Presentación de Letargo y Cautela de María José Aravena

Había una vez una casa de las flores
de flores de la noche una casa
oscura y alargada hacia el cielo
de vino y tabaco, claro que sí
y yo llegaba media aturdida
después de un año o dos
a visitar a mi amigo Xabier
hablando con acento
a la casa de las flores donde siempre todo
estaba desafortunadamente malo
pero al menos siempre había poesía.
En la casa de las flores conocí a María José
tenía que pasar por su habitación
con permiso, por favor
para llegar al water tapizado
y esponjado como de abuela:
hasta el water tenía flores.
La casa les quedaba grande
–creo que nunca me senté en el living–
y parecía sumar o restar piezas
azarosamente como el castillo
ambulante de Howl. Y María José
me parecía que era Sofi,
esa protagonista de Ghibli
joven-vieja o vieja-joven
y como yo comparto esa linda maldición
nos entendimos sin tener que conocernos mucho.
Es un honor poder presentar hoy su libro
en esta casa de las flores ambulante
que aparece como una puerta mágica
cada vez que estoy con Xabi y Majo juntes.
Letargo y cautela. Recuerdo y caudal. Cardo y oráculo y cuenco lleno de frutillas ofrendadas, casi sin querer, a la lectora curiosa que pasea por el campo una tarde perdida. Pero tenga cuidado. Esas frutillas que parecen tan perfectas y que saben más dulces de lo posible, vienen podridas por el otro lado.
La poesía de María José Aravena nos invita a adentrarnos en el maizal marchito. En cada cosa hermosa encuentra la sombra, la descomposición por venir, el cuchillo por la espalda, y es hermoso también. Sin pretensión ni grandilocuencia, trae a la superficie un inconsciente violento y feroz, profundamente femenino; gestante y destructor.
Aunque el presente posmoderno neoliberal o como quieras llamarlo, ese “montón de ruido y luces” insoportable, nos lleva a tirarnos por los acantilados, aquí el pasado, aunque lleno de belleza, tampoco es un refugio impune. Eso me parece importantísimo en estos poemas. Son honestos con la memoria, con la niñez, con su dolor, aunque también insisten en la nostalgia.
Y las listas y las listas y las listas. Esta poesía es de las cosas, entre la materia, devolviéndonos siempre al aquí, al vaso lleno de agua, al mantel, a la mesa en la casa de la infancia.
Estos poemas se arman con letras desparramadas como un puñado de guijarros recogidos casi al azar desde el fondo del estero. De una palabra a otra, sin siquiera darnos cuenta, saltamos en el espacio y el tiempo. La escala de las cosas se ajusta al mundo de María José, no al revés.
El mundo pesa y a la vez, una le pesa al mundo. “hemos hablado antes sobre no volver/ he hablado antes/ sobre sacarme de encima a la persona”, dice en “reposo”, un poema central de la colección. ¿Cómo escapamos de esta densidad? ¿Hay otra salida al peso, al ser, que no sea la muerte? “Ningún misterio se ha resuelto”, responde, “suavemente me reclino sobre el dulce tronco/ exquisitas hierbas de verano”.
Aquí Dickinson ha salido de picnic con Teillier. En el camino se toparon con Basho y decidieron recorrer Latinoamérica a dedo. Cuando llegaron a Santiago se deprimieron, pero recordando todas sus desventuras hermosas, se dieron cuenta de que ya les no quedaba otra que descansar un ratito y contemplar. Tendieron sobre el pasto una sábana y “esquivando como dardos/ el orégano/ la manzanilla”, se pusieron a soñar.
Soñaron esta poesía de una niña condenada por la orina y la abuela a nunca cantar y que sin embargo, ha escrito un libro. María José desafía a la vieja, a la madre, a la amiga, al silencio, y se atreve a cruzar la distancia insondable. Aquí, “con la boca ensangretada/ aún/ es posible hablar de amor”.



