El canto de todos que es mi propio canto

Quienes la escucharon enmudecieron. Fue un silencio que anunciaba algo peor. Unas canciones que Violeta Parra le hizo oír a algunos amigos y al gerente de Emi Odeón Chile, Rubén Nouzeilles y que grabó a finales de 1966 después que regresara de su largo viaje por Europa y antes de partir a Magallanes con Chile, Ríe y Canta, donde estrenaría esas canciones que presagiaron su destino.

 

Han pasado 50 años del disco Últimas composiciones de Violeta Parra (RCA Víctor, noviembre de 1966), registro total, único, límite y que cambió para siempre la historia de la música popular chilena. Este es el álbum de canciones como «Cantores que reflexionan», «Maldigo del alto cielo», «Mazúrquica modérnica», «Una copla me ha cantado», «El Guillatún», y las conocidas «Run Run se fue pa’l norte», «Volver a los 17», «Rin del angelito», y claro, «Gracias a la vida». Completan el álbum «El Albertío» (dedicada a Alberto Zapicán), «Pupila de águila», «La cueca de los poetas», «Pastelero a tus pasteles» y «De cuerpo entero».

 

Es el álbum que tiene la marca de la desilusión amorosa causada por la ruptura y la partida del músico y antropólogo suizo Gilbert Favre. Pero también lleva la indolencia de las autoridades, su fracaso con la carpa de La Reina y la incomprensión del público que la estaba dejando sola. Y ese dolor, esa angustia y ese desamor quedaron impregnados en los surcos de la placa. Ultimas canciones que parecen clausurar su ciclo vital desde totalizadores absolutos, sublimaciones, símbolos, códigos solemnes, himnos trágicos y agradecidos.

 

Últimas composiciones tiene en total catorce canciones originales y contó con la participación del músico uruguayo Alberto Zapicán (voz y bombo), y sus hijos Ángel e Isabel Parra. Grabado en cuatro pistas y en monofónico, Violeta tocó charango y el cuatro venezolano, que ella llamaba guitarrilla, después de conocerlo en 1963.

 

 
Descifrando signos

 

La musicóloga, autora del reciente libro Yo no canto por cantar: cantares de resistencia en el cono sur, y doctora en Estudios Americanos Patricia Díaz, señala que este disco es un álbum fundamental, no solo porque alberga magníficas obras poéticas cantadas, «sino porque en sí es un fonograma perfecto, como pocos en la música popular. Algo así como Tapestry de Carole King o Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de Los Beatles, ya que es un todo donde cada una de sus partes es una obra en solitario. Cada pieza es un mensaje y un párrafo dentro de una gran carta de despedida».

 

Mientras que para la Licenciada en Filosofía, autora de El diablo en la música: La muerte del amor en El gavilán, de Violeta Parra, Lucy Oporto, la importancia reside en que se resalta la canción de autor. «Ella buscaba dar forma a una canción con contenido reflexivo frente a la realidad, tanto en la letra como en la música, en oposición a la canción entendida como producto comercial y objeto de consumo (vigente hasta hoy), una línea también desarrollada por el movimiento de la Nueva Canción Chilena». Para Oporto, este disco tiene una importancia filosófica pues «plasma una integración entre ética y estética ya que Violeta buscaba que sus oyentes desarrollaran una capacidad de escucha auténtica y profunda con el fin de ampliar el horizonte de su conciencia, más allá de lo social y político».

 

La musicóloga chillaneja, investigadora de Violeta Parra y actual docente de la Universidad Alberto Hurtado, Lorena Valdebenito, señala que la trascendencia de este disco reside en que «proyecta un trabajo sólido en su oficio como cantautora que ya venía trabajando desde 1961 y que aquí escribe de manera diferente, pues recrea elementos folclóricos que ya había asimilado y los transforma en canciones de autor. De este modo, se advierte un perfecto equilibrio entre línea melódicas muy novedosas y un lirismo desbordante y creativo». Valdebenito añade que esta grabación no fue comprendida en su tiempo, no porque era un mal trabajo, sino porque el estilo de estas canciones no encajaba dentro de las músicas que se habían hecho y se estaban haciendo en la época. «¿Qué música -pregunta la docente universitaria- había hecho Violeta? Probablemente las primeras canciones de autor de la música popular chilena, con un sonido renovado y moderno».

 

 
Obra total y fuera de los límites

 

Carmen Oviedo, en el libro Mentira todo lo cierto: tras la huella de Violeta Parra, argumenta que el álbum es una «summa» de sus temas recurrentes tratados con acierto y profundidad: la muerte, la inocencia de la juventud, la evocación mística de los elementos y la crítica ácida. El guitarrista penquista, musicólogo y docente de la U. de Chile, Mauricio Valdebenito, indica que la idea de una summa se encuentra ya antes en violeta. Tanto en sus décimas, que ella proyecta incluso al infinito, como en su afán recopilatorio del folclore; en el título de sus discos dedicados a la cueca y a la tonada. «No creo que sea la summa sino que la prolongación de una gran síntesis».

 

Lucy Oporto propone una visión distinta: «sin duda al ser la última gran obra de Violeta grabada en vida, cuyo título fue, además, escogido por ella, puede ser considerada como una culminación. Es uno de sus trabajos más personales y diferenciados».

 

Patricia Díaz es más categórica y tiene otra mirada. «No estoy de acuerdo porque ella es una trovadora que se va agigantando con los años y es normal que utilice todas especias del arte de trovar. No presenta algo nuevo porque lo nuevo es ella misma y su creación, en tanto, obra propia rompedora de convenciones con el género popular. Este disco es un libro sonoro de poesía cantada».

 

Summa o síntesis, Violeta Parra parece ir más allá de los límites musicales, de la convención de la canción. Como decía ella misma, «La canción es un pájaro sin plan de vuelo que jamás volará en línea recta». Traspasar las fronteras incluso la de su vida.

 

Lorena Valdebenito cree que efectivamente logró un gran nivel expresivo pero siempre desde su oficio de cantautora, porque desde otras perspectivas autorales, en las que también incursionó, logró llegar a un límite expresivo. «Por ejemplo, en su música para guitarra sola, en piezas como El Joven Sergio, o las Anticuecas, logra excelentes niveles de ejecución de la guitarra, logrando una síntesis entre recursos técnicos de la guitarra docta y la guitarra popular, que hoy podríamos llamar guitarra latinoamericana».

 

Valdebenito añade que otras cumbres expresivas son «La jardinera», «Puerto Montt está temblando», «La cueca larga», o en «El gavilán» cuando logra una gran profundidad musical, simbólica y conceptual.

 

Lucy Oporto va más allá. «Ella poco después de editar este disco se suicidó. Y el título escogido, Las últimas composiciones, indica que aquí ella terminaba de entregar las últimas manifestaciones de su arte conscientemente, al menos hasta donde era esto posible para ella, en un trance así, tan crucial. Por eso, tiene un carácter de despedida, sobre todo en «Gracias a la vida», que presenta un recorrido y una rememoración de su proceso de conocimiento y autoconocimiento. Continuar más allá y romper todas las amarras significaba la muerte». Patricia Díaz no cree en esta ruptura de Violeta y califica este disco como un testamento poético y no espera ir más allá en tanto arte, sino más allá en tanto existencia.

 

 
El amor es torbellino

 

Es posible advertir que el amor es el tema que cruza todo el disco tratado en diversas dimensiones: sublimado, vitalista, sublime, fatal, desafiante, lúdico, trágico, social, comunitario y humanista. Sin querer reducir la obra de Violeta, Lorena Valdebenito está de acuerdo con esta afirmación. «El amor cruza toda su obra y especialmente este disco. El amor se apropió de Violeta y Violeta de él, no sólo como uno de los tópicos más recurrentes en su creación sino también en su vida. Y no sólo el amor de pareja, que es el tipo de amor con el cual más ha sido vinculada principalmente en una lectura un tanto simple sobre su historia de vida». La musicóloga explica que las diferentes formas de amor aparecen en el disco porque Violeta podía amar y abordar el amor polisémicamente. «Sin embargo, en su concepto sobre el amor, prima una perspectiva existencial junto con la visión del héroe romántico, y en este sentido sería un amor trágico que la llevará a la tragedia, cuando dice que «el amor no siempre construye, casi siempre destruye».

 

Patricia Díaz está muy de acuerdo con que el amor domina en todo el disco. «Por eso yo he titulado Fragmentos del discurso amoroso de una canción. Las últimas composiciones de Violeta Parra, al libro que estoy desarrollando, pues al considerar que es un álbum que produce un ser enamorado, aunque sea fatalmente enamorado, está en estado de ‘sujeto enamorado’, tal como describe Roland Barthes».

 

Oporto coincide en que el amor es el gran asunto tratado por Violeta en su obra, predominando aquellas del amor en relación con la muerte y en lucha contra la traición, o el amor como instrumento de engaño. «Así también, su entendimiento como fundamento de la realidad, sin el cual ésta no existiría, ni tendría una forma inteligible».

 

 
 
Luces brotaban del cantor

 

Existe coincidencia que en este disco Violeta Parra propuso novedades y cambios tanto en la música como en el uso de instrumentos. Una transformación tan potente que, a partir de allí, comenzó una gran renovación en la música chilena. Víctor Jara llegó a afirmar que «Violeta abrió el camino y nosotros seguimos por ahí».

 

Lorena Valdebenito se explaya. «Es muy interesante el recorrido musical que encontramos en este disco, porque hay una riqueza asombrosa desde todos los elementos constructivos (melodía, armonía, ritmo, forma) y expresivos (timbre dinámica y agónica) de la música. Por una parte, el timbre es explorado en instrumentos que prácticamente no habían sido utilizados en Chile como el charango en «Mazúrquica modérnica», «El Albertío» y en «Gracias a la vida»; el cuatro venezolano que se tocaba para interpretar ritmos como el joropo Violeta lo usa en «El guillatún»; una canción con evocación mapuche. Pero eso no es todo: tocó el charango arpegiado en «Mazúrquica modérnica» o la guitarra limpia y arpegiada en «Cantores que reflexionan» y «Pupila de águila».

 

Valdebenito cree que si pensamos este disco como un testamento musical: dejó como herencia: tres sirillas («Gracias a la vida», «Volver a los 17», «Maldigo del alto cielo»); tres rines («Run Run se fue pa’l norte», «El Albertío», «El rin del angelito»); una polka («Cantores que reflexionan»); tres cuecas («La cueca de los poetas», «Pastelero a tus pasteles», «De cuerpo entero»); un lamento («Una copla me ha cantado»); un huayno («Pupila de Águila»); un ritmo mapuche reelaborado («El guillatún») y una mazurca («Mazúrquica modérnica»). Desde el tiempo musical («La agógica»), jugó con la gradación del ritmo de sirilla: una lenta en «Gracias a la vida», mediana en «Volver a los 17», y más animada en «Maldigo del alto cielo», como también aplica un súbito cambio al final de «Run Run se fue pa’l norte» y «El Albertío», que dialoga muy bien con el contenido del texto.

 

 
Me ha desangrado la voz

 

La voz de Violeta Parra se oye diferente en este disco. Dulce, conmovedora, triste, desolada, trágica. El semiólogo Roland Barthes dice que es en la voz donde estalla la diferencia de la música, y Lucy Oporto ratifica esta tesis al sostener que la voz de Violeta hasta aquí «se va apagando. Por momentos se la oye como cansada y desgastada, pero plena de expresión e intensidad. Tal vez, porque la muerte ya estaba instalada en su corazón». Lorena Valdebenito va más allá al sostener que Violeta se escucha diferente a todos sus trabajos musicales anteriores. «Es posible que esto, argumenta, se relacione con el momento en que aparece su disco y la cercanía de su muerte, habiendo pasado por previos períodos de gran soledad e introspección. Violeta logra proyectar una voz mucho más personal, porque su sonido refleja muy bien el espíritu de cada canción y su expresividad conecta con cada emoción, que aparece imponente como si cada canción por sí misma fuese una obra de arte. Escucho una clara diferencia entre la voz de una Violeta cantautora y una folclorista, esta es mucho más abierta y nasal, y la de cantautora, más íntima y profunda». Finalmente Patricia Díaz argumenta que no hay una voz especial porque ella cantaba así. «Nunca le importó mucho que su voz no fuera impostada o estudiada. Justamente su voz grave y raspada es la que llega más profundamente en sus canciones. Es la primera que en América Latina -en tanto lo que muestra la industria cultural- utiliza ese tipo de voz para expresarse, después lo veremos como natural en los rockeros, especialmente los de lírica dramática como Kurt Cobain, y tal vez Woody Guthrie en los EE.UU. y que emula Bob Dylan después».
__________ [Portada] Violeta Parra probablemente escribiendo una carta.

 

Artículo publicado originalmente en la edición Nº 17 de Revista Quinchamalí, material del primer semestre de 2017 que puedes revisar en revistaquinchamali.cl/hemeroteca
Rodrigo Pincheira
rpincheira@gmail.com

Académico y periodista.