Un corazón y el río: la herida de Daniela Catrileo

 
/ por Soledad Fariña
 
 
¿De qué modo se unen un corazón, su herida y la de un río? ¿De qué nos hablan o no nos hablan? Este es el dilema del poema de Daniela Catrileo que hoy presentamos.*
 
Catrileo o catri-leufu. ¿Cómo asumirlo? ¿Cómo escribirlo en otra lengua? ¿Daniela Ríodetenido, Daniela Ríocortado, Daniela Ríoherido?[1]
 
Nos hablas del río: “El río es un viaje en sí y es un río que está detenido además, está herido. Esa herida tiene que ver con las violencias, con un proceso migratorio que es profundamente violento en cuanto a los sujetos que están ahí, en cuanto al corte de la lengua, nuestro hablar, el mapudungun. Es un proceso sumamente violento y desde ese lugar violento se empieza a escribir”.[2]
 
¿Y qué se escribe? La memoria perdida, el sur que llama; la urbe en que se vive, la mapurbe, la periferia, la población, la pobreza, la propia infancia, la infancia del padre, la migración –de dónde soy– pero, sobre todo, la lengua cortada, herida. Cómo expresar esto y lo otro, cómo nombrar la línea intocada por la lengua impuesta.
 
¿Espiritualidad?, escribirla. Pero también esconderla y que aparezca en la entrelínea. Un río que no fluye, una lengua que no habla, aúlla. Cesura, un tajo en el abdomen. No hay lengua o ella está rota.  Y el corazón, el corazón “al fuego de las calles y las voces bajo el agua”.
 
 
El río nos sumerge
en el temblor de sus olas.
 
Meto piedras en mis bolsillos
para asegurar el descenso.
 
En el vestigio de la seña:
nacemos
de rabia
de pobres
de olvido
como musgo en la ribera.
 
 
Se anuncia un viaje. ¿Hacia el origen? Pero ya se ha advertido que no hay estructura ni origen, no hay pureza, no hay casa en las aguas que se mueven.
 
Habitar entonces en el corte, en el tajo, en la herida. Si las aguas de este río fluyeran solo arrastrarían el olvido, la desmemoria, la falta, la pérdida.
 
 
El río es voz
que no
calla.
 
¿Qué se abre
   en el lenguaje de
las aguas?
 
 
Hay un secreto en el fluir de las aguas: es la invisibilidad de los muertos. ¿Por la rotura de la lengua? Es la gran disyuntiva: si los escribe, desaparecen en el cauce, en la hoja. Sus palabras: fantasmas silenciosos que se quedan en la boca, gesto afónico entre el agua y la tierra: la ciénaga.

 

Pero, ¿por qué “Todo río contiene un corazón de engaños”? Me lo pregunto. Nos respondes en la voz de Juana Molina:
 
 
Mi corazón roto ha venido,
me habla y dice que
no le ha quedado nada,
que él está vacío
me dice que todo
se ha marchitado y yo
no tengo más que un río.
 
 
Difícil es tu relación con el río. Dos pájaros en tu cabeza, ¿dos lenguas, una ajena y la otra ausente? Ahora escribes, construyes una realidad que pronto te abandona. La madre de tu padre murió en un charco más profundo que sus pies en el Zanjón de la Aguada, pero no te asustas. La realidad es una blanda ciénaga y feroz oleaje, te dice Elvira Hernández, tal vez pensando en el agua, en Lebu o en el río.
 
Comienzas un viaje –que es y no es el tuyo– en Nueva Imperial y el interior. Es tu/su herida la que se convierte en zanja. ¿Te gritan india? ¿Te tiran a la calle? Mientras tu padre corre por el verde mohoso del cerro, sin sueños, decides ser incendio en el cauce.
 
Pero, ¿en qué idioma crecer? ¿En qué lengua enmudecer? Solo un tejido antiguo recibes de tu abuela, una manta, un lenguaje mudo que se incrusta en la piel.
 
Lloras a tu familia esparcida, buscando su origen en las piedras. Pero el origen sigue siendo la herida que no se puede borrar, aunque arrastres el pecho por el río. Dices que tu cruz es el río, la acequia y el cauce. Pero la herida crea llanuras fértiles y decidiste o descubriste que no se puede llorar bajo el agua.
 
En lugar de río tienes los blocks de cemento, la feria.
 
¿El río nos podrá salvar?, te preguntas, porque la madre –de tu padre– ha muerto, y hay huérfanos que han perdido el camino de vuelta, todas sus tierras, toda su sangre. Pero tu estar en el mundo sigue siendo este viaje, sigue siendo tu herida, tu habitar en la herida, en la lengua y en la tierra de la que tú, tu padre y sus ancestros fueron desplazados.
 
 
APRENDIMOS A LEER GOLPES
 
Hasta negar la lengua.
 
La h muda se extiende al río
que tachaste con la herida.
 
 
Y aunque tu escritura, Daniela, ha asumido la pérdida de ritos, de sabiduría y lenguaje, las raíces de tus ancestros siguen brotando con la osadía de tu gesto afónico, que paradojalmente ya no lo es, pues aquí estás escribiendo su pérdida, su vacío, desde tu ser mapuche, mapurbe, mujer, feminista.
 
 

 

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 [1] En una entrevista realizada a Daniela, Angélica Valderrama Cayuman nos advierte que “la herida ronda su  escritura como una presencia en su memoria familiar, en la memoria del pueblo mapuche. Su poesía se hace cargo de esta herencia y con ella construye nuevos relatos de un pueblo que resiste y que crea nuevas formas de existencia”. Angélica Valderrama y Patricio Melillanca, “Daniela Catrileo, poeta mapuche: Memoria, creación y la posibilidad de un feminismo desde el mundo mapuche” en Mapuexpress, web: http://www.mapuexpress.org/?p=7805
 
[2] Ibíd.
 
 
 
* Este texto fue leído en la presentación del libro Río herido (Edicola, 2016) de Daniela Catrileo, durante el mes de diciembre de 2016 en la Biblioteca de Santiago.
 
 
Soledad Fariña
soledad.farina@mail.com