El filo sexológico de la literatura

Las experiencias homoeróticas en la narrativa chilena encontraron muchas formas de narrarse durante el siglo pasado. Una nueva edición de La condena de todos entrega claves para interrogar ese problema.
A Patricia Espinosa, por confiarme sus hallazgos literarios
La novela La condena de todos de Jaime Valdivieso termina con el lamento de su protagonista. Alberto Lazcano, adolescente, migrante y uno de los tantos hijos de una familia burguesa de la Quinta región, fracasó en la única y acotadísima acción que moviliza el presente de este relato situado en la ciudad de Santiago: romper el hielo y hablarle a una mujer. Resulta por lo bajo enigmática la historia que rodea a este texto publicado en 1966 y que fue reeditado con suma discreción por Alfaguara en 2010 (la reedición no se asume como tal, pues no consigna la existencia de una primera versión). Tanto el autor como la novela fueron aclamados unánimemente por la crítica de su tiempo, a pesar de la naturaleza de los elementos tramados literariamente. Me refiero a la sexología, el homoerotismo y el culto que muchos hombres rinden –“heterosexualmente”– al pene de sus congéneres. Probablemente, no fue percibida como una amenaza, pues la literatura de los sesenta valoraba la psicología del adolescente como un valioso tema de indagación.

En el prólogo de 2010, Valdivieso espera que la caracterización de su protagonista “interprete” a los adolescentes del nuevo siglo. Entre ellos sus nietos, a quienes va dedicada la reedición. Cuarenta y cuatro años antes, Valdivieso elabora una narración que rehuye de la acción, pues está constituida principalmente por recuerdos y fantasías. Por eso Alberto es un joven que vive atrapado en sus pensamientos y considera que cualquier imprevisto constituye una humillación o un cuestionamiento de su hombría. Los cuerpos desnudos de su hermano y de sus amigos, y la interacción malograda con Gladys (su principal interés amoroso), todo puede volverse una amenaza. Tal vez la centralidad del amor romántico heterosexual como eje del conflicto neutralizó la homofobia de la crítica del sesenta y, paradójicamente, también la homofilia de los investigadores LGBT contemporáneos. Sin ir más lejos, el desconsuelo final del protagonista, aquella sensación de estar “perdido, que el mundo no tiene salida, que todo es un caos, una confabulación ciega en su contra”, es atribuida narrativamente y por proximidad al final infeliz con Gladys.
Aunque la obra de Valdivieso no se subordina a una causa política, como la reivindicación de las diversidades sexuales o la crítica pedagógica de la masculinidad patriarcal, acude en gran medida a personajes planos que funcionan como intermediarios de discursos. Es decir, hay diálogos en los que el discurso sexológico entra al texto literario en estado puro, como un injerto, evitando su incorporación indicial. Don Osvaldo, el profesor de biología, y tal vez una versión ficcionada del célebre sexólogo chileno Osvaldo Quijada, es convocado esquemáticamente para aclarar las inquietudes sexuales del protagonista:
Dígame, don Osvaldo –le preguntó, luego de sus cavilaciones–, usted como profesor de biología y hombre de experiencia con el que me atrevo a conversar sobre cualquier cosa, ¿por qué desde niño me resulta penoso concebir que mi madre y mis hermanas tengan relaciones sexuales? ¿Por qué pienso en este acto como algo vergonzoso y degradante? Sin embargo, a veces pienso que es perfectamente natural y valioso.
El diálogo, en su evidente carácter autoexplicativo, funciona como bandejeo para el discurso sexológico de Don Osvaldo. En contraposición a los curas del colegio, unánimemente anti-sexo y pro-culpa, este profesor, quien es respetado profundamente por el protagonista como “alguien que ha sufrido y luego adquiere un nombre” y que “sabe escuchar”, le responde:
…el problema es más profundo, tiene raíces más hondas. A mi modo de ver, todo deriva de cómo nuestra moral, nuestra sociedad, fuertemente cristianizada, concibe los asuntos del cuerpo, y, por consiguiente, las relaciones sexuales. Porque, fíjate tú: analicemos. Lo que en realidad se presenta de hecho como una experiencia genuinamente mágica, dramática, donde en determinado momento el espíritu sufre la humillación de la más completa derrota por el cuerpo, al caer el hombre en una especie de vacío, de mundo puramente animal, para luego salir de esta prueba naturalmente estupefacto, devorado por el misterio (consecuencia lógica del retorno de los abismos), la ética cristiana lo relaciona con la idea del mal y del pecado. Recuerda que el cristianismo considera la materia como su peor enemigo, y ha luchado siempre por subordinarla y hasta por anularla. De aquí, por supuesto, sus prédicas, su exaltación de la castidad, sus anatemas al mundo, a la carne.

Más allá del contenido de la explicación sexológica extremadamente condensada, el diálogo funciona como una clave para comprender políticamente el texto. La condena de todos escenifica un cuerpo: un cuerpo adolescente en crisis (antes de que esto se tornara una tautología); un cuerpo desgarrado por discursos como la religión, la educación, la ciencia y el arte. Lo que une a Don Osvaldo, con sus explicaciones científicas de aspiraciones emancipatorias, con Alberto, y sus ansiedades encarnadas, es el cuerpo. El cuerpo padecido y el cuerpo descrito pormenorizadamente, lo que para efectos novelísticos es lo mismo. Es decir, un cuerpo que puede, y debe, ser escrito no obstante su carácter inasible para los discursos dominantes que intentan apuntalarlo cada vez con mayor insistencia como ocurre con el auge de la cultura juvenil. El texto tiende a sustituir la narración (del cuerpo) porque está tramando tácticamente un discurso con mayor legitimidad (sobre el cuerpo)[1]. No obstante la total afinidad ideológica con los segmentos narrativos –que a ratos adolecen de un carácter ilustrativo del esquema previo–, la sexología funciona como contrapeso para mitigar la narración polémica del desajuste de los mandatos de clase y género.
La novela comienza con un relato en primera persona, que a ratos tenderá hacia la tercera y cambiará su focalización hacia Gladys. Alberto se encuentra en la casa de su abuela en Santiago, pues acaba de terminar el colegio y debe decidir qué estudios universitarios seguir. Es la caracterización de un estado de ánimo, de una disposición corporal, en esta casa familiar que le resulta impropia. Alberto intenta conciliar el sueño:
con el cuerpo desnudo, solo cubierto por las sábanas, afiebrado, voluptuosamente sudoroso (sintiéndome húmedos las axilas y el hueco que me divide el pecho en dos). Imposible dormir, imposible pensar: es este cuerpo tenso, lacerante; esta atmósfera conventual, esta luz empecinada que me atraviesa los párpados y las mil imágenes de esta noche desgraciada, perra, mil veces perra.
Aquel cuerpo voluptuosamente sudoroso, enfocado desde el hueco que divide el pecho en dos, no es otro que el cuerpo de sus fantasías sexuales, que luego será representado en el cuerpo de Patricio, “su único y verdadero amigo”. Esta será la primera evocación narrada: una tarde en las piscinas del Estadio Nacional, en un ambiente de “velado y alegre erotismo”. Alberto contempla a su amigo con insistencia, y lo describe como lo hizo anteriormente con su propio cuerpo idealizado:
Patricio se levanta y mueve deportivamente los brazos, a la vez que contrae y dilata el tórax. Le es imposible evitar cierta fascinación ante el cuerpo fornido, bellamente dibujado de su amigo. Observa la piel ocre y los vellos de las piernas y del pecho, que unas gotas de transpiración han vuelto húmedos y lustrosos. ¿Tendré algo de homosexual? Pero si a mí me gustan las mujeres.

Se trataría, en un inicio, de una novela prototípicamente homoerótica en la que, como en abundantes ficciones, se exploran las zonas erógenas de la amistad masculina. Aquella tentativa queda suspendida a lo largo de toda la novela, pues Patricio no tiene mayor incidencia ni desarrollo. Él fue tan solo una de las fantasías de Alberto, que volverán hacia el final de la novela como otra evocación aislada y encarnada en otros cuerpos masculinos. Despreciandose a sí mismo, blanco y enfermizo, recuerda los voluminosos penes de su hermano, Tomás, y de Chávez, un compañero de colegio. Alberto oscila entre la autodestrucción, pues “a Chávez lo envidiaba hasta las lágrimas”, y la complacencia, pues sentía “orgullo de ser su amigo”. Lo mismo ocurría con Tomás, “que lo llenaba de emoción y fraternal orgullo”. La hombría sería tan anhelada por el protagonista que no se limita a una actitud –frente a otros hombres ni frente a las mujeres–, sino que se torna, de manera hiperbolizada, un don que chorrea desde los miembros viriles más cercanos, respetados y deseados (heterosexualmente, por supuesto) por el protagonista.
Valdivieso subsume el homoerotismo masculino en los recovecos neuróticos de la psicología de la adolescencia burguesa. Es parte de una batería de inquietudes que se ubican en los lindes de lo que epocalmente se denominaba la moral sexual, junto a la masturbación. Esta caracterización literaria sitúa al texto en las escrituras de la homosexualidad burguesa, en las que el sujeto entra en una espiral introspectiva y autodestructiva de sus cimientos identitarios. En esta misma tradición se ubica Toda la luz del mediodía (1963) de Mauricio Wacquez, quien también acude a la novela psicológica, de acciones mínimas, para enfocar el deseo homoerótico como elemento corrosivo de la identidad adulta, de la paternidad y el matrimonio. Pero Valdivieso hace protagonista al sujeto adolescente, la crisis deja de ser una deserción de la identidad impostada por décadas para transformarse en un fundamento de la socialización.
Sin embargo, esta novela no figura en la historia de la literatura chilena, ni tampoco en su panteón rosa reivindicado con mayor insistencia en las últimas décadas. Raymond Williams se refiere a las “tradiciones selectivas” para explicar este tipo de fenómenos: ciertas zonas de experiencia colectiva del pasado son excluidas y otras acentuadas, sobrerrepresentadas, para dar sentido de continuidad a una hegemonía. Por ejemplo, a pesar de que la migración campo-ciudad de sujetos jóvenes es un hecho sociológicamente constatable e incluso un fundamento de la mayoría de las literaturas homoeróticas del siglo XX, como ocurre con la soviética Alas (1905) de Mijaíl Kuzmín o con la argentina Asfalto (1966) de Renato Pellegrini, esta resulta un proceso insignificante en la estructuración del canon homoerótico nacional. En cambio, la década del sesenta suele ser descrita a partir de excepcionalidades como Donoso y Wacquez: la literatura propiamente homosexual de una clase dominante y su estética, también dominante, que encontró un signo propicio para desgarrar novelísticamente su subjetividad.
Para Williams la tradición es un ámbito de lo hegemónico, por tanto funciona retroactivamente para dar sentido al presente y sus inquietudes. El investigador Christopher Chitty advirtió que incluso las lecturas de pretensión contrahegemónica siguen en los contornos de una hegemonía. Esto lo lleva a plantear una metodología –el “realismo queer”– que pretende disociar las fantasías del presente sobre las sexualidades del pasado, para evitar identificaciones forzadas y subordinar, anacrónicamente, las sexualidades del pasado. En otras palabras, Chitty nos recuerda que no existe una comunidad LGBT transhistórica ni transcultural, y que en muchas ocasiones los intérpretes del presente, como ya advertía Williams, moldeamos el pasado para encajarlo en nuestras fantasías, en las que muchas veces se infiltra el orden (por ejemplo, la homosexualidad liberal del amor entre iguales).
¿Cuál sería este orden que dejó afuera a novelas como La condena de todos? No me refiero exclusivamente a esta novela, sino a la zona de experiencia que representa. Esta hegemonía que llegó a perpetuarse como tradición demuestra que la juventud ha sido desestimada como sujeto político. En términos literarios, explicaría por qué la abundancia de sujetos jóvenes, migrantes, mayoritariamente ajenos a la elite e insertos en dinámicas homoeróticas urbanas, no incide en la periodización de la literatura homoerótica nacional. Y, concretamente, por qué sería contraintuitivo hoy levantar a este sujeto literario como protagonista de un periodo asociado principalmente a las diadas macho/loca o burgués en crisis. En el momento actual, el tratamiento literario del homoerotismo en este texto resulta relativamente inocuo, como una crisis adolescente. Sin embargo, por las posibilidades que otorga la ficción narrativa, es una posición conservadora. Valdivieso, desde el discurso literario, podría ser considerado un cultor de la adolescencia tal como la conocemos normativamente.

Alberto está en Santiago, en la casa de su religiosa abuela con “esa luz ambigua que envolvía las cosas en una atmósfera detenida, persistente y áspera, peligrosamente conventualo e irremisiblemente extraña y ajena”. Evoca el campo como el espacio de sus primeras experiencias sexuales, en caminos y matorrales, en noches inhóspitas y de abusos de poder con la servidumbre de su casa paterna. Sin embargo, volver no es una opción pues aquí, en la ciudad, “como en ninguna otra parte puede encontrarse tranquilo y conversar largamente con ese personaje sabio, comprensivo y encantador que halla dentro de sí mismo”.
Jaime Valdivieso levanta una escritura conciliadora, o puente, en la que coexisten elementos disímiles que hermanan a su novela con las estéticas literarias homoeróticas canónicas del periodo: la novela psicológica de Wacquez y la novela experimental de José Donoso. Estamos frente a un protagonista de una introspección inagotable, con pasajes de detalladas contemplaciones y cautelas frente a la acción, como ocurre con Max, el protagonista de Toda la luz del mediodía (1965), la primera novela de Wacquez. La narración, a su vez, intenta tímidamente incorporar innovaciones formales, como la alternancia de la focalización y del tipo de narrador, como ocurre en El lugar sin límites (1966) de José Donoso. Y también muestra a un adolescente encuadrado desde la cultura juvenil y anhelante de validación y masculinidad, sea esta un don o la proximidad erótica con otros hombres, como los protagonistas de Mario Cruz y Luis Rivano.
Creo que el menosprecio estético por lo adolescente inclina a Valdivieso hacia el lado de los excluidos, a pesar de que reproduce discursos dominantes en vías de legitimación. Y esta exclusión, claro está, no es inocente y responde a la selectividad de la tradición, al ajuste de un pasado que se torna contradictorio para las tendencias de una crítica LGBT dominante atrincherada en su mitología y la vanguardia estética de sus próceres. Estas narraciones nos recuerdan que la historia de la homosexualidad no es la historia de la homosexualidad burguesa, ni su autodestrucción identitaria ni del anhelado amor romántico entre iguales. Esta tiende a ser, más bien, la historia de un abuso de varones de una clase dominante sobre cuerpos jóvenes vulnerados. El adolescente, por tanto, es un signo propicio para leer esta violencia y el especial esmero que muchos discursos, entre ellos el literario, dedicaron a delimitar una sexualidad que irrumpía recientemente en el espacio público.
[1] Otro ejemplo ilustrativo de esta táctica es la película alemana Diferente a los demás (1919) de Richard Oswald. La ficción narra la vida del célebre músico Paul Korner, quien es extorsionado por su orientación sexual luego de que alguien descubriera su romance con uno de sus discípulos. Si bien la película es un panfleto a favor de la derogación del artículo 175 que penalizaba la homosexualidad en la Alemania de entreguerras, la narración fílmica indaga en las contradicciones de los personajes, las alianzas inesperadas que pueden formarse durante una crisis familiar y la desesperación del protagonista. Sin embargo, hay pasajes de un evidente didactismo, en los que Paul acude a un sexólogo: el mismísimo Magnus Hirschfeld, quien se interpreta a sí mismo y le explica el carácter arbitrario y contradictorio de la estigmatización de la homosexualidad masculina. Así, la película, cuyo objetivo era movilizar a los espectadores contra una legislación injusta, contempla en su interior un discurso legitimado como contrapeso a una de las primeras representaciones ficcionales de un sujeto homosexual en el cine.




