Pilar Asuero, autora: “Escribir Las Cabras era un ejercicio consciente de volver a mi lenguaje”

agosto 02, 2026
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La autora de Las cabras (Editorial Altamarea, 2025) vive desde 2020 en España, un territorio con el cual sintió de inmediato un magnetismo. Su libro cuenta la historia de tres amigas que transitan hacia esa adultez líquida que caracteriza esta época. En esta entrevista habla sobre la amistad, sobre la literatura luminosa, sobre verse a obligada a dejar atrás el español chileno y sobre elegir la escritura de esta novela como una manera de volver a él.

Pilar Asuero, a seis horas de diferencia con su país natal, Chile, está del otro lado de la pantalla de la reunión de Zoom. Nacida en Santiago de Chile, es escritora, editora y cofundadora del proyecto de difusión literaria «La Elocuente». Cursó el Máster de Escritura Creativa en la Universidad Complutense y el Máster de Edición en la Universidad Autónoma de Madrid. Fue residente de la promoción XXII de la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores. Esta entrevista se da tras el boom de su novela Las Cabras, un coming-of-age que sirve como cruce entre Chile y España.

–Naciste en Santiago, pero actualmente resides en Madrid. ¿Qué te llevó primero a migrar y cómo ha sido la experiencia de migrar hacia ese país en particular?

–Fue un poco como la típica crisis que tienes cuando sales de la U y no sabes qué hacer con tu vida. Cuando me metí a la U tenía muy claro lo que quería hacer, que era dedicarme a la pedagogía, pero en el camino me di cuenta que no tenía la vocación. 

Entonces, no sabía bien qué hacer y quise probar venir a estudiar un máster de escritura creativa aquí. Y dije «ya, me vengo un año y pruebo qué onda». O sea, la idea era venir a estudiar el máster, poner en orden las ideas de mi cabeza y ya devolverme. Pero al final me quedó gustando Madrid, la verdad. Migré en un año más o menos pandémico, a finales del 2020. Y no sé qué fue lo magnético. Creo que también conocí por primera vez a gente que le interesaba escribir, crear.

Entonces, al final fue lo que me animó a quedarme. Empecé a trabajar, estudiando a la vez otro máster más, porque al final el de escritura creativa no me abrió muchas puertas laborales. Pero empecé a trabajar en una librería y a estudiar un máster de edición a la vez. 

Después de esos años estuve trabajando en librerías, sobre todo, hasta el momento en que me dieron una beca de creación en la Fundación Antonio Gala, que queda en Córdoba, España. Es una beca que te mantiene, te da un espacio para vivir, te da comida, te da tiempo de calidad, digamos. Y ahí estuve ocho meses en Córdoba escribiendo Las Cabras, que ya la había empezado a escribir, pero ahí fue donde pude aterrizarla mejor. 

–Sí, te iba a preguntar del proceso de escritura. Antes de hacer una pequeña mención a lo que dices, me gustó mucho que tu llegada a España estaba llena de cosas magnéticas. Me gustó mucho el uso de esa palabra. Y te quería preguntar si tu relación con la escritura es magnética.

–Yo creo que al final quien escribe siempre es como una polilla buscando el foco de luz. Es algo que aunque estés en una temporada de mucha pega o de muchas cosas, siempre está rondándote la cabeza. A mí me pasa que si estoy muy llena de cosas, al menos de vez en cuando escribo un diario. Yo no suelo escribir poesía porque creo que no se me da bien, pero estos últimos meses que he estado con muchas actividades de diferentes cosas, y con la promoción de la novela también, empecé a leer poesía porque es más fragmentaria, te permite leer más tranquilamente en el metro, tienes un ratito corto y te lees un poema. Y he empezado también a intentar escribir poemas y me ha gustado. Como esta cosa de mantenerme escribiendo a pesar de quizá no estar teniendo ni tiempo ni espacio físico.

Las cabras es tu primera novela. 

–Sí. 

–¿Es la primera novela que has escrito o es la primera novela publicada? 

–Antes escribí una novela muy breve, pero fue un poco ensayo y error, o sea, fue el primer experimento en el que me senté a escribir algo más largo, algo más largo con vocación literaria.

Me funcionó como prueba y error, probar mi estilo, ir encontrando mi voz, ese lugar en la escritura donde me sentía cómoda y donde la sentía un espacio para jugar, no algo que me encarcelara ni que me frustrara, a pesar de que muchas veces en el proceso uno tiene que pelearse con la página en blanco, como dicen, ¿no? Y también escribí muchos relatos sueltos, gané una mención honrosa hace un par de años, con un relato que se llama Fermentación, pero sí, Las Cabras es el primer proyecto más largo y el que me hacía más sentido también publicar, yo creo. 

–¿Cuáles fueron tus influencias para esta escritura? Particularmente, ¿cuál fue el gatillante para comenzar esta novela?

–A mí Alejandro Zambra siempre me ha gustado mucho, en esa época me acuerdo que estaba leyendo Formas de volver a casa, también unos cuentos que tiene, Mis documentos, y también me acuerdo que leí el de Andrea Abreu, Panza de burro, en esa época, y no fue tanto por la oralidad, porque creo que en Latinoamérica ya tenemos muchos escritores que juegan con eso, ¿no? Pero fue un poco esta cosa de que no le daba miedo ser contemporánea, no le daba miedo poner referencias urbanas, de reggaetón, no le parecía que eso iba a atentar contra su obra, contra el artefacto literario, ¿no? Y eso me gustó, yo dije «sí, es que es verdad que en esas cositas más pequeñas o más mainstream se pueden encontrar unos puntos de literatura muy bacanes». Y obvio, puntos de conexión.

–¿Cómo ha sido el recibimiento de tu novela? 

–Muy bueno, la verdad. En Chile se ve menos, porque como no hay nadie de la editorial allá, cuesta más saber cómo se está moviendo, pero en España se está moviendo muy bien. Ya va por la sexta edición. La feria la estoy viendo en casi todas las casetas, me escriben un montón de lectoras muy agradecidas por la novela y ahora, justo antes de conectarme, vi un mensaje súper bonito de una lectora que me decía que la novela le había ayudado a sentirse menos sola, a pensar su experiencia como algo que era más universal de lo que pensaba. Entonces, sí, se repiten ese tipo de mensajes, de haber considerado el libro como un abrazo, como un refugio. Y me emociona un montón, me gusta mucho. Y me llama también la atención porque yo siempre he sido de leer cosas muy oscuras, siempre he leído las típicas escritoras latinoamericanas de lo monstruoso, como Samantha Schweblin, Mariana Enríquez, Mónica Ojeda, Liliana Colanzi… Y cuando trabajaba en la librería y me preguntaban por alguna recomendación bonita o luminosa yo no tenía ni idea qué decir. Hace poco también una chica me escribió, que es amiga de una amiga, y me dijo ¿te acuerdas cuando trabajabas en la librería y no tenías nada luminoso que recomendar? Ahora podrías recomendar tu propia novela. Y sí, yo creo que un poco, sí.

Las Cabras también es una novela que puede ser considerada un coming of age. Las Cabras trata principalmente de amistad, de grupo de amigas, un tema que yo en verdad encuentro súper inexplorado en la literatura. Siento que falta mucho. Y me pregunto, ¿qué te llevó a elegir ese tema como tema central? 

–Creo que hay quizá más novelas, sobre todo, con protagonistas masculinos, digamos, que pasan desde una adolescencia a la adultez o de una niñez a una adolescencia, ¿no? Pero creo que hay pocos libros que exploran esta entre comillas “adolescencia tardía”. O sea, pareciera ser que a los 18 años uno tendría que tener la vida resuelta, pero es como que salís de la universidad y estái completamente perdido.

Y además, hoy pareciera que la juventud no tiene nada por sentado. O sea, ya el modelo tradicional de familia está desestructurado, que de cierta forma me parece algo positivo porque tú puedes elegir la propia formación familiar que desees. Pero sí que hace que el camino que antes estaba establecido —estudiar una carrera, trabajar, formar una familia, comprar una casa—,  hoy sea muy líquido, ¿no? Ahora sales de la carrera y todo el mundo está formado y cuesta un mundo encontrar trabajo. Muchos decidimos no tener hijos pero porque también a veces no se tiene la estabilidad económica para incursionar en la conformación de una familia. Comprarse una casa, por ejemplo, es algo fuera de mis planes, es imposible. Entonces, claro, se supone que tienes toda la vida por delante pero realmente no sabes para dónde tirar o para dónde ir porque ya no hay un camino claro y ya no hay ninguna meta palpable, digamos. Me interesaba incursionar sobre esa incertidumbre y sobre todo reflexionar sobre qué es lo que nos hace aterrizar y qué es lo que nos hace seguir avanzando cuando todo parece tan líquido. Y creo que en ese sentido las relaciones humanas y sobre todo las relaciones de amistad hacen mucho.

–Decías antes que leías más que nada libros oscuros, por denominarlo de alguna forma. ¿Cuál fue el cambio para que escribieras un libro luminoso? Porque tú me dices que está la adolescencia tardía, de lo oscuro que se ve el panorama para una persona que llega a esa edad, pero tu libro es una felicidad encapsulada, es muy lindo, es muy precioso, y tiene ese factor luminoso. ¿Cuál fue el cambio, el botoncito que hizo switch de off a on para que llegaras a escribir algo tan luminoso siendo tú alguien que lee cosas oscuras?

–Yo creo que al final ese libro se convirtió un poco en una carta de amor a lo que yo misma había dejado detrás. O sea, el libro está muy ficcionalizado, digamos, porque a mí lo que me interesaba era crear una novela y un artefacto literario, pero obviamente bebe de ese amor y ese cariño que le tengo a mis amigas de toda la vida, a mi país, a mi familia, un poco era meter una carta en una botella y lanzarla al océano para que les llegara a todos ellos también. Entonces yo creo que de ahí surgió esa luminosidad y también porque al migrar me di cuenta de que lo único que hacía aferrarme a este país y a esta ciudad no solo era ese magnetismo del que te hablaba al principio, porque al final también se diluye, sino que fue encontrar amigos. Ahí es donde chisporrotea esta luminosidad. 

–Sobre todo después del éxito de tu novela allá, ¿te sientes asentada en España?

–Sí, sí. O sea, tengo ya mi pega, mi pololo. Estoy, o sea, haciendo mi carrera aquí.

Obviamente me gustaría también que pudiera repercutir más en Chile. Me encantaría también que la novela se publicara en otros países de Latinoamérica porque, por ejemplo, me han escrito algunas lectoras mexicanas que lo han leído en ebook y que les ha gustado mucho. Entonces creo que es un libro que podría llegar a otros países de Latinoamérica y me encantaría, la verdad. 

–En tu novela tratas la migración, que es una cosa que quizá yo no esperaba cuando la leí, me fascinó de forma grata. La distancia con los seres queridos, buscarse en la vida, y ahí voy como por dos preguntas. La primera, ¿cuánto de autobiografía hay en ese texto? En ese tema. Es una pregunta que todos te van a hacer y todos ya te hicieron. 

–Sí, me la han hecho harto. A ver, obviamente bebe mucho de mí. Pero los hechos como tal, la trama en sí, está bastante ficcionalizada. Lo que me importaba en cada capítulo era enfrentarme a un juego, esa fue mi manera de poder sostener un texto tan largo. Para mí en cada capítulo me ponía algún reto. Era como: aquí voy a jugar con esta figura, aquí voy a intentar hacer un cierre circular, aquí voy a intentar hacer una metáfora con esto. Entonces es al final lo autobiográfico da un poco lo mismo porque si no me funcionaba la realidad, yo metía ficción en todo lo que podía. Por ejemplo, las mismas cabras de la novela obviamente beben mucho de mis amigas, de mis cabras reales, pero mis cabras reales son un grupo gigante y en este libro son solo tres porque es insostenible hacer una novela con tantas protagonistas.

–Una figura que me encantó es la madre migrante, que está omnipresente. Tengo la impresión de que en el relato era casi como una profecía, pero también una contratesis. Entonces, mi pregunta es muy específica respecto a ella. Más que a las cabras, me fascina la mamá. ¿Qué rol le das a la madre, esta madre emigrante en tu novela?

–Sí, la madre emigrante es eso tal cual, esta profecía que Cami no quiere que se cumpla. No puede evitar ver un espejo en ella. Empieza a ver los patrones. La madre emigró a los 23 años. Ella emigra a los 23 años. La madre está escapando de algo que no sabemos qué es. Cami está un poco escapando de sí misma. Entonces, la protagonista ve en su madre este amor absoluto que tiene y que siente también hacia ella, pero a la vez tiene esta contradicción y no quiere que su vida se parezca a ella por ningún motivo. Intenta alejarse de esa imagen y una vez que el libro empieza y sabemos que la Sofi está embarazada y la Sofi es una de las mejores amigas de Cami de la infancia, la Cami ve esa profecía más cerca, si la Sofi se queda embarazada a ella también le puede pasar. También cruzar por ese camino que parecía algo tan lejano. De repente está mucho más cerca. Pero a medida que avanza la novela, la Cami se va dando cuenta de que el problema no es la maternidad, sino no haber tenido una red de apoyo que la sostuviera y que le ayudara en la crianza, digamos. Y la Sofi tal vez no tendría por qué pasar por eso porque tiene a sus amigas, a sus cabras. Entonces la protagonista se reconcilia con esa idea y se da cuenta de que su madre es un personaje mucho más complejo y no es el personaje de madre solamente.

 –¿Y qué ve Cami en los demás personajes?

–Creo que Cami, sobre todo en el último capítulo de la primera parte, la cena de navidad que realmente es una pesadilla, ve en los demás sus propios miedos. Refleja mucho sus propias angustias y un poco también lo que ella no quiere ser. Al ver al otro, nos vemos a nosotros mismos. 

–También la Cami tiene, digamos, este “padecimiento” que es hablar chileno en España, que debe ser un poco transformativo, y ahora tú estás viviendo este cambio: ¿ha sido muy abrupto el cambio entre países? ¿Cuál es tu relación con los idiomas?

–Incursionar en el tema idiomático me interesaba mucho porque nunca había sido consciente del matiz lingüístico que puede tener una forma de hablar dentro de lo que supuestamente es su mismo idioma, ¿no? En España se habla español, en Chile también, pero de repente te das cuenta que debes estar todo el rato explicándote, todo el rato tienes que estar buscando la manera en que te entiendan, e incluso en momentos tan íntimos está esa barrera lingüística que te impide que el vínculo se vaya desarrollando de forma natural. Es una lata estar en una conversación en que cada un segundo te digan “¿qué significa esto?” “pero no te entiendo” o los típicos “pero esto se dice así”. Y al final se termina sucumbiendo a usar palabras de acá. Uso muchas palabras de acá, pero no ha sido una decisión, digamos, consciente, es algo que a la medida que pasan los años simplemente sucede. Escribir Las Cabras era un ejercicio consciente de volver a mi lenguaje, volver a mi chileno, volver a mi visión de mundo y también reivindicarlo. A mí me gusta el chileno. Esta cosa de que “los chilenos hablamos mal”, no estoy a favor de eso. Yo creo que el chileno tiene mucha picardía, tiene mucho humor, tiene mucha literatura en las palabras que se utilizan, ¿no? Disfruté ese ejercicio consciente de ponerme a escribir y de incluso recordar algunas palabras que ya no estoy usando en mi día a día.

–¿Actualmente estás trabajando en otro proyecto? ¿Tienes algo en mente?

–Tengo una novela en mente, pero todavía llevo muy poquito. Estoy peleándome con mi agenda y con el FOMO (Fear of Missing Out, miedo a perderse algo). Todavía no sé decir que no, así que este es el reto para este nuevo año, ahora que termina la feria, aprender a decir que no y darme el tiempo para escribir esa novela.

AUTOR/A/ES
POR 
Sofía Troncoso
Escritora. Creció en la ciudad de Antofagasta. Licenciada en Artes y Humanidades en la Universidad Católica de Chile y Máster de Escritura Creativa en la Universidad Adolfo Ibáñez. En 2022 fue reconocida con el premio Roberto Bolaño por su novela Funerales (Trazos de Aves, 2023). También participó en la antología Mosaico (Trazos de Aves, 2024).
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