Daniel Bagnara convierte la muerte en una fiesta: diseño, memoria y tecnología en su nueva exposición

La Muerte es una Fiesta, el trabajo más reciente del diseñador escénico Daniel Bagnara, llega como muestra itinerante a diversos espacios de Santiago con una nueva perspectiva sobre el rito fúnebre. Una exposición que nace a partir de una residencia en México y que luego de la celebración de Día de Muertos adquiere nuevos significados para el artista, quien ya había investigado sobre este tema en Cuerpa Roja (2022). La expo se presenta en tres ciclos: el Departamento de Teatro de la U de Chile desde el 31 de agosto hasta el 11 de septiembre; en Fundación Mecenas y luego en la Escuela de Teatro de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano el 9 de octubre.
“De lo que me puedo hacer cargo es de mí mismo”, explica Daniel Bagnara (1983) sobre la decisión de trabajar a partir de su propia imagen.
No es primera vez que el diseñador trabaja con la muerte o, al menos, que encuentra inspiración en ella. A lo largo de su vida, ha establecido una relación estrecha con la idea de que la vida se acaba, de que no sabemos que hay más allá de las fronteras del cuerpo, y que podemos simplemente desaparecer en cualquier momento. Una sensación que carga desde que nació, cuando fue marcado con la estrella del bebé prematuro. Desde entonces hasta ahora, a Daniel Bagnara lo ha acompañado la conciencia de la muerte, incluyendo la propia.
Bagnara nació en Punta Arenas, cuando su madre tenía solo cinco meses de embarazo. Debido a su nacimiento prematuro, se transformó en el niño de las defensas bajas. Si había algo malo en el aire –una bacteria, un virus extraño o una condición que afectara a uno en un millón–, él parecía ser siempre el más afectado.
Como recompensa después de esas continuas visitas al médico, le pedía a su familia solamente una cosa: un paseo al Cementerio General, que estaba ubicado al lado del hospital. Un momento de caminata para observar las esculturas y los árboles. Un tiempo de paz, para conversar con su madre, visitar a un abuelo que nunca conoció, y sencillamente, caminar mientras disfrutaba del silencio.
De esas caminatas surgieron sus primeras imágenes. Dibujos y bosquejos de seres con vestimentas que sugieren movimiento, túnicas y trapos convertidos en elementos indispensables de su indumentaria y del aura solemne que transmiten como guardianes de las tumbas. “Si lo piensas, es como un ejercicio escénico, de observación del territorio”, dice hoy.
Ahí decidió que sería escultor. Y pese a que no es uno tradicional, pues no esculpe en piedra, bronce o arcilla, siente que, en cierta medida, esa decisión no ha cambiado, porque sus diseños conservan algo de la lógica de la escultura: el volumen, la postura, el peso de un cuerpo en el espacio y esa extraña capacidad de una figura quieta para resultar electrizante.
Una perspectiva que también bebe de su paso por el teatro y la danza, de sus años como diseñador de vestuario del Ballet Nacional Chileno y de su experiencia junto a coreógrafos como el argentino Pablo Rotemberg y Mauricio Wainrot, exdirector del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín.
Su residencia de creación en México durante 2025, país en el que ya había trabajado anteriormente, tuvo gran influencia en apuntalar una mirada que había dado sus primeros pestañeos en Chile. Fue allí, durante la celebración del Día de Muertos, donde descubrió que la muerte podía ser más que una inspiración artística o una tragedia. Allí, los mexicanos le mostraron que la muerte también podía ser una fiesta.
“Un día pasé por una casa y había un camino de pétalos de flor cempasúchil. Afuera había un muñeco vestido y sentado. Salió la señora a ofrecerme comida y me dijo que era su hermano, que le gustaba tomar y que muchas veces se sentaba ahí curado, ebrio. Y que para que el hermano viniera a visitar la casa, reconstruía esa escena; le ponía los tragos que gustaba tomar, la comida que le gustaba comer y le hacía el camino para que pudiera entrar y se pudiera devolver”, cuenta, sobre su experiencia en el país norteamericano.
En esta muestra reúne todas sus experiencias disciplinares. En La Muerte es una Fiesta al movimiento automatizado de estas figuras se suman el sonido y el despliegue del vestuario, con producción musical de Zevra y letras y voz de Anita Tijoux. Las piezas, de escala humana y concebidas como seres complementarios, funcionan además como un autorretrato: ambas incorporan una impresión 3D del rostro del diseñador.

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-¿Qué tiene México para enseñarle a Chile sobre la muerte?
México tiene mucha más sabiduría en ese sentido, porque enfrentan la muerte y la celebran. Creo que celebrar las cosas te hacen incorporarla mucho más. Acá pasa que se enterró el muerto y muchas veces queda ahí olvidado para siempre, nadie lo va a ver. Al menos allá, por costumbre de la sociedad, vas a ver a tu muerto todos los años. Si al lado de tu muerto no va nadie, igual tú le cortas la maleza y le pones velitas.
-Te has referido sobre el potencial del diseño para reunirse con otras disciplinas, como la danza. ¿Cómo se mezclan todos estos elementos en La Muerte es una Fiesta?
Eso está en todas mis exposiciones. Estoy todo el rato pensando en el cuerpo, en la danza, en el movimiento, aunque sea sobre materialidades. Un estudiante de mis clases en la universidad me comentó que iba a colaborar con una compañera de danza y me preguntó si yo pensaba que era necesario que tomara clases de danza. Llegas a esa reflexión porque vas a entender desde tu cuerpo lo que implican los materiales. Yo también estudié danza cuando era joven, y me imaginaba una escena global donde no existieran las diferencias de las áreas.
-Estudiante danza cuando joven. ¿Cómo apareció el diseño escénico en tu vida, entonces?
Mi papá es sastre. Me di cuenta que sabía hacer cosas y empecé a diseñar vestuario para danza. Ahí Gigi Căciuleanu, que en ese tiempo era el director del BANCH vio mi trabajo. El mismo año que había congelado la carrera de Arte en la Universidad de Chile, entré a trabajar al Ballet Nacional Chileno. Esa fue mi escuela.
-En La Muerte es una Fiesta conviven el diseño textil, las estructuras a escala humana y la programación autómata. ¿Dónde termina la indumentaria y empieza el personaje?
Es una pregunta que me sigo haciendo constantemente. Creo que hasta el punto que uno lo define, desde la mirada del que crea, el que confecciona. Me aparece la pregunta desde el concepto hasta cuando estoy haciendo, cortando, cosiendo. Ahí digo «¿Hasta qué punto expongo un cuerpo?» Ni siquiera me refiero a una persona, es una estructura. Y no hay humanos. En el proceso que nadie ve, la programación, hay varios humanos, pero en el rito, no hay humanos. Y eso fue una decisión. A veces digo que me encantaría poder generar un ballet sin humanos. Y me pregunto «¿cómo podría ser?» me hago esas preguntas grandes.
-¿De dónde viene la idea de incorporar programación autómata?
Viene de siempre estar pensando en que todo se va a mover. En una coreografía, hay que tomar gente y saltar, o en circo hay que subir al aro, sacarse el vestuario, etc. He podido experimentar el vestuario desde muchas áreas muy complejas; circo, ballet, ópera, contemporáneo, la calle. Entonces, siempre estoy pensando cómo las cosas se pueden mover. Y es bacán también pensar en el movimiento más allá de quién lo mueva o más allá de qué tan virtuosa sea la persona que lo hace. Me interesa mucho, poder construir seres vestibles, que cualquier persona pueda accionar, y vivenciar cómo este ser podría moverse y qué puede salir de ahí.

La ruta de la expo
Esta será la última exposición del artista antes de trabajar en su siguiente proyecto, que participará en la 16ª Cuadrienal de Praga de Diseño y Espacio Escénico, una de las instancias internacionales más prestigiosas para el sector del diseño, donde ya se ha presentado cuatro veces.
La Muerte es una Fiesta estará en exhibición en el Depto. de Teatro de la U de Chile hasta el 11 de septiembre. Luego pasa por la Fundación Mecenas el 24 y 25 de ese mes y finaliza su recorrido en la Escuela de Artes Escénicas de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano entre el 28 de septiembre y el 9 de octubre.



