TomxTom. Quédate a dormir, de Tom Chenette


El fotógrafo Tom Chenette acaba de cerrar su exposición individual Quédate a dormir, en Desarmiento Galería. ¿Cuáles son las formas de representación de la intimidad que sugiere su lente? ¿Qué figuras habitan ese espacio del cuerpo masculino?
El desnudo masculino pareciera ser un salvoconducto inigualable para hacer despegar cualquier propuesta artística del espectro homoerótico. Desde Tom of Finland hasta el porno industrial de estudios como Bel Ami y Hélix, la visualidad homoerótica parece haber llegado actualmente a un punto de saturación sin retorno. Las imágenes del porno y sus derivados softcore se siguen escabullendo sin tregua entre las sábanas y los fluidos de los cuerpos que se han ensamblado y se seguirán ensamblando, lo sabemos, por los siglos de los siglos. Una pauta de poses, frases, indumentaria, morbos, fisonomías y hasta escenografías encauzan con rigor coreográfico las escenas más cotidianas de la ternura, el placer y el deseo.
Y ya no es solo la confrontación porno/posporno, o industria/arte, aquella que fundamenta lo que corrientemente comprendemos como homoerotismo o sexo gay. En la actualidad el uso masivo de plataformas como X y Onlyfans han homologado aún más las visualidades homoeróticas. Las tendencias al amateurismo y a la consagración de influencers/modelos implican nuevas estéticas y éticas, que las artes visuales suelen incorporar en su quehacer, a través de la fotografía y específicamente la fotografía erótica.

Edu e Igna descansando, 2024. Fotografía análoga de 35 mm.
Quédate a dormir da título a la exposición fotográfica de Tom Chenette, curada por Nicolás de Sarmiento, en De Sarmiento Galería. En palabras del curador, estamos frente a “un archivo de escenas de amistad, juego y cariño” con “imágenes de cuerpos masculinos rozándose con ternura, sin reparos […] lejos de la hipersexualización a la que el cuerpo queer desnudo ha sido sometido desde las mismas disidencias”. La exposición, por tanto, es situada curatorialmente en el polo de una ternura politizada que hace frente a la hipersexualización hetero y sexo-disidente que, agrego, muchas veces comparten un carácter patriarcal.
A través de canciones (Mecano) y enunciaciones teóricas (bell hooks y Paz López), el texto curatorial reitera su posición. Las fotografías, concluye, “nos demuestran que el amor y la ternura son rebeldía y resistencia, tanto política como social”. Ahora bien: ¿toda representación de la amistad masculina que acuda al desnudo posee ese potencial de rebeldía y resistencia? La idea es tentadora, es más, me imagino que interpela generacionalmente como trauma y utopía. Sin embargo, las obras no se muestran en todos los casos proclives a ilustrar aquella tesis.
Quédate a dormir está distribuida en dos pequeñas salas que disponen, casi de manera equitativa, las veintiséis obras expuestas en los muros. El retrato de desnudo masculino marca una continuidad entre ambos espacios. Por un lado, escenas urbanas y retratos de interiores con poses tradicionales y rígidas; por el otro, planos más generales, amplios, con movimiento y escenas en exteriores como la ciudad y la playa.
La serie adquiere un carácter recursivo por la similitud de los cuerpos retratados, todos en el ámbito de la deseabilidad hegemónica: cuerpos jóvenes, caucásicos/latinos, con un índice de masa corporal estricto que pareciera haber sido elegido con pinzas de plicómetro. Estos cuerpos son el centro de la imagen y a pesar de ser individualizados con nombres y apodos en los títulos tienden a ser, a la vez, retratos de una subcultura. La ausencia de vestimenta e indumentaria, en la mayoría de los casos, no es impedimento para que se pueda palpar una sensibilidad y una afectividad: tatuajes de similar factura estética, prendas y marcas fetiche, vellos corporales similares, perforaciones recurrentes, formas de tacto.

Calcetines II, 2024. Fotografía análoga de 35 mm.
La iconografía de la primera sala remite al fetiche, en obras como “Calcetines I” y “Ala”. Esta será retomada de manera notable en la segunda, con un grupo de fotografías contrapicadas que logran ser altamente evocadoras en términos de composición. El encuadre apela al detalle, como en “Ala”, y fragmenta a los sujetos en obras como “Calcetines II” y “Seamos pololis”. Vemos cuerpos sin fondo, o estos saturando la imagen; el contraste de los tonos de piel y el ensamblaje de los cuerpos, muy pegados, muestra con austeridad las marcas políticas en la piel. Es decir, la escena íntima, hiperbólicamente íntima en la unión de los cuerpos, está cruzada por el poder.
La segunda sala concentra la serie de fotografías de exteriores en las que predomina el mar. En las tres “Jugando en el agua”, Chenette reitera un imaginario clásico de la homoerótica del siglo pasado: el fetiche de la playa y la cultura del clon. El afuera de la ciudad ya no funciona exclusivamente como locus amoenus del cruising, tal como observamos en películas como Boys in the Sand (1971) de Wakefield Poole, sino que será el espacio de la amistad y el júbilo, como en las primeras novelas de Pier Paolo Pasolini. A diferencia de las fotografías de la primera sala, que tienden a presentar a un solo modelo de cuerpo completo, estas son grupales y dan protagonismo al espacio. “Jugando en el agua” nos muestra planos generales en las que los sujetos juegan, se mueven, sin un rostro visible, sea porque nos dan la espalda o porque la luz del sol genera una sombra como contraste. Este tratamiento de los cuerpos exacerba su similitud, pues las musculaturas, los tonos de piel y los cortes de pelo mimetizan a los sujetos. Podríamos estar frente a una fotografía intervenida en la que el mismo modelo es replicado o bien frente a cuerpos milimétricamente idénticos, ambas son plausibles. Las espaldas en “V” y los glúteos esculturales aproximan este registro a los tiempos en los que la pintura prescindía de modelos en pos de perseguir un ideal.

Jugando en el agua II, 2025. Fotografía análoga de 35 mm
Cuesta no pensar en cómo actualmente el retrato de desnudo masculino ha devenido en un eslabón más del mercado sexual neoliberal, principalmente en géneros autopornográficos. Tal como señala bell hooks en El deseo de cambiar (2004):
La mayoría de los hombres piensa que el sexo les proporcionará la sensación de estar vivos, conectados, que el sexo les ofrecerá cercanía, intimidad y placer. Y la mayoría de las veces, el sexo simplemente no da esos frutos. Este hecho no lleva a los hombres a dejar de obsesionarse con el sexo, intensifica su lujuria y su deseo.
La cámara, en esos tipos de géneros recientes, rentabiliza esta añoranza. La fotografía se vuelve un testimonio visual de un intercambio que concilia en el consumo el deseo de ser retratado con el apetito sexual. Fotografías que tienen por protagonistas a sujetos que serán consumidos como un pedazo de carne, no solo metafóricamente por la lente, sino sexualmente por el fotógrafo. La cámara en sus orígenes estuvo apegada al capitalismo, incluso al desarrollo imperialista europeo. Tal vez nunca se pensó que también sería un eslabón en un proyecto sodomita de menor envergadura, como el consumo contemporáneo de cuerpos. Este no dista mucho de dos ámbitos: la sexualidad patriarcal, que asocia unívocamente desnudez con posesión; y la fotografía colonial, tan afín a inventariar y a exhibir cuerpos como trofeos. Quédate a dormir nos muestra una arista diferente, que oscila entre la expresividad de los cuerpos en contextos íntimos y una cámara fotográfica que se mira a sí misma. En este segundo caso, me refiero a que la exposición tiende a transformar sus muros en superficies reflectantes, como un laberinto de espejos de un parque de diversiones, por la similitud de los modelos entre sí y con el propio fotógrafo también autorretratado. La serie vislumbra señas subculturales y una sensibilidad que potencia la expresividad de una amistad masculina más allá de este tono recursivo. Tal como hooks reflexiona, estamos frente a una fotografía que no necesariamente instrumentaliza la lujuria y el deseo, y que en sus momentos más acertados logra que sus modelos excedan las expectativas de los ojos dados a las pautas de la pornografía patriarcal y la deseabilidad homoerótica. Así, Chenette logra en gran medida sortear el salvoconducto del desnudo. Después de todo, sin una reelaboración, este tipo de retratos se encuentra gratuita y abundantemente en redes sociales y plataformas eróticas.




