Apuntes después del desastre

¿Qué escribir después del desastre? ¿Cómo signar la catástrofe, los daños materiales y emocionales, el deambular entre ruinas? ¿Qué escribir sobre o desde ello? Estas son algunas de las preguntas que reclaman su respuesta en Playa de escombros, segundo libro de Lucas Costa. Y no me parecen para nada menores. Mucho menos retóricas. Ante una geografía como la chilena, siempre remecida por los desastres naturales y sus respectivas réplicas, estas preguntas prácticamente exigen alguna respuesta posible, algún gesto de inquietud o desagravio frente a la permanente inminencia del derrumbe. Los presentes poemas –sin ir más lejos– asumen dicho desafío. Se escriben en esa encrucijada.
 
            “Cómo calcular cuánto mide una catástrofe, / aunque existan instrumentos y grabaciones / en mano para corroborar. No se puede / medir ni la esperanza ni la fe a ratos / en onzas o caballos de fuerza” (48), acusa Costa, y quedan claras las implicancias de las preguntas iniciales, la profundidad de sus repercusiones. Pues suelen ser el silencio y la confusión quienes se adueñan de estas interrogantes, quienes las dominan hasta tratar de borronearlas, tal como declara el mismo autor cuando escribe: “Que tiemble me hace notar la amnesia venidera. / El hábito de tapar las grietas nos despista” (10).
 
Frente a esto, lo interesante de la propuesta de Costa es asumir que los resultados trágicos hablan por sí solos. Es decir, conllevan su propio lenguaje, el cual se expresa incluso si ninguna persona queda en pie, aunque deba imponer su monólogo ante su propia desolación. “Como un orfebre que rearma / según la integridad de las piezas, / los escombros hablan / aunque no haya nadie” (42), observa Costa, identificando así el rotundo mensaje de la debacle.
 
            Pero, ¿cómo se explica todo lo anterior? ¿Cuál es su forma de manifestarse y cuál sería nuestra posición ante ello? Según Costa: “La imagen rota habla por sí sola. / Mirar causa efectos inmediatos / en la naturaleza somos espectadores” (21). Entonces, es ahí donde se sitúa su ojo escrutador. Desde esa ubicación emerge su voz. Allí nacen estos poemas minuciosos que intentan recolectar los restos del naufragio: una muñeca desteñida que el mar escupe hacia afuera, las casas demolidas tras su imposible reparación o las cenizas posteriores a un incendio en Valparaíso. Todo es apuntado en la libreta. Todo es registrado –y poetizado– en un libro que a ratos funciona como catastro, como un improbable inventario posterior al desastre.
 
            Como se entenderá, nuestra situación ante los hechos es sumamente frágil. Incluso pareciera que el escritor no puede hacer mucho a través de sus apuntes. Pero Costa acude, de todas maneras, a dibujar con los desperdicios un mapa posterior a la destrucción. Trata de hablar un lenguaje que sea acorde a dichos estragos. De hecho, sobre su trabajo escritural, él mismo señala: “Di esto es transitorio. Planificar las frases / más allá de lo previsto hace de tu labor / una estupidez: los cursos drenan o se filtran / y no funcionan al programar sobre un norte claro” (53). Es decir, su estrategia es escribir al ritmo de ese caos. Recolectar estos fragmentos perdidos para –al enumerarlos y describir su descomposición– trazar una poética afín, a la altura de las circunstancias.
 
            En mi opinión, el resultado más memorable de este ejercicio es la última parte del libro, titulada “Remanente”. Aquí el autor construye un largo poema con los residuos tanto del desastre como de su propia escritura. Es en este texto donde repercute con mayor vivacidad su proyecto. Costa se vale de las palabras para crear un flujo de imágenes desordenadas que intentan figurar el trepidante comportamiento de la devastación. Como evidencia de ello, comparto el siguiente fragmento: “si de una la palabra inundación / el instante ese en que se abre una grieta / tragas una imagen disuelta / las aspirinas según los vasos / plumavit donde se expende el café / esa noche vi cómo por ellos se perdía el agua / sorteo las rocas el musgo / en caso de ser cascote o derribo” (57).
 
            Creo que Playa de escombros es una entrega tan ambiciosa como correcta. Es posible que a veces choque o se retuerza ante sus propias imposibilidades, ya que –al fin y al cabo– no somos sólo espectadores de la naturaleza, sino también participantes, y la posición de mera contemplación a veces no da abasto. En otras palabras, esa impasible pretensión de objetividad ante la desgracia ajena a veces se lee frívola y destemplada, incluso acomodada, como cuando el autor confiesa: “Dar cuenta de un incendio / no facilita el agua a los helicópteros / ni detiene el tráfico que sortea / los muros del humo en el Camino la Pólvora / […] Yo sigo el curso / sin aspavientos al punto que dejo / de mirar por la ventana y me sumerjo / en la evasión de una película mal traducida” (36).
 
Pero los textos están ahí. A pesar de la exasperación que generan posiciones como la anterior, de todas formas intentan hacerse cargo de los saldos y formular respuestas a preguntas que aún nos sobresaltan, experimentando a su paso con nuevas formas de componer un poema, de jugar con el lenguaje. Y eso, dentro de un panorama donde la poesía no suele pensarse a sí misma, siempre se agradece. Siempre vale la pena destacarlo.
Playa de escombros, de Lucas Costa
Alquimia Ediciones
Poesía / 62 páginas
Patricio Contreras
pacn89@hotmail.com