Ondulaciones de la primavera de la democracia en el teatro chileno
/ por Tania Faúndez C.
La escena teatral nacional no fue la misma después del movimiento social del 2011. La llamada “primavera de la democracia chilena”, tal como muchos medios periodísticos clasificaron al movimiento social por la «educación pública, gratuita y de calidad», remeció a la sociedad en su conjunto, haciendo que los ciudadanos, después de muchos años de apaciguamiento concertacionista, volvieran a tomarse las calles de forma multitudinaria a nivel nacional. Este movimiento social dirigido por la Confech (universitarios) y la ACES (secundarios), contó por primera vez con la participación de estudiantes organizados de universidades y colegios privados, centros de formación técnico-profesional, el apoyo ciudadano a nivel nacional y con el soporte de los chilenos residentes en el extranjero. Después de tanto tiempo, los chilenos a lo largo de la nación y los esparcidos por el mundo se manifestaron para exigir una «educación pública, gratuita y de calidad». Los colectivos y organizaciones sociales se reunieron con el objetivo común de modificar la educación de mercado impuesta durante la dictadura militar —creación de la Constitución de 1980 y la Ley Orgánica Constitucional del Estado (LOCE)—, recuperando el rol del Estado como garante y responsable de la educación.
Durante el transcurso del 2011 el movimiento fue evolucionando, haciendo que los sujetos involucrados, como la ciudadanía en general, recurrieran a nuevas formas de manifestarse. Además de las clásicas marchas con gritos, pancartas y panfletos, los estudiantes de diferentes disciplinas utilizaron medios propios de los estudiantes de artes: performances, canciones, bailes, coreografías masivas, flashmob, etc.; al tiempo que los ciudadanos crearon corridas, besatones, caminatas, abrazos, 100 horas de Yoga, maratones de arte, entre otras, con la consigna «por la educación». Asimismo, se organizaron actos artísticos-políticos masivos con la finalidad de que los estudiantes, familias y ciudadanos de todas las edades se reunieran y manifestaran sus ansias por una nueva reforma educacional.
Este fenómeno sociopolítico de gran envergadura repercutió con gran fuerza en el teatro chileno post bicentenario. A inicios del 2011, y por coincidencia con el contexto, una de las primeras obras que se enmarca en la temática de la educación y su crisis es La tía Carola (2011), de Juan Andrés Rivera. De ahí en adelante siguen obras como Historias de educación (2012) de Benjamín Bravo; El montaje ¿Quién conoce a Gómez Rojas? (2013) de Teatro Fresa Salvaje; Oriente (2013) de Carla Romero; Infantes (2014) de Gabriela Arroyo y Ezzio Debernardi; Silabario (2014) de Bosco Cayo; María Teresa y Danilo (2014) de Catherine Bossans; La historia de los anfibios (2014) de Teatro La Mala Clase; Las dimensiones del tiempo (2015) de Cristián Ruiz y La muerte de la imaginación (2015) de Antonio Zizis.
Lo que tienen en común todas estas piezas es que iluminan relatos obviados por las artes escénicas (a excepción de los trabajos dirigidos por Aliocha de la Sotta), cuestionando el sistema socioeconómico y educacional chileno, el cual, desde la dictadura militar, no ha hecho más que agrandar la brecha de las desigualdades entre los ciudadanos. Vemos discursos, con estéticas bien diferentes, que polemizan el rol del Estado, la educación de mercado, la sociedad segregacionista, la falta de oportunidades, la mirada lastimera hacia la carrera docente y el poder del conocimiento.
Son dramas que han pasado por investigaciones prolijas, donde la recreación del testimonio ha sido fundamental. De ahí que el micro relato vertido por los personajes llegue de forma directa y profunda al espectador. Las puestas en escena son fluidas y limpias. Nos transportan a una memoria emotiva dura, que va de la mano de un discurso político que desvela la crudeza de la injusticia socioeducacional en Chile. Son textos que, siguiendo la definición que hace César de Vicente (2013), se dividen en teatro de crítica social y teatro político. La diferencia entre uno y otro es que las obras de «crítica social» cuestionan el sistema social sin dar soluciones, realizan una especie de radiografía de la sociedad, en cambio las obras «políticas», critican los distintos dispositivos de poder y tratan de dar soluciones a las problemáticas.
De las obras mencionadas anteriormente quisiera destacar tres, ya que tienen el mérito de haber participado en el Ier Festival de Teatro y Educación (2015) organizado por la FECH y Teatro Fresa Salvaje: Historias de edukación (2012), El montaje ¿Quién conoce a Gómez Rojas? (2013) y María Teresa y Danilo (2014). En relación a la definición de teatro político propuesto por de Vicente, las dos primeras obras obedecerían a un teatro de crítica social, más que a un teatro político, pues sus elementos primordiales son la base historiográfica y el micro-relato, que exponen de forma desgarra las contradicciones de la modernidad y del neoliberalismo. En cambio, la obra de Bossans, es una obra política, pues exhibe problemáticas y propone soluciones.
El baile de los que se resisten a sobrar
Historias de edukación (2012) narra la historia de ocho jóvenes que padecen del sistema educacional actual, y que luchan por un cambio en la educación chilena, al tiempo que ahonda en las dificultades socioeconómicas en que se ven envueltas sus familias neobreras. La obra está dedicada a los «inútiles y subversivos», en alusión a la polémica frase expuesta por el senador Carlos Larraín (RN) durante las movilizaciones del 2011, con el fin de escenificar y validar los discursos de esos jóvenes ciudadanos, ávidos de cambios sociales.
Bravo, en el contexto de las múltiples manifestaciones a favor de la educación en el 2011, decide hacer las «8000 historias por la educación», llamada así por los ocho mil millones de dólares que ganaba mensualmente la familia Luksic en el año 2011. En esa búsqueda, le pedía a la gente vía facebook y correo electrónico que respondieran a la pregunta: ¿Por qué crees que la educación debiera ser gratuita y de calidad? A partir del relato de las diversas personas que participaron, Bravo selecciona ocho historias, las cuales vemos urdidas en escena. Son ocho historias de educación que dan cuenta de la realidad del Chile contemporáneo, desde la experiencia de sujetos de clases sociales vulnerables que reflexionan sobre las dificultades y las problemáticas de la educación en nuestro país. Son relatos de individuos que han estado al margen, y que han experimentado la educación como una obligación del sistema, más que como una oportunidad de superación social y liberación del espíritu.
Tanto el texto dramático como el texto escénico son muy dinámicos. La primera parte de la obra tiene un corte histórico-didáctico con el fin de resumir los cambios que han tenido las políticas educacionales en Chile a partir de 1929 hasta el 2011. Con la instalación de la crisis educacional del 2011 y sus diversas manifestaciones ciudadanas, Bravo nos lleva a los rincones de las organizaciones estudiantiles secundarias (la asamblea), el manejo comunicacional, la frustración y la vida cotidiana de los personajes; al tiempo que invita al público a reflexionar y participar de temas vinculados con la educación. Participación que no alcanza a conformarse como Teatro Foro, al estilo de A. Boal.
La obra cierra con un discurso que para muchos puede ser cliché, como advierte el autor, pero lo cierto, es que de cliché no tiene nada:
Por eso la educación debe ser gratis, porque todos debemos tener las mismas oportunidades. Porque en un país como el mío, donde el poder y la plata se la llevan unos pocos, es un absurdo pensar que la educación pueda ser un bien de consumo. Es como avalar el hecho de que sólo los que tienen plata pueden tenerlo. Hoy está en nuestras manos cambiar la historia (Bravo 2012: 39).




