Juan Malebrán, del desierto a la selva: el vértigo de nombrar desde el margen

Juan Malebrán creció entre los descampados de Alto Hospicio; hoy vive en Cochabamba y recorre la literatura boliviana con el proyecto Endémica. En esta conversación, repasa la infancia desértica, el vértigo de la selva y la conciencia de ese saludable margen desde donde escribir.
Juan Malebrán nació en Iquique, en el extremo norte de Chile, pero creció en Alto Hospicio, ese territorio de camanchaca y desierto que aún no cargaba con el peso de los prejuicios ni las crónicas policiales. Puede decirse que es “hospiciano”. Allí, de niño, aprendió que los descampados pueden ser espacios de juego infinito y que un cadáver antiguo, hallado entre dunas, se descifra con la misma lógica asombrada que un tesoro.
Poeta, gestor cultural y entrevistador, Malebrán vive hoy en Cochabamba, Bolivia, donde integra el centro cultural mARTadero. A través de este espacio ha desarrollado en los últimos años el proyecto Endémica junto a Claudia Michel y Antonio Villazón. Se trata de una plataforma que ya suma más de sesenta conversaciones con autores bolivianos.
Su poesía, atravesada por el desierto, la selva y el valle, indaga en la pérdida de centralidad del sujeto que nombra y en esos gestos mínimos donde, como él dice, «en cada grano de arena nos sorprende un signo». Dentro de sus libros sobresalen Trópico, Eriazo y Tardío, obra ganadora del Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española (México). En Chile, a su obra se puede acceder a través de la editorial Navaja (@editorialnavaja).


A continuación, una conversación que recorre su infancia en Hospicio, el paso del desierto al trópico boliviano y su mirada sobre el ecosistema literario del país andino.
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-Cuando eras niño en Alto Hospicio, antes de que ese nombre cargara con el peso de los prejuicios y los hechos policiales, ¿cómo habitabas el territorio? El desierto podía ser para ti un espacio de juego infinito, de descubrimientos extraños —como toparse con un cadáver antiguo— y de intentar descifrarlo con la lógica y el asombro de la mente infantil junto a los amigos… ¿De qué manera la infancia y el ir y venir de Alto Hospicio han marcado tu poesía?
Respondo ahora mismo desde Hospicio y, ¿sabes?, a medida que envejezco, más cerca me encuentro de ese desierto infantil. Los descampados suelen ser lugares estupendos y este, especialmente en invierno, cuando la camanchaca hacía lo suyo, era un espacio dado para el disfrute. Hace un par de días, desvaríos de la memoria mediante, recordamos nuestras primeras andanzas en San Agustín de Huantajaya. Supongo que alguien habrá mencionado la mina o quizás cómo, pero una tarde llegamos ahí y, ante la falta de linterna, avanzamos boquerón adentro guiados por el tanteo de las piedras. Las cosas iban un poco así. Un alegre grupo de niños decididos a curiosear este o aquel cerro y pasar las tardes, al decir de Podestá (Juan Podestá, escritor iquiqueño), en medio del pampal. Ya luego vendría el desierto como búsqueda y extravío. ¿Hablar y no escuchar a nadie más que a uno, hablándole a nadie y haciendo del habla un medio para la contemplación? Quién sabe. Puede que algo haga tierra en el poema. En cada grano de arena nos sorprende un signo, dicen que.
-Actualmente resides en Cochabamba, y Bolivia ha entrado en tu poesía de una manera muy distinta al desierto. ¿Cómo viviste ese paso del desierto a la selva y al bosque, del altiplano al trópico húmedo? ¿Esa naturaleza abundante y desordenada de Bolivia te descolocó al principio o fuiste adoptándola con los años?
-Mi madre es de Yungay. Hubo ríos, ñachi y matorrales desde pequeños. Por lo tanto, el verdor del valle cochabambino nunca me ha sido ajeno. Lo que sí resultó completamente distinto fue el trópico. “Todo es potencia y ritmo, voracidad y hartazgo”, escribió el poeta cruceño Raúl Otero Reiche. Y gran parte de eso se traduce en ruido. Mucho ruido. La selva suena y cada emisor sonoro, por diminuto que sea, seguro tiene un nombre. Cada flor, arbusto o enredadera, también. Y así no se puede. Mientras intentas averiguar cómo se llama la araña que acabas de ver justo donde ibas a sentarte, otra pandilla de bichos impronunciables te llenó de ronchas y, ojalá, no de huevos. Es fascinante, sin duda, sobre todo frente a la idea de natura como protectora. No es que en el desierto tengas un valor especial, pero en medio de la selva uno termina de asimilar que no le importas ni en lo más mínimo.
Ahora, para traer agua a nuestro molino, digamos que el sujeto que nombra, si es que alguna vez la tuvo, en estas geografías pierde centralidad.
-Hay una cierta idea de pesimismo en Chile: la sensación de que queda poco por descubrir, que todo es demasiado ordenado. En Bolivia, en cambio, percibo más incertidumbre, más vértigo, más riesgo vital en cada viaje. Y eso quizás condiciona que se aproveche mejor el tiempo —puede que sea una idea mía— o que exista más pasión. Si la poesía (o la literatura) boliviana tuviera un estado de ánimo, ¿cómo sería este, en contraste con el de Chile?
Me cuesta esta respuesta porque no logro visualizar un solo Chile, como tampoco una única Bolivia. De hecho, no resulta descabellado preguntarnos si existe realmente un ánimo compartido entre alguien que escribe desde Santiago y quien lo hace desde Coyhaique o Tocopilla. Me cuesta, por lo mismo, pensar el contraste que propones. Más bien entiendo estados de ánimo distintos conviviendo al mismo tiempo, algunos más públicos que otros. En todo caso, si tuviera que señalar alguna diferencia a partir de las sensaciones aludidas, estaría en relación con estructuras institucionales que en Chile muestran una administración de mayor efectividad y, como consecuencia, una mayor normativización. Ahora, tampoco sé si vivir bajo la incertidumbre abre la puerta, necesariamente, a una literatura más arriesgada.
Endémica
-En tu faceta de gestor y entrevistador en Endémica, has sostenido más de cincuenta conversaciones con autores bolivianos de siete departamentos. ¿Cómo ha sido esa experiencia de pasar del escritor al lector y luego a la escucha activa del otro?
Con la escritora Claudia Michel y el fotógrafo Antonio Villazón formamos parte del proyecto mARTadero. Endémica nace ahí. Claudia lanzó la idea, comenzamos a darle vueltas y, desde entonces hasta las últimas sesiones grabadas en La Paz hace apenas un par de semanas, ya sumamos sesenta entrevistas. El proceso ha sido bastante natural. Leemos, nos interesa la literatura boliviana y estamos dispuestos a escuchar. Se trata de prestar atención a procesos, propuestas y particularidades de quienes componen el panorama literario nacional y aceptan sumarse a estas conversaciones. Visto así, voy a intentar averiguar si lo entendería como pasar de un lugar a otro. Va más en la línea del podrías hacerlo tú mismo que en asumir el rol de entrevistadores.
Literatura boliviana
-¿Qué destacas del ecosistema literario boliviano al que te has asomado con Endémica? ¿Hay algún autor o autora que recomendarías leer en Chile, y por qué razón?
Salvo contadísimas excepciones, sabemos que los mínimos tirajes de nuestros libros no se agotan. Las segundas ediciones suelen ser una puesta en escena. Además, sabemos que la falta de stock en una librería probablemente se deba a que alguien, con frecuencia cercano al autor, compró la última de las tres copias disponibles. Así, nuestro pequeño autoengaño se suma al de el otro y juntos creamos un gran autoengaño colectivo. Temo equivocarme, pero en el reducido circuito literario boliviano pareciera haber menos engrupimiento, menos autoalumbre y más conciencia de ese saludable margen desde donde todavía se puede escribir sin necesidad de hacer puntos para nada ni para nadie, como bien señala Juan Cristóbal Mac Lean. Entonces, ¿a quién recomendaría? Difícil. Invito, mejor, a escucharles, y así cada quien decide.



