Las Brutas: la fragilidad de las montañas, el silencio de las bestias

Entras y el final ya se presenta ante los ojos de quienes vamos ingresando. La obra es un uroboros, se come su propia cola y te lo anticipa todo. Es que no quiere que te sorprendas con la fábula de la historia, eso es secundario, aquí se busca otra cosa. Las tres actrices están ahí, acostadas, amarradas y parece que ya sucedió todo. Es como si de alguna manera mágica y extraña las hubieran invocado antes de que nosotros entráramos y ellas, en su no rostridad y detención absoluta, nos estuvieran recibiendo, aún reacias a contar su historia. Por eso el conjuro lo terminan de construir las intérpretes cuando, en un acto de serena bondad, van develando sus rostros haciéndonos entender que ha llegado el momento de ver en sus cuerpos a otras que existieron alguna vez y supieron del vacío implacable de anticipar lo inevitable. La obra es como si retrocediera en el tiempo: las mujeres se desatan, vuelven a la vida por un momento.
Yo entré a la Sala Negra y sentí que un pirquinero imaginario nos mostraba una veta y nos hacía seguirlo cruzando un subsuelo atiborrado de raíces secas. Ese pirquinero era la muerte que nos quería contar una de sus más intensas victorias en la tierra de los humanos. Se me empieza a secar la garganta. A momentos pican los ojos. Hay algo en suspensión que ya no es la bruma que sale de una máquina de teatro, es el polvo de la montaña seca, esa que se te cuela en la piel y en los pliegues de la ropa.
Silencio.
Mirando a las tres actrices me pregunto cómo mecerá el viento las tímidas ramas secas de un árbol en el desierto. A veces durante la obra me imagino esas noches y esas estrellas.
Silencio.
Al principio todo es silencio, porque no es el inicio de una obra más, es una especie de génesis precordillerano en donde veremos a tres mujeres que se fueron endureciendo con la vida que les tocó. El espacio está bastante lejano a un Edén, por supuesto, porque es el olvido mismo. Estas hermanas, tejedoras de su propio destino – o de una muerte decidida-, habitan una casa-tubería que me recuerda a las construcciones abandonadas, a los sitios eriazos, al escombro que se olvida o tira por ahí, a la periferia y que amplifica sus voces, sus relatos son ecos perdidos en la inmensidad. Allí donde viven y sobreviven cuerpos que importan menos hasta que alguien escribe sobre ellos en una obra o en una novela.
Vuelvo. Vuelvo y me detengo en algunos movimientos mínimos, casi imperceptibles para el ojo humano en la inmensidad de lo inabarcable, de lo eterno, de lo tantas veces inexplicable. Ellas se mecen cuando hablan y eso me gusta. Yo presiento que ir a la montaña debe dejarte así, muda y con un temblor constante y mínimo, absolutamente óseo, porque sólo la montaña tiene permitido hablar en esos parajes y por eso la voz de Justa es la voz de esas montañas. Imagino que los ojos se te deben llenar de tierra y volverla torba, como la de Lucía, porque así se debe ir componiendo un cuerpo montaña, un cuerpo tierra, un cuerpo roca, un cuerpo estrella. Es una otra forma de estar en el mundo. Es la dura peculiaridad del mundo de allá.
Ver los cabellos rizados de las tres hermanas, enmarañados, como si cada trenza hubiese luchado con la otra, llenos de lana y de nudos, era ver un poco de todo su mundo en cada una. A mí Las Brutas se me presentaron primero por el color de sus trenzas: un degradé perfecto de ocres de atardecer, un cementerio viejo en medio de la carretera del norte, una animita a medio morir saltando. Creo que me quedé en sus cabelleras durante mucho rato, admirando la perfección de ese rojizo que, de una a otra, pasaba a anaranjado y luego finalmente al color de la greda. Como si las tres compusieran una llamarada que se fuera apagando lentamente. Esa gradación me permitió acercarme un poco más a cada una para que, después, comenzaran a aparecer los enredos y la complejidad de la singularidad humana, de la fragilidad y del abandono: Justa, Lucía y Luciana Quispe, trenzadas en la vida y en la muerte, tejidas para siempre. Tres Parkas con ojos que solo podían mirar hacia dentro.
Y de nuevo. Silencio. Mirada de reojo. Horizonte. Silencio de nuevo y sí, ¿por qué no? Así es “Las Brutas”, una obra espaciosa y sostenida, primera propuesta escénica de los Elencos Universitarios de la Universidad de Valparaíso 2026 y tercera si consideramos las obras que se presentaron el año pasado bajo el mismo proyecto. El montaje, protagonizado por Maysa López, Francisca Zúñiga y María Jesús Cabezas, se esparce por cada rincón de la Sala Negra Juan Barattini Carvelli y va dejando una estela mágica de sabor amargo.
A mí los textos de la obra me empezaron a llegar después, como pequeños susurros. La propuesta de Maritza Farías Cerpa, directora de la obra y académica de la Carrera de Teatro de la misma Universidad, si bien es arriesgada al montar una dramaturgia completa y sostener gran parte del trabajo en el texto, nos conduce, antes que nada, por caminos menos verbales: composición con los cuerpos, imágenes pregnantes, coros de voces inquietantes, liminalidad en el espacio; poesía visual absoluta y asegurada. En este sentido recuerdo a Luciana como una encendedora de estrellas, que va haciendo aparecer la luz eléctrica, justamente esa que ella nunca conoció y que la obra le regala la posibilidad de, tal como si fuese un juego de infancia, tocar, hacer aparecer, ejecutar.
Sentí que el montaje era, en sí mismo y no tan sutilmente, un acto de memoria. No solo por la profunda presencia omnipresente de Juan Radrigán en todo el trabajo, sino también porque sabemos de quiénes estamos hablando: mujeres que un día, en 1974, decidieron dejar de vivir entre los ecos de la soledad de la precordillera y todo quedó para siempre teñido por un halo de misterio sin resolver. Por eso, “Las Brutas” es un montaje que rinde honores en cada palabra. Cada coma escrita por su dramaturgo parece haber sido pensada y sentida, y su directora supo reconocer y encauzar hábilmente ese deseo: que el recuerdo de estas tres anónimas terminara por constituirnos para siempre.
El tiempo es a momentos inquietante. No es una obra para ir a ver apurada ni contaminada por la impaciencia, tristemente tan común en estos días. Esta propuesta pide contemplación y escucha. Esta obra se oye con el corazón, se ve con todos los sentidos y no exige explicaciones. Pide empatía, afectividad, sensibilidad, que no la olviden nunca.
Por eso la fragilidad de “Las Brutas” cruza toda la obra. Ellas se miran, se soportan, se sostienen a pesar de lo hostil de sus formas. Y así, de la misma manera, van llevándonos de lo humano a lo divino, de lo terrenal al universo expandido, abierto como un agujero negro que nos traga todos y entonces, ese agujero negro de repente es la ciudad, el puerto y la sala de teatro, el universo, una caja de luz y las tres hermanas la humanidad completa. A contraluz las intérpretes se acuestan encima de las estrellas haciendo que las hermanas Quispe estén contándonos su historia sobre el firmamento, entre las estrellas eternas que interactúan con las almas de estas tres mujeres que decidieron partir un buen día junto a todas sus bestias.
Así, las tres devienen rama seca de espino o algarrobo, finalmente las mece el viento, el único elemento que siempre les hizo cariño, que tocó sus pieles y todos sus pliegues. Y entonces, como despertando de un viaje espectral solo por la radical verdad del caluroso aplauso al final de la obra, comprendí que “Las Brutas” nunca abandonaron la montaña. Somos nosotros quienes, por un momento, logramos acercarnos a ella.

Próximas funciones:
Viernes 31 de julio Parque Cultural de Valparaíso, 19 horas
Miércoles 12 de agosto, Quillota, 19 horas
LAS BRUTAS
Dramaturgia: Juan Radrigán
Dirección: Maritza Farías Cerpa
Elenco: Maysa López Segovia, Francisca Zúñiga Miquelin, María Jesús Cabezas Villegas y Darwinn Le Roy Morales
Diseño Integral: Claudia Suárez Olivares
Composición musical e intérprete: Paul Hernández Mendoza
Producción general: Carla Amaranta
Realización escenográfica: Miguel Alvayay
Realización de vestuarios: Julio San Martín Cortés
Luminotecnia: Víctor Cosmelli
Sonido: Jorge Yáñez Quiroga
Diseño Gráfico: Álvaro Huirimilla Thiznau
Maquillaje y peinados: Natalia Maldonado Maldonado y Camila Salazar Ramos
Asistentes de diseño: Carlos Bustos Mendoza y Amayra Carreño Parra
Asistente de Producción: Valentina Espinoza Ibaceta
Coordinación de Producción Teatros Universitarios UV: Christopher Ortega Silva



