Los conceptos elementales de la disidencia sexual

agosto 03, 2026
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Editado de forma independiente, ¿Revolución o privilegio? Las disidencias sexuales entre la calle y el espejo, de Carlos Sánchez, pone en debate una lectura idiosincrática de los movimientos LGBTIA+ que esta recensión profundiza y sitúa en un marco reflexivo más amplio. Imagen de portada cortesía de Ignacio Bustamante (2012)

La “disidencia sexual” es una frase y también un cuchillo, metafóricamente hablando. Los activistas e investigadores la afilan con más frecuencia de lo que uno esperaría, se aferran a la hoja e insisten en su carácter inaprensible. No es identidad, no es diversidad, dicen; es una política, es una táctica, una militancia contracultural. En tanto, frente al odio de las mayorías, las multitudes prefieren tomar el cuchillo por el mango, empuñarlo y decir “soy legión”.

Actualmente se habla de la disidencia sexual como una comunidad (las disidencias) o una política (que disiente de la cis-heteronorma), cuando no de una identidad (que suele asignarse desde la tercera letra de la sigla LGBT en adelante). En universidades suele identificarse disidencia sexual con queer, siendo cuir o kuir sus variantes de avanzada, que vendrían a ocupar un lugar equivalente a lo femenino en la semiótica (como experimentación, vanguardia, goce, indefinición, multiplicidad, heterodoxia). De ahí la existencia de una facción de la academia queer dando vueltas en círculos y circulares, especulando si es más disidente escribir queer con “C” o con “K”.

“Cuir castellanizado se subleva”, aseguró Joaquín Allaría Mena en una ponencia titulada “Estéticas y políticas de la disidencia sexogenérica” en 2021. El investigador argentino planteó que “si queer se volvió una hegemonía identitaria, cuir rechaza desde un principio su fuerza de ocupación geopolítica”. La cuestión lingüística es fundamental, pues el signo es la arena de la lucha de clases después de todo, como aseguraba Voloshinov. Pero si desertamos del materialismo del filósofo soviético, el riesgo de enmarañarse abstractamente entre siglas, grafías, cursivas e injurias anglófonas reapropiadas es claro: una caja de resonancia autosuficiente o, peor aún, insignificante.

Una de las personas que han advertido el quiebre cada vez más pronunciado entre los intereses de los movimientos sociales y las agendas mediático-académicas dominantes fue Carlos Sánchez, dirigente sindical y activista de la diversidad sexual chilena, con la reciente publicación del libro ¿Revolución o privilegio?: las disidencias sexuales entre la calle y el espejo (2026). Lo afirmo sin temor a equivocarme: Carlos Sánchez ha publicado el texto teórico chileno sobre la disidencia sexual más arriesgado y comprometido (y, por lo tanto, más relevante) en lo que va de década. Sánchez da un golpe de cátedra a la intelectualidad queer, en gran medida abismada en el espejo de la escritura, presa del neobarroco antaño rebelde y hoy parametrizable, engolosinada con la insondable búsqueda de legitimidad disciplinar y casada por el poder académico. Sánchez, en cambio, propone un registro diferente, poco usual, que no se rinde, una escritura autopublicada que él mismo denomina un “ensayo político pedagógico sobre disidencias sexuales populares”.

Efectivamente hay un ensayo, en la medida que el texto pone a prueba incluso a quienes podrían ser sus lectores cómplices, habituados, eso sí, a otras formas de escritura de la disidencia sexual. Sin embargo, una precisión importante es que en términos estrictamente genéricos no estamos frente a un ensayo, sino frente a un manual. La premisa pedagógica es coherente con la estructuración de los capítulos: las luchas de las disidencias sexuales en Chile se han desmaterializado.

En consecuencia, el libro entrega herramientas para re-materializarlas a lo largo de nueve capítulos. A través de las formas del ensayo histórico, la exposición teórica y el análisis de coyuntura, Sánchez elabora “una genealogía de la emancipación sexual disidente en Chile”, que rescata una historia de resistencias y reflexiones. Los capítulos de cierre se centran en la coyuntura actual, mediante una lectura geopolítica de la disidencia sexual y la elaboración de un programa disidente. Este último es tal vez el ejercicio político-ficcional más valioso y original del volumen: la puesta en palabras de un lugar utópico “donde la multiplicidad deja de ser fragmento y se convierte en fuerza”.

Así, historia, teoría y programa son tres dimensiones claves para la re-materialización de lo que entendemos como la historia y las políticas de la disidencia sexual en Chile. El cambio de perspectiva es crucial: saca a la disidencia del ámbito de la buena conciencia individual, del fetiche teórico, de la certeza innata del ser-disidencia, y la sitúa en otro plano, en el de la formación, la conciencia histórica, la articulación colectiva y la afiliación a una cultura. De ningún modo esto implica que para ser un disidente sexual uno deba manejar un catálogo de libros. Si bien Sánchez elabora un texto escrito, concibe la teoría como “una herramienta crítica” posible para el sujeto de la disidencia sexual.

Si lo llevamos a los términos de Louis Althusser, podríamos aseverar que Sánchez distingue entre el “instinto de clase” y la “posición de clase” de las disidencias sexuales. Padecer la violencia estructural de manera despiadada entrega, en el plano de la experiencia cotidiana, un “instinto de clase”. Todos quienes se vean obligados a resistir para sobrevivir, por no contar con la respetabilidad de clase ni de género, serán más proclives a adquirir una “posición de clase”. Es decir, adquirir una práctica y una conciencia producto de la comprensión del lugar asignado por la sociedad.

Althusser, por supuesto, hablaba en términos de proletariado, pero la analogía es la misma: las disidencias sexuales, al experimentar la opresión y la resistencia, pueden sumar esta arma a su repertorio práctico y teórico; aquellos quienes materialmente podemos sortear en mayor o menor medida la violencia, en cambio, debemos ser revolucionados. ¿Cómo? Mediante una teoría revolucionaria, que es una leninesca y desviada vía a la que el autor nos invita.

“Este es, ante todo, un texto pedagógico”, plantea Sánchez, “el énfasis sostenido es una forma de resistir el borrado. Repetimos porque insistir es también una práctica política”. La recursividad en las frases y en la argumentación responde a una política de escritura autorreflexiva, que identifica una orfandad intelectual de quienes podrían ser sus lectores. En sus palabras, en el devenir del movimiento de las disidencias sexuales existe

una ausencia de un proceso sostenido de formación política e ideológica que otorgue herramientas para distinguir entre conquistas genuinas y trampas del sistema A diferencia de otros movimientos sociales que contaron con respaldo de partidos o escuelas de pensamiento.

Sánchez no reniega ni de la propedéutica ni de la alfabetización, pues las asume lúcidamente como formas de potencial contrahegemónico para abordar la coyuntura desde esta orfandad política. Las definiciones y taxonomías, de las que muchos intelectuales reniegan por considerarlas fascistas y falogocéntricas, están utilizadas para multiplicar los focos de discursos críticos articulados teórica y políticamente. Estas mismas posiciones –que identifican falazmente manualística con ortodoxia– conspiran con mantener intacto el modo de producción de discursos actualmente vigente; velan por el metalenguaje disciplinar por sobre el vocabulario común, por la teoría-por-la-teoría y no por su reconciliación con la práctica cotidiana, además de restringir el paso de las grandes mayorías del consumo a la producción de textos.

“La historia no se hereda, se construye”, invita Sánchez en su dedicatoria. El llamamiento no se agota en estas siete palabras, como tampoco la autorreflexividad se agota en la politización de la insistencia. Esta también se expresa en la politización del libro como artefacto. El texto propiamente tal es antecedido por dos prólogos: uno de Alexa Soto y otro de Juan Andrés Lagos. Las diferencias en sus escrituras son abismales, una profundamente situada desde el cuestionamiento al propio lugar de enunciación, que logra implicar teoría con biografía de una manera francamente envidiable; y otra con un afán más descriptivo y generalizante, que sitúa las ideas de Sánchez en un contexto político delimitado para darle la venia en una tradición de pensamiento de izquierda.

Carlos Sánchez. Imagen cortesía del autor

Mis apuntes como un cuadro intelectual sexo-disidente de poca monta

Historia, teoría y programa fueron las matrices que identifiqué en este libro. Extremando el procedimiento desviadamente comprometido, o comprometidamente desviado, volvamos a los tres pilares de la formación teórico-militante de nuestro manual de formación política por antonomasia. El objetivo será contribuir a discutir los conceptos elementales de la disidencia sexual desde esta metodología. Estos son: estudio teórico, aplicación creativa a la realidad concreta y el estudio de la coyuntura. Revolución o privilegio interpela desde la primera página al lector de teoría. En Los conceptos elementales del materialismo histórico (1969), Harnecker reconocía que era “necesario combatir el estudio que se hace frecuentemente del marxismo, no en función de las necesidades prácticas de la revolución, sino simplemente para adquirir un nuevo conocimiento”. La experiencia académica lo acredita, si bien teorías como la queer surgieron de movimientos sociales, su devenir histórico puede llegar a volverlas autónomas (una teoría de disidencias sexuales que no busca responder a las demandas sociales, sino a la oferta y demanda de disciplinas universitarias).

Marta Harnecker, Los conceptos elementales del materialismo histórico. México: Editorial Siglo XXI

Teoría. La propuesta teórica de Sánchez es el materialismo. Esta es una perspectiva necesaria para explicar lo que entendemos como disidencia sexual y para distinguirla de sus acepciones neoliberales que tenemos tan a flor de piel. En palabras de Sánchez, “el concepto de disidencia sexual se desplaza desde una confrontación exclusiva frente a la heteronorma hacia una confrontación plena contra el orden capitalista, clasista, machista y patriarcal”. Situarse desde el materialismo, entonces, implica concebir la sexualidad a partir de la existencia social real de las poblaciones LGBTQIA+, cruzada no solo por sus orientaciones sexuales ni sus identidades de género, sino por experiencias de clase, género, etnia.

La primacía de esta cultura neoliberal explica el fenómeno que motiva la escritura del libro, lo que Sánchez denomina la “desmaterialización de las luchas”. Esta desmaterialización consiste en “ese proceso en que la sexualidad se separa de las condiciones materiales de existencia”. La disidencia sexual pasa a ser comprendida exclusivamente como un asunto de libertad individual, de igualdad formal y del derecho a consumir. La desmaterialización conlleva, entonces, un abandono de otros frentes, aquellos en los que la disidencia sexual permite cuestionar las condiciones materiales de la vida en su totalidad: “la violencia patriarcal y la violencia económica son inseparables, y… la emancipación sexual no puede pensarse sin la emancipación material”, concluye el autor.

Aplicación. El hecho de que la historia de la homosexualidad en Chile suela ser enfocada como la historia de las conquistas legislativas del movimiento homosexual evidencia una subordinación a la historiografía liberal occidental. La historia homosexual, por tanto, sería concebida desde el ingreso al espacio público como movimiento civil articulado, su horizonte sería la reivindicación de una identidad y la obtención de derechos.

El autor perfila algo que desde la academia norteamericana han llamado una vía chilena a la disidencia sexual. Pero, a diferencia de aquellas perspectivas, esta historia cultural sexo-disidente le pertenece irrevocablemente a las comunidades que han sido sometidas a la precariedad. La disidencia sexual es indisociable de las prácticas de vida y resistencia de quienes son y han sido interpelados como disidentes a la normativa sexual: “La historia del movimiento de disidencias sexuales en Chile no puede escribirse sólo a partir de sus organizaciones políticas, sus documentos fundacionales o sus batallas legislativas”. El escenario artístico será uno de estos espacios que será rescatado mediante relatos y una cronología que reivindica hitos muchas veces despreciados, a pesar de ser antecedentes ineludibles de incidencia política, visibilidad y dignidad.

Un ejemplo claro de esta interpretación materialista de la historia de la emancipación sexual disidente en Chile es la despenalización parcial de la sodomía en 1999. Escribe Sánchez: “la tolerancia de las disidencias estuvo condicionada, también en Chile, por lógicas económicas. Los derechos de las disidencias sexuales han sido monedas de cambio antes que las conquistas autónomas del movimiento”. El autor reconoce el protagonismo de las luchas locales, pero nos recuerda factores muchas veces pasados por alto y que podrían tener incidencia política. En términos globales, la despenalización fue un requisito para que Chile participara de la economía globalizada y los acuerdos internacionales. De este modo, una historia de la disidencia sexual que podría parecer a primeras autónoma, local o independiente de la economía, estar profundamente cruzada por la economía y la geopolítica. Es decir, por los acomodos del capital.

Coyuntura. “La pregunta por la liberación sexual en Chile”, sostiene Sánchez, “se responde mirando de frente la estructura económica que sostiene la violencia”. Y no solo frente a la estructura más inmediata o local, sino en el marco de una geopolítica en la que existen hegemonías globales como la de Estados Unidos, que “configuran el terreno en el que se despliegan nuestras luchas”. Si lo “LGBT” se ha convertido en el canario en la mina de la democracia liberal se debe a un diseño importado. Su canto eclipsa otras degradaciones del progresismo en su descenso al autoritarismo. Por más que el canario cante este sigue enjaulado, y el oxígeno de una democracia no descansa solamente en el reconocimiento del “LGBT”. Los capítulos VIII y IX coronan sin duda el volumen con la incorporación de una crítica a la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de Estados Unidos y la escritura del Programa Disidente. Ambos, en su análisis de coyuntura, quitan con suavidad e inteligencia las anteojeras que nos limitan la visión periférica, para no distraernos ni con el imperialismo ni con el neoliberalismo mientras nos invitan a correr, como yeguas sueltas, por un carril asfaltado de rosa.

La teoría como aditivo

Con la misma obstinación con que la una regia de Grindr no fornica si no es a pelo ni con aditivos, deberíamos decir fuerte y claro que la teoría debe estar en el neceser de la disidencia sexual. Pero no una teoría abstracta ni impuesta desde un afuera, sino una arraigada en las prácticas culturales de las disidencias sexuales y suspicaz frente a cualquier coqueteo con el poder, sea este un hombre o una institución. Esta es precisamente la teoría que leo en Revolución o Privilegio. Nos recuerda que si hay algo más miserable que la cálida mano de un amante lo es la mano invisible del mercado.

Sin más devaneos ensayísticos, saludo con profundo respeto a esta escritura que asumió el riesgo fundamental de no complacer a las disciplinas universitarias ni abordar a los ya convencidos. No me aferro a la idea en abstracto del riesgo de este texto, que de por sí me parece excepcional, pues creo ya haber aprendido a desertar de las ilusiones con hombres de carne y hueso que no valieron ni la música ni las utopías compartidas.

A pesar de algunas inconsisencias menores que asaltan la lectura, el texto logra con creces su objetivo, pues entrega las herramientas para incorporar la perspectiva materialista en las prácticas cotidianas y en el conocimiento histórico y teórico. A ratos la política del énfasis puede encubrir repeticiones textuales, el esquema puede debilitar la precisión o, incluso, una afirmación puede generar controversia; como aquella que sugiere que Pedro Lemebel escribió en El Mercurio (tal como está señalado, amerita ser específicado, citado o sustentado bibliográfica o biográficamente).

De todos modos, la escritura de Sánchez no se rinde, en la doble acepción del término: asume una tarea vilipendiada y/o subestimada, como lo es la formación política; y no se subordina a la lógica de mercado, aquella que hace rendibles hasta los suspiros de nuestros intelectuales queer más connotados. Sánchez asume la escritura como riesgo, en tiempos en los que incluso el riesgo es capitalizado.

Digo “riesgo” para enfatizar una analogía; el neoliberalismo invierte en ciertos invertidos y en otros, lo sabemos de sobra, simplemente no. El léxico de las inversiones permite dar cuenta de cómo las escrituras sobre desacato sexual son colonizadas por la lógica de mercado; el “capital de riesgo” ha devenido “capital de disidencia”. Una disidencia bien invertida será admitida de manera entusiasta por la empresa, los invertidos siempre serán necesarios en pequeñas cantidades y seguramente devolverán la inversión. No creo en el iluminismo, la teoría no nos salvará mágicamente, e incluso la teoría conservadora o la teoría-por-la-teoría puede freírnos el cerebro al igual que Grindr, el porno y la metanfetamina. Cada hueco, cada hoyo, por más glorioso o miserable que sea, es una trinchera. ¿La teoría puede llegar a ser un aditivo? El placer precisa de una imaginación abierta e indisciplinada; este tipo de lectura teórica potencia el placer, compañeras mías, pues aporta algo de agudeza para saborear los desacatos y distinguirlos de lo que muchas veces tan solo es una ejemplar carnicería.

Registro del lanzamiento de ¿Revolución o privilegio?. Sede CUT. Imagen cortesía del autor
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