Los problemas de volar [crónica]

Hay gente a la que le gusta mucho viajar al extranjero, le parece que es un gran momento de expansión y aventura, algo que les ayudará a transitar nuevas experiencias y que, además, atesoraran como un bello recuerdo digitalizado. No es mi caso, al igual que el escritor argentino Pedro Mairal, cada vez que me subo a un avión pienso que se va a caer, que esta es la última vez que mi familia me despide con vida en el aeropuerto. Otra cosa es ese lugar, el aeropuerto, que me parece el edificio que mejor define al postcapitalismo en estado puro, incluso más que los bancos. Es una mole enorme de concreto y que en el interior tiene una zona comercial de duty free que se siente como un refrigerador, pero antes hay que pasar por el grado cero de la actual clasificación humana; migración. En una pasada se juega la economía y la extranjería por unos pasillos.
Lo otro es el tipo de viaje que decides hacer; si es con escalas es pasar por gigantes de concreto iguales a los que dejaste en tu país natal. Los aeropuertos como los malls se parecen en todo el mundo, son un loop arquitectónico pesadillesco, en donde son muy pocas las cosas que te ayudan a saber si estas en Quito, Bogotá, Buenos Aires o Tel Aviv. Si por el contrario viajas de corrido son cinco o siete horas en clase turista, sientes que se te agarrotan los músculos, a veces percibiendo las turbulencias, que son como pasar por caminos de ripio en el aire. Una cosa que me da mucha risa son las instrucciones de seguridad, las miro con mucho respeto, atención y silencio, pero es tan obvio que si el avión se estrella o se cae al mar ni siquiera nos daremos cuenta de ello, y simplemente seremos comida para peces o coyotes.
Si logro llegar con vida al lugar de destino, la verdad es que ahí no comienza la aventura turística, elegí una profesión en que por obligación, al menos una vez al año, se debe viajar para asistir a algún congreso internacional en una universidad a hablar de literatura. Y como además mis padres me inocularon la ética del trabajo -con visos casi puritanos-, yo trato de participar lo que más se pueda en los tres o cuatro días de congreso, en las distintas mesas redondas y exposiciones que hay. He podido ver a otros conferencistas que llegan directo a su ponencia y una vez terminada hacen la gran Houdini. Supongo que ahí comienza el recorrido turístico.
Saquemos cuentas: tres o cuatro días de congreso por siete días destinados a viaje, quedan unos dos o tres días que una tiene toda la intención de emplear para conocer algo de Bogotá, Quito, algo de Montevideo, algo, pero al final se destina para lo de siempre; comprar libros que no están en Santiago y lograr adquirir el sentido de la ubicación en la nueva ciudad. Eso sin contar si es que no te agarraste algún problema gástrico, puesto que la estadía tendrá mucho de drama y miserabilidad. Tal vez no hay nada más deprimente que estar enfermo en una pieza de hotel.
Los paquetes turísticos son otra cosa que me destruye: siete días y seis noches en algún lugar de El Caribe que es finalmente conocer un resort -otro ítem de arquitectura degradada por el capitalismo tardío- a las orillas de un mar, viviendo solo entre turistas y conociendo a los lugareños convertidos en mozos o mucamas; como protagonizar un comercial de Kem Piña por una semana. Dónde se van las platas de esta actividad es algo que siempre me he preguntado. No hablaré aquí de los cruceros que me parecen centros comerciales y casinos flotantes.
Una vez leí que los verdaderos viajes se hacen por tierra, que volar en avión no era viajar. Y debe tener algo de sentido, el trayecto hacia tu destino final es algo que te va conectando con la travesía misma. Me pasó hace un tiempo atrás, cuando viajé al sur con una amiga en auto. Hay algo del tiempo y el transitar por los lugares que se va incorporando a tu vivencia. El avión te roba eso, su inmediatez te arrebata el proceso del desplazamiento.
El avión es un pirata que en poco tiempo te deja sola y desarraigada en el lugar de aterrizaje.

*Crónica perteneciente a:
Horario Continuado
Carolina Reyes Torres
Ed. Aparte (2025)



