Taller Colmillo: Meterle el diente a todo como línea editorial, con color, pasión, pensamiento e ímpetu

Taller Colmillo (@tallercolmillo) nació hace diez años en Bogotá, Colombia, de la mano de Daniela Mesa y de David Castro. Ambos comparten una profunda pasión por la creación de libros, el diseño gráfico, editorial y los fanzines. Pero su propuesta va más allá: forman parte activa de la red latinoamericana de gráfica y se dedican a enseñar, dictar talleres y compartir sus conocimientos sobre serigrafía, risografía y otras técnicas de impresión.
En esta 4ta versión del Festival SOBREIMPRESIONES 2026, Taller Colmillo son los invitados internacionales de la jornada y comenzarán a hincarle el colmillo al festival desde el viernes 5 de junio en las Noches Magistrales, con la charla “La máquina de hacer redes, impresos que viajan”, luego ese fin de semana -6 y 7 de junio- estarán con su stand en la Feria Gráfica en CENTEX Valparaíso y en las jornadas de Risoterapia del domingo 7. Para finalizar su venida a Chile, compartirán un Taller de Risografía el viernes 12 y sábado 13 de junio. Toda la información se encuentra disponible en www.sobreimpresiones.com
¿Por qué eligieron llamarse Taller Colmillo?
Nace por varias cosas, pero acá –en Colombia– se dice “meterle diente a todo”. No sé si allá en Chile se diga así, pero significa interesarse por muchas cosas, hacer muchas actividades, arriesgarse. Sólo que en vez de diente, elegimos colmillo. Y también investigando, nos dimos cuenta de que acá en Colombia antes existían los milodones y tigres dientes de sable y nos gustó mucho fusionar esos conceptos y manejar nuestra gráfica acompañada de este tigrecito colmilludo.
Sentimos que nuestro mensaje invita a eso: a atreverse, a probar cosas nuevas, probar técnicas, formatos.
¿A qué habría que “hincarle el diente o el colmillo” hoy?
A todo. A no dejarse llevar por las adversidades, a investigar, a probar nuevas técnicas, a viajar, conocer otros lugares, conocer gente, todo.
En el taller nos gusta mucho probar muchas técnicas. La risografía ha sido un punto muy importante porque ha abierto las puertas a que seamos un proyecto comunitario y de creación colectiva, pero que nació también como un espacio de probar con libertad otras técnicas, abrirle las puertas a otros proyectos, entonces va muy de la mano de ese concepto de experimentación y de arriesgarse con el taller. Tenemos la misma práctica, pensamiento e ímpetu.
Empezamos el colectivo en 2012, pero las máquinas de riso y el taller como tal lo formamos en el 2016, siendo ya 10 años imprimiendo en riso, 10 años creando proyectos y experimentando.

Dentro de toda esa experimentación y sus formas de trabajar el diseño, la ilustración ¿Por qué dentro de sus formatos eligieron la risografía?
Yo creo que la riso nos encontró a nosotros. Antes hacíamos serigrafía muy casera. Cuando eran proyectos más grandes, los mandábamos a imprimir a un barrio de artes gráficas en Bogotá que se llama Ricaurte; íbamos los fines de semana al salir de nuestros trabajos de oficina. En ese correcorre, queríamos una fotocopiadora para poder imprimir en las noches al llegar a casa, de forma más rápida y económica.
Dany se puso a investigar equipos de segunda mano y dio con la risografía. Cuando le explicamos al vendedor que queríamos la máquina para hacer fanzines, libros y cómics, nos dijo: “Bueno, para eso es mejor una riso”. Nosotros ni sabíamos que esas máquinas se conseguían en Colombia. Compramos un equipo usado muy bueno, y luego pasamos a otro y a otro.
Cuando entiendes cómo funciona la riso, descubres sus grandes cualidades, como que es una máquina que tú mismo puedes reparar. Nos casamos con la técnica porque es ideal para publicaciones y se presta mucho para el trabajo colaborativo. Además, es un dispositivo que te exige usarlo constantemente o empieza a fallar, lo que se convierte en un motor para mantener activo el proyecto. Fuimos prácticamente los primeros en Bogotá en rescatar estas máquinas japonesas que estaban olvidadas en bodegas de iglesias, hospitales o colegios.
Siguiendo con la técnica de la risografía ¿Ustedes son más team “abrazar el error” o calce perfecto?
Del calce perfecto –risas–. Siempre explicamos que para cada proyecto se debe utilizar la técnica más adecuada. Usamos la risografía por su practicidad, velocidad, tirajes y la riqueza de sus colores y tramas, pero si llega un proyecto que requiere otra precisión, sugerimos hacerlo en digital u offset.
Lo hermoso de la riso son sus texturas, cómo el papel interpreta las tintas y los descalces. Todo eso aporta una riqueza enorme, pero si está excesivamente descalzado, revisamos la máquina para ver qué pasa. No nos gusta que el resultado parezca un accidente o que no se entienda la obra. Al principio, como fuimos muy autodidactas, nos dábamos látigo y nos frustrábamos cuando algo no quedaba al cien por ciento. Luego, conociendo otros proyectos en el mundo, entendimos que no éramos nosotros, sino la naturaleza de la técnica. El error siempre es inevitable.
Por eso, desde que tuvimos la máquina, empezamos a dar talleres. Nadie más lo hacía en el país y necesitábamos formar públicos; enseñarle a la gente a organizar sus archivos para que el error de la riso juegue a su favor y no en su contra. Con los talleres ganamos todos: el espacio se sostiene, la comunidad de fanzineros y creadores crece, e invitamos a amistades a dictar clases de cómic o encuadernación, dinamizando la economía de la red.
En el taller trabajan también con clientes, pero en el caso de proyectos, cómo deciden a la hora de vincularse editorialmente?
En el taller hacemos de todo: postulamos a becas, manejamos servicios de impresión, dictamos talleres y desarrollamos nuestra propia línea editorial.
En el servicio de impresión trabajamos con casi cualquier persona porque solo imprimimos, no editamos el contenido. Las únicas excepciones son la propaganda política institucional —partidos o candidaturas— y las iglesias cristianas que ahora buscan la riso para verse más “modernas”; con eso no nos vinculamos. En lo comercial, nos encanta trabajar con restaurantes, proyectos de café, musicales o marcas independientes.

Pero en nuestra línea editorial, nos gusta elegir proyectos diferentes, que potencian lo que la máquina riso puede hacer. Invitamos a artistas que sintonicen con nuestro espíritu: propuestas raras, experimentales, muy coloridas, que se salgan de la norma y que transiten entre la comedia y la realidad. Siempre con ganas de experimentar.
Han desarrollado talleres en diferentes países ¿Cómo podrían describir la gráfica latinoamericana actual en contenidos y estéticas?
Antes de la pandemia existía un circuito muy activo de festivales que nos permitió viajar bastante por la región, y luego pudimos cruzar el charco hacia Europa. Allí nos dimos cuenta de que la gráfica latinoamericana es radicalmente distinta a la europea. La nuestra es una gráfica muy figurativa, estallada de color, con un humor muy realista y una fuerte reinterpretación de las culturas prehispánicas. Hay una identidad de reproducción gráfica muy potente.
Admiramos profundamente a la escena mexicana, que tiene una cultura visual prehispánica integrada desde la infancia en las calles y museos. Lo mismo pasa en Perú, con una fuerza increíble en formas y colores. Cuando llevamos este material a Europa, llamó muchísimo la atención. Incluso nos enfrentamos a ciertos cuestionamientos un tanto “funables” de personas atrapadas en el eurocentrismo que no concebían que en Colombia existieran proyectos con este nivel técnico. Nos preguntaban con sorpresa por qué éramos tan buenos, lo cual se sentía a medio camino entre un cumplido y un insulto.
En Latinoamérica hay un talento descomunal. Quizás, al tener recursos más escasos y enfrentar brechas sociales tan grandes, nos volvemos sumamente recursivos. En Europa se percibe una mayor tranquilidad apoyada en el Estado de bienestar; acá todo es autogestión: rifas, conciertos para recaudar fondos y jornadas laborales y de trayecto larguísimas. El hecho de viajar tres horas en el transporte público y llegar a casa “roto” a dibujar nos da una especie de fortaleza.
¿Qué sienten que tiene la “Riso Colombiana” o Taller Colmillo como elementos particulares?
Lo primordial es el color y la narrativa: que la imagen no sea solo un dibujo bonito, sino que tenga algo contundente que contar. Hay ilustradores que, sin escribir una sola palabra, te comunican un universo entero. También destaca esa línea de traer las imágenes del pasado prehispánico y hacerlas viajar en el tiempo.
A nivel de taller, nos obsesiona la experimentación editorial. Intentamos que todos nuestros libros tengan un elemento inesperado: que se abran de formas extrañas o que un simple doblez cambie el sentido de la página. Somos muy maximalistas. Nuestra casa-taller está inundada de color, muñequitos, colecciones de ranas y dinosaurios pintados en cartón gigante. En las ferias gráficas, en nuestras mesas ponemos papelitos que dice: “toca todo”, “lee todo”, “no tengas pena/ vergüenza”. Eso es muy Colmillo: ser exagerados, estallar los colores y negarse rotundamente a hacer libros aburridos.
El Festival Sobreimpresiones se basa en la colaboración. ¿Cómo han cultivado estas redes desde Taller Colmillo para convertirse hoy en los invitados internacionales de esta cuarta edición en Chile?
¡Aún no nos lo creemos! Nos da hasta dolor de estómago de la emoción. A Karina y a Javier –de Cerro Press– los conocimos en una residencia aquí en Bogotá. Entonces desde antes que existiera Colmillo nosotros estábamos muy envueltos en el punk, en las redes de hacer conciertos, ediciones bonitas y especiales en cassette para bandas punk, con mucho intercambio entre personas y países.

Cuando venían bandas o editores de otros países, se quedaban en nuestras casas; compartíamos el espacio y luego la invitación se devolvía: “Vayan a Ecuador, los esperamos allá”. David enviaba casetes y fanzines a través de lo que llamábamos el “Correo Punk” o algo así; si alguien viajaba, se avisaba por Facebook y le pasábamos una cajita para que la entregara al otro lado. En esos envíos también iban fanzines nuestros de regalo a los amigos.
Así se empezó a conocer el nombre de Colmillo fuera de Colombia. Son pequeñas acciones solidarias entre todos. Nosotros seguimos albergando personas que viajan , que se quieren quedar un día, dos días, un mes. A veces también aprovechamos la visita y sacamos alguna colaboración.
El año pasado entre muchas personas que conocimos en este camino, les escribimos y armamos una gira por Europa, y estuvimos en cinco ciudades de diferentes países y en todas nos dieron albergue, desayunito y fue muy lindo ver esa unión y hermandad.
Romper con esa idea de que viajar es solo turismo o solo visitar la Torre Eiffel o así, sino que también está lindo ver esas conexiones de proyectos culturales porque es otra forma de romper las fronteras. No viajamos con mucho dinero, lo hacemos con nuestra gráfica, con nuestro talento y podemos movernos en estos espacios con la gente local.
¿Qué es lo que más les emociona de su visita a Chile?
Siempre nos emociona mucho ir a un lugar nuevo y hace mucho que queríamos ir a Chile. Justo en Chile fue la primera amiga con quien tuvimos contacto internacional entonces concretar este viaje y conocer muchos proyectos que solo conocemos por internet nos da mucha ilusión.
Ver y abrazar a todos los amigos chilenos que nos han visitado durante todos estos años y poder por fin salir de las videollamadas, conocer sus lugares, que siempre nos cuentan muchas cosas de Valparaíso, de Santiago, de la gente, de la comida y eso nos emociona bastante.
Gracias a lxs chicxs de Sobreimpresiones que han gestionado todo y nosotros super emocionados y trabajando para llevar cosas que [sobre] impresionen a la gente.
Queremos mucho comer completos, la comida nos mueve mucho también –risas–. Un amigo ya nos consiguió merkén de Temuco. Más que la gráfica nos gusta comer cosas ricas y nuevas –risas–.
Hace unos días, el artista Pablo Delcielo nos decía que esta red latinoamericana se sostiene primero sobre la admiración inicial, y luego sobre el cariño puro. ¿Lo ven así?
Lo es todo. Ese cariño y unión latinoamericana se sienten muy fuertes. Cuando conocimos a Pablo, cuyo trabajo admirábamos hace años, no podíamos creer que fuese real y estuviese en nuestro garaje –risas–.
Ese afecto es nuestro motor. A veces las familias no entienden a qué nos dedicamos ni cómo subsistimos. Nosotros dejamos nuestros trabajos de oficina por este proyecto que ha funcionado para nosotros. Y nos levantamos con ánimo porque sabemos que vienen esos reencuentros.
Será muy hermoso ver a tantos proyectos que nosotros admiramos y en verdad que eso nos mueve todo adentro. Son amigos y son familia; de México, de Ecuador, de Perú, de Argentina y todos los chiques de Chile.
Eso va a marcarnos a todos y quizás se marque como el punto de encuentro de los siguientes años.



