Karo Castro, poeta: “Chile también es una montaña de huesos”

abril 23, 2026
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Próxima a presentar su más reciente publicación, Vertebral (Pez Espiral), en España, la autora y gestora cultural repasa sus inquietudes escriturales, incluyendo la animalidad, el cuerpo, la performance y la experimentalidad en su trabajo. “Vertebral nace precisamente de ese encuentro entre mi propio cuerpo y los cuerpos animales. Es un trabajo que se pregunta por las formas en que el cuerpo puede transformarse, desviarse o devenir otra cosa”, cuenta.

[Las fotos son de Julio Núñez].

Me gustan las cajas. Me gustan los libros. Ambas cosas están combinadas en este, que al verlo en el mesón de Traza Colectivo en Festival Caudal de Valdivia en enero de este año, me llamó la atención. Caja + libro + la autora, Karo Castro. Sin duda debía tomarlo, mirarlo, abrirlo, leerlo y experimentarlo.

Se trata de Vertebral (Pez Espiral), un libro multisoporte que contiene fragmentos de textualidad y materialidades: un fanzine, un libro acordeón, fotografías-postales y huesos impresos en 3D. Estos últimos suenan como dados al contacto con la superficie, sumando a la vista y el tacto, el sonido. 

El cuerpo y la animalidad como temas de interés se encuentran en la obra de la artista. Previamente, fue abordado en el poemario Mujer Gallina (Editorial Pez Espiral 2021, Ediciones Balmaceda, 2016) y en Polifonía de una carrera (Traza Ediciones 2024). En esta oportunidad, en específico, Karo Castro ahonda en los huesos. 

“Durante la pandemia comencé a recolectarlos en el campo. Era un gesto casi intuitivo al principio: recoger fragmentos, restos dispersos de animales que habían muerto lejos de sus manadas. Mandíbulas, vértebras, cráneos, pieles. A veces eran cuerpos completos que debía dejar escondidos bajo ramas durante meses, esperando que el tiempo hiciera su trabajo para luego volver y recoger lo que quedaba”, relata.

Ese proceso, sigue, “fue transformándose en una experiencia muy profunda. No era solo una recolección de restos, sino una especie de diálogo con la materia del cuerpo”. A partir de esos fragmentos comenzó a aparecer la idea de recomponer una anatomía imposible: un cuerpo híbrido, hecho de restos, de torsiones, de mutaciones”.

Karo Castro nacida en Santiago de Chile, es escritora, artista visual autodidacta, gestora cultural y psicopedagoga. Realiza su trabajo mediante intervenciones de fotografía, collage y performance. 

Ha sido invitada a diversos festivales y encuentros de poesía en América Latina y Europa. Su poesía ha sido traducida al inglés, árabe y portugués. Está pronta además a presentar su última creación en Madrid, exactamente en la Librería Estrella Distante el miércoles 29 de abril, acompañada de Gian Pier Cordalupo poeta peruano y Laura Szwarc escritora argentina.

Junto a su trabajo de escritora, en la gestión cultural es parte del proyecto editorial Se Imprime, organizadores de la tercera edición de Materia Impresa, en octubre del 2026, con dos versiones previas a su haber. 

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-Sobre lo animal. La pregunta por esa condición y su vínculo o espejo con lo humano ha estado presente en tus obras anteriores, ¿cómo se expresa aquí?

En mi trabajo, lo animal aparece como una forma de revelación y también como una grieta. Me interesa explorar ese territorio ambiguo donde lo humano y lo animal dejan de ser categorías estables y comienzan a contaminarse mutuamente. Pienso lo animal no solo como una metáfora, sino como una fuerza que desestabiliza la idea de lo humano como centro y medida de todas las cosas.

Desde muy temprano me ha interesado cuestionar ese lugar privilegiado desde el cual la cultura occidental ha pensado al ser humano: un sujeto separado de la naturaleza, racional, superior. Frente a esa idea, lo animal aparece como una zona de retorno hacia lo instintivo, lo vulnerable y lo corporal.

Esta inquietud está presente ya en mis primeros trabajos. En La mujer gallina y en Polifonía de una carrera aparece una voz femenina que anhela devenir animal: gallina, yegua. Ese deseo es un intento de desbordar la forma humana, de imaginar otras posibilidades del cuerpo y de la experiencia.

En Vertebral, esa exploración continúa, pero adquiere un carácter más íntimo y radical. Aquí, el devenir animal no es solo una imagen poética, sino una reflexión que atraviesa directamente mi propia corporalidad.

Me fascina la belleza de los huesos. Sus formas, su arquitectura silenciosa, la manera en que sostienen la vida incluso después de la muerte. Lo que para algunos puede resultar perturbador o incluso macabro, para mí contiene una dimensión estética muy potente. Hay algo profundamente revelador en la descomposición de los cuerpos: una transformación lenta de la materia que expone lo que normalmente permanece oculto.

La vértebra es el símbolo que encabeza la propuesta, expandiéndose a lo óseo en general. ¿Qué encontraste en esta parte del cuerpo que puede sostener un corpus poético como este?

Dentro de esta reflexión sobre la metamorfosis, la vértebra aparece como una figura central porque es la estructura que sostiene el cuerpo y al mismo tiempo la que permite su movimiento.

La columna vertebral es una arquitectura extremadamente compleja: una serie de piezas que se articulan entre sí para sostener el peso del cuerpo y permitir su flexibilidad. Me interesa pensarla como una especie de eje vital, pero también como una memoria material del tiempo.

En mi caso, la escoliosis ha sido una experiencia corporal muy concreta de esa idea de transformación. La vértebra, en lugar de alinearse en un eje recto, se torsiona sobre sí misma y genera una curvatura. Esa torsión me hizo pensar mucho en la idea de metamorfosis: un cuerpo que se desvía de su forma esperada y comienza a adquirir otra configuración.

Esa deformación también puede leerse como una forma de resistencia del cuerpo frente a las estructuras normativas que intentan definirlo. El cuerpo nunca es completamente estable: siempre está en proceso, siempre está mutando.

Cuando comencé a encontrar vértebras de animales en el campo sentí que había una especie de espejo entre esos restos y mi propia columna. Era como si esas piezas óseas fueran fragmentos de un lenguaje común entre distintas especies.

De alguna manera, los huesos contienen una historia compartida entre humanos y animales. Si uno observa una vértebra humana y una vértebra animal, descubre que la estructura es profundamente similar. Eso me interesa mucho: pensar el cuerpo no como una forma cerrada, sino como parte de una continuidad material entre especies. Por eso me pareció fundamental pensar el objeto desde esta estructura y vincularla con el paisaje del campo. 

De alguna manera, Chile también es una montaña de huesos. Su geografía esconde historias de cuerpos desaparecidos, restos que quedan a merced de la tierra y del tiempo. Ese eco inevitable también atraviesa el objeto. Al abrir la caja, el lector se enfrenta a un cuerpo fragmentado. En ese sentido, la vértebra funciona dentro del libro como un símbolo, pero también como una pieza concreta que nos recuerda que todos los cuerpos —humanos y animales— están hechos de la misma materia.

¿Cómo fuiste definiendo las partes que componen este libro? ¿Cómo dialogan entre sí estos fragmentos que a la vez funcionan como obras autónomas?

En Vertebral esa hibridación aparece tanto en los objetos como en las imágenes. Los huesos animales dialogan con mi propia radiografía, con las fotografías de mi cuerpo, con las vértebras impresas en 3D. Todo el objeto funciona como una especie de anatomía expandida donde los límites entre lo humano y lo animal se vuelven difusos.

En cierto sentido, el libro propone imaginar un cuerpo que no está completamente definido, un cuerpo que se arma y se desarma a partir de fragmentos. Quizás por eso el formato de libro objeto resulta tan pertinente: porque permite pensar el cuerpo como algo que puede desplegarse, fragmentarse, reorganizarse. Un cuerpo que no está cerrado, sino en permanente proceso de recomposición.

El objeto fue concebido como un cuerpo fragmentado compuesto por seis piezas, algunas diseñadas por mi amigo Manuel Celis y otras por la Editorial Pez Espiral.

La primera es la caja contenedora, que funciona como matriz del conjunto. En su interior aparece una radiografía original de mi columna, que actúa como el cuerpo de fondo del objeto.

La segunda pieza es el poema en formato leporello, un acordeón que se despliega como una columna vertebral y que, al mismo tiempo, evoca la forma geográfica de Chile.

La tercera pieza corresponde a seis diapositivas realizadas a mano, que remiten a la experiencia de observar una radiografía: una invitación a mirar el cuerpo desde una intimidad velada.

La cuarta pieza está compuesta por doce postales que funcionan como una serie de foto-performances. En su reverso aparece un verso o un fragmento poético. En este punto es importante destacar el trabajo fotográfico realizado por Julio Núñez.

Finalmente están las vértebras impresas en 3D. Cada caja contiene dos vértebras, que al reunirse con las de otras cajas permiten reconstruir una columna completa.

Cada pieza se articula con las demás como parte de un mismo organismo. El objeto no se presenta como un libro en sentido tradicional, sino como un cuerpo que se abre, se dispersa y se reorganiza en manos del lector. Se trata de una edición limitada de 150 cajas, publicada por la editorial Pez Espiral, gracias al apoyo de los Fondos de Cultura en su línea libro experimental 2023.

La palabra no es el elemento predominante. ¿Hubo una decisión consciente de reducir su presencia?

Sí. Este es un libro objeto que busca romper con la estructura tradicional del libro. Su materialidad abre un diálogo entre dimensiones poéticas, visuales y táctiles. El lector no solo lee: también manipula, explora y compone su propia experiencia.

El poema en formato leporello funciona como la columna vertebral del conjunto, pero me interesaba trabajar con un único poema como eje, reduciendo la presencia del lenguaje escrito. 

Las postales también contienen texto, pero el énfasis está en que cada objeto posea su propio lenguaje. Cada pieza habla desde su materialidad. En conjunto van construyendo una trama más conceptual que narrativa.

¿Qué papel juega el azar en la experiencia de lectura que propones?

El azar es fundamental. Las piezas están deliberadamente sueltas para que no exista un recorrido fijo. Cada persona que abre la caja decide por dónde comenzar: algunos parten por el poema, otros por las diapositivas, otros por las vértebras.

Esa disposición genera una lectura imprevisible. Cada manipulación reorganiza el objeto y produce una narrativa distinta. De alguna manera, el lector deja de ser únicamente lector y pasa a convertirse en co-creador de la obra.

Otro de los dispositivos del libro es la serie fotográfica de Julio Núñez, presentada como diapositivas. En ellas apareces y desapareces junto a estas piezas óseas. ¿Qué hay en ese gesto de transparencia?

Julio Núñez es un artista que en algún momento de su vida trabajó como fotógrafo forense. Cuando pensé en este proyecto sentí que esa experiencia podía dialogar muy bien con la propuesta. A partir de esa conexión comenzamos a trabajar en una serie de imágenes donde el hueso ocupa el lugar central. La serie se tituló “Metamorfosis de un cuerpo monstruo” y surge a partir de un poema que pone en tensión la idea de una nueva corporalidad.

En las fotografías realizadas en el campo aparezco con un cráneo de cabrito y con pieles de animales. De ese trabajo surgieron las postales. Las transparencias, en cambio, se realizaron en estudio. Allí exploramos más detenidamente la luz, la sombra y lo difuso. Por eso decidimos presentarlas como diapositivas: imágenes que se observan a contraluz y que evocan la experiencia de una radiografía.

Las fotografías fueron impresas en papel translúcido para reforzar la idea de un cuerpo velado, expuesto parcialmente, como un gesto de apertura y de honestidad. Las diapositivas no corresponden a un procedimiento fotográfico tradicional. Cada una fue construida manualmente: desde el cartón hasta el ensamblaje final. Todo el proceso fue minucioso y completamente artesanal.

En la descripción del texto sales como poeta y creadora visual. ¿Esto último vino desde la mano de la poesía?, ¿se abrió después? 

El asunto de lo visual es algo que ha sido permanente en mi trabajo. Por lo mismo, la poesía que escribo está dotada de elementos visuales. Siento que es otro lenguaje, busco algo más que el significado metafórico, una manera de ampliación estética. Las imágenes están presentes en mí antes que la palabra porque me permiten construir una poética conceptual y problematizar el texto a través del soporte. Como decía Huidobro: leer y mirar. 

Lo de creadora visual  fue mencionado por mi amiga y curadora [rie] y pensé, bueno, por qué no, siempre he tenido un acercamiento al mundo de las artes visuales, desde el cine hasta la fotografía, que son artes que admiro y he indagado de manera autodidacta, con el autorretrato, la performance, el collage y algunas otras cosas que estoy experimentando. Me encanta la versatilidad que tiene la poesía en todas sus dimensiones. Soy muy curiosa y me gusta aprender. Siento que a partir de la construcción de imágenes es que voy creando mi obra.

A nivel colectivo participas en Traza, que también tiene una propuesta editorial. Cuéntanos un poco sobre ese espacio.

Participo en Traza desde hace aproximadamente dos años. Llegué por invitación de Simón Villalobos, un amigo de hace mucho tiempo, y a partir de ahí fui conociendo al resto de los integrantes del colectivo, entre ellos Cristina Bravo, una gran poeta que además fue mi editora en Polifonía de una carrera, publicado por Traza. Actualmente también participo en la directiva dentro de la Secretaría del colectivo.

Traza funciona tanto como colectivo como editorial, y su principal objetivo es difundir obras de poesía, narrativa y ensayo. Publica tanto a autores nacionales consagrados como a voces emergentes y también a autores extranjeros. Con el tiempo ha ido construyendo un catálogo bastante diverso.

Para mí, formar parte de Traza también implica participar en la dimensión de gestión cultural vinculada a la poesía, que es un ámbito que me interesa mucho. Esa misma inquietud se proyecta en otros espacios en los que he colaborado, como la revista Extrabismos, o actualmente el proyecto Se Imprime, donde soy parte del equipo editorial, me interesa especialmente explorar formas de publicación más experimentales y gráficas.

En general, me interesa habitar distintos lugares dentro del ecosistema literario: la escritura, la edición, la gestión y también las prácticas más híbridas entre literatura y artes visuales.

¿Cuáles son tus actuales preocupaciones poéticas?

En este momento estoy muy enfocada en la circulación y presentación de Vertebral. Este año ya tuve la oportunidad de presentarlo en Bahía Inglesa, en Arte Pin, una galería de la región de Atacama, donde viajamos con el proyecto Se Imprime. Fue una instancia muy significativa porque permitió activar el libro en diálogo con otros trabajos editoriales y con el contexto territorial.

Próximamente también voy a viajar a España para participar en la Feria de Libros Mutantes, en Madrid. Esta feria que se especializa en libros de artistas y libros raros, en esta ocasión iremos con el catálogo de Se Imprime.

Paralelamente estoy trabajando en la publicación de Reina de Copas, un libro de poemas que llevo desarrollando hace tiempo y que dialoga con el universo de la hípica . De alguna manera, es un proyecto que se conecta con Polifonía de una carrera, pero que expande ese imaginario hacia un corpus más amplio. Actualmente estoy en conversaciones con algunas editoriales para publicarlo, y al mismo tiempo me interesa explorar la posibilidad de realizar también una versión más objetual del libro, que dialogue con mi interés por el libro como artefacto material.

En paralelo, con el proyecto Se Imprime estamos experimentando con otros formatos que se alejan del libro tradicional. Estamos trabajando con poemas visuales realizados a partir de postales, fonogramas y distintas materialidades, explorando la posibilidad de que la poesía aparezca en otros soportes. En ese sentido, cada vez me interesa más pensar el poema como objeto.

También, estoy comenzando a explorar la dimensión sonora del lenguaje. Me interesa trabajar con la palabra no solo como texto escrito, sino como sonido. Estoy pensando en desarrollar piezas que funcionen como fonogramas, invitando también a otros poetas a participar. La idea sería construir una especie de archivo o constelación sonora donde la poesía pueda desplegarse a través de la voz y la escucha.

En general, diría que mi preocupación actual está en expandir la poesía hacia distintos formatos: el libro objeto, la imagen, el sonido, el cuerpo. Me interesa que el poema pueda desplazarse entre soportes y convertirse en una experiencia más amplia.

Vas a lanzar el libro en España, ¿qué público esperas reunir?

La presentación de Vertebral en Madrid será en Librería Estrella Distante este miércoles 29 de abril, y lo presentarán dos amigos y poetas residentes en la ciudad: Gian Pier Cordalupo poeta peruano y Laura Szwarc escritora argentina.

Espero puedan venir artistas y escritores del medio cultural madrileño vinculados a las actividades de la feria y todo aquel que esté interesado en este tipo de publicaciones expandidas.

AUTOR/A/ES
POR 
Francisca Palma
Nortina y hospiciana. Periodista, funcionaria pública y bordadora. Autora de Iquique Glorioso (Editorial Radio U. de Chile, 2016) e Iconoclastas (Navaja, 2024).
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