El balotaje que nos dio boleta: apuntes para encajar la derrota

Si se escribe la palabra “ascuas” en una entrada del buscador se descubre que significa brasa viva. Por lo tanto, la expresión “quedar en ascuas”, que denota cierta perplejidad, también puede referir a un quedar “quemado” ante las circunstancias. Esa es quizás la mejor forma de describir el panorama político que deja la elección de Piñera en la izquierda chilena (cualquiera sea el significado que tenga este rótulo hoy).
 
Cada quien tiró sus dados sobre el fieltro apolillado de la política institucional de izquierda. El centro (o lo que se podría denominar centro en la confusa disposición espacial en la que se lee la política partidista) sufrió una cisura y la Democracia Cristiana quedó enterrada en las catacumbas fariseas de las que esperamos no se vuelva a levantar. Esa es, después de todo, casi la única cuenta alegre que se puede sacar. Al candidato lo vimos dar bandazos entre polos irreconciliables frente a la expectativa de un bloque emergente de izquierda que de momento parece ser un revoltijo de luces y piedra. La parte más visible del Frente Amplio, por su parte, quedó al aguaite. Desperdigada, elaboró disquisiciones acerca de cómo enfrentar la segunda vuelta de cara a sus votantes.
 
Del otro lado las cosas funcionaron como reloj suizo (o como colegio finlandés). La derecha reaccionó ante el hecho de que la carta presidencial que enfrentaban fuese apoyada por los comunistas. Lo que se traducía en perder el contrapeso político de la sensatez latifundista de la Democracia Cristiana entre las filas de sus adversarios. El sector completo se horrorizó ante esa sola posibilidad. Pusieron manos a la obra (y cuando no pudieron, le pagaron a alguien que lo hiciera por ellos). Kast puso a disposición su nada despreciable ocho por ciento. Ossandón se hizo de rogar, pero al final terminó por cuadrarse con el bloque. Una grabación telefónica del ex precandidato presidencial por Chile Vamos alertó a los puentealtinos que un voto para Piñera era un voto contra el comunismo. El despliegue comunicacional fue tan tenaz como diverso. Una campaña por redes sociales llamó a convencer a un cercano indeciso a votar por Piñera. Se azuzaron los perros de la propaganda y Chilezuela se recortó en lontananza como un monstruoso futuro de góndolas sin confort coludido; un gesto desesperado, pero lamentablemente efectivo. Así se ganó esta elección. Casi cuatrocientos mil nuevos votantes asistieron a sufragar en segunda vuelta.
 
Vitacura, Lo Barnechea y Las Condes le otorgaron los mejores porcentajes al candidato ganador, todos por sobre el ochenta por ciento, y fueron junto a la Reina y Ñuñoa las comunas con mayor participación. Una de las postales televisivas que dejó estas elecciones fue el voto que cayó en el intrincado abismo de la discusión por su validez. Durante el conteo en directo, apareció una papeleta cuyo mensaje advertía una preferencia echada a la suerte de una moneda. La opción marcada era Piñera. El problema es que el elector no lo hizo con una línea vertical, sino que dibujó un pico frente al candidato. La joven vocal de mesa discutió su nulidad con un adherente del candidato que parecía sacado del catálogo primavera-verano de Dockers. A esa hora, todavía podía resultar gracioso que un apoderado de mesa peleara un pico para su candidato.
 
Quienes fueron a votar pudieron comprobarlo. El barrio alto bajó en tropel a vigilar las votaciones en Santiago. El miedo al fraude electoral los movilizó (porque, maquiavélicamente hablando, ¿quién podría discutir que el miedo no es una gran potencia política en estas instancias?). Algunos sin siquiera ocultar su prepotencia de clase (poco dismuládicos, pero todavía malúlicos) se sentaron todo el día junto a las urnas a esperar el resultado. Disciplinados y efectivos comenzaron a celebrar el aplastante triunfo apenas una hora después del cierre de las mesas.
 
Cualquier conclusión política de esta derrota debiese tomar en cuenta al menos dos elementos. El primero es que la derecha chilena se organizó políticamente de una manera excepcional. El segundo es que lo hizo porque vio amenazado sus intereses de clase. Poco importa si el agudo análisis político sostiene que ninguno de los dos bloques estaba dispuesto a hacer un cambio estructural profundo en el contexto de un capitalismo global que da un mínimo margen para llevarlo a cabo. El dato concreto es que la clase dominante movilizó a medio millón de votantes para sacar a su candidato. Esa es una fuerza política activa que no puede quedar sin ser contrarrestada por la izquierda emergente. Nadie dice con esto que lo político se agote en el ejercicio electoral, pero no disputar cada una de las coyunturas sociales en que se logre vislumbrar una clara polarización de clase es siempre una pérdida mayúscula en la conformación de la conciencia de una izquierda anticapitalista y antineoliberal.
 
Quizás el dato objetivo más relevante es ese cincuenta y un por ciento que no vota. Fue a partir de esa mayoría que la derecha consiguió la ventaja que obtuvo. Se dirigió directo a ella, la emplazó, y le mostró su mezquina cajita de monstruos inflables.
 
Un hecho consumado: Chile se convirtió en el primer país que reelige a un presidente de derecha en la región, pasando a la delantera de los giros hacia este sector en lo que va de siglo XXI. No hay que dudarlo por un instante, la calle se pondrá dura bajo el gobierno entrante. Lo claro es que no podemos seguir marchando sin trabajar en paralelo en la conformación mancomunada de un movimiento político amplio que llegue a disputar cada una de las próximas elecciones, porque ya tampoco podemos ser ingenuos al respecto; ellos de seguro lo harán. Pasar, en resumidas cuentas, de las ascuas al fuego.
[Portada] «Elecciones», de Anastasiya Georgievskaya
Gustavo Ramírez
ramirezgustavot@gmail.com