinco minutos hasta que pasó el camión de la basura. Se asustó de una manera visceral. Se soltó y salió corriendo de vuelta a la pieza.
Fue así como entendí que Pandita lo pasó mal durante sus primeros años. Recibió golpes, lo echaron de su antigua casa e incluso lo amenazaron con perdigones. Por eso me sorprende tanto que sea un gato tan cariñoso.
El trabajo de L. tuvo que haber sido milagroso.
Cuidar a Pandita es una forma de seguir cuidando a L.
*
Leí una publicación sobre lo beneficiosa que es la escritura para superar la depresión. El encabezado afirmaba que lo principal para recuperarse no era la terapia ni el paso del tiempo, sino escribir. Según el artículo, esa era la mejor manera de sobreponerse a un trauma, incluso sin una red de apoyo.
Hay demasiados escritores suicidas, pensé, para que eso sea verdad.
*
Se me vino una idea estúpida a la cabeza:
Pandita está castrado y a veces me pregunto por qué no nos castran a nosotros al nacer.
Hay demasiados niños no deseados y demasiadas personas persiguiendo a quienes no quieren estar con ellas.
Los gatos castrados pelean menos.
Deambulan menos.
No pasan las noches enteras buscando hembras que no los quieren.
Quizás los veterinarios saben algo que nosotros no.
*
Para la tercera sesión de terapia iba con la intención de hablar sobre L. Durante la semana me habían dejado una tarea: construir una línea de tiempo de mi vida.
He escrito cientos de páginas sobre mi autobiografía, pero condensar casi treinta años en unas pocas hojas me parecía imposible. Así que opté por otra cosa. Anoté recuerdos sueltos, a la manera de los Me acuerdo de Joe Brainard.
Solo alcancé a llegar hasta mi primer día de clases. Eran recuerdos felices: anécdotas con mi papá, películas animadas, picaduras de abeja, comer manjar directamente del tarro sobre la cama.
—Ahora cuéntame algo que te haya dolido —me dijo la psicóloga.
Pensé en mi mamá. Pensé en algunos traumas de la infancia. Pensé en cosas que rara vez menciono.
Con la voz quebrada, descubrí algo inesperado.
—Es más fácil hablar de L. —le dije.
*
Mi papá me escribe:
—Adopté un gatito. Llenan espacio, hacen compañía.
Pienso en Pandita. Pienso en el mensaje que me había enviado días antes diciendo que sentía la casa vacía.
Me alegra la noticia.
Entonces llega la foto.
No era un gato.
Era una botella de vino Gato Negro.
*
L. se está yendo constantemente de mi vida, y eso me destroza. Tener a Pandita conmigo es, de alguna manera, volver a tener a L. cerca.
Me escribe para saber cómo está. Me pregunta si necesito arena. Me llama por las noches. Yo le cuento que ya no tiene heridas en el cuello. Le envío fotos. Le explico que encontró un rincón en el clóset y que ahora considera ese lugar como suyo. Le muestro el nuevo rascador que compré por internet.
A través de Pandita seguimos hablando.
No estoy preparado para dejarlo ir. Pero tampoco estoy preparado para perder lo que viene con él. Porque cuando Pandita se vaya, también desaparecerá ese motivo cotidiano para escribirnos, llamarnos o preguntarnos cómo estamos.
***
Línea de ayuda Chile
Si tú o alguien que conozcas necesita ayuda, comunícate con:
– Línea *4141, para personas en crisis de salud mental relacionado al suicidio. Atención 24 horas, todos los días
– Fundación José Galasso. Salud mental en educación superior en Instagram @fundacionjosegalasso
– Fundación José Ignacio. En www.fundacionjoseignacio.org grupo de apoyo de supervivientes
– Fundación Todo Mejora para niñxs y adolescentes de diversidad y disidencia sexual en Instagram @todomejora
– Fundación Míranos para la prevención en la tercera edad en Instagram @fmiranos
– Fundación Katy Summer. Prevención del suicidio adolescente y lucha contra el bullying, en Instagram @fsummercl y en su página www.fsummer.org
– Centro EM. Atención psicológica y horas disponibles en Instagram @centroem.cl
– Fundación Círculo Polar. Agrupación de pacientes con trastorno bipolar y sus familiares en Instagram @circulopolarong
– Clínica de duelo. Grupos de apoyo en distintos duelos en Instagram @clinicaduelo y en su página www.clinicadeduelo.cl
– Gaby Diéguez Gioia. Talleres y charlas gratuitas de duelo en Instagram @gabydieguez_ps y en www.gabrieladieguez.com




