Cristian Hualacan: “Uno escribe solo, pero todo se termina transformando con los otros”

El escritor debuta con la novela Regalón, publicada por Ediciones Overol. En ella, un joven se enfrenta a los cambios de vida tras la muerte de su abuela, cuyo vínculo se bate entre la protección, las enseñanzas vitales y la severidad. Lo mapuche y lo urbano dialogan en las peripecias de quien aprende a vivir solo.
Regalón se presenta el viernes 26 de junio a las 19:00 hrs. en Bar Liguria de Merced y será comentado por el editor Luis López Aliaga y la académica Claudia Zapata.
La primera pregunta de esta conversación con Cristian Hualacan es sobre su vida. No hay muchos antecedentes sobre ti en la biografía del libro. ¿A qué te dedicas?
Con una copa de vino en la mano en el bar El Quijote del centro de Santiago, responde en breve: Me gusta ir a bares, me gusta tomar vino. Estudié Administración Pública, así que hasta las cinco o seis de la tarde soy un funcionario de una corporación. Leo mucho. Me gusta mucho leer. Leo más poesía que cualquier cosa.
Y se nota. Tras esta primera entrevista por su novela Regalón, su debut literario, me invita al debut de su casa nueva, un departamento en el centro de Santiago, a compartir el wetripantu con sus amigas y amigos, muchos de ellos jóvenes mapuches citadinos, como el protagonista de esta novela. Allí, las repisas están llenas de libros, especialmente de poesía. Y eso que todavía no me traje todos, dice cuando me ve curiosear en sus textos, gesto que se relaciona con la ya referida pregunta: a qué se dedica Cristian.
Años de talleres, de viajes en transporte público de la periferia al centro para ir al colegio, viajes a Puerto Saavedra de donde proviene su familia materna poblan su vida y nutren esta ficción que de cuentos devino a novela. En su primera etapa, estos relatos fueron premiados por el Premio Bolaño en sus ediciones 2019 y 2020. Se suma el reconocimiento en los Juegos Literarios Gabriela Mistral 2018. Aún así, no había publicado. Hasta ahora, seis años después, donde sale al mundo esta primera novela.

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-En esa agenda que está muy dedicada a la lectura. ¿Qué espacio tiene la escritura?
Para mí la escritura es un escape, y creo que todos los días uno medio que quiere escapar de la rutina, por eso me gusta mucho escribir en los espacios libres, estar medio solo.
-¿Por qué esperaste estos años, tras ganar los premios, para publicar?
Creo que nunca tuve un libro listo. Por ejemplo, cuando gané el Bolaño tenía cuentos; cuando gané el Gabriel Mistral también cuentos, pero se trataba de un libro en proceso. Me pasa mucho que nunca termino las cosas. A la vez, me interesaba más -y hasta el día de hoy me interesa más- el proceso de escribir que la publicación misma.
En general, en ese mismo escape que es la escritura, era muy activo en ir a talleres literarios y siempre mi escritura ha estado atravesada por comentarios de personas, por los talleres, por los amigos. Soy muy de leer a los amigos y las amigas.
Este libro era de cuentos, eran ocho o nueve cuentos que los empecé a mover y le pedí a algunos editores que me leyeran y ahí en Overol me dijeron que sí, que le gustaba, pero que le parecía más interesante transformar todo ese proceso en una novela. Eso fue un proceso largo que podía durar seis meses y terminó durando casi dos años en lo de los comentarios y el pimponeo.
Estos eran cuentos que se fueron en la novela, entonces tuve que reescribir cosas de manera muy intensa, y como soy muy de escapar, me demoraba muchas veces.
-¿Te costó el paso de los cuentos a la novela?
No creo mucho en la categorización del libros, como que ya están en la contemporaneidad y los libros son algo más amplio, más abierto.
-Hay un universo literario que se está construyendo, por algo se convierten en novela.
Claro, era un universo literario. Creo que había un tono similar. Si tres editores me dicen que se parecen y dan para una novela…
-Me imagino que al pensarse como universo, habla de obsesiones…
Sí, había muchas obsesiones. De hecho, como se transformó en una novela, se me olvidaron los cuentos. Eso fue muy entretenido del proceso; ese proceso de no terminar creo que se combina con lo que decía al principio.
-Otras autorías temerían dejar atrás un proyecto, transformar cuentos a una novela… Confiaste en los editores.
Bajo esa misma premisa de confiar en los editores, siempre construyo lo literario en colectivo. No me gusta tanto el escritor solo, me gusta más el escritor con amigos que escriben. Mis opiniones las voy construyendo mientras las converso, y creo que por lo menos lo literario para mí es muy claro: uno escribe solo, pero todo se termina transformando con los otros, al escuchar al amigo que te comentó, en el texto marcado. Yo también hago lo mismo, rayo mucho los textos de mis amigos, los comento, porque siempre estuve en esa de tallerear el texto, de trabajar mucho el texto.
-Antes de entrar a la novela, hablaste de la poesía. ¿Aún escribes en ese registro?
Sí, escribo poesía. De hecho, creo que he ido a menos talleres de cuento y más de poesía. Por eso creo mucho en la rigurosidad del comentario, porque en los talleres de poesía uno piensa la palabra, la forma y la imagen; piensa en el sonido, en la idea, y eso me gusta mucho. Pensar así los textos más que una gran historia o algo importante que decir, sino la forma en que se dice.
No tengo nada terminado en poesía. Siempre estoy escribiendo. De hecho, el mismo poema ya está más como un diario.
-Dijiste que esta distinción de los géneros no era importante pero se ven ambos en la novela. ¿Cómo conviven esos mundos para ti?, ¿se complementan?
Creo que a pesar de todo, la novela es un lugar abierto, entonces permite poesía. Como hay una historia de inicio a fin, ese llenado uno lo puede hacer con poesía. Por lo menos en este texto he tratado de darle esas pausas -que creo que el lector tiene que llenar- con imágenes que me parecen interesantes. Por eso creo que igual se nota un poco que leo poesía.
-La clase es sin duda es un componente muy presente en Regalón. ¿Desde qué lugar de enunciación lo haces?
Creo que la clase cruza todo: cruza la mirada, la literatura, el trabajo. Si bien en la literatura social chilena está muy presente la clase, creo que faltan lugares y sentía esa necesidad de contar esos lugares que según yo, están en la literatura chilena del siglo XX, están en la actual. Me considero de origen popular y por eso me parece interesante mostrar y pensar esos lugares.
Soy hijo de una mamá soltera, tuve un padre medio “transparente”. La historia de mi mamá es que nació en Puerto Saavedra y se vino a Santiago. Vivimos en La Pintana. Siempre he estado en lugares así, desde la adolescencia. Conocí Santiago porque tenía que movilizarme al centro, pero todo antes estaba en esos lugares, en zonas marginales. A pesar de esto, creo que en el fondo lo marginal son los ricos, ellos son la minoría. La presencia de lo popular está en todos los lugares.
-¿Y el ser mapuche?
Me pasa que lo mapuche en la novela creo que apareció desde otro lugar muy raro, que es el lugar de lo medio “anti mapuche”… O sea, mi mamá es de Puerto Saavedra, de una zona lafkenche. Mi abuelo hasta hace algunos años hablaba mapudungun pero ninguno se dice ser mapuche, y ese lugar me parecía muy interesante. ¿Por qué una familia o alguien que tiene estas raíces, que tiene un pueblo que tiene historia política, historia administrativa, historia de triunfos políticos, en ese lugar, todavía hay una vergüenza?
En ese lugar todavía hay algo que no está definido, y bajo eso lo mapuche se me apareció, porque eres moreno, se te aparece en la amistades, en que tus amigos también tienen familia que vino del sur; se te aparece en cómo te categorizan. Eso parece que es ser mapuche. Eso, hasta hace un tiempo, me aparecía desde la incomodidad más que desde el orgullo. De hecho, estoy recién estoy empezando a sentir o a pensar desde el orgullo.
-¿Desde qué lugar está esta dimensión en la novela?, ¿desde el orgullo o desde la verguenza?
Creo que desde la transición. Son cosas que ha pensado la misma Dani Catrileo, que han pensado la intelectualidad mapuche contemporánea, que son estos lugares del champurria, lo warriache. Pienso también en David Añiñir, en las artistas visuales como la Paula Coñoepan, la Seba Calfuqueo, Kutral Vargas Huaiquimilla. Esos lugares me parecen interesantes en relación a esta chilenidad que es muy triste en el sentido de que no tiene una historia o se la han borrado.
-Y en eso del borramiento, ¿crees que tu libro pueda contribuir a proponer una versión de lo mapuche?
Aquí voy a pecar de chileno: no, no creo; pero sí creo que esto que estamos hablando está muy presente en muchos lugares, y ahora se está hablando más, pero no, no está tan presente esta idea de lo que significa ser mapuche. De hecho, actualmente creo que funciona mucho como una categoría, porque en términos reales, en el mundo real sigue siendo violento ser mapuche. La gente que está en su territorio la siguen golpeando; los espacios de poder lo siguen teniendo ciertas personas del mismo origen.
-Seguro que algo va a aportar el libro en esta disputa…
Sí, eso. Creo que es una disputa.

-Hay otro elemento que me gustó que tiene que ver con la muerte, que es motor en la construcción de la identidad del personaje. ¿Cuán determinante es la muerte en el relato?
En mi manera de ver es mucho más simple y latero. Raúl Ruiz tiene una frase -que ya es como un meme- donde dice que los chilenos en algún momento siempre terminan hablando de la muerte. Y claro, cuando uno viaja -no he viajado mucho- se da cuenta que los chilenos son muy tristes. O esas veces cuando estaba con mi abuela real en Puerto Saavedra -yo nunca viví con mi abuela-, siempre se acordaban de un muerto, y la conversación se pausaba y después volvían a otra cosa y todo era normal.
Ese silencio que causa la muerte, que lo vemos tan normal en todas las conversaciones, que uno no se da cuenta, eso me me pareció un motor de idea del texto.
Igual creo que ese cuento que se llamaba Regalón, que da el inicio a la novela, me pasó después de la muerte de mi abuela, que me parecía interesante no desde el lugar de mi abuela como añoranza, sino del vacío que vivía mi mamá, cuando veía a mi madre llorar. Ahí dije: hay algo pasando. Cuando ves a tu madre vulnerable, porque por lo menos en mi caso, siempre la veía fuerte. Al verla vulnerable, vi ese vacío y me interesó. Ahí dije: sí, podría escribir con estas cosas.
Volviendo a esa frase de Raúl Ruiz de que estamos hablando siempre de la muerte, al fin y al cabo la muerte nunca tiene un relato único. No, no es lineal, no tiene una explicación, es vacío y ausencia. Y eso es lo bueno de la escritura, que uno puede llenar ese vacío con más vacío y ausencia.
-Nombraste a tu familia…. siendo un escritor que viene de familia proletaria, ¿cómo lo reciben?, ¿cómo crees que te leen ellos?
Bueno, la verdad es que en Santiago mi familia que está es mi mamá y yo. Mis tías viven en Puerto Saavedra, otra parte de mi familia está en Nueva Imperial; entonces creo que la idea de escritor que hay mía de ellos es muy “que tierno el niño, qué lindo el dibujo del niño”.
A mí no me crió mi abuela, de hecho la veía muy poco cuando me iba el verano para allá. Algunas veces me fui un mes que me dejaba mi mamá ahí, pero nunca fui tan como otros primos que mi abuela los crió, entonces hay una imagen muy matriarcal y creo que eso va a impactar en la familia, que narre con esa imagen de mi abuela. Eso creo que podría molestarles.
-También puede generar otras cosas, por el el hecho público que exista un libro. Eso es tremendo.
Todavía no lo siento. Creo que quizás después del lanzamiento lo voy a sentir, qué significa tener un libro público, qué se siente que te lean, no sé, decenas de personas, quizás cientos. Ese lugar me parece muy, muy, muy de ir descubriéndolo.
–Hay otra dimensión que como la juventud, la desobediencia, la cultura pop me parece importante, que tiene que ver con los cuidados. ¿Qué mirada hay sobre este tema para ti, incluso desde la ficción?
Me pasa que como mi gran figura materna es solo mi madre, esa es la figura del cuidado que siempre he tenido; y la otra figura que he tenido de parte de la masculinidad es la ausencia, que no tengo padre; entonces creo que es desde ese lugar que me aparece muy fácilmente cuidado…
-…porque era un espacio de ficción….
Claro, porque no lo conozco, por eso se llama Regalón, que es un niño que cuidan mucho, que lo protegen mucho, entonces me acercaba a esa idea de cuidado porque es lo que lo que he conocido con las mujeres que me han criado.
-¿Con qué otros libros se emparenta Regalón?
Es difícil porque me gusta mucho leer, no tengo quizás un libro como para decir “estuve con ese libro”…
Hace un tiempo una amiga me invitó a un evento en un colegio con escritores y estaba la Gabriela Alburquerque, Catalina Ríos y yo, y los tres, sin querer queriendo, leímos un texto de la abuela, y creo que con esa escritura se emparenta. Fue gracioso, aunque los tres eran distintos. Las tres tenían presencia de clase. Pero no sé, mi lectura de adolescente es Pedro Lemebel, que creo que ha sido la lectura más importante de mi vida… También Marta Brunet, Manuel Rojas… sin querer Donoso. En poesía el Pepe Cuevas, la misma Gladys González.
-Encontramos una alta presencia de lo autobiográfico y estas distinciones que hay entre la ficción, la autoficción… ¿cuán hermanado te sientes con esas distinciones?
Me pasa que creo que me tiene un poco aburrido, más o menos aburrido, la literatura de la autoficción y que el yo sea tan importante, pensando que igual hay imaginarios posibles y por eso parece muy interesante la ficción. Pero a la vez, obviamente, cualquier ficción habla de ti y habla de esos lugares. La novela toca lo mapuche, el tránsito del sur a una ciudad y obviamente es lo que conozco, esta ficción son los materiales que conozco construyendo otra cosa…
-Esta es una pregunta que le hago a quienes han dado muchas entrevistas por un libro, pero creo que puede aplicar igual acá, aunque sea la primera. ¿Qué pregunta crees que te gustaría que te hicieran sobre el libro?
No lo he pensado. Tendría que darle una vuelta… igual ya lo hiciste, porque creo que es esa sobre la dimensión de lo ficcional quizá. ¿Esto es ficción o no ficción? Esa pregunta me gustaría me la hicieran y tampoco responderla, sino que el libro se defiende a sí mismo. Si es verdad o mentira, da lo mismo.




