Método de supervivencia invernal

Pa iluminar la casa de un pobre hombre
no hay mejor vela que la luna.
Tangos flamencos
Apenas caigo en la cuenta, así, dura y certera, de que no estás. No estás más de la misma manera ni volverás a estarlo.
Nunca estuve más de acuerdo con una frase tan melodramática como ese “qué lástima habernos conocido ahora” que dijiste aquella tarde en el café después llegar dulce y tristemente a tal conclusión. No me arrepiento de escucharla y asentir.
Viví en la vida versiones mías muy oscuras; alguna fue como agua estancada, putrefacta (y quien se la bebe), pero en la que apareciste era un espejo de obsidiana. La negrura en su estado más brillante y glorioso, si eso tiene sentido. Contigo era abiertamente cínica, soberbia, impúdica, gozaba más que con nadie mis vicios porque me devolvías un reflejo perfecto.
Éramos mordazmente criticones, hasta queríamos abrir lo que hoy sería, ¿qué?, ¿un blog?, ¿un podcast?, criticando bien feo a todos y todo lo que nos fastidiaba. La lista era interminable.
Pienso en tu sofá, en la varita de incienso que prendías antes de que yo llegara.
Te sedujiste escuchando conmigo músicas desconocidas para ti: Camarón, Ibeyi, Anoushka Shankar, Cerati. Bocanada, claro.
Contigo probé por primera vez el moonshine.
Me viste bailar flamenco, me pintaste. Floating nombraste el cuadro.
Nos desternillamos con ese descuidado “ya boy para allá” que enviaste.
Y cuando quererte fue un río vivo, una corriente constante, decidí marcharme.
Ahora sé que tú también decidiste marcharte, no regresar de una de tus adoradas caminatas nocturnas. Quizá mientras dabas tus primeros pasos sobre ese sendero recién descubierto pensaste en mí. Estoy segura que sí porque yo en ti sí, sin explicación.
Sólo dos cosas más para donde estés: el café va sin azúcar, y el método de supervivencia invernal que entonces aplicamos, al menos una vez en la vida, lo viste: funciona.



