Kutral Vargas Huaiquimilla: “Al subvertir el tiempo, la posibilidad de soñar en diversas direcciones nos transporta a nuevos lugares”

mayo 03, 2026
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Tras re editar su novela, Performance de la Sangre (Tinta Negra Microeditorial), y de presentar una exposición homónima en Galería Gabriela Mistral en Santiago, la artista repasa los diálogos disciplinares, temporales y afectivos que atraviesan su imaginario.  “Estaba intentando reponerme de las heridas de mi propia narrativa, encontrándome con una ciudad que me acogía”, cuenta recapitulando los años de escritura.

“El VIH ha tenido una historia de lucha que me hizo pensarlo desde lo íntimo que se vuelve público”, sigue, ad portas de lanzar un nuevo libro de poesía: Corónica por Imaginistas; y de presentar una nueva muestra de artes visuales: Abolengo en Espacio218.  

[Las fotografías son de Fabiola Pontigo]. 

“Yo nací en la escritura, desde una pulsión incontrolable por rayar cuadernos sin saber escribir a los 4 o 5 años, hasta la primera carta que escribí para un familiar que estaba en coma y que hizo percatarme de que la escritura era una forma de comunicación de importancia y tenía un valor o prestigio social incluso”, contaba hace más de dos años Kutral Vargas Huaiquimilla a propósito de la primera edición de Performance de la sangre, novela por la cual la conocí.

Fue cosa de intercambiar unos mails y seguirla en redes sociales para ver que había más que texto en su imaginario creativo, y que las artes visuales y la performance formaban parte de su universo expansivo. Es justamente este diálogo disciplinar el que quedó evidenciado en la exposición homónima que la artista trajo a Galería Gabriela Mistral entre marzo y abril de este año.

En ella dispuso dispositivos que hablan de la experiencia de vivir con VIH, problematizando desde la visibilidad aquello que la sociedad invita a callar. Con instalaciones, esculturas, gráficas y video-performances, la artista abre su experiencia, utilizando algunos insumos como los frascos de las medicinas para tornar esa frialdad sanitaria en artefactos afectuosos. En cifras: Kutral utilizó 160 frascos de medicación del Tratamiento Antirretroviral (TARV), 11.673 réplicas de píldoras impresas en 3D, 84 réplicas de píldoras en resina, relojes, flechas de carbono… y su sangre propiamente tal.

Por un lado, la exposición aborda el paso del tiempo con unos relojes que marchan hacia atrás; por otro, como un mantra objetual, repite una fecha: el 14 de julio del 2020, como un hito en esta historia de su sangre. 

Lo cronológico está presente también en el diálogo con el pasado: Edmundo Rodríguez, primer paciente diagnosticado de VIH sida en el país en agosto de 1984, y un dispositivo que evoca esta experiencia: el colchón donde murió, el lecho de muerte que fue quemado por miedo al contagio y sobre todo, como pira borradora. 

Una vez finalizada la muestra, Kutral realizó el lanzamiento de la segunda edición de esta novela. Con una nueva portada y textos interiores, el renovado libro es testigo del paso del tiempo y sus afectos que hicieron que una novela protagonizada por una artista visual, fuera una exposición. Ya sabremos qué otros caminos puede tener este texto. 

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-Esta expo deviene de la experiencia escritural del libro Performance de la Sangre. ¿Cómo fueron apareciendo los dispositivos artísticos que pudimos ver en Galería Gabriela Mistral?, ¿cómo es que la palabra escrita se fue vertiendo en los artefactos que montaste? 

Fue un proceso largo por un lado y veloz por otro. Sobre todo colectivo, ya que estos proyectos grandes los he ido trabajando con un equipo amplio de varias personas. La novela como idea se origina en 2019; en 2020 comienzo realmente a escribir para en 2024 encontrar su primera publicación. Este año, su reedición junto a Tinta Negra Microeditorial de Valdivia le da un formato material maravilloso: portada nueva, comentarios de personas que analizan la novela, Ariel Andrés y Rodrigo Ortega, además de algunas ilustraciones, parte de bocetos que hice mientras se escribía el libro.

Luego, esta historia se fue excediendo. La novela trata de una artista visual y creo que la historia pedía hacerse tangible para audiencias que no fuesen del mundo de la lectura, o complementar estos mundos. Hay días donde soy más visual, otros más escritural, otros más física y así, en diversos tránsitos.

Junto a ello, llegó la oportunidad de presentar esto en Galería Gabriela Mistral. Como dato freak, una de las escenas de la novela es una performance que fue ideada pensando en la sala 2 de esta galería hace ya casi seis años, entonces siento que había una energía que requería estar ahí, que llamaba a crear algo para ese espacio y darle un cierre material a esta historia que pareciera no tener fin, porque existen ideas y propuestas de personas para que la novela se haga en audiovisual o cine, obras de artes escénicas, y las posibilidades siguen extendiéndose. Abrazaré lo que me acomode más en el futuro.

Los artefactos fueron naciendo de todo este trayecto, investigando en una poética de chispazo creativo: materiales que parecieran no tener cabida juntos colisionan para crear una metáfora nueva. Es el caso de los frascos atravesados por flechas, invocando a la “caza” de las defensas del cuerpo; un colchón repleto de píldoras bordadas a mano que parece estar ardiendo; un calendario que es un pastillero con píldoras con letras grabadas; un espejo-reloj que gira hacia atrás y que, en vez de números, tiene píldoras llenas de mi sangre, literalmente. 

-La expo, entre otras cosas, problematiza el significado social del VIH. Primariamente podríamos decir que expone, visibiliza esta experiencia. ¿Qué lugar ocupa ese gesto de mostrar algo que usualmente se ha relatado desde el eufemismo? Con esta expo estás mostrando, desde la experiencia personal, aquello que se ha circunscrito a lo confidencial…

Me gusta la complejidad de lo que significa un agente como el VIH/SIDA. Es un virus que, al igual que muchos otros, tiene la capacidad de generar un impacto en los cuerpos; ese impacto se hizo social y se castigó a diversos grupos por portarlo. Sin embargo, nadie se cuestiona cuando otros virus o enfermedades que parecen no estigmatizadas existen. Parece ser que cada enfermedad es un ente político en sí, que hace que se lea de distinta forma. Por eso hay un juego con el lenguaje en la muestra.

La exposición parte con el gesto íntimo del diagnóstico y cada vez se expande más y más; se abre como una flor para ser vista en toda su belleza, crueldad y temor. 

El VIH ha tenido una historia de lucha que me hizo pensarlo desde lo íntimo que se vuelve público. Es una exploración donde nos cuestionamos la vida, la farmacología, el negocio de la salud y también la sobrevivencia y crear comunidad. Basta imaginar personas que se encadenaron hace años atrás por el derecho a vivir, así como, a nivel internacional, las diversas acciones por el VIH/SIDA generaron consciencia e insistencia para hacer que la medicación se integre en la salud pública en muchos países. Como también pensar en que las compañeras lesbianas fueron de las primeras cuidadoras de quienes tenían el virus y siendo las únicas que acompañaron esos primeros años de soledad y estragos de los cuerpos enfermos.

Es un logro digno de orgullo pensar que se vive y la lucha es persistente, pero a la vez es necesario pensar y cuidar estos derechos, ya que los diversos contextos políticos podrían arrebatarnos este mismo derecho a la salud. Más allá de los escenarios que vivimos ante la incertidumbre presupuestaria e ideológica, me emociona pensar que otras personas fueron capaces de hacer eso por mí, por mis amistades y por el futuro de muchos. 

-Parte de los dispositivos aluden a lo farmacológico, incluso una de las piezas está desarrollada con los frascos. ¿Cómo describirías este gesto de utilizarlas para armar obras? 

Esta pieza me emociona mucho porque es un gesto colectivo. Son frascos donados a través de convocatorias por redes sociales; personas privadas me enviaron sus frascos y también se incluyen los míos y los de amigos. Gracias a Mapa LGBTIQ+ hicimos red y pudieron donarme frascos para construir esta pieza llamada Defensas altas.

En ella, una figura helicoidal, semejando una cadena de ADN, se curva y sostiene su forma a través de la tensión de las flechas que cruzan los frascos de manera estratégica. Fue una labor manual y poética interesante, ya que me permití jugar y mostrarles a las personas con las que trabajo cada avance, escuchar sugerencias y perfeccionar el prototipo hasta llegar a una fase final.

La pieza juega con la idea de la medicación y de un cuerpo fuerte a través del aumento de las defensas. A la vez, el arma que cruza los frascos de medicamento parece ser un elemento extraño que invoca un deseo violento por la caza y, al mismo tiempo, el deseo de sobrevivir.

-Hay un tema con el tiempo. Hay fechas claves, están los relojes. ¿Cómo definirías este concepto en la exposición? A veces va hacia atrás, ¿es una nostalgia?

“Tiempo: medida imaginaria”, citando a Stella Díaz Varín. A la vez cito una obra de Félix Gonzales-Torres donde también abarca la idea del tiempo y el amor. Estas citas me llevaron a pensar que al subvertir el tiempo, la posibilidad de soñar en diversas direcciones nos transporta a nuevos lugares. Yo quería ganar horas para amar a mi pareja en aquel tiempo y pensaba que, con el tratamiento antirretroviral, lo estaba haciendo: logrando otro día viva para verlo sonreír, abrazarme, caminar juntos y vivir un amor que me hizo sentir segura.

Esta persona inspiró mucho en mí y ayudó a crearme un espacio de cobijo para sentirme en plenitud. Es lo mínimo que podía hacer para recordar un buen amor.

Junto a ello, el reloj es un espejo; por ende, si bien fue basado en el amor de dos personas, ahora la audiencia y yo nos vemos a nosotras mismas en ese espejo que desafía el tiempo lineal, haciendo que nos amemos también. Probablemente eso es lo que me dejó mi ex: un amor para disfrutar de mi propia existencia.


-También sobre el pasado, y quizás algo lejos de la idea de nostalgia, está la puesta en diálogo con otras generaciones, como es por ejemplo el caso de Edmundo Rodríguez. ¿Cuál es esa conversación que propicias con otras generaciones, y también, con otras autorías, como Cristian Aravena?

Para una de las piezas, mientras investigaba, llegué a un texto de Cristian Aravena, el cual conectaba de manera ejemplar diversas generaciones a través del hecho de la muerte de Edmundo Rodríguez, el primer caso público de VIH/SIDA en Chile.

Fue tal la inspiración del texto y del caso en específico que construimos una pieza de gran envergadura llamada Soñar en llamas, que involucró muchas manos y horas de trabajo bordando 6061 píldoras sobre una estructura que forma un colchón. Cada píldora tiene un carácter: en una cara, el texto de Aravena; en la otra, un texto poético escrito para la pieza por el artista Rodrigo Ortega.

También fue muy emocionante la disposición de Cristian Aravena a colaborar y permitirme trabajar sobre su texto, generando comunidad y conciencia a través de este trabajo. Parte del proceso fue abierto y muchas personas acudieron al taller de la SOA (Sociedad de Objetivos Artísticos) a bordar conmigo.

Además, he tenido un gran equipo de trabajo: diseño gráfico, registro, comunicaciones, ingeniería eléctrica, diseño textil, producción, entre otros. Ha sido un viaje esa pieza, con horas y horas de trabajo en una imagen que logró su cometido: impactar de buena manera a la audiencia. Porque eso me interesa: un arte pensado para contrarrestar la apatía.

-La expo coincide con la reedición de la novela. ¿Cómo dirías que fue el proceso de volver a traer este libro? 

Es reparador y acogedor que las chicas de Tinta Negra Microeditorial inviertan en este trabajo y confíen en este proyecto. Han puesto toda su energía en promoverlo y me hace sentir muy agradecida poder trabajar con una editorial así.

Ha sido reconfortante, además, poder acompañarme de una editora como Martina Pedreros, siempre tan precisa en sus lecturas; o la generosidad y creatividad de Estela Morales cuando diseña. Nos ha permitido crear una alianza muy linda que disfruto mucho.

-La primera edición es del 2024. ¿Qué has encontrado de nuevo en la novela tras esta nueva edición?, ¿qué ha cambiado en tu vida este tiempo? 

Estoy retornando a vivir de manera más poética, como cuando adolescente me levantaba en la madrugada en el campo y salía a correr desnuda a caballo: pura poesía. Ver el cielo aún estrellado mezclarse con el amanecer es insuperable. Estoy cada vez más volviendo a vivir así.

A esto se suma una gran cantidad de obras que hemos ido generando y también libros nuevos. Es así como en mayo se inaugura mi muestra Abolengo en Espacio218 en Santiago. Una muestra de video, escultura y collage que su primera fase fue exhibida en Estados Unidos, que se basa en mis investigaciones sobre la invasión forestal en Wallmapu, la publicidad y el camuflaje. Comencé trabajando con la inspiración de comerciales de una marca de servilletas para construir esculturas en base al mismo material, además de ello he realizado collages con fotografías aéreas de estudios forestales que llegaron a mí por casualidad, ya que otro artista me las llevó al encontrarlas en la basura en la calle y al darme cuenta era la pieza que faltaba a este puzzle. También en mayo sale a la luz otro libro, esta vez de poesía, llamado Corónica por la editorial Imaginistas. Me tiene muy contenta finalizar este proceso también.

Todo este cúmulo de eventos y trabajos han llevado a pensar en lo que produzco y que no analicé todo el dolor que hay en la novela. Lo tomaba como un relato que contenía un elemento estremecedor, pero me costaba sentirlo. Imagino que, cuando recién se publicó no sentía tanto, yo llevaba un par de meses sobria de drogas duras y estaba reencontrándome con esta nueva yo.

Esta novela la escribí en un periodo de alto consumo de diversas sustancias, de las cuales no me arrepiento ni demonizo. Todo adulto puede hacer lo que desee con su vida. En mi caso, quería probar otro estado; nunca había experimentado ese tipo de sobriedad, así que la elegí después.

Junto a ello, estaba intentando reponerme de las heridas de mi propia narrativa, encontrándome con una ciudad que me acogía. También se inició post estallido e inicio de la pandemia, y coincidió con mi deseo de transicionar. Entonces escribí esta novela como la vida de una mujer que transiciona sin aún haber iniciado efectivamente mi proceso, yo quería vivir su vida.

Ahora la veo con un peso distinto. Son emociones desbordadas y maravillosas que dedico a la noche valdiviana, la cual me hizo nacer de nuevo. Gracias a nacer de noche pude aventurarme a vivir el día. Tantas cosas han cambiado en estos años; me he podido volver a enamorar, quedar soltera en medio del caos laboral, presenciar la venida de la derecha y sentir el miedo, pero también el ansia de ver a qué enfrentarnos. Sentirme deseosa de vivir, siendo que antes era una romántica suicida empedernida. Quizás me estoy haciendo fome, o simplemente estoy más vieja y estoy apreciando más las memorias de amaneceres que vi al salir de un after a las 9 de la mañana.



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