Presentación Propétides de Micaela Paredes-Barraza

junio 14, 2026
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Propétides es el nombre del poemario de Micaela Paredes-Barraza, reconocido en España con el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández de la comunidad Valenciana. Con más de 40 poemas, el volumen publicado por la naciente La esporádica editorial se vale del mito de las desertoras del culto a Venus como una forma de expandir y romper prisiones de género. 

Este texto es una de las lecturas de la presentación realizada en Valparaíso.

Hay libros que llegan a nuestras vidas y hay libros que irrumpen. Propétides irrumpió en el cielo de mi psique en cuanto comencé a leer. Lo primero que pensé fue: estas mujeres llevan dos mil años esperando que alguien les devuelva el micrófono. Y Micaela se los devuelve. Sin pedagogía, sin condescendencia, sin ese tono de «voy a explicarte el feminismo a través de los griegos». Lo hace con algo mucho más difícil y mucho más interesante: con humor, con rabia fina, con una inteligencia sutil y misteriosa como la constelación de las palabras que ella invoca y convoca.

El punto de partida es Ovidio. Las Propétides fueron las primeras mujeres que, según la mitología, se atrevieron a negar la divinidad de Venus. El castigo fue brutal: las convirtieron en piedra. Ese es el molde que Micaela rompe. Porque en este libro las piedras hablan. Y lo que tienen que decir es bastante más complejo que lo que el mito original quería que dijéramos de ellas. Micaela no se limita a citar el mito, sino que lo habita. Desplaza el foco desde la condena moral hacia la experiencia subjetiva de las protagonistas. No es una «recontextualización» inocente. Es un gesto político: las que fueron silenciadas, castigadas, metamorfoseadas en objeto, hablan desde adentro del castigo. Existe una tensión constante entre la antigüedad clásica y una voz lírica que resuena en el presente, sugiriendo que las estructuras de juicio social sobre la mujer han mutado, pero persisten.

Proserpina, la primera en aparecer, nos cuenta que ella misma tendió la trampa. Que dejó caer las sedas de su enagua como cebo para el dios del Inframundo. Que el rapto fue una negociación. Es un poema que dura tres minutos en leerse y deja una pregunta dando vueltas varios días: ¿cuántas veces la Historia le quitó a una mujer la autoría de sus propias decisiones?

Después está Dafne, que huye de Apolo no por virtud ni por pudor sino porque el tipo le parece un farsante insoportable. Aracne, que no se arrepiente de haber humillado a Atenea y lo dice con una elegancia que duele. Eco, acusada de plagio, que se defiende señalando que todos los poetas toman voces prestadas, y tiene razón. Judit, que canta mientras sostiene una cabeza cortada y sabe exactamente lo que está haciendo. Las Ménades, que dan su versión del desmembramiento de Orfeo y resulta que no hubo lágrimas.

Lo que hace Micaela con cada una de estas figuras no es simplemente «darles voz». Eso sería demasiado fácil y demasiado condescendiente. Lo que hace es devolverles la complejidad que el mito les quitó. Sus personajes no son heroínas limpias. Proserpina es calculadora. Clitie es despechada. Mirra carga con un amor imposible y oscuro del que no se puede hablar fácilmente. Atalanta lleva casi treinta años huyendo de sí misma y lo sabe. Son mujeres en toda su contradicción, no en su versión de ser un monumento a lo femenino.

Y el lenguaje hace exactamente lo mismo que los personajes: no se queda quieto. Hay versos de un registro casi épico seguidos de algo completamente coloquial. Apolo, en boca de Dafne, dice: «¿Acaso no te enteras de quién huyes?», y es ridículo a propósito. Esa oscilación entre lo solemne y lo doméstico, entre el mito y el chiste, es donde vive la voz particular de este libro. Es descarado, inteligente, a veces muy gracioso. Es donde reconoces que estás leyendo a alguien que domina los dos registros y decide cuándo mezclarlos.

El cuerpo femenino es protagonista absoluto: el cuerpo que desea, que pare, que es convertido en río, en árbol, en araña. No es victimismo sino materialismo radical. La carne como el único territorio real.

El libro tiene cuatro secciones y un movimiento interno que no es dramático sino de destilación. La sección I es la más densa en herencia y duelo, los muertos en la lengua, el cuerpo que carga historia ajena, Atalanta huyendo de su propia sombra. La II entra al deseo y al cuerpo como territorio, Pigmalión, Galatea, Judit, Aracne. La III es la zona más erótica y oscura, Dafne, Mirra, Clitie, el amor imposible o el amor que destruye. La IV suelta las figuras mitológicas casi por completo y entra en algo contemplativo y cósmico, pájaros, mar, piedra, silencio, una voz que ya no necesita el mito para sostenerse. Como si después de toda esa rabia articulada el libro necesitara respirar. Como si las figuras, habiendo dicho lo que tenían que decir, pudieran por fin descansar.

Hay un detalle del objeto libro, del artefacto, que me parece importante mencionar porque dice mucho sobre cómo Micaela entiende y hace lo que hace. Este libro se terminó de imprimir el 17 de abril con luna nueva en Aries, en 999 ejemplares foliados a mano uno por uno. Los últimos doce llevan manuscritos de la autora y se llaman «ejemplares oraculares». No es marketing. Es una declaración de que un libro también es un rito, también es un cuerpo, también tiene su propio destino.

Propétides es un libro que se instala en la tradición para subvertirla desde adentro. Confía en que el lector va a estar a la altura, y esa confianza, en la poesía chilena de hoy, es un gesto tan político como los que habitan cada uno de sus poemas.

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