Aïcha Liviana Messina: “Si pierdo a la persona que amo, si la pierdo porque se va o porque fallece, me doy cuenta de que nunca fui dueño de nada”

Aïcha Liviana Messina (París, 1976) vive en Chile desde 2007. Estudió filosofía y actualmente es profesora en la Universidad Diego Portales. Desde hace años tenía el deseo de escribir un abecedario. La idea nació a partir de una palabra: alegría. ¿Qué significa realmente? ¿De qué manera se vincula el lenguaje con la alegría y con aquello que es capaz de producir?, se pregunta. Al intentar definirla, descubrió que las palabras no solo encierran significados, sino también experiencias. Como explica, el sentido de una palabra también está en aquello que nos sucede y que difícilmente podemos retener. «Escribir a partir de palabras es vivir una historia con ellas», confiesa.
Ninguna letra está sola recorre el alfabeto desde la A hasta la Z y luego emprende el camino de regreso. Esa estructura surgió en conversaciones con sus editores de Overol, Andrés Florit y Daniela Escobar. Sin embargo, no se trata de un abecedario temático, sino de un recorrido por el lenguaje mismo. «Una palabra es una ocasión de vivir una historia», afirma la autora.
Messina compara ese viaje de ida y vuelta con regresar al lugar de la infancia y descubrir que todo ha cambiado, que el espacio que alguna vez habitamos ya no es el mismo y que, probablemente, nosotros tampoco. «Por eso el recorrido de ida y vuelta y por eso la vuelta a la palabra alegría, que nunca fue origen, porque la alegría siempre se nos escapa», nos explica.
Las palabras que componen el libro, dice, no fueron elegidas por ella; más bien fueron ellas las que la eligieron. Algunas nacieron de sugerencias de quienes participaron en el proceso editorial: Álvaro Matus propuso «porvenir»; Daniela Escobar, «umbral»; y Andrés Florit, «ñoño» y «ñoquis».
Aunque el libro aborda temas como el amor, la política y la memoria, su origen también está marcado por una experiencia cotidiana. Durante la pandemia, mientras sus hijos aprendían el abecedario, la autora llenó la casa de afiches con letras. Eran, recuerda, «colorados, bonitos». Ese gesto la llevó a pensar que el lenguaje y el habla son, en sí mismos, un milagro. «Con ella enganchamos, nos vinculamos, nos lanzamos al mundo».
El amor ocupa un lugar importante en el libro, aunque no desde la búsqueda de respuestas definitivas. Más bien, Messina intenta abrir un espacio para habitar sus preguntas y contradicciones. «El amor también es algo que se va creando con gestos, sorpresa. Ningún sentimiento o disposición hacia un otro está dado. Hay que dejarse tocar para amar, pero esto es imposible. O puede ser imposible. A veces nos cerramos mucho a esta posibilidad. ¿Qué hace que dos manos se toquen, se aprieten, que de momento el amor irrige tanto que este pozo no se vaya a extinguir?».

Fernando Pérez Villalón dice que el libro funciona como una “antienciclopedia”. ¿Te gusta esa idea de un libro que no busca ordenar el conocimiento, sino abrir preguntas?
Sí, me gusta, y es interesante que Fernando Pérez Villalón aluda a esta vena “antienciclopédica” del libro porque él, Fernando Pérez Villalón, responde de los libros que lee sin clasificarlos, pero haciendo de la clasificación algo único, libre, creador.
En el libro aparece una preocupación por el lenguaje: cómo nos permite vincularnos, amar, herir o comprender. ¿Por qué era importante para ti escribir sobre las palabras mismas?
Es bella tu pregunta, gracias. Siempre pienso que escribí este libro porque descubrí que con las palabras hacemos lazos, y esto es milagroso, pero peligroso. Nos promete, nos arriesga. Nos da vida y nos hace mortales. Pero olvido la palabra herir. Con las palabras nos podemos herir. Herir sin embargo no es lo mismo que dañar o matar. La herida no tiene un destino tan cerrado. Ojalá nuestras palabras pudieran estar en el lugar donde el sentido no se cierra. Ojalá esta dimensión de promesa y de peligro que se produce con los lazos pudiera colocarnos en el lugar donde las heridas puedan ser todavía lugares de vínculo, de camino, de cicatrización. En el libro, me refiero también a las cicatrices de una antropóloga cuya cara fue mordida por un oso. Su libro, que no se detiene en el dolor, me hizo pensar que sus cicatrices fueron como un útero. Ella nació de nuevo y no perdió su pasión por los osos. Fue de nuevo a encararlos.
La frase “ninguna letra está sola” también parece aplicarse a las personas y sus vínculos. ¿Era una idea presente mientras escribías?
No. En la letra “C”, “Cementerio”, digo lo opuesto, digo “Cada letra está sola”. Esta oración les gustó a los editores para darle un título al libro. Pero luego el inconsciente la transformó en ninguna letra está sola. En el cementerio, cada letra está sola. Uno lee palabras, pero no invoca. No llamaré más a quien veo nombrado en la lápida. Leo el nombre y el lenguaje ya no es un camino con esta persona. Cada letra está sola, la D, la E, la S… El lazo está interrumpido. Está mi lazo, con la muerte o más bien con la memoria. Pero es gracioso que hayamos recogido, como título, lo opuesto.
Si el amor se nos enseña como un absoluto, ¿cómo enfrentamos la realidad cuando descubrimos que es imperfecto y finito?
Creo que lo que nos enseña el amor es justamente la finitud. Nos hace finitos en el sentido de que nos remite a nuestra condición de dependencia, de criatura. Como individuos, buscamos sostenernos de forma independiente. Aspiramos a una independencia económica e intelectual. El amor introduce algo heterogéneo a lo económico y a lo intelectual: el cuerpo. Un abrazo es silencioso. Con él, las ideas y las cuentas callan un instante. No desaparecen, pero callan un instante. Esto que puede parecer insignificante, el modo en el que nos abandonamos carnalmente uno a otro en el amor, es en realidad un momento de encarnación, un momento en el que el cuerpo se hacer carne, la materia se hace sensible, se reconoce expuesta, por ende finita, vulnerable. No diría que el amor es imperfecto. El amor es un acontencimiento, una sorpresa. Pero el amor nos descubre imperfectos y finitos. Literalmente nos descubre. Descubre nuestra vida carnal: el cuerpo abandonado en el dormir; el desorden u orden de la vida cotidiana, el cariño o la negligencia con la cual hacemos el espacio privado; el miedo, el cansancio, la perserverancia, la esperanza. Todo esto descubre el amor. Lo descubre en los dos sentidos de la palabra: lo encuentra, lo saca de sus formas, del aparato social. Lo pone al desnudo y nos da la ocasión de conocerlo. La sabiduría del amor es que indaga muy profundamente en la carnalidad de la existencia, la cual no está limitada a nuestros cuerpos: atañe también a los objetos, al ritmo de la cotidianidad, a sus ruidos y silencios.
Si la alegría nace del juego y no de la posesión, ¿por qué los seres humanos tenemos tanta dificultad para devolver la pelota y aceptar que aquello que amamos o deseamos no puede pertenecernos para siempre?
La alegría puede nacer del juego, pero el amor nos vincula con lo serio. Si pierdo a la persona que amo, si la pierdo porque se va o porque fallece, me doy cuenta de que nunca fui dueño de nada. El amor es don, sorpresa. Hasta el hecho de que estoy viva me sorprende cuando estoy entregada a alguien. La pelota la puedo devolver porque la puedo poseer. Puedo ser pillo y llevarme la pelota. A la persona que amo no la puedo poseer, por eso la amo (y el crimen sucede cuando no se es capaz de admitir esa libertad). Esto es como una mordedura en mi existencia, pues cuando esta persona ya no esté, me daré cuenta de que amarla era también entregarme a ella y sentiré una soledad, una locura, que no siento con la pelota.
Si el amor existe también como una promesa construida por la palabra, ¿qué es lo que realmente perdemos cuando termina un vínculo: a la persona amada o la promesa de amor que habíamos depositado en ella?
A veces perdemos todo en la medida en que nos sobra todo. Con la persona amada inventamos un lenguaje, leemos noticias, comentamos el mundo. Se termina una historia y este lenguaje íntimo, los libros subrayados juntos, empiezan a sobrar. Es que el amor no es solo promesa, es un hacer, una irrigación, hasta del lenguaje.
Si para los adultos ciertos lugares representan peligro, pero para los niños forman parte de un mundo más amplio y posible, ¿en qué momento aprendemos a mirar el mundo desde el miedo y dejamos de verlo desde la imaginación?
Miedo e imaginación están entrelazados. Hobbes lo decía. Tememos porque imaginamos. Y supongo que imaginamos también porque tememos. Es la parte heurística del miedo.
Si el amor es un viaje largo a través del tiempo, ¿el duelo consiste en terminar ese viaje o en aprender a continuar viviendo con las marcas que dejó?
Creo que cada persona lidia como puede con el duelo. Algunos renacen, dan vuelta la página. Otros siguen llevando un amor incluso años después de que la persona fallece. Es como si siguieran regando las plantas de un mundo construido de a dos. Lo encuentro increíble esto, hermoso. No es algo que se decida sino que tiene que ver con el aspecto material del amor. Se construye un mundo amando: nervios, olores, formas de reflejarse de la luz, ruidos, ritmo. Se construye un latido, por ende un corazón. Y a esto no se le da la espalda así no más. Algunos siguen perteneciendo a este latido. Pero no hay recetas, normas.
Si la escritura, en vez de aclarar, mata, ¿qué sacrificamos cada vez que intentamos poner en palabras aquello que más profundamente hemos vivido?
El habla es un órgano vital. Es más: es la formación de un órgano vital. Existimos en un mundo con la palabra. Nos arraigamos en un mundo. Cortamos vinculos, creamos otros. Recreamos una y otra vez nuestra fuente de existencia. Creo profundamente que nuestra fisiología es la que es porque hablamos. En función de cómo con el lenguaje conseguimos proyectarnos, deprimirnos, levantarnos, enojarnos, nos arrugamos, nos reímos, nos exigimos, nos replegamos, nos miramos, nos apagamos. Pienso incluso que cuando no hay más palabras para pensar, nos podemos atrofiar, desarrollar úlceras o tener un paro cardíaco. No creo que el habla sacrifique lo vivido, creo que es parte de la organicidad de la vida. Es lo que traté de decir en el abecedario. Es lo que traté de recorrer también. En Kafka la escritura mata porque mientras por un lado da forma a una existencia en su totalidad, no le otorga ningún sentido y la obliga a meterse en este callejón del sin sentido, que realmente no tiene salida. Pero dentro de la dimensión mortal de la escritura, existe la risa, la mirada, la dulzura, la escucha del grito, de esto que queda completamente fuera de lo que el lenguaje determina o admite socialmente. Dentro de la escritura de Kafka, mortal, dura, existe una organicidad imprevista, inaudita.
Si hoy basta escribir «zzz» para expresar algo que antes requería una frase, ¿el lenguaje evoluciona hacia una mayor eficiencia o hacia una pérdida de la experiencia que las palabras podían contener?
Yo creo que la cantidad de formas que existen para comunicar, incluso de maneras muy “rudimentarias”, muestra cuán vital para nosostros es la comunicación. El emoji podría ser la señal del fin del lenguaje. Pero yo lo veo como su simbolización: quiero decirte que soy feliz. No me satisface tu respuesta en el chat que tuvimos, sigo con un emoji. Nos hemos vuelto un poco más humildes con estos emojis, eso me gusta. Creo que nos hemos vuelto más comunicativos y esto también me parece un bien. Hay personas que nunca se expresan y que ahora lo pueden hacer porque con esta escritura cuasi jeroglífica no estamos tan expuestos al costo que implica equivocarnos de palabra, construir mal una frase, la vergüenza que provoca una palabra mal escrita. Es profundo cómo podemos maltratarnos con el lenguaje. Un emoji puede ser una invitación a entrar en el lenguaje, pero por otra puerta. Más me preocupan las redes sociales, el hecho de que pasemos de una miniinformación a otra, que creamos cualquier cosa que se nos presenta en Instagram. En esto sí me parece que el saber, la opinión, se han comido al conocimiento, el cual requiere humildad, tiempo –tiempo de lecturas y de conocimiento.
Si para sobrevivir nos volvemos, en cierta medida, inhumanos, ¿es el acto de quebrarse una forma de fracaso o la única posibilidad de recuperar nuestra humanidad?
Quebrarse puede ser un momento de redención. Los miserables de Victor Hugo parte de este quiebre inesperado, en uno mismo. Jean Valjean es un hombre duro. No sé si malo pero duro. Justamente, es tan duro que no puede hacer el bien. Los miserables comienza con la trayectoria de este hombre duro que sale de la colonia penal donde ha pasado gran parte de su existencia. Roba, desecha la ayuda. Hasta le roba una moneda a un niñito y en ese momento se quiebra. No sé si recuerdo bien la novela, pero recuerdo este momento en el que Jean Valjean se arrepiente de haber engañado a un niño. La inocencia del niño desestabiliza el hecho de que para él no existe el pecado. En este momento Jean Valjean está abierto al bien. Y el bien no es algo moral, es algo sorpresivo. Entonces sí, el quiebre entendido como una fisura que nos abre a lo inesperado tiene algo redentorio. En cambio, habría que indagar qué entendemos por quiebre como fracaso. El quiebre entendido como abandono de toda fuerza puede ser patético y manipulatorio. Creo que no hay que oponer lo duro y lo blando sino lo que nos puede hacer mirar más allá de nosotros




