Cuando el VIH hace un striptease en el escenario. Sobre la obra El beso de Rock Hudson (2026)

La obra del Colectivo La Comuna se construye a partir de testimonios y archivos de personas viviendo con VIH y de sus círculos íntimos. Desde una mirada crítica y disidente, el espectáculo contrasta el relato local con la narrativa de los medios masivos y activa el deseo, la sexualidad y el contagio como práctica de memoria comunitaria. Esta es la revisión de Cristeva Cabello.
[Las fotos son de Pablo Benítez]
Rock Hudson fue un actor estadounidense del cine dorado de Hollywood en tiempos en que éstos mantenían oculta su orientación sexual para no perder sus trabajos. Rock Hudson fue la primera estrella cinematográfica en morir de sida. El sida se lo llevó. Durante las grabaciones de la serie de TV Dinastía, el actor debe besar a la actriz Linda Evans, pero, por miedo a contagiarla, evita el beso e incluso se enjuaga con cloro porque imagina que así podría eliminar el virus. Como si el virus fuera una suciedad que circula en la saliva. Todo lo contrario, la saliva es un medio de protección.
A partir de este fragmento de la historia, la obra El beso de Rock Hudson –estrenada en GAM a inicios de junio– recorre la memoria en torno a esta pandemia, devela las formas de ocultamiento, interroga el detrás de la pantalla, expone el abandono, las luchas y el deseo en torno al VIH/SIDA. La obra pone en escena archivos, memorias del trauma y testimonios de quienes viven con el VIH y especialmente el rol de quienes acompañaron en el proceso de vivir con el virus en Chile.
La compañía Colectivo La Comuna (El ritmo de la noche) trabaja con una metodología que pone en escena archivos del activismo y de las políticas públicas sobre el VIH/SIDA, a través de una práctica teatral centrada en la escucha y en la puesta en escena de las memorias de las disidencias sexuales.
Dirigida por Diego Agurto y Santiago Rodríguez, la obra activa archivos sexo-disidentes a través de cuerpos, gestos e imágenes; es decir, más que montar una obra de ficción, El beso de Rock Hudson hace resonar afectos, fragmentos de una historia sin héroes y deja fluir una corriente de memorias que sobrevivieron a la exclusión o a la muerte. No se trata de montar la gran historia del sida en Chile, sino de unas historias menores, que se revuelcan, sin mártires, y que son producto de una serie de encuentros y talleres con personas seropositivas. Entre coreografías y una gestualidad que proviene del voguing y de los bailes de comunidades queer y trans marginadas, la compañía construye un lenguaje corporal y escénico propio, con una pose constante en la interpretación para adornar el dolor y materializar el goce del cuerpo positivo. Coreografías a cargo de César Cisternas, bailarín que participó en el colectivo de danza Guerrilla Marika, quien brilla en el escenario al poner toda una memoria corporal al servicio de la performance actoral.

A través de una tragicomedia se recorre la memoria de un activismo rodeado del duelo, de la pérdida y de la omisión en la historia oficial, pero que ha sido fundamental para el reconocimiento del movimiento de liberación LGBTQ+. El activismo LGBTQ+ en Chile surgió y se sostuvo a través de la prevención del VIH/SIDA; era una excusa para ocupar el espacio público en los noventa, una salida del clóset que ocurrió desde el ámbito de la salud, antes de que la política, la academia o el campo artístico abrieran su espacio a estas temáticas en el siglo XXI. Muchas iniciamos en el activismo LGBT enseñando a usar el condón, desde donde gran parte del activismo homosexual y lésbico surgió como una posibilidad. La obra menciona organizaciones como CRIAPS, Acción Gay y Fonosida, entre otras, que promovieron el activismo durante el periodo democrático. La fallecida escritora Claudia Rodríguez, activista travesti seropositiva, trabajó como consejera en el Fonosida durante más de una década y se autoproclamó Miss Sida en el año 2007 durante una marcha de la diversidad sexual: “Soy la travesti que asume públicamente toda la vergüenza de la epidemia”, señaló[1] la autora.
En este sentido, la obra también otorga protagonismo a esas mujeres que trabajaron cuidando o escuchando los testimonios de quienes buscaban orientación. Mujeres que eran madres, que cuidaban enfermos o travestis trabajadoras en el Fonosida —un teléfono que, en la obra, suena permanentemente—, que, previo a la masificación digital, era el mecanismo para obtener información. De hecho, son dos las trabajadoras, interpretadas cómicamente por las actrices Lola Quezada y Zirena Piña, que encarnan a estas mujeres que esperan la llamada, vestidas con un uniforme blanco y un pañuelo rojo que les rodea el cuello, un diseño de vestuario a cargo de Loreto Martínez que recuerda al símbolo internacional de la lucha contra el VIH/SIDA. Son estas mujeres, encargadas del programa, quienes narran fragmentos y susurran historias sobre el VIH.

La obra está mediada por este par de trabajadoras, asistentes de un programa de prevención, un “programa” que es a la vez un programa de atención y que la obra convierte hábilmente en un programa de televisión. Un espectáculo de entretención con invitados fantasmagóricos, referencias a la cultura popular y a la cultura queer, entrevistas a quienes perdieron a algún amigo, a algún amor, además de bailes y cortinas propios de un estelar de la época dorada de la televisión. Una televisión que durante décadas ha invisibilizado y promovido estigmas sobre esta enfermedad que se llevó muchas vidas en el abandono.
Recientemente, en Chile han florecido nuevas narraciones de ficción, tanto en el teatro como en la televisión y en el cine, que han retomado las memorias de las víctimas de esta pandemia, creando nuevos relatos sobre una enfermedad que permaneció en silencio, como la película La misteriosa mirada del flamenco, de Diego Céspedes, o la dramaturgia Simbiosis Helena Alegría Gallardo, escrita por Carla Zúñiga. El beso Rock Hundson se suma al brote de estas narraciones que vienen a hacer memoria y justicia frente a una enfermedad amenazada por las políticas de la ultraderecha.
Todo el dolor y la tragedia de la muerte que rodean la pandemia del sida están cargados de alegría y afectos con un teatro basado en archivos personales y colectivos. Cabe destacar la selección de archivos mediáticos que circulan en la obra como un scrolling: aparecen campañas, ficciones y momentos históricos que rodean la pandemia, en los que las políticas conservadoras incluso recomendaban la abstinencia sexual para prevenir la transmisión del VIH/SIDA. En la obra conviven con la actuación las proyecciones de archivos audiovisuales que han difundido estigmas desde la década de los 80 hasta el presente.

La obra es una investigación sobre el sida, sus memorias y sus archivos. Es una obra en la que los archivos sobre una pandemia hablan en escena, donde los traumas se convierten en fantasías y resuenan con sus imágenes. A través de la repetición de testimonios de personas VIH positivas circulan los temores y el miedo, pero, sobre todo, la dificultad de decirlo en público, el impacto del diagnóstico, el amigo que acompaña a otro a hacerse el examen, el que es penetrado por varios en una noche de drogas, el documento con los resultados de un diagnóstico o el que no es capaz de decirlo.
En El beso de Rock Hundson no se encuentra una narración lineal, sino que son los objetos, las imágenes y las fotografías los que se organizan en este teatro de materiales que desatan memorias afectivas, de quienes se abrazaron o escucharon para resistir. El archivo baila, se mueve en escena, nos desorienta y, asimismo, el virus hace un striptease en el escenario. Un virus que fue sinónimo de muerte y estigmatizó a la comunidad homosexual. La obra juega con lo positivo, con emociones que buscan celebrar un estado viral de quienes hoy viven con el VIH. La obra es una forma de reconocimiento a estos activismos que han puesto la escucha en el centro.

FICHA ARTÍSTICA
Compañía Colectivo La Comuna | Co-Dirección y dramaturgia Diego Agurto Beroíza y Santiago Rodríguez Costabal| Producción Nicole Venegas | Elenco Lola Quezada Mendoza, César Cisternas Valdés , Omar Morán Y Zirena Piña | Coreografías César Cisternas Valdés | Diseño Escenográfico e Iluminación Tobías Díaz | Diseño de Vestuario Loreto Martínez Labarca y Boris Martínez Labarca| Diseño sonoro Cristian Reinas | Jefe Técnico Víctor Zúñiga | Diseño Gráfico Florencia Rodríguez| Creación Audiovisual Gonzalo Barceló | Agitación teórica Jorge Díaz Fuentes y Manuel Correa | Comunicaciones Claudia Rojas | Redes sociales Pablo Silva | Confección de cortinajes y asistencia de montaje Nané Wapash | Realización de tarima Taller Jose Rojo | Realización de Pantalla Coleoptera Muebles
[1] Trans andina: Claudia Rodríguez, activista chilena, lavaca, 14/02/2019. https://lavaca.org/notas/trans-andina-claudia-rodriguez-activista-chilena/



