Sobre el misterio en la mirada del flamenco

mayo 22, 2026
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La misteriosa mirada del flamenco, dirigida por Diego Céspedes y con actuaciones de Tamara Cortés, Matías Catalán y Paula Dinamarca, continúa motivando a sus espectadores desde la interpelación de una comunidad travesti que ejerce con tozudez su vocación de vivir de otro modo, según otras reglas.

1. un flamenco no es una V.

i.

dentro de las aves —las palomas, golondrinas, pavos o zorzales—

un flamenco tiene una composición corporal particular,

es a fin de cuentas una especie de ave

como la paloma, la golondrina, el pavo y el zorzal.

ese flamenco es un ave extraña:

no se asemeja necesariamente a la V

con la que dibujas los pájaros de allí fuera.

el flamenco solo sigue la curvatura del lenguaje,

tuerce su cuello quebrado sobre la superficie del agua 

donde comienza el lugar de su graznido.

la cuestión con los flamencos es su ocurrencia

en boletines, folletos, portadas de diario.

el flamenco es tratado como una cosa

cuando el flamenco es en realidad

un flamenco.

un flamenco es un flamenco (nada más ni nada menos).

las obviedades son el límite de nuestro lenguaje,

paradojas de nuestro malentendimiento de las palabras

flamenco podría haber sido cualquier otro sonido,

otro dibujo, 

cualquier otra forma.

sabemos tan poco de un flamenco

como un flamenco de un flamenco.

nadie sabe lo que dice

y los flamencos no dicen nada que sepamos.

ii.

un flamenco no habla.

es ahora una cosa ‎‎‎‎‎‎    completamente ciega.

iii.

los ojos son engañosos.

pese a su acuosa superficie

espesan en una profunda oscuridad.

en una laguna de un rincón desierto

un flamenco vuela

en donde estuvo el mar.

una vez que se ha visto la cosa que no es,

porque un flamenco es una V que VvVvuela,

luego aterriza su mirada en el atardecer de las artemias

un último día para esos pequeños crustáceos

descansa junto al sol del desierto

un flamenco.

2. 

La cuestión del misterio de la mirada es que su formulación responde el enigma que ella misma establece. Todo mirar conlleva el misterio de su origen: se orienta hacia una mancha opaca y de ella no recibe más respuesta que la pregunta por su raíz. Nadie tiene certeza del origen de su mirar ni del fin de la mirada que le mira. No el quiasma, no el iris ni la córnea, el misterio es precisamente la incertidumbre de la pupila en el ojo. Sin embargo, un pueblo que construye un mito sobre las travestis ya ha decidido la respuesta a esa pregunta; se ha antepuesto a cualquier preguntar y ha hecho de su mirada un objeto poseído por el misterio. El mito que el pueblo anda contando sobre las travestis no resuelve ningún misterio, solo oculta la indescifrable indeterminación de toda mirada.

3. 

Antes de la llegada de la pandemia del VIH-SIDA ya existían sentencias sobre la desviación del deseo respecto de su norma. Pecadores, criminales o trastornados:  no hubo necesidad de un virus para que el pueblo estableciera sobre los maricas su veredicto. Le precedían resoluciones eclesiásticas, penales o psiquiátricas que convirtieron el despliegue imaginario de millones de ojos en una cosa abyecta e intolerable. Quedan entonces pocas opciones para quienes ya tienen atribuida una forma de mirar: aceptarla y no ver, o ejercerla en la noche de la noche. El mito de la travesti que enamora con la mirada y al hacerlo enferma a los hombres antecede cualquier virus: los efectos en el cuerpo del avance de una enfermedad ofrecen al pueblo una marca visible a la que aferrar su injustificable dictamen.

Un régimen que pretende resolver el misterio de la mirada no solo organiza al pueblo en torno a una forma de ver, también establece quiénes ven y cómo son vistos en su mirar. Lo que ese régimen protege no es una verdad fundamental sino su ausencia: la cis-heteronorma se erige como una película sobre los ojos, detrás de la cual habría una esencia originaria, una verdad trascendental que los sostiene, pero es en realidad un señuelo que no lleva a ninguna parte. Los hombres del pueblo llevan vendas en sus manos, las posan en las cabezas de las travestis buscando restituir mediante la fuerza una forma determinada de mirar, y con ello mantener cubierto lo que son incapaces de ver de sí. Porque lo que los ojos maricas revelan no es un secreto sobre ellos, es algo aún más intolerable para la cobardía de los hombres: que no hay ningún secreto, que detrás de la mirada hay solo nada. El mito de una mirada que enferma es el paroxismo de ese terror al marica por el vacío que su mirada descubre en quienes lo condenan. 

4. 

Una historia de esa envergadura organiza a un pueblo entero, lo hace actuar conforme al mundo que ha creado. Los personajes que su narración rige tienen, sin embargo, un habla indómita: su lengua se mueve en los intersticios de lo decible para modificar su forma. En la boca de una travesti se reinventa el mito para hacerse protagonista en él: su mirada viral es un don que pidió a dios para castigar a los hombres que no la han sabido amar. Ella consiente, solo en apariencia, el juego del pueblo y su apremio en poseer y controlar su mirada; el vendaje que los varones han puesto sobre sus ojos constituye la ceguera desde la que son perseguidos. De allí en más el pueblo se atemoriza pues ha perdido el control de lo visible. Frente al acecho de la mirada travesti solo pueden apartar la vista, o renunciar en la ceguera y ceder ante el vendamiento de sus propios ojos.

5. 

El cadáver de un hombre hierve bajo el cuidado de su madre. Ella limpia las pústulas en las que se evapora aún su deseo. No hay ningún misterio en la muerte de un cuerpo. Es tal vez la mayor de las certezas. Lo que podemos saber de una persona es el conocimiento que une a una madre  con su hijo: así como un día nació de sus entrañas, otro día morirá sobre la tierra igual que todos los animales. 

Sin embargo, ese cuerpo que dio muerte impune a otro, muere ahora en lugar de otros cuerpos. Ese es el efecto real de un mito absurdo: cuerpos abandonados en la invisible claridad de una ficción. En el intento de desentrañar de la mirada su misterio, el mito sepultó bajo la oscuridad de la luz la verdad más irrefutable: ese cuerpo es un cuerpo como cualquier otro. Solo que no le ha quedado más que la negrura a la que sus ojos se arrojan con el anhelo de una mirada libre. 

6.

En el patio de la casa de las travestis, en medio de los tendederos, una niña habla con quien es algo así como su abuela, madre de su madre asesinada. Le pregunta a través de una sábana si alguna vez vio en la mirada de su hija aquello que dicen en el pueblo sobre el mirar. “¿Tú, lo viste?”, le responde. Nada puede saber una que la otra no sepa ya. Una pregunta respondida con otra restituye el misterio a la mirada como su sinónimo: aquel espacio de reconocimiento donde la visión permanece irresolublemente abierta. 

No hay transparencia en la mirada del flamenco. Es el despliegue de libertad en que se encuentran el mirar y el ser mirado. 

Misterio resuelto.

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