«Aquí no van a escribir un solo poema»: ¿La universidad forma escritores?

Tres autores responden desde la academia
Gastón Carrasco
Emilia Pequeño
Federico Zurita
Cuando entré a estudiar literatura, éramos muchos los que llegábamos por una razón que iba más allá del simple gusto por la lectura: queríamos ser escritores. En primer año se delineaban ciertos grupos, casi como pequeñas tribus. Estaban los más existencialistas, que leían a Alejandra Pizarnik, a Albert Camus o Jean-Paul Sartre, y también al rumano Emil Cioran. Otros preferían a los llamados “poetas malditos”, como Arthur Rimbaud o Charles Bukowski. Estaban, por supuesto, los fanáticos de Roberto Bolaño, para quienes cada palabra del chileno radicado en México adquiría un carácter casi normativo. También aparecían quienes escribían en Wattpad y veían en sus textos una posible carrera dentro de la literatura latinoamericana.
Del perfil académico, en cambio, poco y nada. No se hablaba de papers, investigaciones científicas, SciELO ni normas MLA. No existían marcos teóricos, hipótesis ni preguntas de investigación. El deseo era escribir poesía o novelas, y nada más.
Hasta que, en una clase de literatura antigua, uno de los profesores más queridos hizo un quiebre. Nos dijo que, si queríamos ser escritores, estábamos perdiendo el tiempo. La universidad —afirmó— no forma escritores, sino investigadores. Si queríamos escribir, debíamos cambiarnos a otra institución (en Chile, solo una ofrece escritura creativa) o buscar talleres, o simplemente escribir por nuestra cuenta. Fue tajante: aquí no van a escribir un solo poema.
Después de eso, la palabra deserción comenzó a circular con fuerza. Varios empezaron a hacer las maletas. Ya en el segundo semestre, quedaba la mitad del curso. Éramos pocos: dos secciones que, al año siguiente, volvieron a reducirse. Para el octavo semestre, el número de tesistas era mínimo.
En este artículo, me propongo conversar con tres académicos que, además, son escritores consagrados, para indagar en la relación —a veces tensa, a veces productiva— entre la academia y la creación literaria.

Gastón Carrasco
Es poeta, narrador y académico. Doctor en Literatura (PUC), ejerce como profesor en la Universidad Alberto Hurtado y la Universidad Finis Terrae. Ha publicado los libros Viewmaster (2011), El instante no es decisivo (2014), Monstruos marinos (2017), ¿Quién le teme a la poesía? (2019, en coautoría), Luminarias (2020) y Diario de Koro (2024).
En Chile suele pensarse que la academia y la escritura creativa son mundos separados. Que un profesor de literatura no debería escribir ficción, o que un escritor no debería “teorizar” demasiado. Para el doctor en literatura Gastón Carrasco, esta división es más bien un prejuicio.
“No sé si a un académico o a un profesor de literatura haya que exigirle escribir creativamente. Uno no suele pedirle eso a un crítico de cine, por ejemplo, que haga películas, ni a un crítico literario que escriba novelas”.
No todos los académicos tienen que escribir novelas o poemas, del mismo modo en que un crítico de cine no tiene que hacer películas. Cada cual trabaja con herramientas y problemas distintos. Aun así, hay muchos cruces: varios escritores también son académicos, como Lina Meruane, y en otros países esto es completamente normal.
“También hay numerosos escritores que son académicos, aunque muchas veces no se les conozca por ese lado. Pienso en autores como Ariel Dorfman o Lina Meruane, que trabajan en la universidad y mantienen una producción literaria importante. Creo que esta separación entre academia y creación es una dicotomía muy chilena. Si uno mira la academia estadounidense, por ejemplo, la mayoría de los profesores de literatura también publica libros de no ficción, ensayos o crónicas. Allá no existe la sensación de que haya una «contaminación» entre ambos mundos; es una discusión bastante superada”.
El problema, dice Gastón, no está tanto en la academia, sino en la falta de puentes entre el mundo intelectual, el mercado editorial y los lectores. Muchas veces no hay un lenguaje común que permita que ciertos textos lleguen a más gente. Por eso, más que separar, habría que pensar cómo conectar.
“Faltan puentes y espacios de mediación. Hay un texto clásico que critica cómo muchos intelectuales terminan preocupándose de asuntos que interesan a muy pocas personas”.
En esa línea, también cuestiona la idea de “escritura creativa” como algo profesionalizable. Es una etiqueta importada, más cercana al marketing que a una práctica real. Estudiar escritura no garantiza escribir bien. Lo que sí importa son los talleres, la lectura constante y el diálogo con otros.
“Sí diría que existe un prejuicio hacia el concepto de «escritura creativa». Es un término muy ligado al marketing y a las escuelas estadounidenses de creative writing. Funciona casi como una marca. El problema es que promete una profesionalización que, en realidad, no existe. Es extraño pensar que alguien pueda certificarse como escritor.En México, por ejemplo, los luchadores reciben una certificación profesional para poder subirse a un ring. A veces pareciera que se quisiera hacer algo parecido con los poetas: entregarles una especie de carnet que los habilite para escribir. Pero escribir bien no depende de estudiar cuatro años una carrera. Esa profesionalización me parece bastante ficticia”.
Finalmente, Gastón plantea que toda escritura es, en el fondo, una forma de pensamiento. Autores como Enrique Lihn o Gonzalo Millán lo muestran: sus textos no solo crean, también reflexionan.
“Por eso tampoco separo la lectura crítica de la escritura. Leer críticamente a otros escritores es un ejercicio que ayuda a afinar la propia escritura. Pero escribir también es una forma de pensar. Uno escribe con el cuerpo, con la cabeza y con toda su experiencia. De ese proceso siempre emerge una mirada crítica sobre el mundo. Lo que sí considero fundamental son los talleres, los espacios de formación y el diálogo entre pares”.
Más que elegir entre academia o literatura, la clave está en entender que ambas pueden convivir. El verdadero desafío no es separarlas, sino encontrar formas de hacerlas dialogar.
Emilia Pequeño
Es poeta, investigadora y docente. Es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas y magíster en Teoría e Historia del Arte por la Universidad de Chile. Actualmente es candidata a doctora en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha publicado los libros de poesía La chacra de las fresias y Notas para una cartografía imaginaria de los fiordos.
Para la escritora y académica, estudiar literatura no convierte automáticamente a alguien en escritor. Aunque la lectura suele despertar el deseo de escribir, ambas son prácticas distintas. «Ser un lector académico no exige escribir creativamente», afirma, aunque cree que casi todas las personas que estudian literatura han intentado escribir alguna vez, aunque sea en privado.
Tampoco comparte la idea de que exista una separación inevitable entre la academia y la creación literaria. Muchos escritores son también investigadores y docentes, y encuentran en la universidad un espacio para reflexionar sobre aquello que más les interesa: la escritura. Cuando esa distancia existe, sostiene, se debe en parte a que una buena cantidad de la literatura que se estudia pertenece a autores ya fallecidos, por lo que el vínculo con ellos es exclusivamente a través de sus obras.
Sin embargo, advierte sobre una tendencia que considera preocupante: cada vez se pone más atención en la biografía o la identidad del autor que en el texto mismo. «El problema estético está siendo reemplazado por un problema ético», señala, sin negar que ambos aspectos puedan dialogar.
En todo caso, pensar en qué aporta conocer al escritor en su calidad de persona y si eso ayuda al estudio de su obra, es una pregunta necesaria. Desde mi punto de vista, la literatura está siendo cada vez más estudiada desde quién escribe y no desde lo que está escrito en un texto, lo que me parece preocupante, porque desplaza el problema estético para reemplazarlo por un problema ético. Con esto no estoy diciendo que sean problemas completamente independientes. Tienen una larga y nutrida relación. Solo pienso que una no puede reemplazar a la otra.
Más que un prejuicio hacia la escritura creativa, cree que en la academia existe una falta de entendimiento. La investigación suele convertir la literatura en un objeto de estudio y, en ese proceso, muchas veces pierde el entusiasmo y la capacidad de dejarse afectar por los textos. Por eso, dice, los debates académicos y las preocupaciones de los escritores no siempre coinciden. «La literatura debería ir siempre corriendo su cerco y la academia seguirla».
En su propia experiencia, la escritura y la lectura crítica conviven de manera natural. Aunque disfruta la investigación, se siente más libre escribiendo literatura. A su juicio, las exigencias de publicar artículos, conseguir fondos y responder a la burocracia universitaria terminan limitando la creatividad de muchos investigadores.
La academia tiene un afán de producción en el que pasa por encima del texto muchas veces, también de la escritura. Esto se debe, creo, a que en ese escenario la literatura es un objeto de estudio y, por lo tanto, utilitaria. Eso le quita el entusiasmo inherente a la lectura, la posibilidad de dejarse afectar por un texto más allá de lo que un lenguaje disciplinar de análisis permite.
Aun así, considera que ser escritora es una ventaja dentro de la academia. Escribir le permite leer los textos desde sus procedimientos y decisiones formales, no solo para comprobar hipótesis. Sin embargo, esa mirada también tiene costos. «Me ha pasado que me rechazan un paper por estar escrito ‘muy poéticamente’, lo que termina siendo tragicómico», concluye.
Federico Zurita
Es narrador, dramaturgo, crítico teatral, académico chileno y Doctor en Literatura (Universidad de Chile). Se desempeña como profesor universitario y ha desarrollado una trayectoria que combina la investigación, la crítica y la creación literaria. Entre sus publicaciones destacan las novelas El asalto al universo, Lo insondable y Nostalgia de la madre muerta, además del estudio Expulsión de la casa. Dramas históricos chilenos 1920-2020.
Para este académico y novelista, la escasa presencia de escritores entre los profesores de literatura no debería sorprender. A su juicio, las carreras de literatura no están diseñadas para formar artistas, sino investigadores. «La escritura que producen los académicos es teórica, histórica y crítica, no artística», explica. Quienes publican novelas o poemas lo hacen por una inquietud personal, no como consecuencia de su formación universitaria.
“De hecho, no hay que estudiar literatura para escribir literatura. Los escritores provienen de cualquier área del conocimiento, incluso pueden no tener formación universitaria. Por tanto, es importante insistir en que las escuelas de literatura no forman artistas, forman investigadores que producen conocimiento en el contexto de los estudios literarios. Esta es la razón de por qué, en las estructuras universitarias, las escuelas de literatura suelen estar en facultades de humanidades y no en facultades de arte. Entonces, creo que los académicos del área de la literatura no publican escritura creativa porque no es la actividad que buscaban aprender a realizar al estudiar literatura”.
En esa línea, rechaza la idea de que exista un problema en la distancia entre quienes estudian literatura y quienes la escriben. Más bien, responde a intereses distintos. Recurre a una comparación con la música: así como un musicólogo no necesariamente es un intérprete, un investigador de literatura no tiene por qué ser escritor. Del mismo modo, recuerda que los escritores pueden provenir de cualquier disciplina e incluso no haber pasado por la universidad.
Tampoco cree que exista un prejuicio de la academia hacia la escritura creativa. Lo que observa es una clara división de funciones. Los académicos están sometidos a las exigencias de la investigación universitaria y la productividad científica, por lo que concentran sus esfuerzos en publicar artículos y desarrollar conocimiento. «No creo que esa necesidad de ser productivo deje mucho espacio para prejuicios», afirma.
Aunque combina la investigación con la escritura, la música y el deporte, asegura que no establece jerarquías entre esas actividades. Su trabajo universitario ocupa la mayor parte de su tiempo, pero escribir sigue siendo una de las experiencias que más disfruta. «Todo lo que hago está movilizado por el deseo», dice, descartando cualquier conflicto entre sus distintas facetas.
Esa separación también se refleja en su experiencia como docente en una escuela de teatro. Allí imparte cursos teóricos e investiga sobre teatro chileno, mientras que su labor como novelista permanece prácticamente al margen de la universidad. Incluso muchos de sus estudiantes desconocen que ha publicado tres novelas y lo identifican principalmente por sus libros de investigación teatral. En los registros institucionales, además, se valoran sus publicaciones académicas antes que su obra literaria.
“Mis estudiantes ni siquiera saben que he publicado tres novelas. Sí saben que, hasta ahora, he publicado dos libros sobre teatro y que fui editor de un libro sobre teatro en el que escribieron varios estudiantes de Actuación. En ese contexto, ser novelista no ha jugado ni un rol en mi trabajo universitario”.
Pese a ello, no vive esa dualidad como una dificultad. Considera que todas sus actividades dialogan entre sí, aunque ha aprendido a utilizar herramientas distintas según el contexto. «Todo está mezclado en mi cabeza», reconoce. Para él, esa convivencia entre investigación y creación forma parte de una vida que define, simplemente, como «caótica y entretenida».




