Algunas observaciones a la carrera sobre Realismo

Veo en estos cuentos de Ignacio Álvarez un modo narrativo en el que predomina el uso de la primera persona singular y muy personal, de género masculino (no es que no haya en el libro narraciones en tercera persona, las hay, por cierto, pero aun en ellas, entreverada, se cuela la primera y a veces, solo a veces, la primera femenina). Detrás de este método narrativo, tiendo a descubrir un sujeto que se persigue a sí mismo a través de su encuentro, de su hablar sobre e incluso de su contraste con unos “otros”, estos de diversa catadura, pero particularmente los que tienen una conexión estética, de ordinario literaria. En este sentido, quizás si la mejor pieza del volumen sea la de los talleristas [“Diccionario de autores chilenos noveles”] –creo que, con no mucho esfuerzo, pudo haber sido una pequeña y muy buena novela–, que indaga en las maneras de “llegar a ser” escritor.
Y hay aquí una desconfianza, muy justificada a mi juicio, en las intrigas artificiales. Los relatos que en estos tiempos entretienen por medio de una sobrevaloración de la intriga hay que ir a buscarlos en el cine, en la televisión o en las plataformas de internet. La literatura se ha dado cuenta de que esto es así, que el territorio de la entretención es una geografía perdida para ella, y los escritores que han entrado en la cancha literaria últimamente (digamos desde comienzos del milenio) renuncian por eso al enredo artificioso. Es lo que hacen los chilenos Costamagna, Bisama, Zambra y otros. Por lo general, confiando menos en la magnitud representativa del lenguaje y más en la expresiva o, lo que es lo mismo, poetizando el narrar. ¿Qué hace Álvarez?
Primero: observo que su apuesta es a la instalación de su foco escriturario sobre “la vida simplemente” (valga la expresión de Óscar Castro), quiero decir que Álvarez pone el ojo sobre el simple sucederse de los acontecimientos en el tiempo de la ciudad, más consecutiva que consecuencialmente, lo que supone una nivelación de lo importante con lo que no lo es, de lo nimio con lo que pudiera considerarse (a lo mejor) significativo. Esto se correlaciona con una suerte de bonhomía escéptico-irónica de los narradores, que toman los juicios de valor (los políticos, por ejemplo) con una cierta distancia, un temple de ánimo característico y en el que yo percibo un antifaz. No voy a demostrarlo, pero esta actitud me parece que es la más frecuente.
En segundo lugar, creo ver, también aquí, una apuesta al peso del lenguaje, es decir una apuesta al signo no como representación de, sino como un elemento que es válido en y por sí mismo. El resultado no es una prosa poetizante, sin embargo, como la que aparece en la literatura de los escritores semijóvenes que mencioné más arriba (u otros), sino una prosa con la que todavía se cuentan cosas, pero que sobre todo hace su carta de triunfo del regusto en el puro contar. Una prosa que culebrea, que es amistosa, cercana, atractiva, llegadora, a veces celebratoria, en otras gruñona (y también autogruñona), que nos seduce y que por eso sostiene estupendamente nuestra lectura de unos textos casi desnudos de intriga, en los que no importa o importa poco lo que se cuenta. En esto consiste el realismo de Realismo. O, mejor dicho, entre los muchos realismos que hay o ha habido en el planeta, este es el que Álvarez escoge.
Puede que el primer cuento del volumen, que debo advertir que no es el mejor, sea sin embargo el que contiene una alegoría medio cómica de todo cuanto acabo de explicar. Si fuera cierto, esa alegoría estaría dando cuenta del espíritu general del volumen. Es un relato dentro de otro relato, es teatro dentro del teatro, con un primer plano exterior, que habla de un encuentro de amigos viejos, que no se han visto en mucho tiempo, y un segundo plano interior, que pone en escena las aventuras de un apasionado de los portaminas, esto a través de la plataforma YouTube. O sea que sí, que en la imagen de YouTube encontramos la intriga, pero es una intriga banal (también algo ridícula), en tanto que en la imagen literaria nos topamos con la no intriga, con lo que es sustantivamente fome, y que sin embargo puede ser, es, lo que de veras importa.
Vuelvo al modo narrativo, es decir al predominio de la primera persona, muy personal y muy masculina casi siempre, para insistir en que el motivo clave de este libro es en mi opinión la búsqueda que un cierto sujeto hace de sí mismo en el trato que entabla con sus semejantes. Cualquiera sea la máscara, esta es la pose que se mantiene constante. Es el sujeto de marras, me atrevo a especular, uno que se sabe una cosa –su condición social clasemediera, su educación formal esmerada, su firme identidad genérica, su edad, su blancura étnica, etc.–, y que coquetea con otra, con aquello que es o que siente que es diferente a él –con el desclasamiento, sobre todo a través de su pertenencia al gremio de los literatos, me parece que estaría por sobre las clases sociales, con el saber espontáneo, con las identidades disparatadas o difusas, con la vejez, etc.–. Sabe este autor quién es, pero anda flirteando con eso otro que no es. Sobre este flirteo está instalada su literatura.

Realismo
Ignacio Álvarez
Laurel (2026)




