Ante todo, jugar. Exceso no desechable: sobre Hortensia, el hada, de Gonzalo Abrigo

Novela de aventuras disfrazada de novela de imaginación (¿?), vestida a su vez de sospechoso libro de espionaje ataviado con atuendos diversos, ligeros: comedia de enredos, cuento infantil, texto de ideas. Hortensia, el hada (Glück Editores, 2026) es la primera novela de Gonzalo Abrigo (Coyhaique, Chile, 1980) y lo arriba expuesto es una pálida forma de describirla, de dar cuenta de un argumento que siempre fuga a sitios que el lector no prevé. El propio título (recuerdo Ada o el ardor de Nabokov y también un relato para niños escrito por Frauke Wirbeleit) es un espejo roto en que se trizan expectativas, ideas preconcebidas, lugares comunes.
Agotado por la jornada laboral y la obsesión de sus colegas por los videos pornográficos que circulan por la red, un sujeto llega a casa y no encuentra nada mejor que navegar por internet para estar al mismo ritmo que sus compañeros de pega. Pero sucede algo: la imagen de una mujer, Hortensia, aparece en el notebook y ahí todo desborda. El relato y el protagonista parten a sitios extraños, alegres, mareados: una fiesta electrónica que tiene lugar el último día del milenio pasado; unas playas nortinas en que arriba de tablas de surf se juega una conspiración para diluir la realidad, dirigida por un deportista eximio y devenido místico; una pareja en que el jovencito luego es ella y ella, él; filmes elaborados para ser proyectados solo una vez en la playa o el bosque por una cineasta que abandonó las olas; naufragios a escala pequeña y singulares agentes que guardan secretos que no lo son tanto; una pareja de amigos llamados como una novela de Zola y una superdotada a la hora de correr las olas.
Esta es una novela en que la fuerza, ductilidad y desplazamientos de la prosa hacen que la historia se juegue en un plano distinto al de la secuencialidad (o cualquier sinónimo elegible), y en el que la apuesta es por la potencia digresiva. La prosa confirma la historia: existe una apertura incesante, y da lo mismo seguir el hilo porque todo lo que acontece da al puro ¿aire?: la prosa es el verdadero material del texto. Si los conspiradores de la trama desean diluir la realidad desde las aguas del mar y encimados a una tabla, es finalmente la escritura la que termina por hacer delicuescente un argumento a la vez extraño, fascinante, repleto de resonancias que desplazan fijezas. Pienso en César Aira. Pienso en el despliegue textual de Cabrera Infante y Sarduy. Pienso, por el argumento, en La invención de Morel. Pienso en novelas que expulsan a lectores perezosos. Pensé también, mientras leía, en poesía, en poemas: ritmo, fraseo, vaivén. Un fluir.
Hortensia, el hada, apuesta por un exceso no desechable de ficción, si pudiera afirmarse tal cosa, y con ello se interna en derroteros poco convencionales por estos pagos, “lejos de cualquier realismo convencional, disección sociológica o prosa autobiográfica”, como se afirma certeramente en la contratapa. A ello, el autor agrega una dosis de humor agudo, regular, que recuerda a Raúl Ruiz. Pero no solo esto remite al cineasta; también el hecho de que el lector debe entender que perderse es parte de la lectura.
Quizás la novela entrega una apariencia de argumento, descripciones que provocan tal efecto, movimientos de la historia que crean en el lector la sensación de que está frente a una trama rastreable, cotejable, pero no, porque lo que emerge a cada momento es la vibración de frases con música propia, y quizás ahí está una de las claves (si hubiera): Hortensia … es una novela sobre el goce de escribir, la fascinación de ir poniendo letra tras letra (como ola tras ola), palabra tras palabra, párrafo tras párrafo y elaborar un alegato a favor del extraviarse en una ficción que es muchas ficciones pero una novela que no es muchas novelas, sino una misma escritura que como la escama de los peces vistos desde una roca alta en una playa cualquiera, cambia de colores, matiza, se opaca, ilumina, adquiere singulares formas y luego desaparece.



