Cristian González, Cinocéfalo: “Lo que me interesa de los personajes que retrato es acercarme a lo que siente quien los aprecia”

junio 24, 2026
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Más de veinte pinturas y dibujos integran Nadie vuelve intacto, el debut en solitario del artista chileno Cristian González (1990), conocido bajo el seudónimo de Cinocéfalo. En esta entrevista. Pedro Bahamondes Chaud, curador de la muestra disponible hasta el 22 de julio en Arrayán Espacio, repasa los pormenores del trabajo detrás de estas obras en óleo, grafito y carbón.

Autodidacta y alejado de los circuitos académicos tradicionales, Cristian González (1990) comenzó a dibujar desde niño y desarrolló gran parte de su formación a través de la observación, la práctica constante y el estudio independiente.

“Aprendí a pura prueba y error”, recuerda. “Me obsesioné con el retrato y la figura humana. Pasaba horas viendo procesos de otros artistas y tratando de entender cómo resolvían la pintura”.

Tras años de trabajo en su casa, profundizó sus conocimientos junto al pintor Elier Revillard en el Taller Bellavista, donde incorporó herramientas ligadas a la teoría del color que terminarían ampliando sus posibilidades expresivas en el óleo, la técnica que hoy ocupa un lugar central dentro de su producción.

Nadie vuelve intacto reúne más de veinte obras —dibujos en grafito y carbón, junto a óleos en color— donde conviven ecos del retrato clásico, la imaginería sacra, el homoerotismo y ciertas atmósferas oníricas. Sus personajes parecen suspendidos entre el recuerdo y el sueño, entre la presencia y el borramiento.

Las obras se despliegan al interior de un gran óvalo que ocupa el muro principal de la sala, una imagen inspirada en los numerosos estudios que González realizó durante años como parte de su proceso de aprendizaje técnico.

El título de la muestra dialoga con el momento personal que atraviesa el artista. “La frase Nadie vuelve intacto se mueve dentro de la misma temática que una serie de trabajos que llamé Abrazar la sombra”, explica González.

“Se nota mucho el proceso entre los trabajos que empecé a hacer el año pasado y los que estoy trabajando ahora. Hay muchos recuerdos difuminados, personas que desaparecen, sombras que se confunden con los sueños. Pero también he vuelto al color. Eso se puede ver en los trabajos más recientes”, concluye.

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-¿Cómo comenzó tu relación con el dibujo y la pintura? ¿Hay algún momento en que sentiste que esto dejaba de ser un interés o una práctica íntima y empezaba a convertirse realmente en tu trabajo?

He dibujado desde siempre. Yo era el niñito quieto entre todos los primos dibujando al fondo.

Como a los veinte años, viviendo entre okupas y carrete, empecé a interesarme técnicamente en el oficio de dibujar y pintar, y empecé a trabajar la prueba y error en lo figurativo. Cuando me di cuenta de que podía volverlo un trabajo, fue cuando me empezaron a preguntar por los precios. Desde ahí empecé a aprender como vender mi trabajo.

-Gran parte de tu formación ha sido autodidacta y alejada de las escuelas de arte tradicionales. ¿Por qué decidiste construir ese camino por fuera de la academia? ¿Cómo fue ese proceso de aprendizaje y perfeccionamiento?

La decisión de trabajar por mi cuenta fue por no poder pagar una carrera. A los veinte años, además, andaba perdido en otro lado. Tenía la cabeza en el carrete, francamente.

El trabajo de aprender me tomó unos años en lograr hiperrealismo, a pura prueba y error. Trataba de aprender a punta de tutoriales en Youtube. Aunque no había muchos, y la mayoría de los workshop eran pagados, logré encontrar artistas que subían su proceso. Practicaba: retrato y figura humana, estaba obsesionado.

Después de aprender la base en grafito, pude empezar con el óleo. Teniendo trabajos en óleo, grafito y acuarela, conocí a un profesor del taller Bellavista, Elier Revillard. Él me enseñó teoría de color, en un intensivo de ocho horas diarias de pintar casillas de colores durante un mes. Llegaba a soñar con las casillas de colores. Después de eso tuve una base más solida para agilizar la resolución de color en el óleo.

El óleo es el material que más me gusta. Lo más dramático y expresivo lo logro con óleo. El grafito es mi base más hiperrealista. Puedo lograr el tipo de profundidad que me gusta con grafito y carbón.

-En tus obras conviven referencias que recuerdan tanto al retrato clásico o religioso como a imágenes mucho más contemporáneas, íntimas o incluso clandestinas. ¿Qué artistas, imágenes o universos han sido importantes para construir ese imaginario?

No sé si puedo mencionar artistas que refieran a mi imaginario, no se me vienen tanto a la cabeza como los artistas que más me han gustado desde que empecé a aprender de pintura.

Michael Borremans era el pintor que más me impactaba. Había un sentimiento en su trazo que me dejaba loco. También la temática de sus pinturas fue la que me empezó a llamar la atención. Eran personajes solitarios y aislados, en situaciones existenciales, poca información, y harto simbolismo.

Después llegué a Magritte, obvio. Todo me calzo más cuando leí «esto no es una pipa» de Foucault. Luego conocí a Agostino Arrivabene, el pintor que más me impresiona hasta ahora. Su imaginario sacro me deja mal.

Mi trabajo es un manojo de estilos y temáticas. Desde la apreciación masculina, el homoerotismo, el intento de retratar la sensación del recuerdo y lo onírico, hasta la pintura existencial y lo simbólico.

-Muchos de tus personajes parecen suspendidos entre la aparición y el borramiento: algunos son retratos muy definidos y otros son casi sombras o presencias difusas. ¿Quiénes son esos cuerpos y rostros que aparecen en tus pinturas? ¿De dónde vienen esas imágenes y qué te interesa buscar en ellas?

El principio de aprender sobre el retrato me hizo mucho querer trabajar lo específico del rostro. El sello de cada persona. Había una pregunta que me generaba mucha molestia: “¿quién es?”. Me cargaba que la gente pensara en la persona en vez de pensar por lo que estaba pasando el personaje retratado. Ahí fue cuando el Backportrait me pareció mucho más apropiado para mí intención. Personajes anónimos, y posiciones que importan más que saber quién es el retratado.

También empecé a trabajar los estudios de ojos para poder alejarme del retrato, pero manteniendo la expresividad de la mirada.

Lo que me interesa de los personajes que retrato, es acercarme a lo que siente quien los aprecia.  

-Cuando te mencioné el título Nadie vuelve intacto, dijiste que te hacía mucho sentido y que era “muy tú”. ¿Por qué?

Me hace mucho sentido ahora. Se mueve dentro de la misma temática que la serie de trabajos que llamé «abrazar la sombra». Un poco reflejando cómo es sentirse en este viaje de sanación y transformación en el que me encuentro, que tiene mucho de blanco y negro, muchos recuerdos difuminados, y gente que desaparece. Así como también soñadores con la mente perdida en las nubes, sombras o entidades desdibujados entre el recuerdo y el sueño. Mucha realidad alterada, nostalgia y melancolía.

Pero también he vuelto al color en este mismo viaje. Se nota mucho el proceso terapéutico entre los trabajos que empecé a hacer el año pasado y los que estoy trabajando ahora. Específicamente dos obras que me hacen muy feliz: «Hijo varón de las rosas» que es un chico durmiendo entre rosas con tonos pastel, y el Soñador a color que hice con unas nubes rosas y moradas en un fondo azul.

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Nadie vuelve intacto está disponible en Arrayán Espacio (Compañía de Jesús 2077, Santiago). Estará abierta al público hasta el 22 de julio, con entrada liberada. Horario de visita: lunes a domingo, de 10:00 a 21:30 horas. Más información  @arrayan_espacio

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