Posdata comunista

Traducción por Ángelo Narváez y Flavio Dalmazzo
 
El tema de este libro* es el comunismo. Cómo se hable del comunismo dependerá de qué se entienda por comunismo. En lo que sigue, entenderé por comunismo el proyecto que supone subordinar la economía a la política, para permitir que esta actúe de manera libre y soberana. La economía funciona en el medio del dinero. Opera con números. La política funciona en el medio del lenguaje. Opera con palabras: con argumentos, programas y peticiones, pero también con mandatos, prohibiciones, resoluciones y decretos. La revolución comunista es la transcripción de la sociedad desde el medio del dinero al medio del lenguaje. Es un giro lingüístico al nivel de la praxis social. De este modo, no basta con definir al hombre como un ser hablante, como se hace generalmente en la filosofía moderna, a pesar de todas la sutilezas y diferencias que distinguen a una posición filosófica de otra. Desde que los humanos viven bajo las condiciones de la economía capitalista permanecen fundamentalmente mudos, porque su destino no los interpela. Si un humano no es dirigido por su propio destino, entonces también –él o ella– es incapaz de contestarle. Los procesos económicos son anónimos, no se expresan en palabras. Por esta razón, uno no puede entablar una discusión con los procesos económicos; no se puede hacerlos cambiar de opinión, convencerlos, persuadirlos, utilizar las palabras para ponerlos de un lado. Lo único que se puede hacer es adaptar nuestro comportamiento a lo que ocurre. El fracaso económico no resiste argumentos, así como los logros económicos tampoco requieren justificaciones discursivas posteriores. En el capitalismo, la confirmación o refutación fundamental de la acción humana no es lingüística, sino económica: no se expresa con palabras, sino con números. La fuerza del lenguaje como tal es así anulada.
 
Los humanos se convertirán de verdad en seres que existen en y a través del lenguaje sólo cuando su destino ya no sea silenciado y no esté gobernado a un nivel puramente económico, sino que discursivamente formulado y decidido políticamente desde un comienzo, como en el caso del comunismo. Así, los humanos ganarían la posibilidad de argumentar, protestar y hacer campaña contra las decisiones de su destino. Tales argumentos y protestas no siempre se demostrarán efectivos. A menudo podrían ser ignorados e incluso suprimidos, pero no carecerían de sentido en cuanto tales. Es totalmente significativo y justificado oponer las decisiones políticas en los medios del lenguaje, porque esas mismas decisiones fueron conseguidas a través del medio del lenguaje. Bajo condiciones capitalistas, por el contrario, toda crítica y toda protesta carecen fundamentalmente de sentido, porque en el capitalismo el lenguaje mismo funciona como una mercancía, es decir, es inherentemente mudo. Los discursos de crítica y protesta se reconocen exitosos cuando venden bien y fracasados cuando son escasamente vendidos. Así, en ningún caso podrían estos discursos distinguirse de otras mercancías, que son igualmente mudas –o, más bien, hablan sólo para autopublicitarse.
 
La crítica al capitalismo no opera en el mismo medio que el propio capitalismo. En términos de sus medios, el capitalismo y sus críticas discursivas son incompatibles y nunca podrían encontrarse. La sociedad debe primero ser alterada por su lingüistificación si quiere volverse sujeto de una crítica significativa. En este sentido, podemos reformular la célebre tesis de Marx según la cual la filosofía no debe sólo interpretar el mundo, sino cambiarlo: para que la sociedad pueda volverse sujeto de crítica, primero debe hacerse comunista. Esto explica la preferencia instintiva por el comunismo que han sentido todas las personas equipadas con una consciencia crítica, porque sólo el comunismo performa una lingüistificación total del destino humano, abriendo espacio a una crítica total.
 
Una sociedad comunista puede ser definida como aquella donde el poder y la crítica del poder operan en el mismo medio. Si hacemos la pregunta, por tanto, sobre si acaso el régimen de la ex Unión Soviética debiese ser considerado comunista –y esta pregunta aparece ineludiblemente cada vez que se discute el comunismo hoy en día–, entonces, a la luz de la definición entregada más arriba, la respuesta es sí. En la realización del proyecto comunista la Unión Soviética fue históricamente más allá que cualquier otra sociedad precedente. Durante la década de 1930, todo tipo de propiedad privada fue completamente abolida. El liderazgo político ganó así la posibilidad de tomar decisiones que eran independientes de los intereses económicos particulares. Sin embargo, ello no significa que esos intereses particulares hayan sido suprimidos; simplemente, ya no existían. Cada ciudadano de la Unión Soviética trabajaba como empleado del Estado soviético, vivía en casas que pertenecían al Estado, compraba en tiendas estatales y viajaba por el territorio estatal por medio del transporte controlado por el Estado. ¿Qué intereses económicos podía tener un ciudadano? Sólo el interés en que los asuntos estatales pudiesen mejorar, para que el ciudadano de este Estado fuera más capaz de obtener ganancias –no importa si legal o ilegalmente, a través del trabajo o a través de la corrupción. En la Unión Soviética prevaleció una identidad fundamental entre los intereses públicos y privados. La única restricción externa era militar: la Unión Soviética debía defenderse de sus enemigos externos. Para la década de 1960, sin embargo, las capacidades militares del país habían crecido tanto que la posibilidad de un ataque beligerante desde el exterior ya podía ser considerada como extremadamente improbable. Desde entonces, el liderazgo soviético careció de un conflicto “objetivo”: no tenía oposición interna y tampoco estaba sujeto a restricciones externas que pudiesen limitar sus poderes administrativos sobre el país. Por tanto, sus decisiones prácticas podían guiarse únicamente por su razón política independiente, por sus propias convicciones internas. Así asegurada, esta razón política –porque era una razón dialéctica– llevó a los líderes soviéticos a abolir el comunismo de su propia voluntad. En cualquier caso, esta decisión de ningún modo altera el hecho de que el comunismo debe considerarse realizado en la Unión Soviética. Al contrario: como se verá en lo que sigue, es esta decisión la que efectúa la realización, la materialización y la encarnación del comunismo.
 
En cualquier caso, no se puede decir que la Unión Soviética fracasó económicamente, ya que el fracaso económico sólo es posible en el mercado. Y el mercado no existía en la Unión Soviética. Aquí ni el triunfo ni el fracaso económico de los liderazgos políticos podría establecerse “objetivamente”, lo que es decir neutralmente, no–ideológicamente. Ciertas mercancías eran producidas en la Unión Soviética no porque se vendieran bien en el mercado, sino porque formaban parte de una visión ideológica del futuro comunista. Y, por otra parte, aquellas mercancías que no podían ser legitimadas ideológicamente no se producían. Esto era verdad para todas las mercancías, no sólo para los textos o imágenes de la propaganda oficial. En el comunismo soviético cada mercancía se convirtió en una declaración ideológicamente relevante, tal como en el capitalismo cada declaración se convirtió en una mercancía. Uno podía comer de forma comunista, alojar o vestirse de forma comunista –o también de forma no–comunista, e incluso de forma anti–comunista. Lo que significa que en la Unión Soviética, en teoría, así como era posible protestar contra los zapatos o los huevos o la salsa entonces disponible en tiendas, también lo era protestar contra las doctrinas oficiales del materialismo histórico. Podían ser criticadas en los mismos términos, porque esas doctrinas tenían el mismo origen que los zapatos, los huevos y las salsas, a saber: las decisiones relevantes del Politburó del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. Todo en la existencia comunista era del modo que era porque alguien había dicho que de ese modo debía ser, y no de otro. Y todo lo que es decidido en el lenguaje puede ser criticado lingüísticamente de la misma manera.
 
La pregunta de si acaso el comunismo es posible está entonces profundamente conectada a la pregunta de si acaso el gobierno, la organización y la administración política pueden realizarse en el lenguaje y a través del lenguaje. Esta pregunta central puede formularse como sigue: ¿puede el lenguaje como tal ejercer alguna vez una fuerza suficiente para que la sociedad sea gobernada completamente de una manera lingüística –y, si esto es posible, bajo qué condiciones? Esta posibilidad es a menudo categóricamente negada: especialmente en nuestra era, la visión predominante supone que el lenguaje en cuanto tal no tiene fuerza en absoluto y es enteramente impotente. Tal aseveración refleja exactamente la situación del lenguaje bajo condiciones capitalistas. Dentro del capitalismo, el lenguaje es de hecho impotente. En la base de esta comprensión del lenguaje también se asume generalmente que dentro del comunismo los aparatos dirigentes actuaron característicamente detrás de la fachada del lenguaje oficial y obligaron a la gente a aceptar el lenguaje del poder. Y esta suposición no es totalmente injustificada. En efecto, tal sospecha parece estar suficientemente confirmada en la larga historia de represión política en los países comunistas.
 
Sin embargo, esto deja abierta la pregunta de por qué tales aparatos opresivos actuaron a favor de una concepción ideológica particular, y no a favor de una concepción alternativa. Porque la lealtad de estos aparatos en relación a una ideología particular no puede darse por sentada. Para ser leales y para mantenerse leales, estos aparatos debieron primero ser persuadidos, debieron ser convencidos. De otro modo, se hubieran mantenido inmóviles y no hubiesen actuado, como de hecho ocurrió hacia el fin de los estados comunistas de Europa del este. Además, bajo condiciones comunistas, estos aparatos no pueden separarse claramente del resto de la sociedad, porque en una sociedad que consiste exclusivamente en empleados estatales –y la Unión Soviética fue precisamente una de estas sociedades– el problema de quién oprime a quién, y cómo, no puede establecerse del mismo modo que en una sociedad en la cual los aparatos del poder están más o menos claramente separados de la sociedad civil. Cuando se considera la violencia estatal en los estados comunistas, no se debe por tanto olvidar que esta violencia fue transmitida a través del lenguaje –a través de mandatos y decretos ante los cuales uno podía obedecer, del mismo modo que podía no hacerlo. Los líderes de los países comunistas entendieron esto mejor que sus oponentes. Fue por esta razón que invirtieron tanta fuerza y energía en dar forma y mantener el lenguaje de la ideología oficial y se indignaron tanto por sus desviaciones mínimas. Ellos sabían que fuera del lenguaje no tenían realmente nada –y que si perdían su control sobre el lenguaje, perderían todo.
 
La teoría del marxismo–leninismo es ambivalente en su comprensión del lenguaje, así como lo es en casi todo lo demás. De una parte, cualquiera que conozca esta teoría ha aprendido que el lenguaje dominante es siempre el lenguaje de las clases dominantes. De otra, ha aprendido también que una idea que agarre a las masas se vuelve una fuerza material, y que sobre esta base el marxismo mismo es (o será) victorioso, porque está en lo correcto. En lo que sigue, se mostrará que la estructura de una sociedad comunista depende precisamente de esta ambivalencia. Pero primero es necesario explorar otra pregunta: ¿cómo debería funcionar esta compulsión lingüística “ideal” –esta compulsión que puede ser “tomada” por personas individuales y potencialmente también por las masas– si se trata de transformar en una fuerza revolucionaria de poder constituyente?
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* Este texto sirve de introducción al libro The Communist Postscript (Verso, 2009) de Boris Groys.
Boris Groys
borisgroys@mail.com